UNA DE MIEDO...
Anécdota nº8
Una historia para no dormir... Esta anécdota no la viví personalmente, sino a unas compañeras, que me la transmitieron en el cambio de turno.
Uno de mis conocidos Viajeros, después de dormir la siesta, se presentó ante mis compañeras y dijo (quién sabe si asustado o como el que considera estas cosas como normales):
— Arriba en la habitación han colgado un cartel. Pone que viene el enterrador...
Cuando me lo dijeron, me vinieron a la cabeza las viñetas de Lucky Luke, cuando aparecía un señor de negro, con sombrero de copa, tomando despreocupado las medidas a aquellos que iban a enfrentarse en duelo o que se metían en problemas.
Bromas a un lado, lo cierto es que se extrañaron. Y la avanzada edad del Viajero hizo el resto para provocar en ellas cierta preocupación. Comprobaron la habitación: no había cartel alguno y, con los pies en la realidad, descartaron la existencia de una broma de mal gusto.
Pero, escapando de la realidad, y precisamente por la edad del Viajero y su deterioro físico (¡se dice como si habláramos de un coche viejo!), surgen imágenes de fantasía: ¿estuvo en la habitación aquella tarde la dama de la guadaña, para dar aviso de una visita próxima?
No quería creer, pero aquella noche observé más de lo normal aquella habitación. El Viajero, claro está, se despertó vivito y coleando... ¡Menos mal! Si no, creo que habría tenido que reconstruir mi sistema de creencias...
Una historia para no dormir... Esta anécdota no la viví personalmente, sino a unas compañeras, que me la transmitieron en el cambio de turno.
Uno de mis conocidos Viajeros, después de dormir la siesta, se presentó ante mis compañeras y dijo (quién sabe si asustado o como el que considera estas cosas como normales):
— Arriba en la habitación han colgado un cartel. Pone que viene el enterrador...
Cuando me lo dijeron, me vinieron a la cabeza las viñetas de Lucky Luke, cuando aparecía un señor de negro, con sombrero de copa, tomando despreocupado las medidas a aquellos que iban a enfrentarse en duelo o que se metían en problemas.
Bromas a un lado, lo cierto es que se extrañaron. Y la avanzada edad del Viajero hizo el resto para provocar en ellas cierta preocupación. Comprobaron la habitación: no había cartel alguno y, con los pies en la realidad, descartaron la existencia de una broma de mal gusto.
Pero, escapando de la realidad, y precisamente por la edad del Viajero y su deterioro físico (¡se dice como si habláramos de un coche viejo!), surgen imágenes de fantasía: ¿estuvo en la habitación aquella tarde la dama de la guadaña, para dar aviso de una visita próxima?
No quería creer, pero aquella noche observé más de lo normal aquella habitación. El Viajero, claro está, se despertó vivito y coleando... ¡Menos mal! Si no, creo que habría tenido que reconstruir mi sistema de creencias...
POR UN BILLETE DE LOTERÍA
Anécdota nº 7
No voy a hablar de la obra de Jules Verne, sino de uno de los síntomas positivos (alucinaciones, delirios, extravagancias...) más habituales entre los Viajeros: son los «delirios referenciales» o creer que algo que peciben va dirigido exclusivamente a ellos. Es decir, que hablan de ellos en la tele, que algo pasa porque están ellos allí, que las cosas en el país pasan gracias o por culpa de ellos, etc.
Uno de mis conocidos Viajeros me contaba una noche que un día, sin saber por qué, le voló un billete de lotería por la ventana y que luego, en la tele, dijeron que le había tocado a él (por supuesto, lo dijeron con nombre y apellidos). Y, claro, como le había volado el billete por la ventana, le entró una gran desesperación y por eso se había vuelto esquizofrénico.
Cuando intenté colocarlo con los pies en el suelo, mostrándole que no tenía nada que ver una cosa con la otra, me dijo:
—¿Qué se puede hacer en la vida sin dinero? ¿Cómo no voy a estar enfermo, con la porquería de pensión que cobro?
La cosa cambia cuando uno conoce que, actualmente, una pensión no contributiva asciende a la escalofriante cifra de 265 míseros euros al mes. Más de uno de nosotros se volvería loco cobrando esa «porquería»...
Sin darse cuenta, me puso delante un espejo de la pura realidad. No me extraña que haya optado por escapar de ella.
No voy a hablar de la obra de Jules Verne, sino de uno de los síntomas positivos (alucinaciones, delirios, extravagancias...) más habituales entre los Viajeros: son los «delirios referenciales» o creer que algo que peciben va dirigido exclusivamente a ellos. Es decir, que hablan de ellos en la tele, que algo pasa porque están ellos allí, que las cosas en el país pasan gracias o por culpa de ellos, etc.
Uno de mis conocidos Viajeros me contaba una noche que un día, sin saber por qué, le voló un billete de lotería por la ventana y que luego, en la tele, dijeron que le había tocado a él (por supuesto, lo dijeron con nombre y apellidos). Y, claro, como le había volado el billete por la ventana, le entró una gran desesperación y por eso se había vuelto esquizofrénico.
Cuando intenté colocarlo con los pies en el suelo, mostrándole que no tenía nada que ver una cosa con la otra, me dijo:
—¿Qué se puede hacer en la vida sin dinero? ¿Cómo no voy a estar enfermo, con la porquería de pensión que cobro?
La cosa cambia cuando uno conoce que, actualmente, una pensión no contributiva asciende a la escalofriante cifra de 265 míseros euros al mes. Más de uno de nosotros se volvería loco cobrando esa «porquería»...
Sin darse cuenta, me puso delante un espejo de la pura realidad. No me extraña que haya optado por escapar de ella.
Buscando el silencio
Anécdota nº6
Este hecho que os explico ahora es uno de los que mayor sorpresa me produjo una vez conocí el desenlace.
Una de mis apreciadas Viajeras se presentó un día con un peluche de Piolín (el personajillo de dibujos animados). Y como aquellos días se mostraba reacia a manener conversaciones más allá de los monosílabos, mis compañeras y yo dejamos de preocuparnos por el origen de aquel supuesto regalo.
Piolín se adueñó pronto del lugar protagonista en su cama, haciendo las funciones de cojín decorativo durante el día. Pero no veíamos ninguna muestra de afecto de nuestra Viajera hacia el muñeco: por las noches Piolín se veía a caer de cualquier manera en la mesilla de noche o por los suelos, víctima del ostracismo.
Un día, el repudio llegó al límite: seguramente aprovechando que realizó algún trabajo de costura, el amado y odiado Piolín apareció una mañana con el pico cosido, de lado a lado, con hilo negro. ¡Casi se podía ver algo de rabia en aquellos puntos!
Así, con la boca cosida a la fuerza, vivió muchos días más Piolín en su rutina: decorando de día (¿imagináis la sensación de ver un tierno peluche con la boca cosida de mala manera, apoyado con cariño sobre el cojín?) y desterrado de noche.
Finalmente, casi sin quererlo, descubrimos la razón de aquello: aquel peluche se lo había regalado un amigo. Lo que no sabíamos (y lo descubrimos por otras personas) es que este amigo era harto conocido por ser un pesado. Como topases con él, no paraba de hablarte, cambiando de un tema a otro, hasta que te hinchaba la cabeza.
Reconozco que, en un principio, la drástica necesidad de pedirle en secreto que se callara de una vez de esa manera me resultó algo macabra. Pero, pensándolo bien, uno descubre que puede llegar a verse como un gesto de aprecio: seguramente nuestra Viajera no le diría nunca directamente algo así, seguramente consciente de que su monólogo inacabable no era culpa suya; por puro respeto.
Los roces con los amigos se los debe comer uno mismo. Si no, la esencia de la amistad queda en nada. Y en este caso, el roce lo proyectó en su regalo, quedó entre ella y Piolín.
Yo, ahora, hasta lo encuentro precioso.
Este hecho que os explico ahora es uno de los que mayor sorpresa me produjo una vez conocí el desenlace.
Una de mis apreciadas Viajeras se presentó un día con un peluche de Piolín (el personajillo de dibujos animados). Y como aquellos días se mostraba reacia a manener conversaciones más allá de los monosílabos, mis compañeras y yo dejamos de preocuparnos por el origen de aquel supuesto regalo.
Piolín se adueñó pronto del lugar protagonista en su cama, haciendo las funciones de cojín decorativo durante el día. Pero no veíamos ninguna muestra de afecto de nuestra Viajera hacia el muñeco: por las noches Piolín se veía a caer de cualquier manera en la mesilla de noche o por los suelos, víctima del ostracismo.
Un día, el repudio llegó al límite: seguramente aprovechando que realizó algún trabajo de costura, el amado y odiado Piolín apareció una mañana con el pico cosido, de lado a lado, con hilo negro. ¡Casi se podía ver algo de rabia en aquellos puntos!
Así, con la boca cosida a la fuerza, vivió muchos días más Piolín en su rutina: decorando de día (¿imagináis la sensación de ver un tierno peluche con la boca cosida de mala manera, apoyado con cariño sobre el cojín?) y desterrado de noche.
Finalmente, casi sin quererlo, descubrimos la razón de aquello: aquel peluche se lo había regalado un amigo. Lo que no sabíamos (y lo descubrimos por otras personas) es que este amigo era harto conocido por ser un pesado. Como topases con él, no paraba de hablarte, cambiando de un tema a otro, hasta que te hinchaba la cabeza.
Reconozco que, en un principio, la drástica necesidad de pedirle en secreto que se callara de una vez de esa manera me resultó algo macabra. Pero, pensándolo bien, uno descubre que puede llegar a verse como un gesto de aprecio: seguramente nuestra Viajera no le diría nunca directamente algo así, seguramente consciente de que su monólogo inacabable no era culpa suya; por puro respeto.
Los roces con los amigos se los debe comer uno mismo. Si no, la esencia de la amistad queda en nada. Y en este caso, el roce lo proyectó en su regalo, quedó entre ella y Piolín.
Yo, ahora, hasta lo encuentro precioso.
Los ojos de la vidente
Anécdota nº5
De todos es conocido que, de la misma manera que los temas religiosos están muy relacionados con los Viajeros; en general suele haber un polo de atracción ante todo lo oculto.
Hay una diferencia substancial, eso sí, con quien se dedica a lo oculto para lucrarse y que cree estar en su sano juicio a la otra videncia que practican los Viajeros.
Una noche, después de una mala tarde (por un desacuerdo en casa, cosas de esas que al día siguiente ni las recuerdas), una de mis conocidas Viajeras me saltó con una auténtica radiografía con peligro de radiación:
«Tienes fuego en los ojos, tienes los ojos como los del diablo... ¡Abusaste de tu mujer con un botón!».
Al margen de la situación surrealista, he de reconocer que unas horas después, cuando recordaba lo que me había dicho la Viajera vidente –en mi empeño por encontrar un rayo de luz en cualquier situación– hallé una posible razón a su radiografía.
De hecho, cuando me topé con ella, acababa de tener aquella discusión sin importancia. Y todos hemos notado alguna vez cómo demuda el rostro de algún amigo cuando tiene un problema. E intentamos ayudarlo. ¿Se mostró la Viajera como un espejo para ver reflejado mi enfado momentáneo? Estoy seguro de que así es: nadie como los Viajeros han sabido ver mis momentos bajos con mi sola presencia en la misma sala.
Además, la Viajera vidente había acertado la persona por la que parecía haberme vestido unos ojos de diablo aquella noche. Pero lo del botón todavía me sigue intrigando. ¿Qué diablos tendrá que ver aquí un botón? ¡Os aseguro que aquella olvidada discusión no tuvo nada que ver con un botón!
Seguiré indagando. Igual, hasta que no suelte ese botón del ojal de la realidad y sea un Viajero de verdad, no tendré permiso para averiguarlo.
Por suerte, no soy supersticioso: paso olímpicamente de las videncias y todas sus variedades. Acepto mil veces antes la reflexión que me provocó mi amiga Viajera que los augurios de mil videntes que me tiren mil veces mil cartas del tarot.
De todos es conocido que, de la misma manera que los temas religiosos están muy relacionados con los Viajeros; en general suele haber un polo de atracción ante todo lo oculto.
Hay una diferencia substancial, eso sí, con quien se dedica a lo oculto para lucrarse y que cree estar en su sano juicio a la otra videncia que practican los Viajeros.
Una noche, después de una mala tarde (por un desacuerdo en casa, cosas de esas que al día siguiente ni las recuerdas), una de mis conocidas Viajeras me saltó con una auténtica radiografía con peligro de radiación:
«Tienes fuego en los ojos, tienes los ojos como los del diablo... ¡Abusaste de tu mujer con un botón!».
Al margen de la situación surrealista, he de reconocer que unas horas después, cuando recordaba lo que me había dicho la Viajera vidente –en mi empeño por encontrar un rayo de luz en cualquier situación– hallé una posible razón a su radiografía.
De hecho, cuando me topé con ella, acababa de tener aquella discusión sin importancia. Y todos hemos notado alguna vez cómo demuda el rostro de algún amigo cuando tiene un problema. E intentamos ayudarlo. ¿Se mostró la Viajera como un espejo para ver reflejado mi enfado momentáneo? Estoy seguro de que así es: nadie como los Viajeros han sabido ver mis momentos bajos con mi sola presencia en la misma sala.
Además, la Viajera vidente había acertado la persona por la que parecía haberme vestido unos ojos de diablo aquella noche. Pero lo del botón todavía me sigue intrigando. ¿Qué diablos tendrá que ver aquí un botón? ¡Os aseguro que aquella olvidada discusión no tuvo nada que ver con un botón!
Seguiré indagando. Igual, hasta que no suelte ese botón del ojal de la realidad y sea un Viajero de verdad, no tendré permiso para averiguarlo.
Por suerte, no soy supersticioso: paso olímpicamente de las videncias y todas sus variedades. Acepto mil veces antes la reflexión que me provocó mi amiga Viajera que los augurios de mil videntes que me tiren mil veces mil cartas del tarot.
Esos Viajeros pequeños...
Anécdota nº4
Hace casi dos años, cuando fui padre por primera vez, tuve la oportunidad de asombrarme con uno de mis conocidos Viajeros.
Hacía poco que había salido de una etapa de desestabilización, pero he de reconocer que su alegría por el nacimiento fue uno de los que mejor recuerdo y mayor conmoción me provocan aún.
Víctima de ese impulso que nos hace regalar cositas a los recién nacidos, él también lo hizo. Con todo su afecto, de corazón, me ofreció su regalo para que lo abriese.
Cuál fue mi sorpresa cuando vi que era... ¡un mortero! De pequeñas dimensiones, sí, pero un mortero al fin y al cabo. ¿Qué responder a ese «te gusta»? No quiero pensar en cuál fue mi expresión: realmente, me queda mucho para ser un verdadero Viajero...
Pero la anécdota no se queda aquí.
El mortero fue a parar al armario de la cocina, junto a su hermano mayor. Y allí ha permanecido siempre, algo me dice que no debo cambiarlo de sitio. Y la razón está en unos meses después.
Cuando aquel recién nacido se convirtió en un monstruito andador, un día descubrí que se había colado (pues sabe que no debe entrar) en la cocina. Y el final ya os lo podéis imaginar: como por arte de birlibirloque, aquéllo que más llamó su atención (y mirad si hay objetos atractivos para un bebé en una cocina) fue el mortero.
Oír el tintineo de mi hija jugando con la mano del mortero, sentada en el suelo con su juguete perfecto, sonriendo de pura felicidad, me sació de alegría y curiosidad.
Si en la Biblia se habla de la necesidad de ser puros como los niños para entrar en el paraíso, aquel día pensé en el hecho casi comprobado de que los niños entienden a los Viajeros. Casi diría que están conectados; que comprenden y visitan sus mundos.
Creo que el trayecto para ser un Viajero auténtico va a ser más difícil de lo que pensaba...
Hace casi dos años, cuando fui padre por primera vez, tuve la oportunidad de asombrarme con uno de mis conocidos Viajeros.
Hacía poco que había salido de una etapa de desestabilización, pero he de reconocer que su alegría por el nacimiento fue uno de los que mejor recuerdo y mayor conmoción me provocan aún.
Víctima de ese impulso que nos hace regalar cositas a los recién nacidos, él también lo hizo. Con todo su afecto, de corazón, me ofreció su regalo para que lo abriese.
Cuál fue mi sorpresa cuando vi que era... ¡un mortero! De pequeñas dimensiones, sí, pero un mortero al fin y al cabo. ¿Qué responder a ese «te gusta»? No quiero pensar en cuál fue mi expresión: realmente, me queda mucho para ser un verdadero Viajero...
Pero la anécdota no se queda aquí.
El mortero fue a parar al armario de la cocina, junto a su hermano mayor. Y allí ha permanecido siempre, algo me dice que no debo cambiarlo de sitio. Y la razón está en unos meses después.
Cuando aquel recién nacido se convirtió en un monstruito andador, un día descubrí que se había colado (pues sabe que no debe entrar) en la cocina. Y el final ya os lo podéis imaginar: como por arte de birlibirloque, aquéllo que más llamó su atención (y mirad si hay objetos atractivos para un bebé en una cocina) fue el mortero.
Oír el tintineo de mi hija jugando con la mano del mortero, sentada en el suelo con su juguete perfecto, sonriendo de pura felicidad, me sació de alegría y curiosidad.
Si en la Biblia se habla de la necesidad de ser puros como los niños para entrar en el paraíso, aquel día pensé en el hecho casi comprobado de que los niños entienden a los Viajeros. Casi diría que están conectados; que comprenden y visitan sus mundos.
Creo que el trayecto para ser un Viajero auténtico va a ser más difícil de lo que pensaba...





