Histeria colectiva
Ya comenzó la pandemia... aunque de otra manera. Es lo que tienen las noticias de moda, son como las canciones de Juanes: de tanto que te masacran a diario con ellas, terminan por alojarse en tu cerebro, y no hay forma de sacárselas de ahí.
Y es que, maldita gripe aviar. Porque ya han anunciado varios casos de gallinas infectadas en Rusia y Rumanía, donde también ha aparecido una garza muerta... y un loro en cuarentena en Inglaterra... y dos cisnes en Croacia... y yo no paro de sufrir alucinaciones con los gorriones que se posan en mi ventana, me aterrorizan más que el mismísimo carnicero de Milwaukee, se me aparece Hitchcock holografiado en la cristalera.
Todo sea que ahora las cigüeñas también se contagien, y los niños empiecen a venir de París, no con un pan bajo el brazo, sino con una preciosa colonia de impúberes hachecincos dispuestos a crecer fuertotes y sanotes entre los humanos...
Y es que, maldita gripe aviar. Porque ya han anunciado varios casos de gallinas infectadas en Rusia y Rumanía, donde también ha aparecido una garza muerta... y un loro en cuarentena en Inglaterra... y dos cisnes en Croacia... y yo no paro de sufrir alucinaciones con los gorriones que se posan en mi ventana, me aterrorizan más que el mismísimo carnicero de Milwaukee, se me aparece Hitchcock holografiado en la cristalera.
Todo sea que ahora las cigüeñas también se contagien, y los niños empiecen a venir de París, no con un pan bajo el brazo, sino con una preciosa colonia de impúberes hachecincos dispuestos a crecer fuertotes y sanotes entre los humanos...
Bratislava Blues (II)
En los días previos a mi partida, cuando explicaba que me marchaba a Eslovaquia, no eran pocos los comentarios que recibía acerca de “lo buenas que están las eslovacas”. Había incluso quien hablaba de “lo buenas que están las eslovenas”, que denota un nulo conocimiento geográfico, pero rima mejor. Y es que es bastante común que quien realice tales comentarios no sepa si te marchas a las faldas del Everest o a la península del Yucatán, tan solo que el nombre suena a exótico, y por tanto, allí debe haber tías buenas. Por cojones.
No sé si esta ley se cumplirá siempre con exactitud; yo sospecho que no. Sin embargo, no puedo más que asegurar que, en este caso, sí se cumple. Que existe el mito de las “eslobuenas”, vaya. Sin entrar en calificaciones numéricas, puede afirmarse, sin miedo a equivocarse, que la nota media no baja del notable. Pese al amplio surtido de ojos azules, que nunca fueron de mi agrado.
Pero, tal vez más que el hecho de que, como norma general, tengan unos rasgos faciales agradables, llama la atención la ausencia casi total de chicas entraditas en carnes. Supongo que la renta per cápita del país tampoco es una invitación a la gula sin freno, pero en cualquier caso, es realmente complicado encontrarse por la calle a una joven obesa, de las que en España se encuentran en cada esquina, o frente a cada tienda de golosinas. Incluso, desplazándose tan solo 50 kilómetros al oeste, hasta Viena, puede uno observar el nítido contraste entre unas y otras. Las vienesas llevan la palabra “salchicha” tatuada en la frente. En Bratislava, lo que se lleva es la carne magra.
No sé si esta ley se cumplirá siempre con exactitud; yo sospecho que no. Sin embargo, no puedo más que asegurar que, en este caso, sí se cumple. Que existe el mito de las “eslobuenas”, vaya. Sin entrar en calificaciones numéricas, puede afirmarse, sin miedo a equivocarse, que la nota media no baja del notable. Pese al amplio surtido de ojos azules, que nunca fueron de mi agrado.
Pero, tal vez más que el hecho de que, como norma general, tengan unos rasgos faciales agradables, llama la atención la ausencia casi total de chicas entraditas en carnes. Supongo que la renta per cápita del país tampoco es una invitación a la gula sin freno, pero en cualquier caso, es realmente complicado encontrarse por la calle a una joven obesa, de las que en España se encuentran en cada esquina, o frente a cada tienda de golosinas. Incluso, desplazándose tan solo 50 kilómetros al oeste, hasta Viena, puede uno observar el nítido contraste entre unas y otras. Las vienesas llevan la palabra “salchicha” tatuada en la frente. En Bratislava, lo que se lleva es la carne magra.
Bratislava Blues (I)
Helado de turrón: 20 céntimos de euro. Cubo y fregona: 2 euros. Comprobar que el taxista con aspecto de mafioso que te lleva del aeropuerto a la residencia no te ha secuestrado: no tiene precio.
Bratislava es así. Casi podría decirse que son dos ciudades en una. A partir de las seis de la tarde, cuando anochece, la ciudad está desierta, lo que, unido a la oscuridad y los bloques comunistas de los que está compuesta en gran parte, le confiere un aspecto tétrico. Llegar de noche es poco menos que enfrentarse a un reto. Porque os juro que acojona. Y mucho.
De día, sin embargo, la ciudad cambia radicalmente. Especialmente, si el sol alumbra. Es entonces cuando las calles se llenan de gente, y compruebas que eso que creías una ciudad muerta horas atrás, se trata de una ciudad llena de vida, por momentos bulliciosa, con un casco histórico que evoca irremediablemente a Praga, aunque, eso sí, a escala. Y es que Bratislava no es una metrópolis, sino una ciudad de tamaño mediano, casi podría decirse que pequeño, pues la mayor parte de su casi medio millón de habitantes vive en los barrios de la periferia.
La llegada aquí, lo confieso, se hizo dura. En realidad, no fue peor de lo que esperaba, pero por muy mentalizado que uno esté, siempre resulta difícil enfrentarse a algo tan diferente a lo que se está acostumbrado. Y no hablo tanto de la barrera idiomática, pues al fin y al cabo, el lenguaje gestual es algo lo suficientemente recurrente y efectivo, aquí y en Sebastopol. Pero, como digo, la primera impresión es un tanto chocante.
El aeropuerto de Bratislava, el R.M. Stefánik, no es Barajas, ni mucho menos. Es un aeropuerto pequeño, muy pequeño, y sin visos de destino puntero: una oficina de información y cambio de divisa por aquí –aparentemente atendida por el primero que se pase por allí -, un cajero por allá, y tres o cuatro oficinas vacías. A la salida, una fila de taxis, atendidos todos ellos por taxistas con cabeza brillante; calvos no: rapados. Todos reunidos en petite comitée, y en torno a ellos, el taxista veterano. El único con pelo. Don Vito. Viendo esa escena, no es de extrañar que haya que armarse de valor para osar acercarse a ellos. Y más aún para montar en el asiento trasero del Mercedes, donde Dios sabe qué podría acontecer. Y más aún si, a los quinientos metros de trayecto, el conductor comienza a susurrar en eslovaco a través del teléfono móvil. La sensación de alivio al ver cómo aparca delante de la residencia es indescriptible, si bien su duración es muy corta, pues acto seguido, llega la hora de la verdad, la hora de saber si esa noche será posible alojarse en la residencia, o bien habrá que buscar cualquier antro de mala muerte donde dejarse caer muerto. Y la primera impresión fue de lo segundo, pues ya era de noche, y allí no había nadie atendiendo, exceptuando el sexagenario recepcionista para quien el inglés debe ser algo así como una leyenda urbana. Afortunadamente, pasaba por allí un alumno local, que con gran amabilidad nos gestionó el alojamiento durante esa noche.
La residencia no es ningún lujo. Justo lo que esperaba, era perfectamente consciente del lugar al que venía. Siendo justos, tampoco se puede pedir lujo alguno por unos 36 euros mensuales. Y cierto es que los aseos dejan bastante que desear, y que el mobiliario es puro conglomerado, pero no son menos ciertas las dimensiones de la habitación: unos 35 metros cuadrados, por tres de alto. Más que las viviendas de Trujillo, en cualquier caso. Y con excelente iluminación. Sólo falta que el aislamiento térmico se muestre eficiente durante el frío invierno, con lo cual se convertiría en poco menos que un palacio.
La ciudad, como he dicho antes, tiene su encanto. A mis ojos, desde luego. Conserva el encanto típico de una ciudad del Este, del bloque comunista. Es algo que se nota en muchos edificios, pero también en otros detalles, como el tranvía. Parece increíble que una ciudad como Bratislava tenga la densa red de tranvías que tiene. Tranvías que atraviesan y cruzan las carreteras como un vehículo más. Tranvías de todos los colores y formas, con publicidad o sin ella. Donde los billetes se compran por minutos de trayecto, y no por destino. Realmente bucólico.
Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo ese aparente caos circulatorio, donde se mezclan la ausencia de señalización, la deficiente pavimentación, los peatones, los semáforos que cambian de verde a rojo por arte de magia, los automóviles, los autobuses, los trolebuses y los tranvías, se revela efectivo, gracias a una única premisa: el respeto. Raro es ver peatones cruzar en rojo, como raro es ver coches circular a más de 30 kilómetros por hora, pese a estar limitada la velocidad a 60.
Por lo demás, comienzan a hacerse patentes algunos efectos de la progresiva occidentalización. Mucho cartel de Coca-Cola, algunos puestos de comida rápida y kebabs. Un hipermercado Tesco en el centro de la ciudad, donde puede uno encontrar todo lo necesario, sin tener que pedir nada al dependiente mediante gestos. Que también se agradece. Entres dos y tres veces más barato que en España. O más, según el tipo de artículo del que se trate. Tan solo la ropa, por lo que he podido ver, se acerca a los precios a los que estamos acostumbrados.
Pero, de momento, me quedo con la amabilidad de la gente. Nadie ha puesto la más mínima pega para ayudar con la traducción, mostrándose, por el contrario, muy amable y servicial. Y eso, créanme, es lo que más puede uno agradecer cuando llega a un lugar tan diferente.
El próximo capítulo, que sin duda me catapultará al Olimpo de los más leídos, sobre las mujeres eslovacas. Que es un tema aparte.
Bratislava es así. Casi podría decirse que son dos ciudades en una. A partir de las seis de la tarde, cuando anochece, la ciudad está desierta, lo que, unido a la oscuridad y los bloques comunistas de los que está compuesta en gran parte, le confiere un aspecto tétrico. Llegar de noche es poco menos que enfrentarse a un reto. Porque os juro que acojona. Y mucho.
De día, sin embargo, la ciudad cambia radicalmente. Especialmente, si el sol alumbra. Es entonces cuando las calles se llenan de gente, y compruebas que eso que creías una ciudad muerta horas atrás, se trata de una ciudad llena de vida, por momentos bulliciosa, con un casco histórico que evoca irremediablemente a Praga, aunque, eso sí, a escala. Y es que Bratislava no es una metrópolis, sino una ciudad de tamaño mediano, casi podría decirse que pequeño, pues la mayor parte de su casi medio millón de habitantes vive en los barrios de la periferia.
La llegada aquí, lo confieso, se hizo dura. En realidad, no fue peor de lo que esperaba, pero por muy mentalizado que uno esté, siempre resulta difícil enfrentarse a algo tan diferente a lo que se está acostumbrado. Y no hablo tanto de la barrera idiomática, pues al fin y al cabo, el lenguaje gestual es algo lo suficientemente recurrente y efectivo, aquí y en Sebastopol. Pero, como digo, la primera impresión es un tanto chocante.
El aeropuerto de Bratislava, el R.M. Stefánik, no es Barajas, ni mucho menos. Es un aeropuerto pequeño, muy pequeño, y sin visos de destino puntero: una oficina de información y cambio de divisa por aquí –aparentemente atendida por el primero que se pase por allí -, un cajero por allá, y tres o cuatro oficinas vacías. A la salida, una fila de taxis, atendidos todos ellos por taxistas con cabeza brillante; calvos no: rapados. Todos reunidos en petite comitée, y en torno a ellos, el taxista veterano. El único con pelo. Don Vito. Viendo esa escena, no es de extrañar que haya que armarse de valor para osar acercarse a ellos. Y más aún para montar en el asiento trasero del Mercedes, donde Dios sabe qué podría acontecer. Y más aún si, a los quinientos metros de trayecto, el conductor comienza a susurrar en eslovaco a través del teléfono móvil. La sensación de alivio al ver cómo aparca delante de la residencia es indescriptible, si bien su duración es muy corta, pues acto seguido, llega la hora de la verdad, la hora de saber si esa noche será posible alojarse en la residencia, o bien habrá que buscar cualquier antro de mala muerte donde dejarse caer muerto. Y la primera impresión fue de lo segundo, pues ya era de noche, y allí no había nadie atendiendo, exceptuando el sexagenario recepcionista para quien el inglés debe ser algo así como una leyenda urbana. Afortunadamente, pasaba por allí un alumno local, que con gran amabilidad nos gestionó el alojamiento durante esa noche.
La residencia no es ningún lujo. Justo lo que esperaba, era perfectamente consciente del lugar al que venía. Siendo justos, tampoco se puede pedir lujo alguno por unos 36 euros mensuales. Y cierto es que los aseos dejan bastante que desear, y que el mobiliario es puro conglomerado, pero no son menos ciertas las dimensiones de la habitación: unos 35 metros cuadrados, por tres de alto. Más que las viviendas de Trujillo, en cualquier caso. Y con excelente iluminación. Sólo falta que el aislamiento térmico se muestre eficiente durante el frío invierno, con lo cual se convertiría en poco menos que un palacio.
La ciudad, como he dicho antes, tiene su encanto. A mis ojos, desde luego. Conserva el encanto típico de una ciudad del Este, del bloque comunista. Es algo que se nota en muchos edificios, pero también en otros detalles, como el tranvía. Parece increíble que una ciudad como Bratislava tenga la densa red de tranvías que tiene. Tranvías que atraviesan y cruzan las carreteras como un vehículo más. Tranvías de todos los colores y formas, con publicidad o sin ella. Donde los billetes se compran por minutos de trayecto, y no por destino. Realmente bucólico.
Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo ese aparente caos circulatorio, donde se mezclan la ausencia de señalización, la deficiente pavimentación, los peatones, los semáforos que cambian de verde a rojo por arte de magia, los automóviles, los autobuses, los trolebuses y los tranvías, se revela efectivo, gracias a una única premisa: el respeto. Raro es ver peatones cruzar en rojo, como raro es ver coches circular a más de 30 kilómetros por hora, pese a estar limitada la velocidad a 60.
Por lo demás, comienzan a hacerse patentes algunos efectos de la progresiva occidentalización. Mucho cartel de Coca-Cola, algunos puestos de comida rápida y kebabs. Un hipermercado Tesco en el centro de la ciudad, donde puede uno encontrar todo lo necesario, sin tener que pedir nada al dependiente mediante gestos. Que también se agradece. Entres dos y tres veces más barato que en España. O más, según el tipo de artículo del que se trate. Tan solo la ropa, por lo que he podido ver, se acerca a los precios a los que estamos acostumbrados.
Pero, de momento, me quedo con la amabilidad de la gente. Nadie ha puesto la más mínima pega para ayudar con la traducción, mostrándose, por el contrario, muy amable y servicial. Y eso, créanme, es lo que más puede uno agradecer cuando llega a un lugar tan diferente.
El próximo capítulo, que sin duda me catapultará al Olimpo de los más leídos, sobre las mujeres eslovacas. Que es un tema aparte.