Sobre Hunos, Godos y Alanos
Se avecinan tiempos difíciles.
En los estados de Sajonia y Brandenburgo, en la antigua Alemania del Este, se han celebrado este fin de semana elecciones regionales, con un resultado que constata la creciente corriente de voto a la extrema derecha a nivel europeo.
Primero fue el austríaco Jörg Haider, allá por 1999, cuando su partido (el F.P.O.) logró más de un 25% de los votos en las elecciones generales, catapultándole a la presidencia. Luego, el 22% de Le Pen en Francia, situándose como segunda fuerza política del país, o el 17% del ultraderechista homosexual holandés Pim Fortuyn, asesinado hace un par de años.
En Italia, Grecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica o Polonia, diversos partidos neofascistas se mueven en márgenes entre el 10 y el 15% del electorado. En Bosnia-Herzegovina y Rumanía, rondando el 20%.
En Suiza, arquetipo de país democrático, la Unión Democrática del Centro de Christoph Blocher, ha sido recientemente el partido más votado, con más de un 27% de los votos.
No son más que síntomas de lo que se avecina.
En España, la ausencia de un líder carismático en la extrema derecha, permite que, por ahora, siga siendo una opción política casi marginal. Pero en el momento en que aparezca ese nuevo Blas Piñar, agarrémonos a nuestros asientos, porque se va a armar gorda.
La gente tiene mucha incertidumbre, cuesta mucho adaptarse a los nuevos tiempos, a la tan manida globalización, que estaba abocada a este fin concreto. Cuesta comprender que lo de astilleros Izar, lo de Samsung, lo de tantas otras multinacionales, pero debemos aceptar que es así como funciona el mundo.
Ahora hay a quienes por quemar almacenes de calzado chinos en Elche. No es más que otro síntoma del desquiciamiento de nuestra sociedad, que actúa impulsada por el pánico. Pero no es esa la solución.
El objetivo de Europa debe ser el empleo de calidad, de alta cualificación técnica, ese en el cual aún no pueden competir las naciones de rebaja, y orientado a la producción de bienes no tangibles. O al menos, no tan tangibles como los que entendemos como tales.
En los países escandinavos, donde se sigue un patrón similar a éste, la exportación supera con creces a la mano de obra.
O eso, o la dedicación en exclusividad al sector terciario, es decir, servicios, información y ocio, porque los sectores primario y secundario los pueden absorber perfectamente -y, de hecho, lo están haciendo- los países con mano de obra barata.
De momento, resulta del todo inimaginable que un pakistaní pueda transportarnos de Madrid a Valencia desde su propio país, aunque no el que pueda fabricarnos el medio de transporte.
Claro que, de ese modo, crearíamos demasiada dependencia de estos países, que más tarde que pronto se darían cuenta de que nos tienen agarrados por las pelotas, y entonces...
También cuesta comprender que, al pasear por las calles de cualquier ciudad española, nos encontremos una sucesión de negros, moros, chinos, incas, mulatos, eslavos, maoríes, zulús y aztecas, como si de la pasarela Gaudí se tratase.
Y eso también asusta. Asusta ver tanta diversidad de golpe, he ahí esa sensación tan extendida, como de que nos hubieran invadido todas las tribus bárbaras en coalición.
Pero no se puede caer en el egoísmo, porque es lo mismo que hemos hecho aquí en el pasado, cuando la situación económica obligaba a emigrar.
Es un instinto humano, el de la supervivencia, y ahí no existe color ni religión, es el objetivo final de toda persona. Y debemos respetarlo.
Ahora bien, no deja de ser preocupante saber que tres de cada cuatro niños que nacen en Madrid, son hijos de emigrantes.
Y no es preocupante porque ello suponga la desaparición de la raza, una salvaje mestización, ni nada parecido.
El verdadero problema es que se trata, por lo general, de gente de pocos recursos, sin apenas formación, y eso es algo que arrastrarán las generaciones inmediatamente venideras.
Traducido al idioma de la vida rutinaria, tres de cada cuatro niños que nacen en Madrid, vivirán en la miseria.
Y eso sí es preocupante. Muy preocupante.
Son demasiadas bocas que alimentar, y el equilibrio del Estado puede romperse por cualquiera de los resquicios que esta situación planteará a corto o medio plazo. Y eso lo pagaremos todos.
Sólo espero que la solución sea diferente a la que están barajando nuestros vecinos...
En los estados de Sajonia y Brandenburgo, en la antigua Alemania del Este, se han celebrado este fin de semana elecciones regionales, con un resultado que constata la creciente corriente de voto a la extrema derecha a nivel europeo.
Primero fue el austríaco Jörg Haider, allá por 1999, cuando su partido (el F.P.O.) logró más de un 25% de los votos en las elecciones generales, catapultándole a la presidencia. Luego, el 22% de Le Pen en Francia, situándose como segunda fuerza política del país, o el 17% del ultraderechista homosexual holandés Pim Fortuyn, asesinado hace un par de años.
En Italia, Grecia, Noruega, Dinamarca, Bélgica o Polonia, diversos partidos neofascistas se mueven en márgenes entre el 10 y el 15% del electorado. En Bosnia-Herzegovina y Rumanía, rondando el 20%.
En Suiza, arquetipo de país democrático, la Unión Democrática del Centro de Christoph Blocher, ha sido recientemente el partido más votado, con más de un 27% de los votos.
No son más que síntomas de lo que se avecina.
En España, la ausencia de un líder carismático en la extrema derecha, permite que, por ahora, siga siendo una opción política casi marginal. Pero en el momento en que aparezca ese nuevo Blas Piñar, agarrémonos a nuestros asientos, porque se va a armar gorda.
La gente tiene mucha incertidumbre, cuesta mucho adaptarse a los nuevos tiempos, a la tan manida globalización, que estaba abocada a este fin concreto. Cuesta comprender que lo de astilleros Izar, lo de Samsung, lo de tantas otras multinacionales, pero debemos aceptar que es así como funciona el mundo.
Ahora hay a quienes por quemar almacenes de calzado chinos en Elche. No es más que otro síntoma del desquiciamiento de nuestra sociedad, que actúa impulsada por el pánico. Pero no es esa la solución.
El objetivo de Europa debe ser el empleo de calidad, de alta cualificación técnica, ese en el cual aún no pueden competir las naciones de rebaja, y orientado a la producción de bienes no tangibles. O al menos, no tan tangibles como los que entendemos como tales.
En los países escandinavos, donde se sigue un patrón similar a éste, la exportación supera con creces a la mano de obra.
O eso, o la dedicación en exclusividad al sector terciario, es decir, servicios, información y ocio, porque los sectores primario y secundario los pueden absorber perfectamente -y, de hecho, lo están haciendo- los países con mano de obra barata.
De momento, resulta del todo inimaginable que un pakistaní pueda transportarnos de Madrid a Valencia desde su propio país, aunque no el que pueda fabricarnos el medio de transporte.
Claro que, de ese modo, crearíamos demasiada dependencia de estos países, que más tarde que pronto se darían cuenta de que nos tienen agarrados por las pelotas, y entonces...
También cuesta comprender que, al pasear por las calles de cualquier ciudad española, nos encontremos una sucesión de negros, moros, chinos, incas, mulatos, eslavos, maoríes, zulús y aztecas, como si de la pasarela Gaudí se tratase.
Y eso también asusta. Asusta ver tanta diversidad de golpe, he ahí esa sensación tan extendida, como de que nos hubieran invadido todas las tribus bárbaras en coalición.
Pero no se puede caer en el egoísmo, porque es lo mismo que hemos hecho aquí en el pasado, cuando la situación económica obligaba a emigrar.
Es un instinto humano, el de la supervivencia, y ahí no existe color ni religión, es el objetivo final de toda persona. Y debemos respetarlo.
Ahora bien, no deja de ser preocupante saber que tres de cada cuatro niños que nacen en Madrid, son hijos de emigrantes.
Y no es preocupante porque ello suponga la desaparición de la raza, una salvaje mestización, ni nada parecido.
El verdadero problema es que se trata, por lo general, de gente de pocos recursos, sin apenas formación, y eso es algo que arrastrarán las generaciones inmediatamente venideras.
Traducido al idioma de la vida rutinaria, tres de cada cuatro niños que nacen en Madrid, vivirán en la miseria.
Y eso sí es preocupante. Muy preocupante.
Son demasiadas bocas que alimentar, y el equilibrio del Estado puede romperse por cualquiera de los resquicios que esta situación planteará a corto o medio plazo. Y eso lo pagaremos todos.
Sólo espero que la solución sea diferente a la que están barajando nuestros vecinos...
Comentario:
Yo también pienso que las soluciones pasan por la integración, por la "tolerancia" que de momento en España sólo se reclama de un lado, y porque quienes van a resultar desfavorecidos por la inmigración que tenemos, no perciban encima injusticias mayores. Porque en realidad en organizar un partido de descerebrados clamando por las esencias de la raza, la religión o cualquier otra banderita similar, no les va a costar mucho si encuentran un caldo de cultivo adecuado. Hay que intentar que ese caldo no exista.
Un beso, Anacoreta.
Un beso, Anacoreta.
Comentario:
Dios mio! he puesto "ha hacerlo". Merezco la muerte. El suicidio del escritor. Lo copiaré cien veces a ver si no se vuelve a repetir...
Comentario:
Yo creo que no existe la solución a estos problemas, la política de integración, exista o no, revierte unas consecuencias.
En caso de que exista y realmente se ayude a los inmigrantes simplemente a conseguir su legalidad y vivir dignamente, ésto conllevará el auge de los grupos de derecha, o peor, ultra-derecha, que con demagogia del tipo: "Les ayudan más a ellos que a nosotros", "Vienen a quitarnos nuestros trabajos", etc,... tristemente se ganarán a ese sector del electorado necesitado de seguridad económica y facilmente maleable que es la mayoría de la población y a aquel otro más altamente posicionado económicamente y que ve amenazada su forma de vida. Pudiendo llegar, sin exagerar, a repetir la triste historia de Centroeuropa durante el siglo XX.
De darse el caso contrario y restringir la entrada de inmigración, además de soportar el descontento de unos cuantos, (que temo seamos una minoría) deberá enfrentarse a la realidad: y es que la inmigración no se puede frenar, será más dificil, se arriesgarán y perderán más vidas, se incrementarán los puestos de trabajo ilegales y la explotación por un sueldo miserable, mediante lo cual, nuestros puestos si se verán amenazados, ya que lo que uno de nosotros hace por un salario, están dispuestos ha hacerlo al menos veinte negros, moros, chinos, incas, mulatos, eslavos, maoríes, zulús o aztecas por siete veces menos sueldo.
De modo que como bien dices, más vale que nos preparemos para lo que está por venir, porque algún día la situación se volverá insostenible, la cuerda se romperá por algun lado y lo vamos a pagar todos.
En caso de que exista y realmente se ayude a los inmigrantes simplemente a conseguir su legalidad y vivir dignamente, ésto conllevará el auge de los grupos de derecha, o peor, ultra-derecha, que con demagogia del tipo: "Les ayudan más a ellos que a nosotros", "Vienen a quitarnos nuestros trabajos", etc,... tristemente se ganarán a ese sector del electorado necesitado de seguridad económica y facilmente maleable que es la mayoría de la población y a aquel otro más altamente posicionado económicamente y que ve amenazada su forma de vida. Pudiendo llegar, sin exagerar, a repetir la triste historia de Centroeuropa durante el siglo XX.
De darse el caso contrario y restringir la entrada de inmigración, además de soportar el descontento de unos cuantos, (que temo seamos una minoría) deberá enfrentarse a la realidad: y es que la inmigración no se puede frenar, será más dificil, se arriesgarán y perderán más vidas, se incrementarán los puestos de trabajo ilegales y la explotación por un sueldo miserable, mediante lo cual, nuestros puestos si se verán amenazados, ya que lo que uno de nosotros hace por un salario, están dispuestos ha hacerlo al menos veinte negros, moros, chinos, incas, mulatos, eslavos, maoríes, zulús o aztecas por siete veces menos sueldo.
De modo que como bien dices, más vale que nos preparemos para lo que está por venir, porque algún día la situación se volverá insostenible, la cuerda se romperá por algun lado y lo vamos a pagar todos.
Comentario:
Ahí le has dado, Ararat. La política de integración sencillamente no existe. Y así nos va a lucir el pelo...
Comentario:
Creo que tienes mucha razón en lo que dices.
Un problema muy gordo son las malas políticas de integración que tenemos.
Los políticos tampoco ayudan, hay demasiada demagogia y al final acabaremos pagando las consecuencias todos, europeos y extranjeros.
Un saludo.
Un problema muy gordo son las malas políticas de integración que tenemos.
Los políticos tampoco ayudan, hay demasiada demagogia y al final acabaremos pagando las consecuencias todos, europeos y extranjeros.
Un saludo.





