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Desde la oscuridad
Pensamientos de un alma solitaria
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Soy una caminante en busca de mi propio destino
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BOCAS DEL TIEMPO (EDUARDO GALEANO)
El artillero

El primer ministro de Israel tomó la decisión. Su ministro de Defensa la transmitió. El jefe de estado mayor explicó que iba a aplicar quimioterapia contra los palestinos, que son un cáncer. El general de brigada declaró el toque de queda. El coronel ordenó el arrasamiento de los caseríos y de los campos sembrados. El comandante de división envió los tanques y prohibió el ingreso de ambulancias. El capitán dictó la orden de fuego. El teniente mandó que el artillero disparara el primer misil.

Pero el artillero, ese artillero, no estaba. Yigal Bronner, último eslabón de la cadena de mandos, había sido enviado a prisión por negarse a la matanza.
 
Poesía
Debo reconocer que aunque lectora empedernida, no soy muy dada a la poesía, pero, sin embargo, como todo en la vida, es bueno hacer excepciones. Y es por eso, que entre tanta novela, guardo con especial cariño algunos libros de poesía, los cuales me gusta saborear de vez en cuando, sobre todo cuando dispongo de la calma y el silencio necesarios.

Anoche, se dieron las circunstancias propicias para ello. Tumbada en la cama y aprovechando que el calor nocturno había espantado mi sueño, una vez más, degusté sin prisas palabras hermosas. Esa noche le tocó a Neruda. He aquí uno de mis poemas preferidos.

Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche,
invisible en tu sueño, seriamente nocturna,
mientras yo desenredo mis preocupaciones
como si fueran redes confundidas.
Ausente, por los sueños tu corazón navega,
pero tu cuerpo así abandonado respira
buscándome sin verme, completando mi sueño
como una planta que se duplica en la sombra.
Erguida, serás otra que vivirá mañana,
pero de las fronteras perdidas en la noche,
de este ser y no ser en que nos encontramos
algo queda acercándonos en la luz de la vida
como si el sello de la sombra señalara
con fuego sus secretas criaturas.
 
Otro adiós
Sabía que tarde o temprano iba a suceder y creí estar preparada, pero no, nunca se está. Es más, cada vez creo estarlo menos.

Iba a ser un día de despedidas, pero con el sabor alegre de las vacaciones, despedidas que no son tales, sino "hasta luegos". No podía imaginar que precisamente ese día me tenía preparado la noticia que, para qué engañarnos, tanto temía.

Sonó el teléfono, preguntaron por él y yo estaba a su lado. Vi su sonrisa nerviosa y fue entonces cuando supe lo que le estaban comunicando. Fui la primera en enterarme y seguramente él esperaba de mí la lógica felicitación, pero me costó mucho que pareciese natural, y mi sonrisa, sin verla, supe que era triste. No reaccioné como merecía que lo hiciera. Y no es que no me alegrara por él, pero en el fondo no dejo de ser una egoísta y no puedo dejar de pensar que lo que realmente quiero es que siga donde yo estoy, porque le he cogido demasiado cariño y porque forma parte de ese reducido número de personas tan especiales que he tenido la suerte de conocer en los últimos años.

Y sí, me avergüenzo de permanecer hosca y silenciosa, mientras los demás le manifestaban su alegría. Y me avergüenzo también de haber estado a punto de llorar y estropear su día, cuando nunca, quizás por mi forma de ser, lo hago en público. Y además, de haber tardado tanto en reunir fuerzas para poder hablarle de su futuro, porque él no se merecía aquella actitud por mi parte, pero no pude evitarlo.

Noto que cada vez me da más miedo encariñarme con ciertas personas, porque veo que su paso por mi vida tiende a ser efímero. No quiero ir por la vida con una coraza puesta, pero hay veces que inevitablemente pienso que con ella sería más feliz.