LA LOCA DEL BARRIO
Anécdota nº 45
Durante muchos días me he ido encontrado por una calle cerca de casa a una mujer mayor que, por las mañanas, renqueante y apoyada en una muleta, iba hacia no sé dónde con un plato en la mano. Cuando digo renqueante me refiero a aquellas personas que, cosas de la edad, necesitan diez pasos para dar uno de los míos.
Subía desde una calle paralela inferior, quizás unos doscientos metros abajo. Vestida de cualquier manera, despeinada; pero siempre con su plato en la mano.
No le había prestado la más mínima atención (quizás porque ya soy insensible a prejuzgar cuando veo a personas así, será la costumbre) hasta el otro día. Aquel día vi todo el trayecto y el porqué de sus paseos matutinos diarios: en el plato llevaba sobras de comida mezcladas con pienso. Me hice el loco (¡qué cosas!) y alargué el rato antes de ir a casa. Por el retrovisor la acompañé en su parsimonia... hasta que después de un buen rato dobló la esquina.
Como un investigador sin licencia, me bajé del coche con el deseo de encontrar la respuesta a mi duda. Con el sueño que llevaba encima y yo jugando a averiguar cosas... Y, al llegar a la bocacalle, me encontré con lo que buscaba: silbando a los tejados, a los coches, al aire, llamaba a los gatos callejeros. Una mujer de su edad, con sus dificultades para moverse, se levantaba cada día, se vestía y se enfrentaba a una suave pero eterna cuesta con la única intención de regalar aquella comida a "sus" gatos. No sé vosotros, pero yo lo encuentro precioso.
Parecía no tener éxito y la dejé con sus cosas. Ya de camino a casa, vi correr lozano a un gato hacia la bocacalle, sin duda acudiendo a la llamada. Me paré para ver si iba y se detuvo junto a un coche, mirándome. No sé si fue el sueño o la alegría, que me vi acuciándolo para que llegase hasta la comida.
Hoy he sabido que a esta mujer la tienen por la loca del barrio. Que no es senilidad: que siempre ha sido así, que está como una cabra. Pero yo ya hace mucho que no pienso así de los "locos del barrio o del pueblo": si uno busca, averigua que en el fondo se alejan del ruido de los cuchicheos pero que saben más que nadie y que tienen más juicio que el resto de "normales". Quien conozca a alguno de verdad, sabrá que no me equivoco. Las calles están llenas de Azarías. Y ante los hechos repudiables de las gentes de los pueblos y barrios donde viven, prefieren dedicarse, desde la distancia, a sus gatos o sus libros...: sus "Milanas bonitas".
Conmigo ya hay una persona más que no volverá a mirarlos con superioridad o altiveza. ¿Os apuntáis?
Durante muchos días me he ido encontrado por una calle cerca de casa a una mujer mayor que, por las mañanas, renqueante y apoyada en una muleta, iba hacia no sé dónde con un plato en la mano. Cuando digo renqueante me refiero a aquellas personas que, cosas de la edad, necesitan diez pasos para dar uno de los míos.
Subía desde una calle paralela inferior, quizás unos doscientos metros abajo. Vestida de cualquier manera, despeinada; pero siempre con su plato en la mano.No le había prestado la más mínima atención (quizás porque ya soy insensible a prejuzgar cuando veo a personas así, será la costumbre) hasta el otro día. Aquel día vi todo el trayecto y el porqué de sus paseos matutinos diarios: en el plato llevaba sobras de comida mezcladas con pienso. Me hice el loco (¡qué cosas!) y alargué el rato antes de ir a casa. Por el retrovisor la acompañé en su parsimonia... hasta que después de un buen rato dobló la esquina.
Como un investigador sin licencia, me bajé del coche con el deseo de encontrar la respuesta a mi duda. Con el sueño que llevaba encima y yo jugando a averiguar cosas... Y, al llegar a la bocacalle, me encontré con lo que buscaba: silbando a los tejados, a los coches, al aire, llamaba a los gatos callejeros. Una mujer de su edad, con sus dificultades para moverse, se levantaba cada día, se vestía y se enfrentaba a una suave pero eterna cuesta con la única intención de regalar aquella comida a "sus" gatos. No sé vosotros, pero yo lo encuentro precioso.
Parecía no tener éxito y la dejé con sus cosas. Ya de camino a casa, vi correr lozano a un gato hacia la bocacalle, sin duda acudiendo a la llamada. Me paré para ver si iba y se detuvo junto a un coche, mirándome. No sé si fue el sueño o la alegría, que me vi acuciándolo para que llegase hasta la comida.
Hoy he sabido que a esta mujer la tienen por la loca del barrio. Que no es senilidad: que siempre ha sido así, que está como una cabra. Pero yo ya hace mucho que no pienso así de los "locos del barrio o del pueblo": si uno busca, averigua que en el fondo se alejan del ruido de los cuchicheos pero que saben más que nadie y que tienen más juicio que el resto de "normales". Quien conozca a alguno de verdad, sabrá que no me equivoco. Las calles están llenas de Azarías. Y ante los hechos repudiables de las gentes de los pueblos y barrios donde viven, prefieren dedicarse, desde la distancia, a sus gatos o sus libros...: sus "Milanas bonitas".
Conmigo ya hay una persona más que no volverá a mirarlos con superioridad o altiveza. ¿Os apuntáis?
LA MEMORIA DEL TEATRO
Anécdota nº 44
Cuando las pérdidas de memoria (no especifico de qué tipo, no importa en este caso) se convierten en un recurso para justificar aquello que no te apetece hacer a causa de tus síntomas abúlicos, convertimos un hecho grave (la amnesia) en algo baladí.
Pero así como el Viajero que te habla de sus voces y no puedes decirle simplemente que no existen... porque él las percibe reales; quien se escuda en una estrategia debe atenderse con base a la comprensión. Usando una expresión que no me gusta, "llevándolo a tu terreno", obligándolo, por imperativo profesional, a aterrizar en tu realidad.
La Viajera protagonista de esta anécdota ha utilizado muchísimo tiempo este recurso: "Ya sé que debía haberlo hecho, pero como tengo pérdidas de memoria...". Y cuando dos personas buscan objetivos tan distintos y tan distantes, las posibilidades de llegar a ese objetivo son tan pocas que nosotros, con nuestra sana racionalidad, nos desesperamos.
No hay ninguna duda sobre cómo la obligación de memorizar un texto, por sencillo que sea, para representarlo en una obra de teatro tiene, siempre, un efecto positivo si tenemos problemas de memoria.
Hasta que un día le hice de apuntador particular en una obra de teatro representada a sus compañeros. Allí ya no sólo había ausencia de amnesia, sino que había capacidad de improvisación y mucha gracia actuando. Nada de pérdidas de memoria. Por supuesto, cuando acabó su interpretación le dije esto mismo que os he dicho ahora.
Conmigo ya no ha vuelto a utilizar esa excusa. Jamás. El camino hacia aquel objetivo común del que hablé antes se ha acercado. Ahora hay nuevas excusas, nuevos problemas, y aquí sigo yo con mi paciencia a prueba de balas.
Eso demuestra que en cualquier relación humana, con Viajeros o no, comprensión y paciencia (quizás dos caras de la misma moneda) deben existir siempre juntas. Y, qué casualidad, son los grupos marginados socialmente los que más carencia de ellas tienen. Pensemos.
Cuando las pérdidas de memoria (no especifico de qué tipo, no importa en este caso) se convierten en un recurso para justificar aquello que no te apetece hacer a causa de tus síntomas abúlicos, convertimos un hecho grave (la amnesia) en algo baladí.
Pero así como el Viajero que te habla de sus voces y no puedes decirle simplemente que no existen... porque él las percibe reales; quien se escuda en una estrategia debe atenderse con base a la comprensión. Usando una expresión que no me gusta, "llevándolo a tu terreno", obligándolo, por imperativo profesional, a aterrizar en tu realidad.
La Viajera protagonista de esta anécdota ha utilizado muchísimo tiempo este recurso: "Ya sé que debía haberlo hecho, pero como tengo pérdidas de memoria...". Y cuando dos personas buscan objetivos tan distintos y tan distantes, las posibilidades de llegar a ese objetivo son tan pocas que nosotros, con nuestra sana racionalidad, nos desesperamos.
No hay ninguna duda sobre cómo la obligación de memorizar un texto, por sencillo que sea, para representarlo en una obra de teatro tiene, siempre, un efecto positivo si tenemos problemas de memoria.
Hasta que un día le hice de apuntador particular en una obra de teatro representada a sus compañeros. Allí ya no sólo había ausencia de amnesia, sino que había capacidad de improvisación y mucha gracia actuando. Nada de pérdidas de memoria. Por supuesto, cuando acabó su interpretación le dije esto mismo que os he dicho ahora.
Conmigo ya no ha vuelto a utilizar esa excusa. Jamás. El camino hacia aquel objetivo común del que hablé antes se ha acercado. Ahora hay nuevas excusas, nuevos problemas, y aquí sigo yo con mi paciencia a prueba de balas.
Eso demuestra que en cualquier relación humana, con Viajeros o no, comprensión y paciencia (quizás dos caras de la misma moneda) deben existir siempre juntas. Y, qué casualidad, son los grupos marginados socialmente los que más carencia de ellas tienen. Pensemos.





