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Que quede entre nosotros
El lugar donde mostrar mis sentimientos con libertad. Un cojín de sueños.
Acerca de
El trueno y la mar en calma. La nobleza. La lealtad. La amistad. Una caricia y un beso al viento de la noche.... Y más.
Sindicación
 
Mis bichos.
Heredamos. Creo que lo he leído en el blog de una nueva amiga. Yo, en este caso, heredé el término "mis bichos" de alguien apasionado por los animales de cualquier tipo, a los que indefectiblemente llamaba cariñosamente "bichos".
Bueno, pues uno, yo mismo, que lloró en el vientre de su madre, parece estar favorecido por los hados con buena mano para los animales.
Cerrado el capítulo de mi vida en que no podía haberles dedicado el tiempo preciso, compré un Labrador.
Él es testarudo, fuerte, y compite en ternura conmigo (a veces me gana). Travieso como pocos, o quizás como todos (cada cual, como decía Zorrilla "comentariando la feria según le cuadra"). Con pedigrí, insultantemente sano, no tiene más contacto con la veterinaria que sus vacunas. Sus ojos, cuando al fin y ocasionalmente, ve la puerta de la vivienda abierta y deja caer cuartos delanteros y cabeza sobre el poyo de acceso, me miran vidriosos mientras lanza un hondo suspiro... "Ya estoy en casa" parece que quisiera decir. Va a cumplir tres años y me adora. Claro, que es correspondido.
Después vino Pardita, una gata europea común a quien el hijoputa del veterinario colocó el término "mestiza" en su cartilla sanitaria (hay que expresarse con claridad, porque no es lo mismo hijoputa que hijo de puta. El primero lo es él por derecho propio, el segundo por herencia). Ya en aquel instante debí abandonar aquella maldita clínica.
Pardita, una superviviente, vino a casa con dos hermanos (una hermana y un hermano), todos llenos de pulgas, con tiña (lo supimos más tarde cuando hubimos de tratarnos todos los que la habíamos tocado), con claros signos de malnutrición (la madre los había abandonado o quizás pasado a mejor vida en una aldea de Cuenca) y mucosas ulceradas... Todos pasaron a vivir en un espacio amplio y cómodo, ventilado y luminoso, con su arena limpia cada día, su leche especial, su pienso y mi cariño en la limpieza de sus múltiples llagas. Dorado murió a los pocos días. Amaneció muerto. Blanquita mostró síntomas de estar enferma con inmediatez y pese a mis cuidados y los de Pardita con quien dormía abrazada, también se fue.
No olvidaré el instante en que puse a los tres frente a mi Labrador y advertí a éste que eran pequeños y había que tratarlos con cariño. Se acercaba y los lamía a todos menos a Blanquita que se mostraba recelosa y agresiva. En los días siguientes fue dulcificando su carácter, nunca sabré si fruto de mis desvelos y mi amor, o de la enfermedad que llevaba dentro.
Blanquita agonizó durante horas y en los peores momentos, aún me miraba con aquella expresión mezcla de ternura y agradecimiento cuando con una jeringuilla le administraba el alimento y las medicinas que ella no podía ingerir. Nunca la olvidaré.
Pardita siguió adelante, vibrante como el primer día, dulce como no imaginé nunca que fueran los felinos. Sigue siendo independiente como lo son ellos, pero su cariño roza los límites de lo racional. Sabe (digo bien "sabe"), cuando debe pedir perdón, cuando besar, cuando ronronear y recurrir a los arrumacos para que se la abrace y acaricie.
Más tarde, fruto de un abandono, llegó el Beagle (un Harrier, no un Elisabeth). Nervioso, inteligente, cariñoso, gruñón, casi humano. Su expresión de ternura es inenarrable así es que no me extenderé en esfuerzos baldíos.
Ahí el código estuvo claro. Él llegó cuando Pardita ya flirteaba con Golfo y por tanto, era una más en el clan. Son los que mejor se llevan, o al menos ella se siente más cómoda con él, quizás porque en el comedero de Hugo sí queda espacio para su cabeza y comer a la par, o al menos para con su mano extraer granos de pienso para comerlos fuera... Golfo ocupa todo el espacio con su cabezota.
Esterilicé a Pardita en cuanto tuvo edad. ¡Dios qué calvario! La clínica la operó por ambos costados y en lugar de una sola incisión en el vientre, le hicieron una en cada costado. Debía llevar el collar isabelino. ¡Daba una penita verla moverse así por la casa! En la segunda visita tras la intervención, puntos infectados... Curas, mechas... Después el otro costado. Y en ese instante, el hijoputa del mercader, que pretende cobrar las curas de su flagrante error de operación. Si no quería pagar, que allí no volviera.
Cambio de clínica. Milagro. Atenciones, respeto, cariño... Y un mes, mañana a mañana y noche a noche, le quitaba los apósitos, limpiaba sus heridas, las cubría con pomada cicatrizante y tapaba. Así, mañana y noche, todo un mes, hasta que al fin no hubo ni rastro de aquella horrible carnicería. Y durante ese mes, entre ella y yo se creó más que un vínculo, mucho más. No olvido su resignación cuando la ponía sobre la mesa y procedía a sus curas. Ni un gesto de agresividad, ni un lamento...
Y por último, Blanca (el nombre en recuerdo de Blanquita), llegó ya con uno año -cálculo veterinario-, antes que ser víctima de una captura masiva que a buen seguro se habría llevado a cabo. Nunca habréis visto una gata más sociable. Precisa y reclama la compañía. A veces es necesario abrirle la puerta de madrugada para evitar que sus maullidos puedan molestar a algún vecino. Cuando entra, su reafirmación con una maullido mezcla de triunfo y agradecimiento.
Operada con indudable éxito no me ha sido posible incorporarla aún al clan porque se muestra temerosa y reservada con los perros. Las distancias cada día van acortándose más y creo que con infinita paciencia llegaré a conseguirlo.
Esos son mis bichos, los que llenan gran parte de mi escaso tiempo libre pese a tener todo el tiempo para mí.
La culpa, mi anhelo por descubrir nuevos horizontes, como esos cuadernos que voy leyendo día a día. Mis excursiones en mi mega, con el viento azotándome la cara y disfrutando cada rincón de la geografía que recorro. Mis fotos, mi música, mi afición a escribir... En fin, que a pesar del gran amor que les profeso ¡caramba no van a absorberme por completo!
Si os he aburrido, perdonadme y...
Que quede entre nosotros
 
Descubriendo sentimientos
No sé cómo ha sucedido pero es un hecho que estoy recorriendo esos cuadernos de navegantes intrépidos, llenos de vivencias y deseos de contarlas.
Como todo, y en este ciberespacio aún más por el anonimato que brindan los lugares donde uno escribe, hay una auténtica explosión de gentes que desean eliminar fantasmas, soltar lastre, y elevarse hasta el sitio que les corresponde y que nadie alrededor parece dispuesto a entender, a comprender.
Estamos demasiado ocupados, demasiado absortos en nimiedades. Nos conducen (los medios/el poder), hacia donde nos presumen más inofensivos, más dóciles.
Por eso, en estos días en que me abandono más a la lectura que al regocijo propio de mostrar mis vísceras, estoy descubriendo cuan interesante sigue siendo la vida.
Decía hace años que la falta de comunicación nos convertiría en autómatas. Pizca más o menos, es en lo que nos están transformando. Nos crean "necesidades" y nos encadenan a su consecución. Hoy por hoy, la máxima aspiración de los presentes es TENER (perdóneseme el grito). Una casa, dos o más televisores, todos los electrodomésticos habidos y por haber, ordenadores, MP3, reproductores y grabadores de DVD, cámaras digitales y armario, mucho armario y fondo de armario... Y más y más... El tiempo que malutilizamos en adquirir y posteriormente en utilizar, nos priva de la comunicación. Ésa que queda relegada a lo básico, al saludo matutino, al vespertino y al relato de los cuatro eventos del día... Resumiendo, diez minutos mal contados y con falta de atención o de interés en la narración.
Se nos ha olvidado leer. Los libros, Dios, los libros.
Se nos había olvidado escribir. Y es gracias a estos espacios que acabarán queriéndonos cobrar (dadlo por hecho), a algunos nos están enganchando.
Es hermoso pasear por estos espacios y ver cómo siente la gente. Sigo pensando como hace tiempo, los cuadernos más bellos, por lo general, femeninos. Y gracias a haber asumido que todos tenemos ambos géneros en nuestro interior, he desarrollado mi lado femenino con mayor o menor acierto.
Pese a ello, sigo utilizando mis plumas para escribir. Cartas que no van a ningún lugar pero que quedan al descuido en cuadernos, en cajones, en carpetas... Quizás porque añoro las cartas. Ésas que escribía hace miles de años y que eran correspondidas. Que llevaban el signo personal de quien las enviaba en el carácter de sus trazos, en el olor pegado al sobre. Ya sé, remembranzas. Secuelas de haber sido o ser el último romántico.
Y ahora, queridos colegas, o mejor dicho, queridas colegas, me voy a la piltra a dormirme mientras escucho con repetición sin fin, Umanamente uomo, il sogno.
Que los hados os sean propicios.
Ah, y Que quede entre nosotros
 
Gracias
Dar las gracias es una necesidad tan indispensable como la propia existencia.
De repente inicié mi viaje en estas páginas y lo hice sin rumbo fijo. Ése y no otro debe ser el espíritu del navegante. No hay nada preconcebido. El mar puede ser calmado o proceloso, aunque la voluntad ha de ser navegar, descubrir...
El objetivo único era que tras la estela de espuma que deja la popa de mi goleta al avanzar, fueran quedando aquellas páginas de mi historia que nunca escribí, que permanecen aún vagando en mi interior prestas a asaltarme en cualquier instante.
En estas primeras jornadas de travesía, como si los hados pretendieran rodear mi barco de un aura que no ha merecido poseer, los navegantes más expertos, con muchas más jornadas de navegación, con extensos y rigurosos cuadernos de bitácora; me saludan al pasar. Se acostan a mi nave y, con esa generosidad que les brinda precisamente su amplio bagaje, se avienen a elogiar mis simples y noveles páginas.
Esos gestos no caen al vacío. Aprendo de sus lecciones magistrales. Sé que ése ha de ser mi nuevo rumbo.
Por ello, vengo a dar las gracias a esos Aires de Libertad que hinchan mis velas revelándome con valentía el horizonte que debo perseguir. Y también a ese Plateado que cual El Dorado, obnubila mis sentidos y los regala de elogios y de cariño inmerecidos.
Gracias, gracias, gracias.
Que quede entre nosotros
 
Una noche...
Y así fue que la marea abrazó las barcas ancladas en la playa…

Y sucedió que nacieron de golpe los dormidos instintos. Y acaeció porque fue tan liviano y tranquilo el avanzar que apenas quedaba otro camino que la mar… Con su olor a salitre, con su sabor a sal… Y creí.
Fue un instante sublime, tan irrepetible como muchos otros, tan distinto como todos los demás… y sin embargo único.
¿Qué puede pedírsele más a media tarde, media noche y media madrugada? Un breve viaje sin aceleramiento, sin ideas preconcebidas, sin artificios. Y esa voluntad que emerge sincera y pura, de querer estar y compartir. Y los minutos que se llenan de palabras, y las horas que se colman de momentos y el tiempo que transcurre indolente, como si no quisiera existir. Y una cena, y una música, y una rosa… Y los pasos al compás…. Y más allá pero tan cerca, las manos, los labios y lo que no se quiere decir y se desea. Y se interpreta y se comparte. Y los cómplices avanzan en la noche hacia lo desconocido, con valentía, con heroísmo… No hay promesas, no hay mañana ni futuro…Todo se llena y se completa con la ambición del instante que ni siquiera se intuye… Y salen a navegar, uno al timón, otro a las velas… Y la tempestad se desata y ambos, marineros forzados, gobiernan la poderosa barca ante las embestidas de los furiosos elementos. Y se agitan y se compenetran y se convierten en uno entre agitadas convulsiones. Y al final, exhaustos pero heroicos, llegan a puerto ungidos por las húmedas secuelas de tan singular batalla…
Al final, al fin, después de todo… Quedaron mirándose solos y gloriosos en la solitaria playa.
28.febrero.2002
Que quede entre nosotros
 
El tiempo pasa
Recuerdo (la realidad es que me ha venido la inspiración justo en este instante), la canción de Pablo "...el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos".
La verdad es que no sé a qué se refería Pablo con aquel "nos vamos poniendo viejos". La verdad es que en mi interior sí reflejo el amor como ayer, o mejor que ayer, o mucho más que ayer.
Miro en mi interior y es tal el potencial que existe que a veces me asombro. Ya no hay intereses, ni ambiciones, ni carreras a ningún sitio. Por eso sé, lo noto, lo siento, que tengo más potencial de amar que ayer.
Sí, ya sé, el cuerpo no es el mismo. La carne no es la misma... ¡Aunque entonces era tan bisoño! ¿Cómo se van a conocer las cosas que nunca se han hecho? ¿Cómo se va a tener experiencia en lo que se comienza a hacer?
Hoy, cuando he recorrido cientos de autopistas, cuando he recalado en miles de sueños, cuando he comprendido que su placer es lo importante porque me causa placer... Hoy, no existen almohadas que compartir.
Ya no existe la caricia, ni la ternura de una mirada sostenida, ni la voluptuosidad de un beso, o de cientos; ni el sudor que provocas o provoco, ni los olores..., ni el deseo de comenzar de nuevo cuando apenas un minuto antes, uno había creído llegar al final.
Por eso, porque el tiempo pasa, porque no estamos donde querríamos estar sino donde hemos aceptado estar... Siento que sí, que ahí sí nos vamos poniendo viejos.
Que quede entre nosotros
 
Huele a verano.
Es apenas primavera, recién estrenada. Y quizás este resfriado que no sé cómo ha venido a mí, hace que sueñe con el verano de otros años. Cuando era adolescente. Porque no olvidaré jamás los contactos de aquellos años, cuando fundido en abrazos con chicas a las que en aquel momento amaba, sus cuerpos olían a verano. ¿Cómo describirlo? Es un aroma el que emana de la piel limpia aunque víctima del calor, difícil de definir. Queda en el interior y no se olvida jamás. Aquellas chicas tenían su propio aroma y aunque usaran perfume, su olor era lo que primaba, lo que sobresalía. Me gusta recordarlo porque es algo que sigo sintiendo aunque ahora la oportunidad de abrazarme a un cuerpo de mujer sea prácticamente una utopía. No me quejo. Aunque me guste recordarlo en este instante.
Eran sus olores una alquimia de matices que se desbordaba con la excitación y los jadeos. Todo se mezclaba, el aliento, el sudor, los fluidos... Y más que ninguna otra cosa, aquél era el recuerdo que se quedaba dentro de mí. Y hoy, apenas primavera y posiblemente invierno en mi cuerpo, he dado en recordarlo.
Que quede entre nosotros

 
Tan anónimas...
Tan anónimas como imprescindibles, son estas páginas que tenía relegadas.

Son ese vínculo que establezco entre mi yo real y la cotidianidad de mi yo. Ese entremezclarse sentimientos y realidades, entre interior y exterior...

Es una lucha tan necesaria como vital por reflejar la simplicidad o tal vez la complejidad, de mi luz interior. Ésa que no es tan diferente de otras muchas, pero que me obliga a decirlo, como comentábamos hoy (otro miércoles), usando la palabra.

Esa palabra queda que holgazanea en mi interior mientras mi cuerpo, mis manos, mi energía, parecen estar absortos en lo artesano.

Esos sentimientos, esos cientos de miles de preguntas, esa crítica constante y ese anhelo de que la crítica se torne en luz y ésta en realidad.

Desde entonces, desde la última vez, he sentido la punzada tremenda del vacío que produce la pérdida de un ser querido, de un amigo. Murió mi Marce.

Desde entonces, también la satisfacción, el gozo de saber que otros reconocen mi prosa. Fui premiado en una revista de publicación nacional.

O sea, casi lo de siempre, la pena y la sonrisa, la alegría y la tristeza... De lo que estamos irremediablemente formados.

Y al final, como principio, la satisfacción honda y plena de que cada miércoles se ratifica lo que siento cada día de mi vida, estar impregnado de él, de mi hermano, de mi querido hermano.

Llena de inquietudes, de silencios, de fracasos y de realizaciones..., la vida merece la pena seguir viviéndola.

Que quede entre nosotros