ESA COSA LLAMADA HIPOTECA
Anécdota nº 66
Hay muchos Viajeros, la mayoría, conviviendo en sus casas con sus familiares: la mayoría de limitaciones sociales que suponen estas enfermedades convierten la emancipación tardía que se vive actualmente en un lujo. Sea por una capacidad económica penosa, por las tremendas dificultades para tener un trabajo… por lo que sea, la estampa más común con el paso de los años es la de estas personas adultas con sus padres a su pleno cargo (ya mayores y muchas veces impedidos).
Por otro lado, cada vez hay más recursos que ofrecen un lugar en el que vivir, especialmente a aquellos que están fuera del sistema o que tienen serias dificultades para vivir solo o que, por ejemplo, no tengan familia o amistad alguna.
Tanto en un caso como en otro, tienen una cosa en común que los aleja de la realidad hipotecaria, hasta el punto de desconocer completamente su funcionamiento y hasta su existencia. Ya no hablemos de cuando ven noticias sobre el aumento de la cuota media de las hipotecas por mor del euribor: intentar comprender que la mayoría de la gente de la calle va a pagar una media de 100 euros más al mes de letra (cuando muchos de ellos cobran una pensión de 350 euros mensuales) supone creer que ahí fuera todo el mundo es rico.
Estas percepciones sobre algo en cierta manera incomprensible dan mucho juego para ver esa realidad ajena a ellos de tipos de interés, burbujas que no acaban de explotar y zulos a precio de palacete. Recuerdo un día que conversaba con un apreciado Viajero y su conclusión sobre las hipotecas actuales fue “¿y por qué hace la gente esas cosas?”. No supe cómo responderle porque, en cierta manera, yo tampoco entiendo que haya gente que hipoteque la mitad o tres cuartas partes de sus ingresos por 60 metros cuadrados… ¡eso sí que es una locura!
Pero la anécdota más simpática que he escuchado sobre el tema fue la siguiente: la protagonista siempre argumenta sus comentarios en que desaprovechó su juventud viviendo una “mala vida” por las calles y que ahora tiene mucho por aprender. Ante los problemas de mucha gente con sus hipotecas y sus dificultades para llegar a final de mes, me confesó: “yo al menos no he tenido nunca que preocuparme por las hipotecas. Bueno, sí que me preocupaban de joven, cuando jugaba al Monopoly y mis hermanos acababan por desplomarme con tanta hipoteca. ¡No veas qué daño hacía cuando daba todo el dinero a la banca!”.
No habría podido definir mejor esa sensación que tantos vivimos, llueva o nieve, cada primero de mes.
Hay muchos Viajeros, la mayoría, conviviendo en sus casas con sus familiares: la mayoría de limitaciones sociales que suponen estas enfermedades convierten la emancipación tardía que se vive actualmente en un lujo. Sea por una capacidad económica penosa, por las tremendas dificultades para tener un trabajo… por lo que sea, la estampa más común con el paso de los años es la de estas personas adultas con sus padres a su pleno cargo (ya mayores y muchas veces impedidos).
Por otro lado, cada vez hay más recursos que ofrecen un lugar en el que vivir, especialmente a aquellos que están fuera del sistema o que tienen serias dificultades para vivir solo o que, por ejemplo, no tengan familia o amistad alguna.
Tanto en un caso como en otro, tienen una cosa en común que los aleja de la realidad hipotecaria, hasta el punto de desconocer completamente su funcionamiento y hasta su existencia. Ya no hablemos de cuando ven noticias sobre el aumento de la cuota media de las hipotecas por mor del euribor: intentar comprender que la mayoría de la gente de la calle va a pagar una media de 100 euros más al mes de letra (cuando muchos de ellos cobran una pensión de 350 euros mensuales) supone creer que ahí fuera todo el mundo es rico.
Estas percepciones sobre algo en cierta manera incomprensible dan mucho juego para ver esa realidad ajena a ellos de tipos de interés, burbujas que no acaban de explotar y zulos a precio de palacete. Recuerdo un día que conversaba con un apreciado Viajero y su conclusión sobre las hipotecas actuales fue “¿y por qué hace la gente esas cosas?”. No supe cómo responderle porque, en cierta manera, yo tampoco entiendo que haya gente que hipoteque la mitad o tres cuartas partes de sus ingresos por 60 metros cuadrados… ¡eso sí que es una locura!
Pero la anécdota más simpática que he escuchado sobre el tema fue la siguiente: la protagonista siempre argumenta sus comentarios en que desaprovechó su juventud viviendo una “mala vida” por las calles y que ahora tiene mucho por aprender. Ante los problemas de mucha gente con sus hipotecas y sus dificultades para llegar a final de mes, me confesó: “yo al menos no he tenido nunca que preocuparme por las hipotecas. Bueno, sí que me preocupaban de joven, cuando jugaba al Monopoly y mis hermanos acababan por desplomarme con tanta hipoteca. ¡No veas qué daño hacía cuando daba todo el dinero a la banca!”.
No habría podido definir mejor esa sensación que tantos vivimos, llueva o nieve, cada primero de mes.
¡QUE NO ME GRITES!
Anécdota nº 65
Se dice que nuestra sociedad es tan ruidosa que, a la vez perdemos oído y nos vemos obligados a gritar para que no escuchen. Aunque esto es una generalización sin interés, lo cierto es que es una de las tantas “sutiles” formas de justificar nuestros gritos. Y éstos se repiten tantas veces, con tantas personas y durante tantos días que, como las mentiras y su veracidad, su reiteración consigue que creamos que eso es lo útil y adecuado.
¿A qué viene todo esto? Pues a una conducta que veo que se mantiene entre muchos profesionales ante la necesidad de utilizar un modo más directivo ante sus pacientes.
Todo aquello del principio es una banalidad cuando uno va descubriendo cómo en tantos ámbitos de las relaciones sociales lo normal parece ser imponer con gritos lo que debe o no hacerse.
La diferencia entre estricto, firmeza u orden y la imposición de un punto de vista o un “mando y ordeno” a gritos no lo distingue ya mucha gente. Con otras palabras: el enamorado, estudioso y conocedor de la pedagogía no gritará a sus discentes. No pensará que un grito a tiempo será más útil que mil rodeos: eso es no tener ni puñetería idea de la forma en que los niños aprenden.
Pues si hablamos de salud mental, de toda esa gente que por desgracia aún no tiene el beneplácito que la sociedad tiene hacia otras patologías o carencias (léase ciegos, sordos, síndromes diversos, discapacitados físicos…) y que generan recelo allí por donde pasen, ya no os digo nada.
¿De veras creen que mucha gente trata siempre a los locos de su comunidad con aprecio y distinción? Lo menos malo será mostrarles compasión; algo peor será no hablarles (y menos aún gritarles) no vaya a ser que les hagan algo. Y muchas, muchas veces, se les grita, como si el ser enfermo mental presupusiere tener poca agudeza auditiva. Los gritos son un modo de expresión que debe utilizarse en su momento adecuado, no por rutina. Igual debería hacerse con ellos.
Esto siempre lo he tenido más o menos claro. Pero acabó de fijarse cuando comencé a escuchar comentarios de algunos apreciados Viajeros: criados a base de golpes y gritos, maltratados y gritados mientras vivían en la calle o notando que la ensalada de pensamientos se aceleraba hasta llegar a bloquear a uno de seguir recibiendo gritos. En definitiva, me pedían que ya les habían gritado bastante en la vida como para que los profesionales también lo hiciésemos.
No comprender comportamientos y pretender solucionarlos a golpe de grito es un indicativo de sufrir una tremenda necesidad de descansar o bien de no tener idea de qué son las relaciones humanas. Los niños nos han enseñado y enseñan desde siempre con sus travesuras, perrerías, celos y regresiones cómo quieren ser entendidos y, al intentar solucionarlos a gritos, siempre empeoran y se llevan la peor parte. Y seguimos sin aprender.
Puede parecer que esto es exagerado, pero esto es un cuaderno de opinión y si lo estoy escribiendo es porque así lo percibo desde hace años. Y yo me frustraré, no sabré por dónde salir o me desesperaré en la inopia, pero yo me creo eso de la “atención respetuosa”. Y por respeto a su dignidad, juro que no me sacarán un grito.
Se dice que nuestra sociedad es tan ruidosa que, a la vez perdemos oído y nos vemos obligados a gritar para que no escuchen. Aunque esto es una generalización sin interés, lo cierto es que es una de las tantas “sutiles” formas de justificar nuestros gritos. Y éstos se repiten tantas veces, con tantas personas y durante tantos días que, como las mentiras y su veracidad, su reiteración consigue que creamos que eso es lo útil y adecuado.
¿A qué viene todo esto? Pues a una conducta que veo que se mantiene entre muchos profesionales ante la necesidad de utilizar un modo más directivo ante sus pacientes.
Todo aquello del principio es una banalidad cuando uno va descubriendo cómo en tantos ámbitos de las relaciones sociales lo normal parece ser imponer con gritos lo que debe o no hacerse.
La diferencia entre estricto, firmeza u orden y la imposición de un punto de vista o un “mando y ordeno” a gritos no lo distingue ya mucha gente. Con otras palabras: el enamorado, estudioso y conocedor de la pedagogía no gritará a sus discentes. No pensará que un grito a tiempo será más útil que mil rodeos: eso es no tener ni puñetería idea de la forma en que los niños aprenden.
Pues si hablamos de salud mental, de toda esa gente que por desgracia aún no tiene el beneplácito que la sociedad tiene hacia otras patologías o carencias (léase ciegos, sordos, síndromes diversos, discapacitados físicos…) y que generan recelo allí por donde pasen, ya no os digo nada.
¿De veras creen que mucha gente trata siempre a los locos de su comunidad con aprecio y distinción? Lo menos malo será mostrarles compasión; algo peor será no hablarles (y menos aún gritarles) no vaya a ser que les hagan algo. Y muchas, muchas veces, se les grita, como si el ser enfermo mental presupusiere tener poca agudeza auditiva. Los gritos son un modo de expresión que debe utilizarse en su momento adecuado, no por rutina. Igual debería hacerse con ellos.
Esto siempre lo he tenido más o menos claro. Pero acabó de fijarse cuando comencé a escuchar comentarios de algunos apreciados Viajeros: criados a base de golpes y gritos, maltratados y gritados mientras vivían en la calle o notando que la ensalada de pensamientos se aceleraba hasta llegar a bloquear a uno de seguir recibiendo gritos. En definitiva, me pedían que ya les habían gritado bastante en la vida como para que los profesionales también lo hiciésemos.No comprender comportamientos y pretender solucionarlos a golpe de grito es un indicativo de sufrir una tremenda necesidad de descansar o bien de no tener idea de qué son las relaciones humanas. Los niños nos han enseñado y enseñan desde siempre con sus travesuras, perrerías, celos y regresiones cómo quieren ser entendidos y, al intentar solucionarlos a gritos, siempre empeoran y se llevan la peor parte. Y seguimos sin aprender.
Puede parecer que esto es exagerado, pero esto es un cuaderno de opinión y si lo estoy escribiendo es porque así lo percibo desde hace años. Y yo me frustraré, no sabré por dónde salir o me desesperaré en la inopia, pero yo me creo eso de la “atención respetuosa”. Y por respeto a su dignidad, juro que no me sacarán un grito.
EL SÍMBOLO DEL PODER
Anécdota nº 64
Con este título tan subliterario (digo sub, ahora que desde hace un par de años hay una cierta predisposición de las librerías de ampliar hasta límites sorprendentes las estanterías de novelas y pseudonovelas de tramas misterioso-complot-con-origen-en-textos-sagrados-de-corte-medieval-en-la-actualidad); hablando de salud mental, seguramente la primera idea en venir a la mente pasa por la supuesta inferioridad del enfermo mental en la sociedad.
Supuesta o cierta, en demasiados casos. Pero esa inferioridad nace del rechazo, del desconocimiento, de la necesidad en muchos casos de una tutela legal mal comprendida... por mil razones.
Pero en este caso me voy a referir al poder que durante muchos años, especialmente antes del proceso de reforma psiquiátrica (cuando los sanatorios y manicomios aislados se convirtieron en multitud de recursos adecuados a cada subgrupo de pacientes e integrados en la comunidad) se llevaba a cabo con los ingresados.
Es estremecedor cuando algunos Viajeros de mayor edad te comentan sus vivencias en estos manicomios y te ves en la obligación de negar el coleguismo con aquellos individuos que cobraban para cuidarlos o estar por ellos. Muchas de estas situaciones ya las conocía desde la literatura específica, pero cuando son los propios protagonistas quienes te las cuentan, me voy a dormir con mi filantropía por los suelos.
Algunos hablan del “ordeno y mando” de los enfermeros, de los castigos físicos gratuitos (que nada tiene que ver con la contención física en momentos de crisis), de los ninguneos y miedos inculcados o las peticiones de respeto a la autoridad por deberles la vida (en un intento de dejar claro que, si no habían sido eliminados anteriormente por tener taras psicológicas (sic), era porque quizás esa práctica se habría acercado demasiado a las prácticas del fascismo).
Si alguna imagen me sobrecoge especialmente, es la de las antiguas habitaciones (se podrían llamar dormideros) de quince, veinte camas en hilera, y los enfermeros atando e inyectando una dosis de somnífero para caballos de uno a uno y el paciente del final viendo cómo todos los compañeros iban cayendo y que, en breve, le iba a tocar a él.
Una apreciada Viajera me comentó que, cuando sufría crisis de descontrol, sólo recordaba el sonido del llavero atiborrado del celador, y que aquello significaba dos cosas: o era un toque de atención para que quedase claro quién mandaba o que abrían y te metían en la sala de contención (la que está cubierta de colchones y espuma para no autolesionarse).
Desde entonces, yo que me veo en la obligación de llevar bastantes llaves encima, por respeto a los que sufrieron (y seguro que aún sufren) con esos sonidos, símbolo del poder autoritario, las llevo bien apretaditas en el bolsillo e intento hacer el mínimo ruido cuando las uso. Es lo mínimo que puedo hacer.
Con este título tan subliterario (digo sub, ahora que desde hace un par de años hay una cierta predisposición de las librerías de ampliar hasta límites sorprendentes las estanterías de novelas y pseudonovelas de tramas misterioso-complot-con-origen-en-textos-sagrados-de-corte-medieval-en-la-actualidad); hablando de salud mental, seguramente la primera idea en venir a la mente pasa por la supuesta inferioridad del enfermo mental en la sociedad.
Supuesta o cierta, en demasiados casos. Pero esa inferioridad nace del rechazo, del desconocimiento, de la necesidad en muchos casos de una tutela legal mal comprendida... por mil razones.
Pero en este caso me voy a referir al poder que durante muchos años, especialmente antes del proceso de reforma psiquiátrica (cuando los sanatorios y manicomios aislados se convirtieron en multitud de recursos adecuados a cada subgrupo de pacientes e integrados en la comunidad) se llevaba a cabo con los ingresados.
Es estremecedor cuando algunos Viajeros de mayor edad te comentan sus vivencias en estos manicomios y te ves en la obligación de negar el coleguismo con aquellos individuos que cobraban para cuidarlos o estar por ellos. Muchas de estas situaciones ya las conocía desde la literatura específica, pero cuando son los propios protagonistas quienes te las cuentan, me voy a dormir con mi filantropía por los suelos.
Algunos hablan del “ordeno y mando” de los enfermeros, de los castigos físicos gratuitos (que nada tiene que ver con la contención física en momentos de crisis), de los ninguneos y miedos inculcados o las peticiones de respeto a la autoridad por deberles la vida (en un intento de dejar claro que, si no habían sido eliminados anteriormente por tener taras psicológicas (sic), era porque quizás esa práctica se habría acercado demasiado a las prácticas del fascismo).
Si alguna imagen me sobrecoge especialmente, es la de las antiguas habitaciones (se podrían llamar dormideros) de quince, veinte camas en hilera, y los enfermeros atando e inyectando una dosis de somnífero para caballos de uno a uno y el paciente del final viendo cómo todos los compañeros iban cayendo y que, en breve, le iba a tocar a él.
Una apreciada Viajera me comentó que, cuando sufría crisis de descontrol, sólo recordaba el sonido del llavero atiborrado del celador, y que aquello significaba dos cosas: o era un toque de atención para que quedase claro quién mandaba o que abrían y te metían en la sala de contención (la que está cubierta de colchones y espuma para no autolesionarse).Desde entonces, yo que me veo en la obligación de llevar bastantes llaves encima, por respeto a los que sufrieron (y seguro que aún sufren) con esos sonidos, símbolo del poder autoritario, las llevo bien apretaditas en el bolsillo e intento hacer el mínimo ruido cuando las uso. Es lo mínimo que puedo hacer.
DERECHO CIVIL SOBRE LO RELIGIOSO
Anécdota nº 63
Parece que vaya a comentar las palabras de un disidente de la religión impuesta, pero es algo de mayor valor.
Muchos Viajeros conocidos, seguramente por desconocimiento o interpretación absurda o por simple atracción hacia lo místico, son creyentes y practicantes (mayoritariamente católicos). Allá cada uno con sus creencias, no tengo nada que objetar (salvo cuando se les toma el pelo de manera descarada).
Con los nuevos tiempos democráticos, muchos de ellos tienen clarísimo sus derechos y los ejercen y recuerdan a veces hasta la desesperación. La libertad de credo está clarísima y pobre de ti que planees cualquier actividad un domingo por la mañana e interfieras en su visita semanal a la iglesia...
Un día, un compañero y yo hablábamos con nuestro protagonista, precisamente un domingo por la mañana, y ante la estampida hacia la iglesia, le preguntamos:
— ¿Tú no vas a la iglesia?
— Yo no, ¿para qué?
— ¿Pero no eres cristiano?
La respuesta, que en un principio nos hizo soltar carcajadas (ya que ninguno de los dos tenemos especial predilección por lo religioso), demudó en una mirada de “vaya pedazo de respuesta que nos ha dado”.
— Yo no soy cristiano, yo soy una persona —dijo.
Hay mucho ahí para reflexionar.
Parece que vaya a comentar las palabras de un disidente de la religión impuesta, pero es algo de mayor valor.
Muchos Viajeros conocidos, seguramente por desconocimiento o interpretación absurda o por simple atracción hacia lo místico, son creyentes y practicantes (mayoritariamente católicos). Allá cada uno con sus creencias, no tengo nada que objetar (salvo cuando se les toma el pelo de manera descarada).
Con los nuevos tiempos democráticos, muchos de ellos tienen clarísimo sus derechos y los ejercen y recuerdan a veces hasta la desesperación. La libertad de credo está clarísima y pobre de ti que planees cualquier actividad un domingo por la mañana e interfieras en su visita semanal a la iglesia...
Un día, un compañero y yo hablábamos con nuestro protagonista, precisamente un domingo por la mañana, y ante la estampida hacia la iglesia, le preguntamos:
— ¿Tú no vas a la iglesia?
— Yo no, ¿para qué?
— ¿Pero no eres cristiano?
La respuesta, que en un principio nos hizo soltar carcajadas (ya que ninguno de los dos tenemos especial predilección por lo religioso), demudó en una mirada de “vaya pedazo de respuesta que nos ha dado”.
— Yo no soy cristiano, yo soy una persona —dijo.
Hay mucho ahí para reflexionar.
ESA NO ES MI MEDICACIÓN
Anécdota nº 62
Siguiendo con las anécdotas sobre la medicación, otra que es curiosa.
Una apreciada Viajera que ya hace años que conozco, siempre había llevado la etiqueta (y, la verdad, muchas veces lo comprobamos en primera persona) de ser más que reticente a aceptar cualquier cambio de tratamiento. Las más de las veces por alegar ya estar curada, otras por temor a lo que podría provocarle iniciar las tomas de una substancia con a saber qué consecuencias.
Pero en este caso, no se trataba de un cambio de medicación. Simplemente, era la misma dosis pero que, por falta de existencias en la farmacia, no podía ser en la presentación habitual. Normalmente la tomaba bucodispersable o flas (unos comprimidos liofilizados que se deshacen automáticamente en la boca en contacto con la saliva). Y durante unos días, hasta acabar la caja, debían ser en comprimido habitual.
Ante su negativa, sólo se nos ocurrió pensar: “vaya, ya vuelve a las andadas”. Intentamos razonar que era lo mismo, que no había ningún cambio encubierto ni nada por el estilo. Y finalmente, después de mucho batallar, accedió.
La cuestión surgió después, cuando conocimos la causa de su negativa: no quería el comprimido normal porque el que se deshacía en la boca... ¡le dejaba un regusto de limón! Como si fuese un caramelo, no quería renunciar a su momento del día con sabor a limón a cambio de un simplón comprimido: el fallo fue nuestro ya que sólo había que preguntárselo.
Otra muestra (y ya van...) de la inercia profesional de pensar más de la cuenta y generar hipótesis fuera de lugar. Sigo aprendiendo.
Siguiendo con las anécdotas sobre la medicación, otra que es curiosa.
Una apreciada Viajera que ya hace años que conozco, siempre había llevado la etiqueta (y, la verdad, muchas veces lo comprobamos en primera persona) de ser más que reticente a aceptar cualquier cambio de tratamiento. Las más de las veces por alegar ya estar curada, otras por temor a lo que podría provocarle iniciar las tomas de una substancia con a saber qué consecuencias.
Pero en este caso, no se trataba de un cambio de medicación. Simplemente, era la misma dosis pero que, por falta de existencias en la farmacia, no podía ser en la presentación habitual. Normalmente la tomaba bucodispersable o flas (unos comprimidos liofilizados que se deshacen automáticamente en la boca en contacto con la saliva). Y durante unos días, hasta acabar la caja, debían ser en comprimido habitual.
Ante su negativa, sólo se nos ocurrió pensar: “vaya, ya vuelve a las andadas”. Intentamos razonar que era lo mismo, que no había ningún cambio encubierto ni nada por el estilo. Y finalmente, después de mucho batallar, accedió.
La cuestión surgió después, cuando conocimos la causa de su negativa: no quería el comprimido normal porque el que se deshacía en la boca... ¡le dejaba un regusto de limón! Como si fuese un caramelo, no quería renunciar a su momento del día con sabor a limón a cambio de un simplón comprimido: el fallo fue nuestro ya que sólo había que preguntárselo.
Otra muestra (y ya van...) de la inercia profesional de pensar más de la cuenta y generar hipótesis fuera de lugar. Sigo aprendiendo.
MEDICACIÓN Y BROMAS
Anécdota nº 61
Noche divertidísima el otro día. Uno puede pensar que el prejuicio de negarse a tomar la medicación es totalmente extendido entre los Viajeros que siguen un tratamiento, pero en realidad no es así.
La otra noche, un apreciado Viajero me comentaba estas dos situaciones.
La primera, cuando me reclamaba su medicación antes de ir a dormir. No es lo mismo pedirla (a veces, por ganas de meterse en la cama, exigirla) y acostarse casi sin despedirse a que te digan “dame ya la pantera rosa, a ver si me calmo un poco”. Por pantera rosa se refería a un medicamento que, ciértamente, tiene la forma y el color del clásico entre los pastelitos...
Pero, ¿por qué necesitaba calmarse? Pues porque, palabras suyas, ese día se encontraba con la libido por las nubes... Y justamente, ese mismo día había ido a recibir su dosis de medicación inyectada (hay algunos medicamentos, generalmente de base oleosa, que se inyectan cada cierto tiempo y van liberándose poco a poco; para así evitar tomar dosis orales importantes o en pacientes con dificultades para seguir el tratamiento).
Y de una situación normal en su vida (ir a la enfermera a que le pusiese la inyección) dibujó una hilarante escena que despertó las risas de todos los presentes:
– Con lo salido* que estoy hoy, en vez de pasar al revés, mira qué me ha pasado. Estábamos la enfermera y yo en el box, ha cerrado la cortina... ¡y me ha apoyado sobre la camilla, me ha bajado los calzoncillos y me la ha clavado! ¡Eso debería ser al revés!
Se merece como mínimo un aplauso el hecho de llevar con tan buen humor la necesidad de depender de por vida de una medicación y de generar tan buen ambiente mientras lo explicaba. Admirable.
* Véase la tercera acepción del RAE.
Noche divertidísima el otro día. Uno puede pensar que el prejuicio de negarse a tomar la medicación es totalmente extendido entre los Viajeros que siguen un tratamiento, pero en realidad no es así.
La otra noche, un apreciado Viajero me comentaba estas dos situaciones.
La primera, cuando me reclamaba su medicación antes de ir a dormir. No es lo mismo pedirla (a veces, por ganas de meterse en la cama, exigirla) y acostarse casi sin despedirse a que te digan “dame ya la pantera rosa, a ver si me calmo un poco”. Por pantera rosa se refería a un medicamento que, ciértamente, tiene la forma y el color del clásico entre los pastelitos...Pero, ¿por qué necesitaba calmarse? Pues porque, palabras suyas, ese día se encontraba con la libido por las nubes... Y justamente, ese mismo día había ido a recibir su dosis de medicación inyectada (hay algunos medicamentos, generalmente de base oleosa, que se inyectan cada cierto tiempo y van liberándose poco a poco; para así evitar tomar dosis orales importantes o en pacientes con dificultades para seguir el tratamiento).
Y de una situación normal en su vida (ir a la enfermera a que le pusiese la inyección) dibujó una hilarante escena que despertó las risas de todos los presentes:
– Con lo salido* que estoy hoy, en vez de pasar al revés, mira qué me ha pasado. Estábamos la enfermera y yo en el box, ha cerrado la cortina... ¡y me ha apoyado sobre la camilla, me ha bajado los calzoncillos y me la ha clavado! ¡Eso debería ser al revés!
Se merece como mínimo un aplauso el hecho de llevar con tan buen humor la necesidad de depender de por vida de una medicación y de generar tan buen ambiente mientras lo explicaba. Admirable.
* Véase la tercera acepción del RAE.
Mediometraje: “El Televisor”, de Narciso Ibáñez Serrador
Anécdota nº 60
Lo reconozco: soy de esos a los que les encanta quedarse de madrugada viendo peliculones auténticos subtitulados que emiten a altas horas de la madrugada. Recuerdo cuando descubrí a Vincent Price interpretando personajes de Poe o adaptaciones de obras de Lovecraft y otros genios, alucinando ante tantas fatales casualidades, entre laboratorios, tumbas, locuras y catalepsias.
Una noche (ya hace bastante de esto) vi esta película de la serie “Historias Para No Dormir” de Chicho Ibáñez y también me sorprendió tan sublime actuación que, quién lo iba a decir, estaba protagonizada por un personaje de los que acabarían siendo la razón de mi trabajo. Y, ciértamente, muchas experiencias vitales de muchos Viajeros son un cúmulo de auténticas historias para no dormir... Ahora, con la recuperación de muchas series en formato DVD, he podido redescubrir esta historia y corroborar, desde mi nueva perspectiva, que es magnífica y que la interpretación del padre de Chicho, Narciso Ibáñez Menta, que en la segunda mitad de su trayectoria artística podría decirse que fue el Vincent Price asturiano, es poco menos que soberbia.
Este mediometraje (de algo más de una hora) de 1974, en pleno final de la dictadura y su absurda moral de la familia y cuando en España aún era un privilegio tener una tele en color, muestra la evolución de una persona “normal” (esto es: un trabajador de banca de toda la vida, incansable, por el bien de su familia) cuando consigue hacer realidad su máximo sueño: tener el mejor televisor del mercado en su casa. Renuncia a todo por ahorrar (atención, en estos tiempos de consumismo exagerado y endeudamiento, a sus consejos sobre la compra a plazos) y esperar años a que lleguen los últimos modelos y darse su único —literalmente— capricho en la vida.
A parte de popurrí inicial, que ya nos avisa del descomunal bombardeo que llega a emitirse (Cruyff, películas, noticiarios, nombres de lugares remotos, dibujos animados...), su vida de años y años de rutina de casa al trabajo y del trabajo a casa, acaban cambiando cuando descubre cuántas cosas se ha perdido. Ha comenzado su nueva vida, teniendo en su salón una iglesia (“para que ir a misa si la tenemos en casa”) y un pabellón deportivo donde juegan, para él, la final de balonmano el Granollers y el Athlético de Madrid. Por no hablar de “Don Adolfo Marsillach”, que actuará por las noches en el teatro de su casa...
Hasta que la cosa empieza a tomar otros tintes... y “hasta aquí puedo leer” (como dirían los presentadores del concurso creado por Chicho “Un, dos, tres... responda otra vez”).
Parece mentira como, después de 33 años, cuando en España sólo había un canal de televisión (y controlado por el régimen), ya nos advierte nuestro protagonista de los excesos de la publicidad, de cómo la mayoría de cosas en la tele son mentira o de cómo puede llegar a impermeabilizar los sentimientos y actitudes hacia la familia. En muchos aspectos de su carrera, realmente Chicho ha sido un poco Verne...
Obviamente, no puedo avanzar nada más. Sólo me queda lanzar desde estas humildes anécdotas un pequeño homenaje a este hombre que no está pasando por sus mejores momentos de salud.
Si hay un mensaje claro que yo saco de esta historia es que nadie está libre de ser Viajero algún día.
Disfrutad de esta “historia de un hombre sencillo, bueno, simple... y gris. Se llama Enrique. Enrique tiene un gran concepto de la puntualidad, de la honestidad, del amor a la familia. Tiene hijos, tiene mujer (claro) y tiene trabajo, mucho trabajo. [...] Siempre, siempre luchando con las prisas. [...] Se levanta a las siete y su jornada la divide un plato combinado en cualquier bar. [...] ¿Por qué las prisas? ¿Por qué el autobús y los platos combinados? Pues, símplemente, porque quiere a su familia. Quiere que no les falte de nada y lo ha conseguido...”
Lo reconozco: soy de esos a los que les encanta quedarse de madrugada viendo peliculones auténticos subtitulados que emiten a altas horas de la madrugada. Recuerdo cuando descubrí a Vincent Price interpretando personajes de Poe o adaptaciones de obras de Lovecraft y otros genios, alucinando ante tantas fatales casualidades, entre laboratorios, tumbas, locuras y catalepsias.Una noche (ya hace bastante de esto) vi esta película de la serie “Historias Para No Dormir” de Chicho Ibáñez y también me sorprendió tan sublime actuación que, quién lo iba a decir, estaba protagonizada por un personaje de los que acabarían siendo la razón de mi trabajo. Y, ciértamente, muchas experiencias vitales de muchos Viajeros son un cúmulo de auténticas historias para no dormir... Ahora, con la recuperación de muchas series en formato DVD, he podido redescubrir esta historia y corroborar, desde mi nueva perspectiva, que es magnífica y que la interpretación del padre de Chicho, Narciso Ibáñez Menta, que en la segunda mitad de su trayectoria artística podría decirse que fue el Vincent Price asturiano, es poco menos que soberbia.
Este mediometraje (de algo más de una hora) de 1974, en pleno final de la dictadura y su absurda moral de la familia y cuando en España aún era un privilegio tener una tele en color, muestra la evolución de una persona “normal” (esto es: un trabajador de banca de toda la vida, incansable, por el bien de su familia) cuando consigue hacer realidad su máximo sueño: tener el mejor televisor del mercado en su casa. Renuncia a todo por ahorrar (atención, en estos tiempos de consumismo exagerado y endeudamiento, a sus consejos sobre la compra a plazos) y esperar años a que lleguen los últimos modelos y darse su único —literalmente— capricho en la vida.
A parte de popurrí inicial, que ya nos avisa del descomunal bombardeo que llega a emitirse (Cruyff, películas, noticiarios, nombres de lugares remotos, dibujos animados...), su vida de años y años de rutina de casa al trabajo y del trabajo a casa, acaban cambiando cuando descubre cuántas cosas se ha perdido. Ha comenzado su nueva vida, teniendo en su salón una iglesia (“para que ir a misa si la tenemos en casa”) y un pabellón deportivo donde juegan, para él, la final de balonmano el Granollers y el Athlético de Madrid. Por no hablar de “Don Adolfo Marsillach”, que actuará por las noches en el teatro de su casa...
Hasta que la cosa empieza a tomar otros tintes... y “hasta aquí puedo leer” (como dirían los presentadores del concurso creado por Chicho “Un, dos, tres... responda otra vez”).
Parece mentira como, después de 33 años, cuando en España sólo había un canal de televisión (y controlado por el régimen), ya nos advierte nuestro protagonista de los excesos de la publicidad, de cómo la mayoría de cosas en la tele son mentira o de cómo puede llegar a impermeabilizar los sentimientos y actitudes hacia la familia. En muchos aspectos de su carrera, realmente Chicho ha sido un poco Verne...
Obviamente, no puedo avanzar nada más. Sólo me queda lanzar desde estas humildes anécdotas un pequeño homenaje a este hombre que no está pasando por sus mejores momentos de salud.
Si hay un mensaje claro que yo saco de esta historia es que nadie está libre de ser Viajero algún día.
Disfrutad de esta “historia de un hombre sencillo, bueno, simple... y gris. Se llama Enrique. Enrique tiene un gran concepto de la puntualidad, de la honestidad, del amor a la familia. Tiene hijos, tiene mujer (claro) y tiene trabajo, mucho trabajo. [...] Siempre, siempre luchando con las prisas. [...] Se levanta a las siete y su jornada la divide un plato combinado en cualquier bar. [...] ¿Por qué las prisas? ¿Por qué el autobús y los platos combinados? Pues, símplemente, porque quiere a su familia. Quiere que no les falte de nada y lo ha conseguido...”
TAN AMIGOS COMO SIEMPRE
Anécdota nº 59
Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.
Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo súi géneris (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.
Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la anécdota nº56), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!
Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso “¡Viajero, eres fantástico!”, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.
Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.
Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.
Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo súi géneris (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.
Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la anécdota nº56), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!
Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso “¡Viajero, eres fantástico!”, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.
Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.
HE ESTADO A PUNTO DE CURAR LA ESQUIZOFRENIA...
Anécdota nº 58
...y mía fue la culpa de que esto no ocurriese... en sueños.
Entre los Viajeros, uno aprendre de forma rápida a distinguir entre varios grupos, en relación a cómo viven su enfermedad (nótese que no utilizo aceptación de la enfermedad, que es harina de otro costal).
Así, los hay que, por supuesto, yo de enfermo nada a los que hacen de la carencia de salud su vértice de todo aquello que afecta a su vida. Y, repito, no hablo aquí específicamente de la percepción de la enfermedad (o insight). Creo que es importante esta aclaración, pues hay quien vive feliz en su desconocimiento y quien, después de conocer por encima muchas expresiones y vocabulario médico de uso poco habitual, comienza a girar su destino alrededor de un discurso que, en realidad no comprenden. Con un simple ejemplo creo que me explicaré mejor: yo puedo disfrutar lo que me ofrece un ordenador e internet sin tener la más mínima idea de MB, protocolos de transferencia o de qué capacidad tiene mi tarjeta gráfica...
A una apreciada Viajera me refiero en esta anécdota, que es un claro ejemplo de una vida que gira alrededor de una sintomatología jeroglífica mal entendida. No hace mucho que hablábamos prácticamente cada día de temas que no comprendía bien: qué pasaba en su cerebro, qué podía hacer para invertir el proceso, por qué desde hacía un tiempo soñaba... en fin, que vistiéndome la armadura del discurso divulgativo, intentaba colocar poco a poco los remiendos a unos cimientos que, en demasiadas zonas, estaban muy afectados de aluminosis... Parábolas sobre las sinapsis, el porqué de la cronicidad, las fases del sueño y la confirmación de que prácticamente todas las personas sueñan (la esquizofrenia no revoluciona el proceso del descanso nocturno, salvo algunas particularidades; básicamente relacionadas con el uso de algunos fármacos en relación a algunas fases. Los contenidos de muchos sueños son tema a parte).
Después de varios días de conversaciones de este tipo, pasamos a un nuevo reto: siempre la despertaba con el ¡buenos días! mientras estaba soñando (cuando, según ella, nunca lo había hecho). De nuevo la armadura: pura casualidad, que cuando te despierto estás en fase REM...
Finalmente, el día esperado: después de vueltas y más vueltas sobre estos temas... ¡zas!, voy yo y la despierto justo cuando estaba a punto de descubrir “la pócima” (atención el punto brujesco) para curar la esquizofrenia. Lejos de reírse de lo absurdo de sus palabras en su desorientación matutina y una vez puestos los pies en la tierra, ¡me formó un escándalo porque la había sacado a la fuerza del laboratorio cuando a punto estaba de erradicar la enfermedad del planeta!
Más tarde ya nos reíamos. Pero me quedó entonces esa espinita de no haberle permitido, cosas de la casualidad, ver cómo acababa su sueño. Primero pensé que, en el fondo, la había librado de la decepción que supone salvar el mundo durmiendo y volver a comprobar lo que hay al despertar. Luego, rescatando los balbuceos originarios, he optado por reproducir lo que quedó del sueño: no quisiera yo ser el reponsable de ningún retroceso en ningún ámbito de la salud. Tomen nota:
“La pócima tenía dos líquidos y un polvillo. Y los líquidos eran anaranjado y morado...”.
...y mía fue la culpa de que esto no ocurriese... en sueños.
Entre los Viajeros, uno aprendre de forma rápida a distinguir entre varios grupos, en relación a cómo viven su enfermedad (nótese que no utilizo aceptación de la enfermedad, que es harina de otro costal).
Así, los hay que, por supuesto, yo de enfermo nada a los que hacen de la carencia de salud su vértice de todo aquello que afecta a su vida. Y, repito, no hablo aquí específicamente de la percepción de la enfermedad (o insight). Creo que es importante esta aclaración, pues hay quien vive feliz en su desconocimiento y quien, después de conocer por encima muchas expresiones y vocabulario médico de uso poco habitual, comienza a girar su destino alrededor de un discurso que, en realidad no comprenden. Con un simple ejemplo creo que me explicaré mejor: yo puedo disfrutar lo que me ofrece un ordenador e internet sin tener la más mínima idea de MB, protocolos de transferencia o de qué capacidad tiene mi tarjeta gráfica...
A una apreciada Viajera me refiero en esta anécdota, que es un claro ejemplo de una vida que gira alrededor de una sintomatología jeroglífica mal entendida. No hace mucho que hablábamos prácticamente cada día de temas que no comprendía bien: qué pasaba en su cerebro, qué podía hacer para invertir el proceso, por qué desde hacía un tiempo soñaba... en fin, que vistiéndome la armadura del discurso divulgativo, intentaba colocar poco a poco los remiendos a unos cimientos que, en demasiadas zonas, estaban muy afectados de aluminosis... Parábolas sobre las sinapsis, el porqué de la cronicidad, las fases del sueño y la confirmación de que prácticamente todas las personas sueñan (la esquizofrenia no revoluciona el proceso del descanso nocturno, salvo algunas particularidades; básicamente relacionadas con el uso de algunos fármacos en relación a algunas fases. Los contenidos de muchos sueños son tema a parte).
Después de varios días de conversaciones de este tipo, pasamos a un nuevo reto: siempre la despertaba con el ¡buenos días! mientras estaba soñando (cuando, según ella, nunca lo había hecho). De nuevo la armadura: pura casualidad, que cuando te despierto estás en fase REM...
Finalmente, el día esperado: después de vueltas y más vueltas sobre estos temas... ¡zas!, voy yo y la despierto justo cuando estaba a punto de descubrir “la pócima” (atención el punto brujesco) para curar la esquizofrenia. Lejos de reírse de lo absurdo de sus palabras en su desorientación matutina y una vez puestos los pies en la tierra, ¡me formó un escándalo porque la había sacado a la fuerza del laboratorio cuando a punto estaba de erradicar la enfermedad del planeta!
Más tarde ya nos reíamos. Pero me quedó entonces esa espinita de no haberle permitido, cosas de la casualidad, ver cómo acababa su sueño. Primero pensé que, en el fondo, la había librado de la decepción que supone salvar el mundo durmiendo y volver a comprobar lo que hay al despertar. Luego, rescatando los balbuceos originarios, he optado por reproducir lo que quedó del sueño: no quisiera yo ser el reponsable de ningún retroceso en ningún ámbito de la salud. Tomen nota:
“La pócima tenía dos líquidos y un polvillo. Y los líquidos eran anaranjado y morado...”.
IN MEMORIAM x 2
Anécdota nº 57
«En los velorios, el progreso de la corrupción hace que el muerto recupere sus caras anteriores.»
El Zahir, dentro de El Aleph, Jorge Luis Borges
Cuántas veces habremos escuchado comentarios relacionados con la muerte que nos producen, las más de las veces, cierta hilaridad.
A mi hay una que me repatea, del tipo es ley de vida (esta es la que más), y es aquella de con todo lo que tenía y se cuidaba, y va y se muere de esto o aquello. Uno se muere y punto. Sí, si te cuidas quizás alcances a ver algunos amaneceres más; pero si pierdes a los chinos, has perdido y no hay razones ocultas.
Este año, casualidades de la realidad, he ido de velatorio en velatorio y de mes en mes. De momento, estamos en mayo y deseo que la cosa se acabe aquí: cuatro en un año creo que ya han sobrepasado el cupo.
Uno de ellos ha sido un amigo que me enseñó demasiado en uno de mis primeros trabajos: nada que ver con el actual, sino de comercial practicando lo que el gremio llama "puerta fría", que nos encargamos de modificar a placer (y de espaldas al jefe) para pasar de ser considerados unos pesados a ser personas apreciadas, con clientes que todavía hoy me saludan cuando me cruzo con ellos por la calle: suyo ha sido buena parte del mérito de conseguir que aprendiera a escuchar a la gente y ofrecerles, en realidad, todo lo que pudiese ofrecerles. Después de salir del tanatorio, reflexionaba que estaba seguro de que si trabajo, pienso y actúo como lo hago con los Viajeros, es en buena parte gracias a sus detalles y sus enseñanzas. Como muchas veces te decía (y tanta rabia te daba), ¡gracias de nuevo, maestro!
Pero volviendo al mundo de los Viajeros, este mes pasado una apreciada Viajera se fue casi como llegó: sin hacer demasiado ruido. Y es en su caso en el que se dieron esas sentencias prefabricadas de las que hablaba antes: la mujer tenía de todo, además de la enfermedad mental diagnosticada; casi se diría que su historial era un manual diagnóstico. Y va y, como si hubiese sido culpa suya, y se muere de lo que menos se lo esperaba uno.
No me gusta embadurnar con halagos a los que ya no están, pero debo reconocer que, en tu caso, ha sido admirable ver cómo, con todo lo que tenías encima, pocas veces perdiste la sonrisa y la risa que hacía saltar todo tu cuerpo. Me quedo con haber visto cómo tu exigencia inicial fue pasando lentamente a un aprecio por los que mostrábamos algo por ti. Así que me gustó comprobar que, lejos del rigor mortis, en tu velatorio tu borgiana cara anterior la dominaba una sonrisa sincera. No has tenido la vida que soñabas, pero te vas volando... y riendo. ¡No esperaba menos de ti!
Aprendo, siempre aprendo...
N.E.S. (1942-2007)
El Zahir, dentro de El Aleph, Jorge Luis Borges
Cuántas veces habremos escuchado comentarios relacionados con la muerte que nos producen, las más de las veces, cierta hilaridad.
A mi hay una que me repatea, del tipo es ley de vida (esta es la que más), y es aquella de con todo lo que tenía y se cuidaba, y va y se muere de esto o aquello. Uno se muere y punto. Sí, si te cuidas quizás alcances a ver algunos amaneceres más; pero si pierdes a los chinos, has perdido y no hay razones ocultas.
Este año, casualidades de la realidad, he ido de velatorio en velatorio y de mes en mes. De momento, estamos en mayo y deseo que la cosa se acabe aquí: cuatro en un año creo que ya han sobrepasado el cupo.
Uno de ellos ha sido un amigo que me enseñó demasiado en uno de mis primeros trabajos: nada que ver con el actual, sino de comercial practicando lo que el gremio llama "puerta fría", que nos encargamos de modificar a placer (y de espaldas al jefe) para pasar de ser considerados unos pesados a ser personas apreciadas, con clientes que todavía hoy me saludan cuando me cruzo con ellos por la calle: suyo ha sido buena parte del mérito de conseguir que aprendiera a escuchar a la gente y ofrecerles, en realidad, todo lo que pudiese ofrecerles. Después de salir del tanatorio, reflexionaba que estaba seguro de que si trabajo, pienso y actúo como lo hago con los Viajeros, es en buena parte gracias a sus detalles y sus enseñanzas. Como muchas veces te decía (y tanta rabia te daba), ¡gracias de nuevo, maestro!
Pero volviendo al mundo de los Viajeros, este mes pasado una apreciada Viajera se fue casi como llegó: sin hacer demasiado ruido. Y es en su caso en el que se dieron esas sentencias prefabricadas de las que hablaba antes: la mujer tenía de todo, además de la enfermedad mental diagnosticada; casi se diría que su historial era un manual diagnóstico. Y va y, como si hubiese sido culpa suya, y se muere de lo que menos se lo esperaba uno.
No me gusta embadurnar con halagos a los que ya no están, pero debo reconocer que, en tu caso, ha sido admirable ver cómo, con todo lo que tenías encima, pocas veces perdiste la sonrisa y la risa que hacía saltar todo tu cuerpo. Me quedo con haber visto cómo tu exigencia inicial fue pasando lentamente a un aprecio por los que mostrábamos algo por ti. Así que me gustó comprobar que, lejos del rigor mortis, en tu velatorio tu borgiana cara anterior la dominaba una sonrisa sincera. No has tenido la vida que soñabas, pero te vas volando... y riendo. ¡No esperaba menos de ti!
Aprendo, siempre aprendo...