Sí, genial
Ahora no nos matan. Vale. Perfecto. Así que, ya sabéis, es la hora de ir de pardillos, de pecar de candidez y abandonarnos al optimismo, que es la opción políticamente correcta. Y no quiero con esto poner en duda el valor del anuncio de alto el fuego permanente, ni por asomo. No cabe duda de que es una noticia positiva, por más que los voceros de las cavernas y las sacristías prosigan con su estrategia de negación sistemática. Y yo sí creo que esto se traducirá finalmente en el cese definitivo de la violencia por parte de la organización terrorista. Pero, no nos engañemos, no hay tantas razones para el optimismo, pues esto no soluciona nada. O casi nada. Porque sí, es cierto que ahora no tendremos que temer por nuestras vidas –benditos terroristas -, pero la problemática a nivel de calle no va a solucionarse. Seguirán a uno señalándole con el dedo si no comulga con el pensamiento único impuesto, y todo aquel que no vaya de leñador, seguirá siendo “enemigo del pueblo vasco”, aunque el torito y el jamoncito le sugieran lo mismo que los bueyes y el txakolí. Eso no va a cambiar.
El final del “conflicto” no llegará hasta que no se acepte con total naturalidad la diversidad de opiniones y sentimientos, hasta que no sea necesario demostrar poseer un ombligo más bonito que el resto. Y lo que me da miedo es que, en una eventual mesa de negociación –a favor de la cual, obviamente, estoy-, aceptemos que una de las partes sólo ponga el fin del terrorismo sobre ella. Tienen que poner mucho más.
El final del “conflicto” no llegará hasta que no se acepte con total naturalidad la diversidad de opiniones y sentimientos, hasta que no sea necesario demostrar poseer un ombligo más bonito que el resto. Y lo que me da miedo es que, en una eventual mesa de negociación –a favor de la cual, obviamente, estoy-, aceptemos que una de las partes sólo ponga el fin del terrorismo sobre ella. Tienen que poner mucho más.