Una parada cualquiera
La maquinaria del tren se detiene, las puertas se abren de golpe. Allí, enfrente, una estación de tren, decenas de raíles, muchos de ellos en desuso. Las letras de neón, apagadas, anuncian el nombre de la estación: Oswiecim. Un nombre que poco o nada sugiere, que ninguna especial sensación produce al viajero poco iniciado. Pero sin más que mirar alrededor, uno se da cuenta de que esa parada no es como las anteriores. Esos raíles ajados gritan, quieren decirnos algo.

Oswiecim está en Polonia, al suroeste de Cracovia, y es mundialmente conocido por su traducción al alemán: Auschwitz.
Sucede que, al hablar de Auschwitz, rápidamente comienzan a saltar todas las alarmas, una suerte de escalofrío recorre los cuerpos, y los más manidos clichés comienzan a aflorar por doquier.
Pero yo, estimado lector, no te voy a demostrar lo sensible y wenapersona que soy, no te voy a decir que “he ido una vez, y no vuelvo más”, ni que es “súper fuerte”, ni que “no es apto para cualquiera”, ni que “tienes que ir mentalizado”. Del mismo modo que agradecí que nadie me dijera “qué masoca eres, yo no podría...”, cuando decidí visitar el mencionado lugar. No pienso decirte nada de eso.

Yo, estimado lector, lo que sí te recomiendo es que vayas allí. Puedes tener por seguro que no vas a sentir miedo, ni se te van a poner los pelos como escarpias, como seguramente te hayan prevenido las más heroico-paternalistas voces. Te recomiendo que atravieses la entrada, la archiconocida entrada del Arbeit Macht Frei (“El trabajo os hará libres”), con la curiosidad de un niño. Que contemples esos bucólicos bungalows de bloques de arcilla, rodeados de jardincitos y vallas. Que saques una foto a contraluz.

Si es posible, ve en invierno, y quédate un rato a la intemperie, en posición pétrea. Entra en las casitas, y observa el contenido en ellas expuesto. Observa los millares de zapatos anónimos, de todas las tallas, que se agolpan unos sobre otros. Observa las tarjetas de identificación, impresas con pintura plástica y perfecta caligrafía sobre las maletas. Observa los enormes matojos de pelo, los botes de betún, las literas de tres pisos con pequeños habitáculos cubiertos de paja, los montones de anteojos de alambre, las celdas oscuras con minúsculos orificios de ventilación. Detente, una por una, frente a las fotografías personales, las fechas, los nombres, los ojos. Y sobre todo, las bocas, las muecas de la boca. Fíjate en esa mujer que esboza una leve sonrisa, como desafiando, a la cámara. Observa los hornos con bandeja, las chimeneas, las tuberías de apenas cinco centímetros de diámetro con salida a yermas habitaciones con la pintura desgastada. Obsérvalo, como te decía, con la curiosidad de un niño, y una vez hayas salido de allí, simplemente, piensa. Piensa, y no más. Y luego, al fin, decide tú mismo si merece la pena analizarlo, o definitivamente, has perdido la esperanza en la raza humana.

Estar en Auschwitz no es más que una mera ilustración, la perfecta muestra de que el lugar aparentemente más inocente y encantador puede esconder lo más fantasmagórico. Pero no es estar allí lo que impresiona. Eso viene después, cuando uno se vuelve a montar en el tren y piensa, efectivamente, en lo bonito e inofensivo que parecía ese onírico campo de bungalows en el que ha estado instantes atrás, en las decenas de hacinados trenes que han pisado esas mismas vías sobre las que circulas ahora.

O también puedes contárselo a tus amigos, conocidos, vecinos y curiosos varios, y relatar lo dura y realizadora que fue la experiencia, lo mucho que te ha enriquecido como persona, la forma en la que se te encogió el corazón, demostraciones gráficas incluidas, e incluso puedes disuadirles de la idea de enfrentarse a tan estremecedora experiencia, amparándote en su crudeza y su inaptitud para gente sensible. Deberías saber, eso sí, que la frivolidad y el mal gusto van de la mano en muchas ocasiones, y que hay ocasiones en las que trasciende con creces ese ámbito. Y sería entonces, especialmente entonces, cuando te recomendaría que te replanteases el dilema de si merece la pena seguir confiando en una especie capaz de regodearse en tales lodazales de inmundicia moral.

Oswiecim está en Polonia, al suroeste de Cracovia, y es mundialmente conocido por su traducción al alemán: Auschwitz.
Sucede que, al hablar de Auschwitz, rápidamente comienzan a saltar todas las alarmas, una suerte de escalofrío recorre los cuerpos, y los más manidos clichés comienzan a aflorar por doquier.
Pero yo, estimado lector, no te voy a demostrar lo sensible y wenapersona que soy, no te voy a decir que “he ido una vez, y no vuelvo más”, ni que es “súper fuerte”, ni que “no es apto para cualquiera”, ni que “tienes que ir mentalizado”. Del mismo modo que agradecí que nadie me dijera “qué masoca eres, yo no podría...”, cuando decidí visitar el mencionado lugar. No pienso decirte nada de eso.

Yo, estimado lector, lo que sí te recomiendo es que vayas allí. Puedes tener por seguro que no vas a sentir miedo, ni se te van a poner los pelos como escarpias, como seguramente te hayan prevenido las más heroico-paternalistas voces. Te recomiendo que atravieses la entrada, la archiconocida entrada del Arbeit Macht Frei (“El trabajo os hará libres”), con la curiosidad de un niño. Que contemples esos bucólicos bungalows de bloques de arcilla, rodeados de jardincitos y vallas. Que saques una foto a contraluz.

Si es posible, ve en invierno, y quédate un rato a la intemperie, en posición pétrea. Entra en las casitas, y observa el contenido en ellas expuesto. Observa los millares de zapatos anónimos, de todas las tallas, que se agolpan unos sobre otros. Observa las tarjetas de identificación, impresas con pintura plástica y perfecta caligrafía sobre las maletas. Observa los enormes matojos de pelo, los botes de betún, las literas de tres pisos con pequeños habitáculos cubiertos de paja, los montones de anteojos de alambre, las celdas oscuras con minúsculos orificios de ventilación. Detente, una por una, frente a las fotografías personales, las fechas, los nombres, los ojos. Y sobre todo, las bocas, las muecas de la boca. Fíjate en esa mujer que esboza una leve sonrisa, como desafiando, a la cámara. Observa los hornos con bandeja, las chimeneas, las tuberías de apenas cinco centímetros de diámetro con salida a yermas habitaciones con la pintura desgastada. Obsérvalo, como te decía, con la curiosidad de un niño, y una vez hayas salido de allí, simplemente, piensa. Piensa, y no más. Y luego, al fin, decide tú mismo si merece la pena analizarlo, o definitivamente, has perdido la esperanza en la raza humana.

Estar en Auschwitz no es más que una mera ilustración, la perfecta muestra de que el lugar aparentemente más inocente y encantador puede esconder lo más fantasmagórico. Pero no es estar allí lo que impresiona. Eso viene después, cuando uno se vuelve a montar en el tren y piensa, efectivamente, en lo bonito e inofensivo que parecía ese onírico campo de bungalows en el que ha estado instantes atrás, en las decenas de hacinados trenes que han pisado esas mismas vías sobre las que circulas ahora.

O también puedes contárselo a tus amigos, conocidos, vecinos y curiosos varios, y relatar lo dura y realizadora que fue la experiencia, lo mucho que te ha enriquecido como persona, la forma en la que se te encogió el corazón, demostraciones gráficas incluidas, e incluso puedes disuadirles de la idea de enfrentarse a tan estremecedora experiencia, amparándote en su crudeza y su inaptitud para gente sensible. Deberías saber, eso sí, que la frivolidad y el mal gusto van de la mano en muchas ocasiones, y que hay ocasiones en las que trasciende con creces ese ámbito. Y sería entonces, especialmente entonces, cuando te recomendaría que te replanteases el dilema de si merece la pena seguir confiando en una especie capaz de regodearse en tales lodazales de inmundicia moral.
Comentario:
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Permite que me quite el sombrero, amigo mío. Sólo eso. Quedo en silencio, con el sombrero en la mano, preguntándome cómo diablos has hecho para escribir el mejor post del año en toda la blogocosa hispanohablante. Magistral.
Queda casi sacrílego, sarcástico, decididamente inadecuado, lo sé, pero aprovecho para desearte felices fiestas de fin de año (estas desmedidas saturnales neopaganas) y un buen 2006.
Queda casi sacrílego, sarcástico, decididamente inadecuado, lo sé, pero aprovecho para desearte felices fiestas de fin de año (estas desmedidas saturnales neopaganas) y un buen 2006.
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Comentario tipo para quienes me han enlazado:
Si quieres borrarme, hazlo ahora o modifÃcame para siempre:
tresdimensiones.blogspot.com
cambia a
laventananegra.blogspot.com
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laventananegra.blogspot.com
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joer, me ha encantao. No has podido explicarlo mejor.
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Ya sabes smithy que mi sueño en la vida es tener mi propio weblog de secretarias que sea un éxito, pues envidio terriblemente a blackie, así pues para ello es necesario que me enlaces con una recomendación especial, de lo contrario me veré obligado a contar lo que hiciste el fin de semana pasado en Bratislava y me confesaste llorando.
Un saludo
eddu
Un saludo
eddu
Comentario:
(...)
Comentario:
Tengo que decirte que leyendo esto, y viendo tus fotos me invadió una profunda tristeza. Quizá porque es cierto, que no sé qué más cabe esperar de la raza humana...
besotes
besotes