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En el Ojo del Huracán
Frente borrascoso procedente del Norte. Posibles turbulencias.
Acerca de
Nací en 1984 en un hospital del extrarradio sin las mínimas garantías sanitarias, razón por la cual (creo) fui un niño tonto y algo lento, hasta que, a los nueve años, y mientras repostábamos nuestro Seat Marbella en una gasolinera, le pedí a mi padre que me comprase el disco de Milikito que, entre películas húngaras de rubicundas actrices y sucias bolsas de cubitos de hielo, asomaba timorato en un estante giratorio. Ignoro si fue el azar, o si estaba predestinado a tan elevados propósitos, pero aquellas letras, meditadas y profundas, mensaje subliminal y moraleja incluídas, que rezumaban sabiduría, me abrieron los ojos, y desde entonces, soy un hombre nuevo.
Sindicación
 
El Chándal de Yonki
Yo no sé qué tiene el táctel, que tanto agrada a los yonkis, a los borrachos, y a la gente de mal vivir, en general. No sé si será su textura, suave y satinada, la aleación de colores verdes y violetas o esa insoportable telilla blanca interior, la misma que convierte en una odisea introducir las piernas por el pantalón sin que la susodicha se salga hacia fuera, lo que les resulta tan atractiva, pero sin haber sido jamás publicitado en televisión, en carteles publicitarios ni en el casco de Fernando Alonso, es una prenda que se ha hecho con un nicho de mercado nada desdeñable.



Recuerdo perfectamente la época de esplendor del chándal de yonki. Rondaría yo mis tiernos seis o siete años cuando el furor del chándal de táctel me alcanzó. Eran los tempranos años noventa, y sí, yo también tuve uno. No caí en otras prendas fetiche de la época, como las zapatillas Alpe o Fer-Gar (mil pesetas el par, puro plástico), el chándal de corchetes o las botas militares Doc Maertens, pero sí tuve mi chándal de yonki. Era, cómo no, de color verde con ribetes violetas, y por supuesto, también tenía la dichosa telilla blanca, con lo cual nunca conseguí ponerme el pantalón en menos de cinco minutos. Y como todo buen chándal de táctel, pereció a causa de un planchado excesivamente caluroso. Pero era mi chándal de táctel, único e intransferible.



Con el paso del tiempo, esa prenda tan entrañable cayó en el olvido, hasta el punto de ser prácticamente imposible encontrar a nadie luciendo con orgullo el suyo, recién estrenado. Afortunadamente, ese grupúsculo de gente comprometida antes mencionado, decidió recuperar la memoria histórica, y hacer suyo ese tesoro de poliéster. Y de esa manera, en cualquier lugar del mundo al que uno vaya, puede uno encontrar esa porción de nuestra Historia. Porque el chándal de yonki es universal, todos los yonkis del mundo lo llevan, y donde no hay yonkis, son los vagabundos alcohólicos quienes recogen el testigo, como he podido observar con júbilo aquí, en Eslovaquia.

Todo sea por no dejarlo caer en el olvido. No se lo merece.