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En el Ojo del Huracán
Frente borrascoso procedente del Norte. Posibles turbulencias.
Acerca de
Nací en 1984 en un hospital del extrarradio sin las mínimas garantías sanitarias, razón por la cual (creo) fui un niño tonto y algo lento, hasta que, a los nueve años, y mientras repostábamos nuestro Seat Marbella en una gasolinera, le pedí a mi padre que me comprase el disco de Milikito que, entre películas húngaras de rubicundas actrices y sucias bolsas de cubitos de hielo, asomaba timorato en un estante giratorio. Ignoro si fue el azar, o si estaba predestinado a tan elevados propósitos, pero aquellas letras, meditadas y profundas, mensaje subliminal y moraleja incluídas, que rezumaban sabiduría, me abrieron los ojos, y desde entonces, soy un hombre nuevo.
Sindicación
 
Bratislava Blues (I)
Helado de turrón: 20 céntimos de euro. Cubo y fregona: 2 euros. Comprobar que el taxista con aspecto de mafioso que te lleva del aeropuerto a la residencia no te ha secuestrado: no tiene precio.

Bratislava es así. Casi podría decirse que son dos ciudades en una. A partir de las seis de la tarde, cuando anochece, la ciudad está desierta, lo que, unido a la oscuridad y los bloques comunistas de los que está compuesta en gran parte, le confiere un aspecto tétrico. Llegar de noche es poco menos que enfrentarse a un reto. Porque os juro que acojona. Y mucho.
De día, sin embargo, la ciudad cambia radicalmente. Especialmente, si el sol alumbra. Es entonces cuando las calles se llenan de gente, y compruebas que eso que creías una ciudad muerta horas atrás, se trata de una ciudad llena de vida, por momentos bulliciosa, con un casco histórico que evoca irremediablemente a Praga, aunque, eso sí, a escala. Y es que Bratislava no es una metrópolis, sino una ciudad de tamaño mediano, casi podría decirse que pequeño, pues la mayor parte de su casi medio millón de habitantes vive en los barrios de la periferia.

La llegada aquí, lo confieso, se hizo dura. En realidad, no fue peor de lo que esperaba, pero por muy mentalizado que uno esté, siempre resulta difícil enfrentarse a algo tan diferente a lo que se está acostumbrado. Y no hablo tanto de la barrera idiomática, pues al fin y al cabo, el lenguaje gestual es algo lo suficientemente recurrente y efectivo, aquí y en Sebastopol. Pero, como digo, la primera impresión es un tanto chocante.
El aeropuerto de Bratislava, el R.M. Stefánik, no es Barajas, ni mucho menos. Es un aeropuerto pequeño, muy pequeño, y sin visos de destino puntero: una oficina de información y cambio de divisa por aquí –aparentemente atendida por el primero que se pase por allí -, un cajero por allá, y tres o cuatro oficinas vacías. A la salida, una fila de taxis, atendidos todos ellos por taxistas con cabeza brillante; calvos no: rapados. Todos reunidos en petite comitée, y en torno a ellos, el taxista veterano. El único con pelo. Don Vito. Viendo esa escena, no es de extrañar que haya que armarse de valor para osar acercarse a ellos. Y más aún para montar en el asiento trasero del Mercedes, donde Dios sabe qué podría acontecer. Y más aún si, a los quinientos metros de trayecto, el conductor comienza a susurrar en eslovaco a través del teléfono móvil. La sensación de alivio al ver cómo aparca delante de la residencia es indescriptible, si bien su duración es muy corta, pues acto seguido, llega la hora de la verdad, la hora de saber si esa noche será posible alojarse en la residencia, o bien habrá que buscar cualquier antro de mala muerte donde dejarse caer muerto. Y la primera impresión fue de lo segundo, pues ya era de noche, y allí no había nadie atendiendo, exceptuando el sexagenario recepcionista para quien el inglés debe ser algo así como una leyenda urbana. Afortunadamente, pasaba por allí un alumno local, que con gran amabilidad nos gestionó el alojamiento durante esa noche.
La residencia no es ningún lujo. Justo lo que esperaba, era perfectamente consciente del lugar al que venía. Siendo justos, tampoco se puede pedir lujo alguno por unos 36 euros mensuales. Y cierto es que los aseos dejan bastante que desear, y que el mobiliario es puro conglomerado, pero no son menos ciertas las dimensiones de la habitación: unos 35 metros cuadrados, por tres de alto. Más que las viviendas de Trujillo, en cualquier caso. Y con excelente iluminación. Sólo falta que el aislamiento térmico se muestre eficiente durante el frío invierno, con lo cual se convertiría en poco menos que un palacio.

La ciudad, como he dicho antes, tiene su encanto. A mis ojos, desde luego. Conserva el encanto típico de una ciudad del Este, del bloque comunista. Es algo que se nota en muchos edificios, pero también en otros detalles, como el tranvía. Parece increíble que una ciudad como Bratislava tenga la densa red de tranvías que tiene. Tranvías que atraviesan y cruzan las carreteras como un vehículo más. Tranvías de todos los colores y formas, con publicidad o sin ella. Donde los billetes se compran por minutos de trayecto, y no por destino. Realmente bucólico.
Y lo más sorprendente de todo es comprobar cómo ese aparente caos circulatorio, donde se mezclan la ausencia de señalización, la deficiente pavimentación, los peatones, los semáforos que cambian de verde a rojo por arte de magia, los automóviles, los autobuses, los trolebuses y los tranvías, se revela efectivo, gracias a una única premisa: el respeto. Raro es ver peatones cruzar en rojo, como raro es ver coches circular a más de 30 kilómetros por hora, pese a estar limitada la velocidad a 60.

Por lo demás, comienzan a hacerse patentes algunos efectos de la progresiva occidentalización. Mucho cartel de Coca-Cola, algunos puestos de comida rápida y kebabs. Un hipermercado Tesco en el centro de la ciudad, donde puede uno encontrar todo lo necesario, sin tener que pedir nada al dependiente mediante gestos. Que también se agradece. Entres dos y tres veces más barato que en España. O más, según el tipo de artículo del que se trate. Tan solo la ropa, por lo que he podido ver, se acerca a los precios a los que estamos acostumbrados.

Pero, de momento, me quedo con la amabilidad de la gente. Nadie ha puesto la más mínima pega para ayudar con la traducción, mostrándose, por el contrario, muy amable y servicial. Y eso, créanme, es lo que más puede uno agradecer cuando llega a un lugar tan diferente.

El próximo capítulo, que sin duda me catapultará al Olimpo de los más leídos, sobre las mujeres eslovacas. Que es un tema aparte.
 
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Great work!
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espero que todo te vaya genial
 
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Señorito Miau, ¿y esa es la clase que tienes?

"Follar" que feo queda eso, cada vez te pareces más a la srta.Melona... que sólo sabe hablar de como echar un polvo, cuanto le mide el rabo de su vecino, y las fantasias sexuales que tiene con su Doberman. Eso que nunca falte.

Miau.
 
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Menuda inyección de inspiración para escribir.
 
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¡Qué bien!. He disfrutado como loco con este post tan ágil, tan descriptivo, tan vivo que me ha transportado a Bratislava sin darme ni cuenta. Haces que pueda hasta olerse lo que retratas con pinceladas impresionistas. ¡Bravo!. Y, claro, de observador tan perspicaz sólo cabe esperar un espléndido post acerca de las mujeres de esas tierras. ¡Ya estás tardando!.
 
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Bueno, a ver cuándo te follas a alguna eslovaca y nos lo cuentas.

Muchos besitos asociales.
 
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el idioma eslovaco a cual se parece, al frances?
 
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¿35 metros cuadrados de alojamiento por 36 eurillos al mes? (0,97 euros por metro cuadrado / mes) ¡Dios, el sueño hecho realidad para muchos! ¡Eso es jauja!
Me alegro de que el viaje haya ido bien. Solucionado el problema del alojamiento, lo que te queda ahora es disfrutarlo, que cuando ya le hayas cogido el gustillo, será la hora de volver así que consejillo de la vaca gallega: ¡aprovecha ya, todo, ahora! Tonterías, ya sé que no eres de los que pierde el tiempo pero por si las moscas. ¡Y que tiemblen las eslovacas! :-)
Un beso, niño y espero el siguiente capítulo, que ya sabes lo que me gustan los diarios de viaje, así que a enseñarnos Bratislava virtualmente. Aysss... te envidio joer...
Biquiños y que lo disfrutes
PD: Te espero a la vuelta con un perfecto dominio del eslovaco, así que ya puedes ir aprendiendo ;-)
 
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Sigue, sigue.
Como las eslovacas sean como las polacas de la costa de Dansk (Danzig), no vas a tener palabras...
 
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Permíteme un par de preguntas por favor: ¿trabajas para la revista This Is Rock? ¿Eres el Guitarrista Leproso?
No