<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0"><channel><title><![CDATA[VIAJAR EN UN RAYO DE LUZ]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[Anécdotas sobre esos Viajeros llamados por la medicina "pacientes psiquiátricos"]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[¡SONRÍAN, POR FAVOR!]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_74.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 68</tt></b><br/><br/>Imagino que estarán de acuerdo conmigo cuando afirmo que uno se convierte en buen peatón en el momento que aprende a conducir y se mete por primera vez en una calle transitada. Yo recuerdo mi primera práctica cuando, después de apenas unos minutos en un descampado para comprobar que sabía para qué servía cada pedal, mi profesora de la autoescuela me lanzó a traición por la avenida más concurrida de la ciudad en hora punta. Autobuses, carriles de repente estrechitos, abuelos sin sensación de peligro, cruce de peatones permanentes… Así, de la misma manera que desde entonces intento no meterme en la calzada sin razón justificada, dejadme provocaros un ligero cambio de actitud cuando salgan a la calle.<br/><br/>Hay conversaciones que, además de proporcionar experiencia profesional, provocan cambios en el comportamiento cotidiano. Y aunque esta vez también hablaré en cierta manera sobre el delirio de persecución (como en la <a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/200504.htm#21">anécdota nº 19</a>), lo cierto es que este apreciado Viajero tuvo a bien contarme un día qué suponía para él salir a la calle. Y el relato fue escalofriante: el delirio mencionado era el colofón a una serie de alucinaciones previas. Primero, parecía que el volumen del mundo subía, sonando todo más alto para llegar a ser difícil diferenciar sonidos. Luego, todo, incluso el propio relator, comenzaba a irradiar luz. Finalmente, la luz, el brillo, se centraba en los ojos de toda la gente que se cruzaba con él. Cuánto más serios eran los semblantes, más luz irradiaban por sus ojos y más observado se sentía.<br/><br/>Su pregunta fue que por qué la gente iba tan seria por la calle si, realmente, aquí no se vivía tan mal. Y me acordé de una compañera de la Facultad que, después de una larga temporada conviviendo como voluntaria de una ONG en Centroamérica, casi entró en un estado depresivo porque añoraba los rostros risueños de los que nada tenían pero que parecían ser más felices.<br/><br/>Por supuesto aquí no caben consejos sobre pensar que eso no pasa en realidad o que piense que nadie lo mira para tranquilizarse: si vais de noche por la calle y sentís temor porque os parece que alguien os persigue y no dejáis de mirar atrás, de nada servirá que os dediquéis a concentraros en pensar que en realidad no hay nadie, y seguiréis mirando de vez en cuando atrás.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/sonrie2.jpg" align="left" alt="" border="0" width="150" height="166"/>Así que la intención de este escrito es clara: todos hemos visto a gente por la calle con una actitud asustadiza o “rarita”. <img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/sonrie1.jpg" align="right" alt="" border="0" width="200" height="200"/>Podría ser que fuese alguien como nuestro protagonista. Y, seguramente, una simple sonrisa, un gesto empático, aliviará unas micras el peso de su sufrimiento. Así que sonrían, por favor. Aunque desentonen. Que cuando alguien descubra que lo están observando, al menos se tope con una sonrisa lo más sincera posible.<br/><br/>Ni que pintados vienen al caso estas dos viñetas de ese gran observador de la realidad que es <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Quino">Quino</a>… <b>¡Sonrían, por favor!</b><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[DÉJAME LLORAR TRANQUILO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_73.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 67</tt></b><br/><br/>Muchos Viajeros, llevados por las circunstancias de su vida y su enfermedad, no pueden continuar viviendo en su domicilio habitual, con su familia o en soledad. Cuando la benevolencia burocrática y la suerte se aúnan, pueden conseguir una plaza en una institución.<br/><br/>De entrada, ya no hablo de ingresos en unidades psiquiátricas, voluntarias o no, ya que su mecanismo de ingreso es diferente a lo que me refiero: los programas residenciales. Con tantos nombres como recursos hay: comunidades terapéuticas, residencias, pisos con soporte profesional… todos tienen un punto común: son concebidos como espacios donde la persona va a vivir y que, al menos en los países que han avanzado el proceso de <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Desinstitucionalizaci%C3%B3n_psiqui%C3%A1trica">reforma psiquiátrica</a>, van a ser una puerta abierta para poder integrarse de nuevo en la comunidad.<br/><br/>Todo este sermón viene a cuento de una situación que me marcó sobremanera y que hace unos días volví a presenciar. Y es que uno, viva donde viva, tenga lo que tenga, no deja de tener con mayor o menor necesidad, su espacio propio. Y pienso que podrán imaginarse que los espacios en este tipo de recursos no son suites, ni habitaciones individuales ni nada por estilo: con un poco de suerte estarás en una habitación doble, aunque lo más habitual son lugares compartidos por tres o cuatro personas; con una separación entre camas y espacios limitada a una madera o una cortina. En fin, como en un hospital aunque algo menos aséptico… Así que, por mucho que uno quiera, en “su casa” no disponen de un lugar propio y la intimidad se convierte en un lujo. Y esto es algo que los profesionales, arrastrados por el vendaval de la situación, teñida de normalidad, olvidamos.<br/><br/>Pues tiempo atrás, algún día me había encontrado a uno de mis apreciados Viajeros en la cama: había dejado sus tareas pendientes y vestido, con chaqueta y zapatos sobre la colcha, se había quedado adormilado. ¿Cuál fue mi primer arrebato? Pues algo así como “qué haces aquí, haz el favor de acabar lo que tienes que hacer, no se puede estar a estas horas en la cama” y así por el estilo.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/celosia.jpg" align="right" alt="" border="0" width="180" height="180"/>Tiempo después, una de mis compañeras le preguntó, en un momento de distensión, por qué de vez en cuando se repetía esa situación, sabiendo que no era un comportamiento “adecuado”. Y su respuesta fue tan simple como atroz: a veces se acordaba de su madre, fallecida meses atrás, e iba a su cama a llorar un rato hasta que se le pasaba.<br/><br/>De cuadros me quedé. Lo único que hacía no era saltarse la norma, sino buscar su único espacio de intimidad, en una cama entre dos maderas, para desahogarse.<br/><br/>Muchas más cosas más he aprendido y aprendo con hechos así que leyendo mil manuales de intervención. Lo primero que hice fue pedirle disculpas por mi “comportamiento profesional” en todas y cada una de las veces que le pedí que saliese de su refugio. Espero seguir aprendiendo.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[ESA COSA LLAMADA HIPOTECA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_72.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 66</tt></b><br/><br/>Hay muchos Viajeros, la mayoría, conviviendo en sus casas con sus familiares: la mayoría de limitaciones sociales que suponen estas enfermedades convierten la emancipación tardía que se vive actualmente en un lujo. Sea por una capacidad económica penosa, por las tremendas dificultades para tener un trabajo… por lo que sea, la estampa más común con el paso de los años es la de estas personas adultas con sus padres a su pleno cargo (ya mayores y muchas veces impedidos).<br/><br/>Por otro lado, cada vez hay más recursos que ofrecen un lugar en el que vivir, especialmente a aquellos que están fuera del sistema o que tienen serias dificultades para vivir solo o que, por ejemplo, no tengan familia o amistad alguna.<br/><br/>Tanto en un caso como en otro, tienen una cosa en común que los aleja de la realidad hipotecaria, hasta el punto de desconocer completamente su funcionamiento y hasta su existencia. Ya no hablemos de cuando ven noticias sobre el aumento de la cuota media de las hipotecas por mor del euribor: intentar comprender que la mayoría de la gente de la calle va a pagar una media de 100 euros más al mes de letra (cuando muchos de ellos cobran una pensión de 350 euros mensuales) supone creer que ahí fuera todo el mundo es rico.<br/><br/>Estas percepciones sobre algo en cierta manera incomprensible dan mucho juego para ver esa realidad ajena a ellos de tipos de interés, burbujas que no acaban de explotar y zulos a precio de palacete. Recuerdo un día que conversaba con un apreciado Viajero y su conclusión sobre las hipotecas actuales fue <b>“¿y por qué hace la gente esas cosas?</b>”. No supe cómo responderle porque, en cierta manera, yo tampoco entiendo que haya gente que hipoteque la mitad o tres cuartas partes de sus ingresos por 60 metros cuadrados… ¡eso sí que es una locura!<br/><br/>Pero la anécdota más simpática que he escuchado sobre el tema fue la siguiente: la protagonista siempre argumenta sus comentarios en que desaprovechó su juventud viviendo una “mala vida” por las calles y que ahora tiene mucho por aprender. Ante los problemas de mucha gente con sus hipotecas y sus dificultades para llegar a final de mes, me confesó: “<b>yo al menos no he tenido nunca que preocuparme por las hipotecas. Bueno, sí que me preocupaban de joven, cuando jugaba al Monopoly y mis hermanos acababan por desplomarme con tanta hipoteca. ¡No veas qué daño hacía cuando daba todo el dinero a la banca!</b>”.<br/><br/>No habría podido definir mejor esa sensación que tantos vivimos, llueva o nieve, cada primero de mes.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[¡QUE NO ME GRITES!]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_71.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 65</tt></b><br/><br/>Se dice que nuestra sociedad es tan ruidosa que, a la vez perdemos oído y nos vemos obligados a gritar para que no escuchen. Aunque esto es una generalización sin interés, lo cierto es que es una de las tantas “sutiles” formas de justificar nuestros gritos. Y éstos se repiten tantas veces, con tantas personas y durante tantos días que, como las mentiras y su veracidad, su reiteración consigue que creamos que eso es lo útil y adecuado.<br/>¿A qué viene todo esto? Pues a una conducta que veo que se mantiene entre muchos profesionales ante la necesidad de utilizar un modo más directivo ante sus pacientes.<br/><br/>Todo aquello del principio es una banalidad cuando uno va descubriendo cómo en tantos ámbitos de las relaciones sociales lo normal parece ser imponer con gritos lo que debe o no hacerse.<br/><br/>La diferencia entre estricto, firmeza u orden y la imposición de un punto de vista o un “mando y ordeno” a gritos no lo distingue ya mucha gente. Con otras palabras: el enamorado, estudioso y conocedor de la pedagogía no gritará a sus discentes. No pensará que un grito a tiempo será más útil que mil rodeos: eso es no tener ni puñetería idea de la forma en que los niños aprenden.<br/><br/>Pues si hablamos de salud mental, de toda esa gente que por desgracia aún no tiene el beneplácito que la sociedad tiene hacia otras patologías o carencias (léase ciegos, sordos, síndromes diversos, discapacitados físicos…) y que generan recelo allí por donde pasen, ya no os digo nada.<br/><br/>¿De veras creen que mucha gente trata siempre a los locos de su comunidad con aprecio y distinción? Lo menos malo será mostrarles compasión; algo peor será no hablarles (y menos aún gritarles) no vaya a ser que les hagan algo. Y muchas, muchas veces, se les grita, como si el ser enfermo mental presupusiere tener poca agudeza auditiva. Los gritos son un modo de expresión que debe utilizarse en su momento adecuado, no por rutina. Igual debería hacerse con ellos.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/scream.jpg" alt="© Kevin Jackson - intelligentpants.com" align="right" border="0" width="200" height="179"/>Esto siempre lo he tenido más o menos claro. Pero acabó de fijarse cuando comencé a escuchar comentarios de algunos apreciados Viajeros: criados a base de golpes y gritos, maltratados y gritados mientras vivían en la calle o notando que la ensalada de pensamientos se aceleraba hasta llegar a bloquear a uno de seguir recibiendo gritos. En definitiva, me pedían que ya les habían gritado bastante en la vida como para que los profesionales también lo hiciésemos.<br/><br/>No comprender comportamientos y pretender solucionarlos a golpe de grito es un indicativo de sufrir una tremenda necesidad de descansar o bien de no tener idea de qué son las relaciones humanas. Los niños nos han enseñado y enseñan desde siempre con sus travesuras, perrerías, celos y regresiones cómo quieren ser entendidos y, al intentar solucionarlos a gritos, siempre empeoran y se llevan la peor parte. Y seguimos sin aprender.<br/><br/>Puede parecer que esto es exagerado, pero esto es un cuaderno de opinión y si lo estoy escribiendo es porque así lo percibo desde hace años. Y yo me frustraré, no sabré por dónde salir o me desesperaré en la inopia, pero yo me creo eso de la “atención respetuosa”. Y por respeto a su dignidad, juro que no me sacarán un grito.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[EL SÍMBOLO DEL PODER]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_70.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 64</tt></b><br/><br/>Con este título tan subliterario (digo sub, ahora que desde hace un par de años hay una cierta predisposición de las librerías de ampliar hasta límites sorprendentes las estanterías de novelas y pseudonovelas de tramas <i>misterioso-complot-con-origen-en-textos-sagrados-de-corte-medieval-en-la-actualidad</i>); hablando de salud mental, seguramente la primera idea en venir a la mente pasa por la supuesta inferioridad del enfermo mental en la sociedad.<br/><br/>Supuesta o cierta, en demasiados casos. Pero esa inferioridad nace del rechazo, del desconocimiento, de la necesidad en muchos casos de una tutela legal mal comprendida... por mil razones.<br/>Pero en este caso me voy a referir al poder que durante muchos años, especialmente antes del proceso de <a target="_blank" href="http://www.psiquiatria.com/psiquiatria/vol2num3/artic_4.htm">reforma psiquiátrica</a> (cuando los sanatorios y manicomios aislados se convirtieron en multitud de recursos adecuados a cada subgrupo de pacientes e integrados en la comunidad) se llevaba a cabo con los ingresados.<br/><br/>Es estremecedor cuando algunos Viajeros de mayor edad te comentan sus vivencias en estos manicomios y te ves en la obligación de negar el coleguismo con aquellos individuos que cobraban para cuidarlos o estar por ellos. Muchas de estas situaciones ya las conocía desde la literatura específica, pero cuando son los propios protagonistas quienes te las cuentan, me voy a dormir con mi filantropía por los suelos.<br/><br/>Algunos hablan del “ordeno y mando” de los enfermeros, de los castigos físicos gratuitos (que nada tiene que ver con la contención física en momentos de crisis), de los ninguneos y miedos inculcados o las peticiones de respeto a la autoridad por deberles la vida (en un intento de dejar claro que, si no habían sido eliminados anteriormente por tener <i>taras psicológicas</i> (sic), era porque quizás esa práctica se habría acercado demasiado a las prácticas del fascismo).<br/><br/>Si alguna imagen me sobrecoge especialmente, es la de las antiguas habitaciones (se podrían llamar <i>dormideros</i>) de quince, veinte camas en hilera, y los enfermeros atando e inyectando una dosis de somnífero para caballos de uno a uno y el paciente del final viendo cómo todos los compañeros iban cayendo y que, en breve, le iba a tocar a él.<br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/diosllavero.jpg" align="right" alt="El poder divino del guardián de las llaves" border="0" width="180" height="164"/>Una apreciada Viajera me comentó que, cuando sufría crisis de descontrol, sólo recordaba el sonido del llavero atiborrado del celador, y que aquello significaba dos cosas: o era un toque de atención para que quedase claro quién mandaba o que abrían y te metían en la sala de contención (la que está cubierta de colchones y espuma para no autolesionarse).<br/><br/>Desde entonces, yo que me veo en la obligación de llevar bastantes llaves encima, por respeto a los que sufrieron (y seguro que aún sufren) con esos sonidos, símbolo del poder autoritario, las llevo bien apretaditas en el bolsillo e intento hacer el mínimo ruido cuando las uso. Es lo mínimo que puedo hacer.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[DERECHO CIVIL SOBRE LO RELIGIOSO]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_69.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 63</tt></b><br/><br/>Parece que vaya a comentar las palabras de un disidente de la religión impuesta, pero es algo de mayor valor.<br/><br/>Muchos Viajeros conocidos, seguramente por desconocimiento o interpretación absurda o por simple atracción hacia lo místico, son creyentes y practicantes (mayoritariamente católicos). Allá cada uno con sus creencias, no tengo nada que objetar (salvo cuando se les toma el pelo de manera descarada).<br/><br/>Con los nuevos tiempos democráticos, muchos de ellos tienen clarísimo sus derechos y los ejercen y recuerdan a veces hasta la desesperación. La libertad de credo está clarísima y pobre de ti que planees cualquier actividad un domingo por la mañana e interfieras en su visita semanal a la iglesia...<br/><br/>Un día, un compañero y yo hablábamos con nuestro protagonista, precisamente un domingo por la mañana, y ante la estampida hacia la iglesia, le preguntamos:<br/><br/><b>—&#9;¿Tú no vas a la iglesia?<br/>—&#9;Yo no, ¿para qué?<br/>—&#9;¿Pero no eres cristiano?</b><br/><br/>La respuesta, que en un principio nos hizo soltar carcajadas (ya que ninguno de los dos tenemos especial predilección por lo religioso), demudó en una mirada de “vaya pedazo de respuesta que nos ha dado”.<br/><br/><b>—&#9;Yo no soy cristiano, yo soy una persona</b> —dijo.<br/><br/>Hay mucho ahí para reflexionar.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[ESA NO ES MI MEDICACIÓN]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_68.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 62</tt></b><br/><br/>Siguiendo con las anécdotas sobre la medicación, otra que es curiosa.<br/><br/>Una apreciada Viajera que ya hace años que conozco, siempre había llevado la etiqueta (y, la verdad, muchas veces lo comprobamos en primera persona) de ser más que reticente a aceptar cualquier cambio de tratamiento. Las más de las veces por alegar ya estar curada, otras por temor a lo que podría provocarle iniciar las tomas de una substancia con a saber qué consecuencias.<br/><br/>Pero en este caso, no se trataba de un cambio de medicación. Simplemente, era la misma dosis pero que, por falta de existencias en la farmacia, no podía ser en la presentación habitual. Normalmente la tomaba bucodispersable o <i>flas</i> (unos comprimidos liofilizados que se deshacen automáticamente en la boca en contacto con la saliva). Y durante unos días, hasta acabar la caja, debían ser en comprimido habitual.<br/><br/>Ante su negativa, sólo se nos ocurrió pensar: “vaya, ya vuelve a las andadas”. Intentamos razonar que era lo mismo, que no había ningún cambio encubierto ni nada por el estilo. Y finalmente, después de mucho batallar, accedió.<br/><br/>La cuestión surgió después, cuando conocimos la causa de su negativa: no quería el comprimido normal porque el que se deshacía en la boca... ¡le dejaba un regusto de limón! Como si fuese un caramelo, no quería renunciar a su momento del día con sabor a limón a cambio de un simplón comprimido: el fallo fue nuestro ya que sólo había que preguntárselo.<br/><br/>Otra muestra (y ya van...) de la inercia profesional de pensar más de la cuenta y generar hipótesis fuera de lugar. Sigo aprendiendo.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[MEDICACIÓN Y BROMAS]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_67.htm]]></link><description><![CDATA[<b><tt>Anécdota nº 61</tt></b><br/><br/>Noche divertidísima el otro día. Uno puede pensar que el prejuicio de negarse a tomar la medicación es totalmente extendido entre los Viajeros que siguen un tratamiento, pero en realidad no es así.<br/><br/>La otra noche, un apreciado Viajero me comentaba estas dos situaciones. <img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/pantera.jpg" align="left" alt="" border="0" width="87" height="54"/>La primera, cuando me reclamaba su medicación antes de ir a dormir. No es lo mismo pedirla (a veces, por ganas de meterse en la cama, exigirla) y acostarse casi sin despedirse a que te digan “dame ya la pantera rosa, a ver si me calmo un poco”. Por <i>pantera rosa</i> se refería a un medicamento que, ciértamente, tiene la forma y el color del <a target="_blank" href="http://www.viruete.com/articulos/2004/Pantera%20Rosa.htm">clásico entre los pastelitos.</a>..<br/><br/>Pero, ¿por qué necesitaba calmarse? Pues porque, palabras suyas, ese día se encontraba con la libido por las nubes... Y justamente, ese mismo día había ido a recibir su dosis de <a target="_blank" href="http://ar.lundbeck.com/Argentina/Products/Clopixol/depot.asp">medicación inyectada</a> (hay algunos medicamentos, generalmente de base oleosa, que se inyectan cada cierto tiempo y van liberándose poco a poco; para así evitar tomar dosis orales importantes o en pacientes con dificultades para seguir el tratamiento).<br/><br/>Y de una situación normal en su vida (ir a la enfermera a que le pusiese la inyección) dibujó una hilarante escena que despertó las risas de todos los presentes:<br/><br/><i>– Con lo salido* que estoy hoy, en vez de pasar al revés, mira qué me ha pasado. Estábamos la enfermera y yo en el box, ha cerrado la cortina... ¡y me ha apoyado sobre la camilla, me ha bajado los calzoncillos y me la ha clavado! ¡Eso debería ser al revés!</i><br/><br/>Se merece como mínimo un aplauso el hecho de llevar con tan buen humor la necesidad de depender de por vida de una medicación y de generar tan buen ambiente mientras lo explicaba. Admirable.<br/><br/><i>* Véase la tercera acepción del <a target="_blank" href="http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=salido">RAE</a>.</i>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[Mediometraje: <u>“El Televisor”</u>, de Narciso Ibáñez Serrador]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_66.htm]]></link><description><![CDATA[<tt><b>Anécdota nº 60</b></tt><br/><br/><img src="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/files/fotogramablog.jpg" alt="" align="left" border="0" width="180" height="294"/>Lo reconozco: soy de esos a los que les encanta quedarse de madrugada viendo peliculones auténticos subtitulados que emiten a altas horas de la madrugada. Recuerdo cuando descubrí a <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Vincent_Price">Vincent Price</a> interpretando personajes de <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Poe">Poe</a> o adaptaciones de obras de <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Lovecraft">Lovecraft</a> y otros genios, alucinando ante tantas fatales casualidades, entre laboratorios, tumbas, locuras y catalepsias.<br/><br/>Una noche (ya hace bastante de esto) vi esta película de la serie “<a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Historias_para_no_dormir">Historias Para No Dormir</a>” de <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Narciso_Ib%C3%A1%C3%B1ez_Serrador">Chicho Ibáñez</a> y también me sorprendió tan sublime actuación que, quién lo iba a decir, estaba protagonizada por un personaje de los que acabarían siendo la razón de mi trabajo. Y, ciértamente, muchas experiencias vitales de muchos Viajeros son un cúmulo de auténticas historias para no dormir... Ahora, con la recuperación de muchas series en formato DVD, he podido redescubrir esta historia y corroborar, desde mi nueva perspectiva, que es magnífica y que la interpretación del padre de Chicho, <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Narciso_Ib%C3%A1%C3%B1ez_Menta">Narciso Ibáñez Menta</a>, que en la segunda mitad de su trayectoria artística podría decirse que fue el Vincent Price asturiano, es poco menos que soberbia.<br/><br/>Este mediometraje (de algo más de una hora) de 1974, en pleno final de la dictadura y su absurda moral de la familia y cuando en España aún era un privilegio tener una tele en color, muestra la evolución de una persona “normal” (esto es: un trabajador de banca de toda la vida, incansable, por el bien de su familia) cuando consigue hacer realidad su máximo sueño: tener el mejor televisor del mercado en su casa. Renuncia a todo por ahorrar (atención, en estos tiempos de consumismo exagerado y endeudamiento, a sus consejos sobre la compra a plazos) y esperar años a que lleguen los últimos modelos y darse su único —literalmente— capricho en la vida.<br/><br/>A parte de popurrí inicial, que ya nos avisa del descomunal bombardeo que llega a emitirse (Cruyff, películas, noticiarios, nombres de lugares remotos, dibujos animados...), su vida de años y años de rutina de casa al trabajo y del trabajo a casa, acaban cambiando cuando descubre cuántas cosas se ha perdido. Ha comenzado su nueva vida, teniendo en su salón una iglesia (“para que ir a misa si la tenemos en casa”) y un pabellón deportivo donde juegan, para él, la final de balonmano el Granollers y el Athlético de Madrid. Por no hablar de “<a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Adolfo_Marsillach">Don Adolfo Marsillach</a>”, que actuará por las noches en el teatro de su casa...<br/><br/>Hasta que la cosa empieza a tomar otros tintes... y “hasta aquí puedo leer” (como dirían los presentadores del concurso creado por Chicho “<a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Un%2C_dos%2C_tres..._responda_otra_vez">Un, dos, tres... responda otra vez</a>”).<br/><br/>Parece mentira como, después de 33 años, cuando en España sólo había un canal de televisión (y controlado por el régimen), ya nos advierte nuestro protagonista de los excesos de la publicidad, de cómo la mayoría de cosas en la tele son mentira o de cómo puede llegar a impermeabilizar los sentimientos y actitudes hacia la familia. En muchos aspectos de su carrera, realmente Chicho ha sido un poco <a target="_blank" href="http://es.wikipedia.org/wiki/Verne">Verne</a>... <br/><br/>Obviamente, no puedo avanzar nada más. Sólo me queda lanzar desde estas humildes anécdotas un pequeño homenaje a este hombre que no está pasando por sus mejores momentos de salud.<br/><br/>Si hay un mensaje claro que yo saco de esta historia es que <b>nadie está libre de ser Viajero algún día</b>.<br/><br/>Disfrutad de esta “<i>historia de un hombre sencillo, bueno, simple... y gris. Se llama Enrique. Enrique tiene un gran concepto de la puntualidad, de la honestidad, del amor a la familia. Tiene hijos, tiene mujer (claro) y tiene trabajo, mucho trabajo. [...] Siempre, siempre luchando con las prisas. [...] Se levanta a las siete y su jornada la divide un plato combinado en cualquier bar. [...] ¿Por qué las prisas? ¿Por qué el autobús y los platos combinados? Pues, símplemente, porque quiere a su familia. Quiere que no les falte de nada y lo ha conseguido...</i>”<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item><item><title><![CDATA[TAN AMIGOS COMO SIEMPRE]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/c_65.htm]]></link><description><![CDATA[<tt><b>Anécdota nº  59</b></tt><br/><br/>Si hay algo que me emociona de la amistad verdadera es comprobar cómo existe al margen de las dimensiones espacio-temporales del resto de relaciones mundanas. Baste como ejemplo comentar que vivo alejado de mis tres mejores amigos por bastantes kilómetros y que, en los escasos reencuentros, aun con meses de separación de por medio, continuamos en la conversación que dejamos como si, en realidad, sólo hubiésemos hecho una pausa para ir al servicio.<br/><br/>Ya he dicho que es algo que me emociona. Y, con un silogismo <i>súi géneris</i> (Oscuro, me da pánico utilizar locuciones, corrígeme si es necesario), he acabado aceptando que me emociona mi trabajo junto a los Viajeros. Me explico.<br/><br/>Después de mis vacaciones (todo un mes desconectado de mi realidad) llegó el momento de volver y esperar a ver si, este año, notaba eso de la depresión post-vacacional. Y, ¿con qué me encontré? Pues con mi apreciado Viajero pidiéndome lo que habíamos acordado que debía darle a esa hora (véase la <a target="_blank" href="http://blogs.ya.com/enunrayodeluz/200705.htm#62">anécdota nº56</a>), ¡como si nos hubiésemos visto aquella misma tarde!<br/><br/>Esta situación me hizo crear el paralelismo. Aún a sabiendas de la necesaria barrera entre profesional y paciente, cuando me pasa esto y pienso <i>“¡Viajero, eres fantástico!”</i>, me redescubro disfrutando en mi trabajo. Y comprendo de nuevo la razón de mi nombre-eufemismo falso con el que firmo estas anécdotas.<br/><br/>Segúramente la amistad tiene algo de locura, porque a los amigos de verdad les permitimos cosas que no permitimos a los demás mortales. Porque para que la amistad sea verdadera (y no tipo Disney), es necesario envolverla de libertad casi absoluta y no tener muy en cuenta muchas de sus extravagancias. Será por eso por lo que me emociona. Será por eso por lo que sigo, emocionado, buscando mi particular síndrome post-vacacional.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[blogs@ya.com(El Gran Viajero)]]></author></item></channel></rss>
