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Que quede entre nosotros
El lugar donde mostrar mis sentimientos con libertad. Un cojín de sueños.
Acerca de
El trueno y la mar en calma. La nobleza. La lealtad. La amistad. Una caricia y un beso al viento de la noche.... Y más.
Sindicación
 
Ser o no ser
Hay ocasiones en que después de abandonar mi habitación dispuesto a marcharme a hacer algún recado, a comer con amigos, a lo que sea; he de regresar a ella porque olvidé algo... Es en esos momentos en los que el olfato me transporta como en una vorágine a mil momentos de mi propia historia.
¿Por qué? Porque huele deliciosamente bien, suavemente bien, discretamente bien, elegantemente bien... Y soy yo, es la estela que he dejado al salir.
Cuando de crío iba a casa de mi abuela porque habían venido mis tíos ricos, me daba gloria aquel aroma con que habían invadido todos los rincones. Aquella casa era otra cuando ellos venían. Quizás fuera otro de los incentivos que me impulsaron a crecer: oler como ellos.
Hoy la ambición es otra. Y no se dan cuenta de que hay gente de extracción humilde que los ve, que los cataloga rápidamente. Los nuevos ricos. Los del pelotazo. Los del Mercedes y el chalé. Huelen a rancio, no saben vivir.
Exhiben sin pudor su catadura. Un Mercedes, un Jaguar, cualquier coche deseado..., no se lleva a toda hostia, con los últimos rugidos de la industria musical a 100 decibelios. La gente con clase los acaricia, los mima, los disfruta. Y se sumerge en el silencio de su interior.
Y te entrevistas con ellos y huelen a rancio, sí, me repito, y a zurrón. Te dan la mano y son blandas, sebosas, sudorosas. Miras sus bocas y huyes de su halitosis girando la cabeza continuamente. Si bajas la vista descubres que sus zapatos están sucios ¡Dios! Creedme, no exagero. Así son muchos, muchos nuevos ricos. No les da tiempo más que a amasar dinero (como sea), a presumir, a querer ligar y a envilecerse. Pero ni saben llevar un Mercedes ni huelen a elegante dignidad. ¡Ah! no los lleves a comer.
Crecí con el recuerdo de aquellos olores y una de mis pasiones cuando pude hacerlo, fue comprarme perfumes. Y siempre he tenido entre seis y diez sin serle fiel a ninguno. Porque como les digo a quienes me atienden en la perfumería: "Los quiero para olerme yo, no para que me huelan los demás. Yo pago el perfume y éste ha de satisfacerme a mí". Claro que uno no deja de oler porque esté con los demás.
Por eso cuando regreso al dormitorio porque olvidé algo, sonrío plenamente porque mi espacio huele deliciosamente bien, suavemente bien, discretamente bien, elegantemente bien..., como mis tíos ricos. Y sonrío más ampliamente al descubrir que supe hacerlo: crecer. Con pequeños pasos, firmes y decididos. Combinando el deseo de poseer un perfume con el de no olvidar la ternura, el de tener cosas que había soñado sin olvidar de dónde venía.
Ser o no ser...
Shhh... Que quede entre nosotros
No