La mesa camilla
El maestro se plantó delante de nosotros y, con los brazos en jarras, nos soltó: “El día que se prescinda de la mesa camilla, se habrá acabado la familia”.
La mesa camilla era un lugar de encuentro, donde se mezclaban sin orden adultos y niños. Recuerdo mil y un momentos alrededor de ella. Costureras vecinas de mi abuela hablando y riendo con gestos picarescos, mientras se aplicaban a la labor. Partidas de cartas. Solitarios. La comida y el diario hablado… Y aquella expresión de mi abuelo cuando hablaban de ministros, representantes plenipotenciarios, directores generales… “na, albañiles y zapateros” y la impenitente respuesta de mi abuela: “calla, que te van a oír”. Que aquello me sonaba a mí como si hubiera alguien tratando de escucharlo todo para luego hacértelas pagar.
Al amor del brasero lecturas, deberes y tebeos, y algún sueño… Y el rosario cuando llegaba la hora. Yo me sabía de carrerilla el ora pro nobis y lo recitaba por aquello de incorporarme a algo de mayores que no tenía ni pajolera idea de qué significaba.
Y hacerme el dormido para enterarme de aquello que en vigilia no habrían hablado delante de mí.
Mucho más tarde, con mi primera novia, ese deslizar la mano bajo las faldas y encontrar sus muslos debajo de la bata, tersos, ardientes… Y más arriba, la promesa cumplida de no ponérselas… Uf.
La sustituimos por el tresillo, la mesa de centro y la televisión. Y se acabó el diálogo y las risas. Aunque mi madre la mantuvo siempre aunque cambiara el brasero de picón por el eléctrico. Cuando iba a verla, sentados a la mesa, bajo las faldas y al amor del brasero, resucitábamos las charlas, las tertulias…, la familia.
Hay cosas que se quedan grabadas en nuestra memoria hasta el fin de los días. Aquella de mi maestro, es una.
Que quede entre nosotros
La mesa camilla era un lugar de encuentro, donde se mezclaban sin orden adultos y niños. Recuerdo mil y un momentos alrededor de ella. Costureras vecinas de mi abuela hablando y riendo con gestos picarescos, mientras se aplicaban a la labor. Partidas de cartas. Solitarios. La comida y el diario hablado… Y aquella expresión de mi abuelo cuando hablaban de ministros, representantes plenipotenciarios, directores generales… “na, albañiles y zapateros” y la impenitente respuesta de mi abuela: “calla, que te van a oír”. Que aquello me sonaba a mí como si hubiera alguien tratando de escucharlo todo para luego hacértelas pagar.
Al amor del brasero lecturas, deberes y tebeos, y algún sueño… Y el rosario cuando llegaba la hora. Yo me sabía de carrerilla el ora pro nobis y lo recitaba por aquello de incorporarme a algo de mayores que no tenía ni pajolera idea de qué significaba.
Y hacerme el dormido para enterarme de aquello que en vigilia no habrían hablado delante de mí.
Mucho más tarde, con mi primera novia, ese deslizar la mano bajo las faldas y encontrar sus muslos debajo de la bata, tersos, ardientes… Y más arriba, la promesa cumplida de no ponérselas… Uf.
La sustituimos por el tresillo, la mesa de centro y la televisión. Y se acabó el diálogo y las risas. Aunque mi madre la mantuvo siempre aunque cambiara el brasero de picón por el eléctrico. Cuando iba a verla, sentados a la mesa, bajo las faldas y al amor del brasero, resucitábamos las charlas, las tertulias…, la familia.
Hay cosas que se quedan grabadas en nuestra memoria hasta el fin de los días. Aquella de mi maestro, es una.
Que quede entre nosotros





