Cristóbal
Aún recuerdo a mi primer amigo. Vivía en el mismo bloque de pisos que yo, un piso por encima del mío. Quizás fue esa proximidad la que nos llevó a una estrecha amistad. En mi memoria están guardadas tardes de invierno en su casa o en la mía y largos días de verano juntos en las proximidades del barrio, pero siempre compartiendo juegos y risas. Pero un día, en uno de nuestros imaginativos juegos me anunció que pronto se tendría que ir a otra ciudad, a su padre lo iban a trasladar en su trabajo. No terminé de comprender lo que me quería decir, mi mente infantil pensaba que las cosas no cambiaban, que siempre todo iba a permanecer igual.
El momento de la partida llegó y con él nuestro última día de juegos compartidos. Nos encontrábamos en la calle, jugando a subir y bajar unos montones de arena. A poca distancia se encontraba otro montón, éste el más alto de todos. Él me dijo:
-Si eres capaz de subir a lo más alto del gran montón no me marcharé.
No me lo pensé un momento, tomé impulso desde unos metros atrás y subí con gran dificultad. Él (que tenía un par de años más que yo) me siguió con agilidad. Una vez que llegamos a lo más alto, le sonreí ¡Había cumplido mi cometido! ¡Ya no se marcharía! Mi gran inocencia no me permitía ver que aquello no era posible, que los niños no podíamos deshacer los planes que los mayores hacían.
-Ya no te marcharás ¿verdad? – le dije
-Sabes que eso no es posible - me contestó.
Se agachó y se llenó las dos manos de arena y abriéndome una de las mías me dijo:
-Guarda tú un puñado de arena y yo guardaré el otro. Así podremos recordar a qué jugábamos en nuestra última tarde juntos.
La arena pasó de su mano a la mía.
Entonces me dijo adiós, bajó rápidamente y se dirigió a su casa. Lo hizo tan rápido que no pude seguirle, me tuve que limitar a observarle desde lo alto. A pesar de todo pensaba que cualquier día lo volvería a ver y jugaríamos de nuevo juntos, pero día a día me tuve que convencer de que eso no sucedería.
Ahora que han pasado tantos años, todavía lo recuerdo con gran ternura y me pregunto que habrá sido de su vida. ¿Se acordará él también de mí?
El momento de la partida llegó y con él nuestro última día de juegos compartidos. Nos encontrábamos en la calle, jugando a subir y bajar unos montones de arena. A poca distancia se encontraba otro montón, éste el más alto de todos. Él me dijo:
-Si eres capaz de subir a lo más alto del gran montón no me marcharé.
No me lo pensé un momento, tomé impulso desde unos metros atrás y subí con gran dificultad. Él (que tenía un par de años más que yo) me siguió con agilidad. Una vez que llegamos a lo más alto, le sonreí ¡Había cumplido mi cometido! ¡Ya no se marcharía! Mi gran inocencia no me permitía ver que aquello no era posible, que los niños no podíamos deshacer los planes que los mayores hacían.
-Ya no te marcharás ¿verdad? – le dije
-Sabes que eso no es posible - me contestó.
Se agachó y se llenó las dos manos de arena y abriéndome una de las mías me dijo:
-Guarda tú un puñado de arena y yo guardaré el otro. Así podremos recordar a qué jugábamos en nuestra última tarde juntos.
La arena pasó de su mano a la mía.
Entonces me dijo adiós, bajó rápidamente y se dirigió a su casa. Lo hizo tan rápido que no pude seguirle, me tuve que limitar a observarle desde lo alto. A pesar de todo pensaba que cualquier día lo volvería a ver y jugaríamos de nuevo juntos, pero día a día me tuve que convencer de que eso no sucedería.
Ahora que han pasado tantos años, todavía lo recuerdo con gran ternura y me pregunto que habrá sido de su vida. ¿Se acordará él también de mí?
Ya lo dijo Herbert Spencer...
"Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos sean libres; nadie perfectamente moral hasta que todos sean morales; nadie perfectamente feliz hasta que todos sean felices"
Juego de miradas
¿Quién no ha tenido ocasión de conocer a alguna de aquellas personas que parecen intentar leerte la mente con la mirada? ¿Que tras terminar cualquier conversación, dejan la vista fija sobre uno durante lo que parece toda una eternidad?. A mí ese tipo de personas, tengo que confesar, que me ponen algo nerviosa, es algo que no puedo evitar, me da la sensación de que me están evaluando. Así que cuando me ocurría algo así, intentaba hacerme la despistada mirando hacia cualquier lado, pero no surtía efecto, también intentaba distraer con cualquier otro tema de conversación, pero terminaba ese tema de conversación y otro y otro, hasta que se establecía un silencio tenso… y la mirada seguía sin cambiar su objeto de interés. Y eso hacía sentirme ya bastante incómoda.
Hasta que un día encontré una solución infalible, para combatir una mirada indiscreta no hay nada como otra igual. Que si dicha persona permanece en silencio mirándote fijamente, yo hago igual, de tal manera que los dos quedamos sumergidos en esa especie de juego, en el que el primero que aparta la vista o se ríe, pierde ¡y por lo general salgo ganando yo! ¿Qué queréis? Sólo pretendo defender mi parcelita de intimidad.
Hasta que un día encontré una solución infalible, para combatir una mirada indiscreta no hay nada como otra igual. Que si dicha persona permanece en silencio mirándote fijamente, yo hago igual, de tal manera que los dos quedamos sumergidos en esa especie de juego, en el que el primero que aparta la vista o se ríe, pierde ¡y por lo general salgo ganando yo! ¿Qué queréis? Sólo pretendo defender mi parcelita de intimidad.
¡Cumpleaños feliz! ¡Cumpleaños feliz!….
Pues sí, mi amigo bloggero Itsas cumplió años. Como las malas jugadas que a veces nos juega la salud, me impidió estar el día adecuado para felicitarle, pues he pensado… el post de hoy va para él!! Para quien no conozca aún su blog, recomiendo su visita, ahí se dan encuentro otros bloggeros muy majos. Itsas, no dirás que no te hago publicidad eh? jejeje. Bueno, pues ya en serio, que este nuevo año que has cumplido esté lleno de buena suerte y que sigas escribiendo en tu blog por mucho tiempo, vale?





