El Bus
Aunque pueda parecerlo, no voy a hablar sobre aquel esperpento que parió Antena 3 hace unos años, con la intención de contrarrestar el fenómeno Gran Hermano, obteniendo únicamente un Gran Batacazo.
Voy a hablar del bus, o autobús, o trolebús, o cualquiera que sea su variante, ese entrañable medio de transporte. Y es que, para quienes hemos tenido la fortuna o la desgracia de pasar muchas horas montados en dicho vehículo (en mi caso,dos horas diarias para ir y volver de la universidad) no deja de ser algo que da mucho que hablar. La idea ha surgido tras leer este comentario de Plumamordaz en este mismo blog.
En efecto, cada vez que uno se monta en un bus, es muy difícil evadirse de esa situación de incomodidad, provocada por no saber a dónde mirar, y que generalmente termina con una inusual devoción por observar el paisaje a través de la ventanilla, cual reportero del Discovery Channel.
La mejor receta para evitar ese trance, sobre todo en esos casos en los que el paisaje no da más de sí que las monótonas cunetas de una autopista, es el de simular haber caído en brazos de Morfeo, lo cual resulta ciertamente efectivo.
Pero... ¡hete aquí! Existe una variante muchísimo peor e incómoda, y que también suele darse con frecuencia.
A saber: cuando es el del asiento contiguo el que cae en esos mismos brazos... pero de verdad, aprovechando tu clavícula y tu deltoides a modo de Magic Pillow (sí, esas maravillosas almohadas ergonómicas de Teletienda que, sin duda, hubieran salvado la vida de Ramón Sampedro).
Son varias las veces en las que he tenido que hacer frente a este contratiempo , aunque hay casos y casos, porque no es lo mismo tener el cráneo de Natalia Verbeke o el de Manolo Martínez a modo de hombrera.
Y es que no he mencionado estos dos nombres al azar, porque yo también sufrí a mí Natalia y mi Manolo particulares... y francamente, no sé en cuál de los dos sufrí más.
El primero de ellos sucedió hace unos pocos meses, cuando en un autobús totalmente repleto, con el asiento contiguo al mío como única vacante (una vez que le ves las orejas al lobo, te blindas poniendo la mochila encima, y si cuela, cuela, y te tiras todo el viaje cómodamente sin nadie al lado), se sentó una chica que, para qué negarlo, estaba de bastante buen ver.
El calvario comenzó al de escasamente cinco minutos, cuando la susodicha comenzó a pegar bandazos con su cabeza, la mitad de los cuales hacían diana en mi hombro izquierdo. Cinco minutos después, ya dormía como un angelito... sobre mi clavícula, claro.
Lo cierto es que aún sigo dándole vueltas a la cabeza, a ver si no supe interpretar algún ancestral rito de cortejo... bueno, no es que no me diese cuenta, pero cada vez que el hemisferio derecho de mi cerebro me incitaba a que le siguiese el juego y la "despertara" con algún tonto pretexto, como interesarme por el estado de sus cervicales, el hemisferio izquierdo contraatacaba con un tajante "¡Quieto parao!" o un "¡Sufre, mamón!".
Así que, durante 55 de los 60 minutos del viaje, no hice otra cosa que emitir sudor nervioso por todos los poros (pese a lo cual no ahuyenté a la Bella Durmiente), y, esta vez casi obligado, simular estar dormido yo también, por aquello de no parecer imbécil, tarea improductiva, ya que nada más llegar a mi parada, y cuando ella despertó súbitamente (debía estar en plena fase de sueño REM, no te digo..) para cederme paso para salir... no se me ocurrió otra cosa qué pegarme un coscorrón contra el techo del bus. Y no fue un mensaje subliminal.
El segundo de los casos viene a confirmar que la Física no es una ciencia tan complicada:
Un individuo A de aspecto porcino (dato meramente ilustrativo), con una masa m 120 Kg. y 70 cm. de perímetro craneal, se apoya encima del eje del hombro de otro individuo B de m = 70 Kg., dejando caer todo su peso. ¿Cuál es la fuerza, en Newtons, que debe soportar el individuo B, durante un tiempo t = 1 hora?
Pues del valor en Newtons, ni pajolera idea, pero de que llegué a casa como si hubiera estado dos días pegando hachazos en un bosque guipuzcoano, estoy bien seguro.
Menos mal que este año me libro de viajar en bus...
Voy a hablar del bus, o autobús, o trolebús, o cualquiera que sea su variante, ese entrañable medio de transporte. Y es que, para quienes hemos tenido la fortuna o la desgracia de pasar muchas horas montados en dicho vehículo (en mi caso,dos horas diarias para ir y volver de la universidad) no deja de ser algo que da mucho que hablar. La idea ha surgido tras leer este comentario de Plumamordaz en este mismo blog.
En efecto, cada vez que uno se monta en un bus, es muy difícil evadirse de esa situación de incomodidad, provocada por no saber a dónde mirar, y que generalmente termina con una inusual devoción por observar el paisaje a través de la ventanilla, cual reportero del Discovery Channel.
La mejor receta para evitar ese trance, sobre todo en esos casos en los que el paisaje no da más de sí que las monótonas cunetas de una autopista, es el de simular haber caído en brazos de Morfeo, lo cual resulta ciertamente efectivo.
Pero... ¡hete aquí! Existe una variante muchísimo peor e incómoda, y que también suele darse con frecuencia.
A saber: cuando es el del asiento contiguo el que cae en esos mismos brazos... pero de verdad, aprovechando tu clavícula y tu deltoides a modo de Magic Pillow (sí, esas maravillosas almohadas ergonómicas de Teletienda que, sin duda, hubieran salvado la vida de Ramón Sampedro).
Son varias las veces en las que he tenido que hacer frente a este contratiempo , aunque hay casos y casos, porque no es lo mismo tener el cráneo de Natalia Verbeke o el de Manolo Martínez a modo de hombrera.
Y es que no he mencionado estos dos nombres al azar, porque yo también sufrí a mí Natalia y mi Manolo particulares... y francamente, no sé en cuál de los dos sufrí más.
El primero de ellos sucedió hace unos pocos meses, cuando en un autobús totalmente repleto, con el asiento contiguo al mío como única vacante (una vez que le ves las orejas al lobo, te blindas poniendo la mochila encima, y si cuela, cuela, y te tiras todo el viaje cómodamente sin nadie al lado), se sentó una chica que, para qué negarlo, estaba de bastante buen ver.
El calvario comenzó al de escasamente cinco minutos, cuando la susodicha comenzó a pegar bandazos con su cabeza, la mitad de los cuales hacían diana en mi hombro izquierdo. Cinco minutos después, ya dormía como un angelito... sobre mi clavícula, claro.
Lo cierto es que aún sigo dándole vueltas a la cabeza, a ver si no supe interpretar algún ancestral rito de cortejo... bueno, no es que no me diese cuenta, pero cada vez que el hemisferio derecho de mi cerebro me incitaba a que le siguiese el juego y la "despertara" con algún tonto pretexto, como interesarme por el estado de sus cervicales, el hemisferio izquierdo contraatacaba con un tajante "¡Quieto parao!" o un "¡Sufre, mamón!".
Así que, durante 55 de los 60 minutos del viaje, no hice otra cosa que emitir sudor nervioso por todos los poros (pese a lo cual no ahuyenté a la Bella Durmiente), y, esta vez casi obligado, simular estar dormido yo también, por aquello de no parecer imbécil, tarea improductiva, ya que nada más llegar a mi parada, y cuando ella despertó súbitamente (debía estar en plena fase de sueño REM, no te digo..) para cederme paso para salir... no se me ocurrió otra cosa qué pegarme un coscorrón contra el techo del bus. Y no fue un mensaje subliminal.
El segundo de los casos viene a confirmar que la Física no es una ciencia tan complicada:
Un individuo A de aspecto porcino (dato meramente ilustrativo), con una masa m 120 Kg. y 70 cm. de perímetro craneal, se apoya encima del eje del hombro de otro individuo B de m = 70 Kg., dejando caer todo su peso. ¿Cuál es la fuerza, en Newtons, que debe soportar el individuo B, durante un tiempo t = 1 hora?
Pues del valor en Newtons, ni pajolera idea, pero de que llegué a casa como si hubiera estado dos días pegando hachazos en un bosque guipuzcoano, estoy bien seguro.
Menos mal que este año me libro de viajar en bus...
Comentario:
Soy de los primeros en entrar a la ida y a la vuelta. Que suerte...
Comentario:
Ah el autobús, el limpio y animado transporte del pueblo (y un huevo! el adjetivo "público" jamás fue tan mal usado: 1,10 €urazos el puto billete!)... Si contara yo la de mochilas que han sucumbido bajo los garrotazos/dentalladas de abuel@s histéric@s...
Comentario:
Al menos, esos son "pequeños inconvenientes" lógicos para quien se ha dado el inmenso gusto de sentarse. ¿Y las anécdotas que suceden yendo de pie, aferrándose a la barra?
Situaciones típicas:
a)¡Mi barra! ¡Mi tesoro!
Llegas corriendo. Has esperado media hora. Subes. Pagas. Pillas una barra... y descubres, con horror, que empieza a entrar gente... gente... gente... y te van comprimiendo lentamente.... y tú no quieres soltar la barra, pero aún queda espacio a tus espaldas y NADIE SE QUIERE MOVER... entonces es cuando chilla el conductor "¡Id para el fondo, que queda sitio!" y abre las puertas traseras para meter MÁS GENTE, obligándote a moverte... ¡y a quedarte sin barra o a compartirla!
b) "Compartamos la barra, como buenos hermanos"
Donde caben dos manos, caben cuatro. Donde caben cuatro, caben seis. Lo raro es que quepas tú también. ¡Te han comprimido al vacío! Si escoges una parte elevada de la barra, te darás el morrillazo del milenio en las curvas. Si escoges la parte media, tendrás que ir aguantando sudores de manos que no son las tuyas (sí, te estarán disputando ese espacio "sin querer queriendo"). Y si pones las manos más abajo, antes o después, te acaba aplastando los dedos alguna mochila o, peor, atrapando sin querer la melena de alguien- tal es la cercanía - o tocando algún trasero (figuraos la gracia, jejeej). Pero, volviendo al tema de las mochilas, una tercera situación...
c) ¿Qué c*ñ* hago con la mochila /carpeta/ portablock?
La mochila... eso es lo mejor. Claro, se supone que ya estamos mayores para eso de las mochilas... pero, necesidades del guión, las seguimos usando. Culpa de la cantidad de asignaturas que tenemos por día (carpeta, fotocopias, material de biblioteca...) y de la necesidad de tener las manos libres POR SI NECESITAMOS AGARRAR LA BARRA. Pero, claro. Si la llevas a la espalda, da sentimiento de culpa... chocas con todo el mundo, quitas espacio vital, etc. Si la dejas a los pies, acaba hecha unos zorros y lo mismo alguien, tropezando con ella, se abre la crisma (así está de mal el espacio). ¿Plan c? Suerte... la suerte de que algún colega esté sentado/a y acceda a custodiarte la mochila.
Con la carpeta/ portablock pasa algo similar. No robas espacio vital, pero ... jejeje. Acabas con las muñecas destrozadas por los cambios de mano (por leve que sea el peso, pesa y, cuando pesa, cansa y cuando cansa... te desesperas). ¿Dejarlas en el suelo? ¡Ni en broma! ¿Qué se hace? Buscar al colega... pero si no, a aguantar estoicamente...
Bueno, hay otra posibilidad (sólo válida si entraste de los últimos). Dejarla sobre el soporte que se encuentra justo junto a los mandos del conductor.
No entremos ya, por favor, en las consecuencias que un fenazo o una curva cerrada tienen en un autobus sobrecargado... igual te tragas la cabeza de quien esté enfrente, te rompes los dientes o aplastas al de atrás; generando el efecto dominó.
Es toda una aventura viajar en bus, vayas como vayas...
Fdo: Pluma (a la que aún le queda un tiempo de viajecitos de alto riesgo...)
Comentario:
Ciertamente, eso es bastante duro, pero no lo es menos meterse un viaje de tren de 600 kms. (unas 12 horas) junto a un indigente en continua emisión de un pestilente olor a vino Don Simón ya fermentado.
Creo que después de aquello, me gané la inmunidad eterna, como Fraga al bañarse en Palomares, más o menos.
Creo que después de aquello, me gané la inmunidad eterna, como Fraga al bañarse en Palomares, más o menos.
Comentario:
Existe otra variante aún, espero no te toque sufrirla: cuando se te sienta al lado alguien que debería ocupar dos asientos, porque en uno no cabe, y de forma natural te arrincona a ti, que terminas viajando en equilibrio sobre un hierro de los que sujetan el asiento, y cuando te mueves, más que nada para no terminar con todo clavado, te mira mal encima, como si invadieses SU espacio.
Un saludo, en otro ratito sigo leyendo ;)
Un saludo, en otro ratito sigo leyendo ;)
Comentario:
Lo único que puedo decir de los reality shows es que son un ASCO.





