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C.S.Lewis, 'Cartas del diablo a su sobrino', 1942

Clive Staples Lewis (1898-1963) fue el autor de 'Las Crónicas de Narnia' y uno de los amigos que junto con Tolkien formaron los Inklings, que se reunían en el Magdalen College de la Universidad de Oxford o en el pub 'The Eagle and Child' a partir de la década de los 1930. Otro de los amigos participantes fue Charles Williams, que escribió 'Guerra en el Cielo' y 'Descent Into Hell' entre otros libros. De esas reuniones (se puede decir) surgieron dos sagas épicas como son Las Crónicas de Narnia y El Señor de los Anillos, una de resonancias míticas occidentales (cristianismo, mitologías romana y griega) y la otra de resonancias gaélicas, nórdicas, germánicas... (¿anti-catolicismo?). Se entiende que muestran culturas muy diferentes.

Según he leído Lewis no era una persona religiosa en su juventud, pero cerca de su treintena se convirtió con fervor al cristianismo (a la Iglesia de Inglaterra), por influencia de Tolkien (que era cristiano) y otros amigos. Según he leído la decisión la tomó en 1931 tras una discusión con Tolkien y otros. Aparte, he leído en un blog la lista de libros que influyeron en C.S.Lewis para su 'actitud vocacional y filosofía de vida'. En ese blog está explicado mejor y con muchos enlaces, pero la lista es:

  1. Phantastes, de George MacDonald.
  2. The Everlasting Man, de G. K. Chesterton.
  3. The Aenied, de Virgilio.
  4. The Temple, de George Herbert.
  5. The Prelude, de William Wordsworth.
  6. The Idea of the Holy, de Rudolph Otto.
  7. The Consolation of Philosophy, de Boecio.
  8. The Life of Samuel Johnson, de James Boswell.
  9. Descent into Hell, de Charles Williams.
  10. Theism and Humanism, de Arthur James Balfour.

En 1993 se hizo una película sobre su relación matrimonial (tardía y corta, de 4 años tras una relación epistolar centrada en la religión) con una escritora, Joy Gresham: "Shadowlands" o "Tierras de Penumbra". No hace mucho leí "Una Pena en Observación", un pequeño diario posterior a la pérdida de su mujer, en el que nos muestra las dudas existenciales que tuvo a raíz de aquello y cómo la vida le ayudó a superarlas.

En "Cartas..." el diablo aconseja a su sobrino cómo tratar a su 'paciente' para ganar su alma o, mejor dicho, para que éste la pierda. Posteriormente a su publicación añadió un prólogo en el que explica cómo entiende él que son los demonios, con tal de que no se malinterprete el contenido de las cartas ni se las confunda con obras de otros órdenes. La primera edición se produjo por entregas, en un periódico, y alguno consideró las cartas como perniciosas o diabólicas, quizás por ser ingeniosas y certeras. Sobre este libro se prepara una película que se estrenará quizás en 2010, y probablemente será dirigida por un tal Ralph Winter, cristiano militante de talante y sutileza similares a los de Mel Gibson... Decir que hay varias copias de las cartas en Internet.

Pero a mí lo que me interesa es la descripción de los demonios que hace Lewis en su prefacio añadido. Me parece muy correcto y lógico lo que se dice aquí. Creo que los demonios que describe son peligros ante los que debemos prevenirnos; es ahí, de esa manera, donde se pierden las almas, o lo que sea. Las negritas y cursivas son mías; las negritas para resaltar el tema, y las cursivas intentando facilitar la lectura

...La pregunta más corriente es si realmente "creo en el Diablo".

Ahora bien; si por "el Diablo" se entiende un poder opuesto a Dios y, como Dios, existente por toda la eternidad, la respuesta es, desde luego, no. ...

La pregunta adecuada sería si creo en los diablos. Sí, creo. Es decir, creo en los ángeles, y creo que algunos de ellos, abusando de su libre albedrío, se han enemistado con Dios y, en consecuencia, con nosotros. A estos ángeles podemos llamarles "diablos". No son de naturaleza diferente que los ángeles buenos, pero su naturaleza es depravada. Diablo es lo contrario que ángel tan sólo como un Hombre Malo es lo contrario que un Hombre Bueno. Satán, el cabecilla o dictador de los diablos, es lo contrario no de Dios, sino del arcángel Miguel.

...Se pinta a los diablos con alas de murciélago y a los ángeles con alas de pájaro, no porque nadie sostenga que la degradación moral tienda a convertir las plumas en membrana, sino porque a la mayoría de los hombres le gustan más los pájaros que los murciélagos. Se les pintan alas, para empezar, con la intención de dar una idea de la celeridad de la energía intelectual libre de todo impedimento. Se les confiere forma humana porque la única criatura racional que conocemos es el hombre. Al ser criaturas superiores a nosotros en el orden natural, incorpóreas o que animan cuerpos de un tipo que ni siquiera podemos imaginar, hay que representarlas simbólicamente, si se quiere representarlas de algún modo.

Además, estas formas no sólo son simbólicas, sino que la gente sensata siempre ha sabido que eran simbólicas. Los griegos no creían que los dioses tuviesen realmente las hermosas formas humanas que les daban sus escultores. En su poesía, un dios que quiere 'aparecerse' a un mortal asume temporalmente la apariencia de un hombre. La teología cristiana ha explicado casi siempre la 'aparición' de un ángel del mismo modo. 'Sólo los ignorantes se imaginan que los espíritus son realmente hombres alados', dijo Dionisio en el siglo V.

En las artes plásticas, estos símbolos han degenerado continuamente. Los ángeles de Fra Angélico llevan en su rostro y en su actitud la paz y la autoridad del Cielo; luego vinieron los regordetes desnudos infantiles de Rafael; por último, los ángeles suaves, esbeltos, aniñados y consoladores del arte decimonónico, de formas tan femeninas que sólo su total insipidez evita que resulten voluptuosas: parecen las frígidas huríes de un paraíso de saloncito. Son un símbolo pernicioso. En las Escrituras, la visitación de un ángel es siempre alarmante; tiene que empezar por decir: «No temas». El ángel victoriano, en cambio, parece a punto de susurrar «Ea, ea, no es nada».

Los símbolos literarios encierran un mayor peligro, ya que no son tan fácilmente reconocibles como simbólicos. Los mejores son los del Dante: ante sus ángeles nos sumimos en un auténtico temor reverencial, y sus diablos se aproximan mucho más -por su rabia, despecho e indecencia- a lo que debe ser la realidad que cualquier cosa de Milton, como señaló acertadamente Ruskin. Los diablos de Milton, por su grandiosidad y su elevada Poesía, han hecho mucho daño, y sus ángeles deben demasiado a Homero y a Rafael. Pero la imagen verdaderamente nociva es el Mefistófeles de Goethe. Es Fausto, y no Mefistófeles, quien de verdad exhibe la implacable, insomne y crispada concentración en sí mismo que es la marca del infierno. El divertido, civilizado, sensato y flexible Mefistófeles ha contribuido a fortalecer la ilusoria creencia de que el mal es liberador.

Un hombre pequeño puede evitar, en ocasiones, un error cometido por un gran hombre, y yo estaba decidido a conseguir que mi simbolismo no incurriese, al menos, en el mismo error que el de Goethe. Porque el humor implica un cierto sentido de las proporciones, y la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, y yo creo que, atribuyamos lo que atribuyamos a los seres que pecaron de orgullo, no debemos atribuirles precisamente eso. "Satán cayó por la fuerza de gravedad", dijo Chesterton. Se debe representar el infierno como un estado en el que todo el mundo está perpetuamente pendiente de su propia dignidad y de su propio enaltecimiento, en el que todos se sienten agraviados, y en el que todos viven las pasiones mortalmente serias que son la envidia, la presunción y el resentimiento. Eso, para empezar; en cuanto a lo demás, mi elección de símbolos depende, supongo, de mi temperamento y de la época.

Me gustan mucho más los murciélagos que los burócratas. Vivo en la Era del Dirigismo, en un mundo dominado por la Administración. El mayor mal no se hace ahora en aquellas sórdidas "guaridas de criminales" que a Dickens le gustaba pintar. Ni siquiera se hace, de hecho, en los campos de concentración o de trabajos forzados. En los campos vemos su resultado final, pero es concebido y ordenado (instigado, secundado, ejecutado y controlado) en oficinas limpias, alfombradas, con calefacción y bien iluminadas, por hombres tranquilos de cuello de camisa blanco, con las uñas cortadas y las mejillas bien afeitadas, que ni siquiera necesitan alzar la voz. En consecuencia, y bastante lógicamente, mi símbolo del Infierno es algo así como la burocracia de un estado-policía, o las oficinas de una empresa dedicada a negocios verdaderamente sucios.

Milton nos ha dicho que "diablo con diablo condenado mantiene firme concordia". Pero me pregunto yo, ¿cómo? Desde luego, no por amistad: un ser que aún puede sentir afecto no es todavía un diablo. También en este sentido mi símbolo me parece útil, porque permitía, por medio de paralelismos terrenales, describir una sociedad oficial sostenida enteramente por el miedo y la avaricia. En la superficie, los modales de sus habitantes son normalmente amables; la grosería para con los superiores de uno sería, evidentemente, suicida, y la grosería para con los iguales podría ponerles en guardia antes de que uno estuviese preparado para adelantárseles. Y es que, por supuesto, el principio rector de toda la organización es que 'el perro se come al perro'. Todos desean el descrédito, la degradación y la ruina de los demás: todos son expertos en el arte del informe confidencial, la alianza fingida, la puñalada a traición. Por encima de todo eso, sus buenos modales, sus expresiones de grave respeto, sus 'homenajes' a los invaluables servicios prestados por los demás, constituyen una tenue corteza, que de vez en cuando se agrieta, y hace erupción la lava ardiente de su odio mutuo.

Este símbolo me permitía también deshacerme de la absurda idea de que los diablos están consagrados a la búsqueda desinteresada de algo llamado el Mal (la mayúscula es esencial). Mis diablos no tienen nada que ver con semejante fantasía. Los ángeles malos, como los hombres malos, son enteramente prácticos. Tienen dos motivaciones. La primera es el temor al castigo: al igual que los países totalitarios tienen sus campos de tortura, mi Infierno contiene Infiernos más profundos, que son sus 'correccionales'. Su segunda motivación es una especie de hambre. Me imagino que los diablos pueden, en un sentido espiritual, devorarse mutuamente; y devorarnos a nosotros, claro. Incluso en la vida humana hemos visto la pasión de dominar, casi de digerir al prójimo; de hacer de toda su vida intelectual y emotiva una mera prolongación de la propia: odiar los odios propios, sentir rencor por los propios agravios y satisfacer el propio egoísmo, además de a través de uno mismo, por medio del prójimo. Por supuesto que sus pequeñas pasiones deben ser suprimidas para hacer sitio a las propias, y si el prójimo se resiste a esta supresión, está comportándose de forma muy egoísta.

En la Tierra, a este deseo se le llama con frecuencia "amor". En el Infierno, me imagino, lo reconocen como hambre. Pero allí el hambre es más voraz, y se puede satisfacer más completamente. Allí, sugiero, el espíritu más fuerte -tal vez no haya cuerpos que lo impidan- puede absorber real e irrevocablemente al más débil en su interior; e imponer perpetuamente su propio ser a la individualidad atropellada del más débil. Por eso, me imagino, los diablos desean las almas humanas y las de los otros diablos; por eso Satán desea a todos sus seguidores, a todos los hijos de Eva y a todas las huestes del Cielo: sueña con la llegada de un día en que todos estén dentro de él, cuando todo aquel que diga 'Yo' sólo pueda decirlo a través de Satán. Supongo que esto es la parodia de la araña hinchada, la única imitación al alcance de Satán de esa insondable magnanimidad por medio de la cual Dios convierte a sus instrumentos en servidores y a sus servidores en hijos, para que puedan al fin reunirse con Él, en la perfecta libertad de un amor ofrecido desde la altura de las individualidades absolutas que han podido alcanzar gracias a la liberación divina.

Es una cita muy larga, pero sólo es parte del prefacio. El texto completo vale la pena. Me parecen unos conceptos muy modernos, realistas y útiles.


 
recordando Kirikou

El otro día encontré en un blog una reseña sobre una película francesa: Kirikou y la Hechicera, dirigida por Michel Ocelot, en 1998. Es francesa pero cuenta una historia de inspiración africana. He leído que Ocelot es guineano y que la música es de Youssou N'dour.

No recuerdo mucho de la historia: baste decir que Kirikou es un niño ingenuo y curioso que gracias a su hacer metódico, libre y amoroso (junto con la investigación histórica) descubre los secretos de una bruja que atemoriza a su pueblo. La bruja se vale de una especie de robots, y la razón de que genere tanto mal reside en un problema que resuelve el pequeño, valiente y curioso Kirikou.

Bueno, más o menos eso es lo que recuerdo. Cuando vi la reseña y las imágenes recordé lo mucho que me gustó la película, y busqué entre los posts pero no encontré nada. Se me debió olvidar escribirlo, porque sí recuerdo que quería hacerlo. O quizás el buscador no conoce todos los rincones del blog...

Sea como sea, aquí está el recuerdo (y recomendación), y copio las imágenes de la reseña que me recuperó estos recuerdos.



(minispoiler, seleccionar para leer:)...es mala porque tiene una espina venenosa clavada en el centro de la espalda. Como no llega, no se la puede quitar. Y mataría a cualquiera que intente hacerlo, porque no toleraría volver a atravesar el dolor que sufrió cuando se la pusieron. Es mala porque sufre constantemente y no se atreve a cambiar. Ese dolor, sin embargo, le da poder, y no se atreve a perderlo.