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Que quede entre nosotros
El lugar donde mostrar mis sentimientos con libertad. Un cojín de sueños.
Acerca de
El trueno y la mar en calma. La nobleza. La lealtad. La amistad. Una caricia y un beso al viento de la noche.... Y más.
Sindicación
 
Pan y aceite...
...Y remiendos en los pantalones. Y honradez. Y sabañones en las manos y las orejas. Y respeto por los mayores. Y mayor era todo aquel que aun sin tener edad de trabajar, trabajaba.

En ese clima transcurría mi vida de niño. Una vida que no sabía siquiera si era buena o mala, que no entrañaba preguntas ni recelos. Todo estaba como asumido. Había dos sociedades: los ricos y nosotros, los pobres. Así debía ser.

Jugábamos con arandelas de metal, con chapas de botella, con canicas de barro (de cristal y, de acero un lujazo), palabra-monta-y-calla, tirachinas, pedreas... Nos cambiábamos cromos, emblemas... Éramos policías y ladrones, cristianos y sarracenos, indios y vaqueros...

Montones de arena eran montañas inexpugnables, refugios donde desbrozar sueños y gritos, y risas y lágrimas... Cañas de escoba, varillas de paraguas (arcos y flechas). Tablas talladas con rudimentos artesanos (pistolas y rifles)...

Tapias de casas derruídas, casas de peones camineros donde igual buscábamos lagartijas que meábamos compitiendo en el alcance.
Era levantarse y ver normal lavarse en una palangana con agua que en la cocina económica había calentado la madre.

Patios de vecinos, íntimos, acogedores... Lugares de tertulia alrededor de cenas improvisadas de la nada... Unos tomates, sardinas saladas, algún huevo cocido. Y retretes comunes.

Días de enciclopedia y biblioteca, porque allí no hacía frío y se navegaba a través de páginas insignes por un mundo que no se sabía si existía...

No había más calefacción que la que esa misma madre improvisaba liando unas planchas de hierro en trapos para meterlas en la cama... ¡Dios, qué gustito!

Y un día y otro... Y hermosas primaveras. Y tórridos veranos... Y otoños que anunciaban el frío invierno. Y los abrigos no, hasta el día de Los Santos. Todo juegos, todo alegría... Y la merienda: una orilla de pan, la miga arrancada, aceite en su interior y algo de azúcar, o sal, según gustos... Y la miga de regreso a su lugar.

Todo lo dejé atrás luchando, creciendo, bebiéndome la vida a grandes sorbos, partiéndome el alma por ser más... Más humano, más culto, más honrado, más noble. Y lo llevé siempre conmigo. Nunca me fui de aquellos instantes, nunca.

Y hoy, lejos de todo aquello, frente a una máquina que ni el gran Julio habría imaginado, me siento orgullosamente feliz de recordarlo.

Que quede entre nosotros
No