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VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ
Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"
Acerca de
Diario del Gran Viajero, alguien que envidia a los verdaderos Viajeros y se esconde tras un eufemismo falso.

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Sindicación y Notas
 
DÉJAME LLORAR TRANQUILO
Anécdota nº 67

Muchos Viajeros, llevados por las circunstancias de su vida y su enfermedad, no pueden continuar viviendo en su domicilio habitual, con su familia o en soledad. Cuando la benevolencia burocrática y la suerte se aúnan, pueden conseguir una plaza en una institución.

De entrada, ya no hablo de ingresos en unidades psiquiátricas, voluntarias o no, ya que su mecanismo de ingreso es diferente a lo que me refiero: los programas residenciales. Con tantos nombres como recursos hay: comunidades terapéuticas, residencias, pisos con soporte profesional… todos tienen un punto común: son concebidos como espacios donde la persona va a vivir y que, al menos en los países que han avanzado el proceso de reforma psiquiátrica, van a ser una puerta abierta para poder integrarse de nuevo en la comunidad.

Todo este sermón viene a cuento de una situación que me marcó sobremanera y que hace unos días volví a presenciar. Y es que uno, viva donde viva, tenga lo que tenga, no deja de tener con mayor o menor necesidad, su espacio propio. Y pienso que podrán imaginarse que los espacios en este tipo de recursos no son suites, ni habitaciones individuales ni nada por estilo: con un poco de suerte estarás en una habitación doble, aunque lo más habitual son lugares compartidos por tres o cuatro personas; con una separación entre camas y espacios limitada a una madera o una cortina. En fin, como en un hospital aunque algo menos aséptico… Así que, por mucho que uno quiera, en “su casa” no disponen de un lugar propio y la intimidad se convierte en un lujo. Y esto es algo que los profesionales, arrastrados por el vendaval de la situación, teñida de normalidad, olvidamos.

Pues tiempo atrás, algún día me había encontrado a uno de mis apreciados Viajeros en la cama: había dejado sus tareas pendientes y vestido, con chaqueta y zapatos sobre la colcha, se había quedado adormilado. ¿Cuál fue mi primer arrebato? Pues algo así como “qué haces aquí, haz el favor de acabar lo que tienes que hacer, no se puede estar a estas horas en la cama” y así por el estilo.

Tiempo después, una de mis compañeras le preguntó, en un momento de distensión, por qué de vez en cuando se repetía esa situación, sabiendo que no era un comportamiento “adecuado”. Y su respuesta fue tan simple como atroz: a veces se acordaba de su madre, fallecida meses atrás, e iba a su cama a llorar un rato hasta que se le pasaba.

De cuadros me quedé. Lo único que hacía no era saltarse la norma, sino buscar su único espacio de intimidad, en una cama entre dos maderas, para desahogarse.

Muchas más cosas más he aprendido y aprendo con hechos así que leyendo mil manuales de intervención. Lo primero que hice fue pedirle disculpas por mi “comportamiento profesional” en todas y cada una de las veces que le pedí que saliese de su refugio. Espero seguir aprendiendo.

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