TAN AMIGOS COMO SIEMPRE
Anécdota nº 59
Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.
Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo súi géneris (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.
Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la anécdota nº56), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!
Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso “¡Viajero, eres fantástico!”, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.
Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.
Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.
Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo súi géneris (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.
Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la anécdota nº56), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!
Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso “¡Viajero, eres fantástico!”, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.
Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.