Ken Follett vs. Mario Benedetti
(Extraído de "La industria del libro y las actividades del marketing")
KEN FOLLETT
Ken Follet, autor de best-sellers, ha sido muy explícito a la hora de definir el secreto y los motores de su éxito; por un lado, la adopción franca del final feliz; y, por otro, dos palabras clave; amor y miedo. Cuando empecé, ha confesado Ken Follet, pensaba que era mucho más chic escribir novelas con un final triste, ahora sé que eso era simplemente un fallo. Respecto al amor, el escritor ha reconocido que su infalible fórmula de superventas incluye contemplar el acontecimiento crucial en la vida del protagonista –el amor- y tratar bien a las figuras femeninas, a fin de no perder medio millón de lectoras.
También afirma: Es muy halagador levantarse por las mañanas y descubrir que eres tan bueno en algo que eres mejor que casi todos: la mayor felicidad consiste en hacer un trabajo extraordinariamente bien y que te paguen por ello.
MARIO BENEDETTI
Dice Mario Benedetti en un artículo publicado por El País en octubre de 1983: En un artículo anterior afirmé que no había crisis del libro, sino del best-seller, y la afirmación pudo parecer por lo menos aventurada en un momento en que precisamente se efectuaba en Dallas el lanzamiento más impresionante de la historia de los best-seller: “Las alas del águila”, de Ken Follet, que con cuatro de sus libros anteriores ya había llegado a la friolera cifra de ventas de 38 millones de ejemplares.
El monstruoso aparato, con su técnica de shock publicitario, desplegado por algunas multinacionales de la industria del libro, es antes que nada, un síntoma del miedo al fracaso, pero también del miedo a que la gran masa de lectores vaya por el rumbo de su propio gusto y no por el del gusto que le fabrican las computadoras. Quien escribe primordialmente en función del éxito seguro, acumulando los ingredientes que la informática le brinda para lograr una venta descomunal, podrá ser considerado muchas cosas, desde buen inversor hasta planificador sagaz, desde alegre negociante hasta experto en marketing: es decir, todo menos artista o hacedor de literatura, ya que el arte y la literatura requieren dosis de entrega de honestidad y de generosidad que no tienen demasiado relación con las expectativas mercantiles, sigue diciendo Benedetti.
Y continúa Benedetti afirmando: Es obvio que un best-seller internacional puede, mediante una espectacular publicidad, conseguir millones de lectores, ¿pero alguien se ha detenido a analizar el hecho innegable de que la mayoría de los best-seller desaparecen de las librerías con la misma velocidad de su explosiva aparición? ¿No habrá que preguntarse en cuántos lectores ese fenómeno, tan crudamente comercial, genera una repulsa, ya no hacia un autor en particular, sino a la literatura en general? Aun en el caso de lectores casi iletrados, sin experiencia cultural, el público es, por lo general, bastante más sensible que las computadoras, y a menudo es capaz de detectar cierto tufillo mercantil en los libros más ruidosamente publicitados. El lector elemental, en estado de inocencia bibliográfica, podrá captar o no los diversos signos literarios, pero casi siempre es capaz de percibir la honestidad o el envilecimiento de quien escribe. Por eso la industria del best-seller es, en última instancia, una agresión a la cultura, ya que aquí y allá va creando muros de contención a su natural desarrollo y sobre todo va generando un lamentable malentendido; que una obra (por el hecho de tener forma de libro) sea obligatoriamente literaria. Creo que es hora de que nos atrevamos a decir que la mayor parte de los best-sellers comerciales no lo son. De ahí que una novela superventas, que hoy puede llenar los escaparates y las mesas escogidas de las librerías y ser objeto de una promoción extraordinaria, semanas después, al dejar su sitio preferente al nuevo best-seller de turno, corra el riesgo de desaparecer para siempre del ámbito editorial. Ya que tan sólo es (a pesar del vertiginoso y predecible éxito) uno más de los productos que oferta el mercado, está condenado a la breve vida, pasión y muerte de los mismos. Reconozcamos que la maquinaria del best-seller industrial nace de un miedo: que un determinado libro, si no es altamente promocionado, se pudra en los anaqueles; lo que no revela un colmo de confianza en su autor y su capacidad de convocatoria.
Vamos, Ken, ni tan chic ni tan shock ¿no?, con estas palabras termina Benedetti su artículo "La programación del éxito".
KEN FOLLETT
Ken Follet, autor de best-sellers, ha sido muy explícito a la hora de definir el secreto y los motores de su éxito; por un lado, la adopción franca del final feliz; y, por otro, dos palabras clave; amor y miedo. Cuando empecé, ha confesado Ken Follet, pensaba que era mucho más chic escribir novelas con un final triste, ahora sé que eso era simplemente un fallo. Respecto al amor, el escritor ha reconocido que su infalible fórmula de superventas incluye contemplar el acontecimiento crucial en la vida del protagonista –el amor- y tratar bien a las figuras femeninas, a fin de no perder medio millón de lectoras.
También afirma: Es muy halagador levantarse por las mañanas y descubrir que eres tan bueno en algo que eres mejor que casi todos: la mayor felicidad consiste en hacer un trabajo extraordinariamente bien y que te paguen por ello.
MARIO BENEDETTI
Dice Mario Benedetti en un artículo publicado por El País en octubre de 1983: En un artículo anterior afirmé que no había crisis del libro, sino del best-seller, y la afirmación pudo parecer por lo menos aventurada en un momento en que precisamente se efectuaba en Dallas el lanzamiento más impresionante de la historia de los best-seller: “Las alas del águila”, de Ken Follet, que con cuatro de sus libros anteriores ya había llegado a la friolera cifra de ventas de 38 millones de ejemplares.
El monstruoso aparato, con su técnica de shock publicitario, desplegado por algunas multinacionales de la industria del libro, es antes que nada, un síntoma del miedo al fracaso, pero también del miedo a que la gran masa de lectores vaya por el rumbo de su propio gusto y no por el del gusto que le fabrican las computadoras. Quien escribe primordialmente en función del éxito seguro, acumulando los ingredientes que la informática le brinda para lograr una venta descomunal, podrá ser considerado muchas cosas, desde buen inversor hasta planificador sagaz, desde alegre negociante hasta experto en marketing: es decir, todo menos artista o hacedor de literatura, ya que el arte y la literatura requieren dosis de entrega de honestidad y de generosidad que no tienen demasiado relación con las expectativas mercantiles, sigue diciendo Benedetti.
Y continúa Benedetti afirmando: Es obvio que un best-seller internacional puede, mediante una espectacular publicidad, conseguir millones de lectores, ¿pero alguien se ha detenido a analizar el hecho innegable de que la mayoría de los best-seller desaparecen de las librerías con la misma velocidad de su explosiva aparición? ¿No habrá que preguntarse en cuántos lectores ese fenómeno, tan crudamente comercial, genera una repulsa, ya no hacia un autor en particular, sino a la literatura en general? Aun en el caso de lectores casi iletrados, sin experiencia cultural, el público es, por lo general, bastante más sensible que las computadoras, y a menudo es capaz de detectar cierto tufillo mercantil en los libros más ruidosamente publicitados. El lector elemental, en estado de inocencia bibliográfica, podrá captar o no los diversos signos literarios, pero casi siempre es capaz de percibir la honestidad o el envilecimiento de quien escribe. Por eso la industria del best-seller es, en última instancia, una agresión a la cultura, ya que aquí y allá va creando muros de contención a su natural desarrollo y sobre todo va generando un lamentable malentendido; que una obra (por el hecho de tener forma de libro) sea obligatoriamente literaria. Creo que es hora de que nos atrevamos a decir que la mayor parte de los best-sellers comerciales no lo son. De ahí que una novela superventas, que hoy puede llenar los escaparates y las mesas escogidas de las librerías y ser objeto de una promoción extraordinaria, semanas después, al dejar su sitio preferente al nuevo best-seller de turno, corra el riesgo de desaparecer para siempre del ámbito editorial. Ya que tan sólo es (a pesar del vertiginoso y predecible éxito) uno más de los productos que oferta el mercado, está condenado a la breve vida, pasión y muerte de los mismos. Reconozcamos que la maquinaria del best-seller industrial nace de un miedo: que un determinado libro, si no es altamente promocionado, se pudra en los anaqueles; lo que no revela un colmo de confianza en su autor y su capacidad de convocatoria.
Vamos, Ken, ni tan chic ni tan shock ¿no?, con estas palabras termina Benedetti su artículo "La programación del éxito".
Noche de reyes
El tiempo de espera, los empujones y algún caramelazo en la frente, resultó poco precio a pagar cuando a cambio pude contemplar la carita llena de ilusión de mi sobrino de cuatro años pidiendo a gritos al Rey Baltasar su camión de juguete.





