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En el Ojo del Huracán
Frente borrascoso procedente del Norte. Posibles turbulencias.
Acerca de
Nací en 1984 en un hospital del extrarradio sin las mínimas garantías sanitarias, razón por la cual (creo) fui un niño tonto y algo lento, hasta que, a los nueve años, y mientras repostábamos nuestro Seat Marbella en una gasolinera, le pedí a mi padre que me comprase el disco de Milikito que, entre películas húngaras de rubicundas actrices y sucias bolsas de cubitos de hielo, asomaba timorato en un estante giratorio. Ignoro si fue el azar, o si estaba predestinado a tan elevados propósitos, pero aquellas letras, meditadas y profundas, mensaje subliminal y moraleja incluídas, que rezumaban sabiduría, me abrieron los ojos, y desde entonces, soy un hombre nuevo.
Sindicación
 
El ojo en el huracán
Esta mañana, nada más sonar el despertador del móvil, un rayo de luz ha penetrado intensamente en mi ojo derecho. Era un tal Lorenzo, que hoy se ha decidido a pegar con fuerza.
Tras desayunar, he salido a la calle, y por fin las he estrenado. Sí, unas gafas de sol de veinte mil pelas que me compré hace poco.

La verdad es que me da bastante vergüenza ponérmelas, porque temo parecer un chulo o un maricón de playa. Pero el hecho de tener la vista algo delicada a causa de una reciente conjuntivitis casi me obliga a ello.
De modo que me he colocado tan fashionable accesorio y me he dispuesto a andar mundo adelante. Y creo que me he enviciado.

¿Enviciarse a llevar gafas de sol? Algunos pensarán que estoy completamente tarado, que uno se envicia a las drogas, al juego... pero, ¿a unas gafas?
Pues sí, me he enviciado a las gafas. Y es que, para una persona que sufre una exacerbada timidez, no hay nada peor que el hecho de no poder mirar a los ojos de otra persona. Es algo que se sufre en silencio, pero para esto no fabrican ninguna panacea los de los laboratorios Lacer.

Sin embargo, al ponerme las gafas de sol, no tengo nada que temer, y puedo mirar a los ojos (o a otras zonas, si es menester) de cualquier chavala que me cruce por la calle, sin temor a recibir ninguna mirada recíproca que me haga instintivamente bajar la mía (¡la mirada, eh!).
Es una sensación de libertad genial. Me encanta.

Ahora sólo me quedan unas 32.450 dificultades motivadas por la timidez para las cuales encontrar remedio.
 
 
Comentario:
En el tren o el bus, nada mejor que simular haber caído en brazos de Morfeo...

Por cierto, me acabas de dar una idea para un nuevo texto...
 
Comentario:

Una no comparte esa adicción... pero reconoce (aquí, hablando en tercera persona, como la odiosa Aída que todos saben quién es y nadie conoce...) que las gafas de sol son extremadamente útiles para los desplazamientos en bus. Ya se sabe: o gimnasia ocular permanente para hacer ver que no miras a nadie o tortícolis del milenio por prestarle enfermiza atención a la ventanilla. Sí, como si no te sonara de nada el paisaje...
Que las disfrutes (jejejeje)

Pluma
No