Momentos espinosos
Es corriente que estando con amigos y demás, te acuerdes de algo gracioso y te pongas a reír a carcajadas, compartiendo tu risa con la compañía en cuestión. Pero el asunto se vuelve más peliagudo cuando eso te ocurre estando solo. No sé si os ha pasado alguna vez, pero el asunto es bastante embarazoso. Ayer me ocurrió. Estaba paseando tranquilamente cuando de repente asaltó mi mente una anécdota ocurrida tiempo atrás, de esas que aunque la hayas recordado cien veces siempre te hace reír a carcajadas. La expresión de mi cara cambió radicalmente y lo peor era que no sabía dominarme, porque en estos casos una no sabe que es lo mejor, si bien aguantarte la risa (lo cual pones la cara más extraña que puedas imaginar y provocas las consiguientes miradas de extrañeza de la gente que va pasando por tu lado) o bien reírte tal como te pide el cuerpo, es decir a mandíbula batiente (lo que también conlleva las miradas de la gente, esta vez como diciendo “esta chica está loca”) ¡Ay! ¡Vaya momento!. Mi decisión fue aguantarme la risa, decisión como vi poco afortunada, pues yo creo que aguantar tanta tensión es malo para el cuerpo. Cuando ya estaba a punto de soltar la risa floja sin importarme las miradas de asombro, vi mi salvación en el edificio del Corte Inglés que tenía justo al lado en aquel momento. Sin pensármelo dos veces me dirigí a la velocidad del rayo en uno de los servicios de aquella planta y una vez dentro solté toda la risa contenida. Uff!! ¡Vaya alivio! Creo que nunca me había sentido tan feliz y desahogada.
Desolación
Eras joven. Tenías 30 años y hace tan sólo unos días que dejaste tu vida en el asfalto. Te conocía desde tiempo atrás, pues trabajabas en una cafetería cercana, pero tu espíritu luchador y lleno de vida te empujó a montar tu propio negocio. Después te casaste con aquella chica con la que he compartido algunos de mis juegos infantiles.
Por tiempo quedará grabada en mi mente la imagen de todos aquellos compañeros tuyos de bares cercanos con abundantes lágrimas en los ojos, y también el sonido de aquel grito ahogado en esa madrugada fría. Ahora son muchos los que te echamos de menos, porque eras una persona abierta y generosa. El bar, tu bar, volverá a abrir de nuevo sus puertas, pero siempre quedará un vacío inmenso, el que has dejado tú con tu ausencia.
Por tiempo quedará grabada en mi mente la imagen de todos aquellos compañeros tuyos de bares cercanos con abundantes lágrimas en los ojos, y también el sonido de aquel grito ahogado en esa madrugada fría. Ahora son muchos los que te echamos de menos, porque eras una persona abierta y generosa. El bar, tu bar, volverá a abrir de nuevo sus puertas, pero siempre quedará un vacío inmenso, el que has dejado tú con tu ausencia.
La tercera edad
Tal como ya contó en uno de sus artículos mi amigo bloggero Itsas, hay gente de la tercera edad con una agilidad física y mental que ya la quisiéramos algunos jóvenes para nosotros.
Ayer, en uno de mis largos paseos por la ciudad, advertí que un inmigrante recogía con ligereza su mercancía ante la vista de unos policías que se acercaban. Con las prisas en su huida, uno de los cds de música que vendía se le cayó al suelo. Apenas habían transcurrido un par de segundos, cuando una mujer de edad avanzada, se agachó, cogió el cd y se lo guardó en su bolso, todo ello con una velocidad pasmosa, pasando con aire triunfal ante mi atónita mirada. Aún hoy estoy intentando dilucidar quién fue más rápido, si el joven inmigrante o la anciana señora.
Ayer, en uno de mis largos paseos por la ciudad, advertí que un inmigrante recogía con ligereza su mercancía ante la vista de unos policías que se acercaban. Con las prisas en su huida, uno de los cds de música que vendía se le cayó al suelo. Apenas habían transcurrido un par de segundos, cuando una mujer de edad avanzada, se agachó, cogió el cd y se lo guardó en su bolso, todo ello con una velocidad pasmosa, pasando con aire triunfal ante mi atónita mirada. Aún hoy estoy intentando dilucidar quién fue más rápido, si el joven inmigrante o la anciana señora.
Ruidos extraños
Estos días he estado sola en mi trabajo, los demás compañeros disfrutaban de vacaciones. No es que me importe demasiado quedarme sola, pero llega un momento en que el aburrimiento hace estragos y te dan ganas de hablar hasta con las paredes si es que éstas te escucharan. En uno de esos interminables días, estando yo aplicada en mi trabajo, escuché un ruido. Pensando que alguien había entrado me levanté de inmediato para recibirle, pero no había nadie. Volví a sentarme y a concentrarme en lo mío. Un rato después oí el mismo ruido, de nuevo me levanté e igualmente volví a sentarme al obtener el mismo resultado. Este proceso se repitió varias veces. ¿Me estaré volviendo paranoica? ¿Será el efecto de una prolongada soledad, o simplemente la explicación está en las fotocopiadoras distribuidas por mi planta?





