Blogs.ya.com Quitar publicidad
la aventura de la vida
apuntes sobre sexo, espiritualidad y relaciones
Acerca de
Me gusta navegar a vela. Me gusta leer. Me gusta bailar. Me gusta María. Cómo se mueve, cómo se ríe. Por ella me he venido a Madrid. Soy vegetariano que a veces come pescado y bebe alcohol. Me gusta Osho, y sus meditaciones, y sus palabras. Era culto, erudito, pero se me está olvidando todo. Me gusta la poesía: leerla, escribirla, vivirla. Me gusta pasear por Bilbao (es que vivía ahí). Y me gusta el cielo azul de Madrid.
AnunciosContadores
Contadores Gratis
Contador
Sindicación
 
En el limbo
Yo no soy de poner la televisión por las mañanas. Pero hoy Ana la ha puesto para acompañar el desayuno con noticias y ver qué tiempo se preveía.
Y resulta que me entero de que el papa (Ratzinger) se acaba de cargar el limbo. Así, de un plumazo. Es lo que tienen los sitios virtuales, me diréis.
Pero mi pregunta es si Joseph tiene derecho exclusivo sobre el limbo. Yo he pasado horas, qué digo horas, días enteros en el limbo. Algo de derecho tengo que tener.
Y me ha dado por pensar en más espacios virtuales. Mira que si un día se levanta el dueño del servidor del blog y dice: este espacio ya no existe. Con la de horas que estoy metiendo en él. (Bueno, dejadme ser un poco exagerado).
Así que creo que me haré una copia, para que el limbo tenga un lugar alternativo para existir.
 
el café del barrio
A veces por la mañana me tomo un café en una "degus" del barrio. Bueno, es que se llama "La degus", pero por lo demás parece y es más un bar, en su estética, en su espíritu. Eso sí, cierra los domingos.
Y me gusta ver la gente que por allí pasa. Obreros. Mujeres "raras". Hombres que tienen que perder el tiempo como única forma de ocuparlo. A veces entro en las conversaciones, que se abren a toda la barra. Me gusta hacer esos pequeños comentarios (sí, lo de las carreras de coches por la ciudad es un incordio; ya, es que ya ha llegado el invierno, pero ya era hora; ¿que se han llevado las hojas de la Belen Esteban del Interviú? (eso sí que dio juguillo a la conversación: todo el mundo queria opinar, y todos (los hombres, claro, entre las mujeres había más desgana) terminaban admirando su capacidad pulmonar).
Otras veces me dedico a imaginar vidas. Mejor dicho, a interpretarlas. Intento leer en la comisura de los labios si esa mujer es alegre triste o depresiva, en las uñas descubrir su avidez o coquetería, en la mirada su grado de presencia. Y luego con los datos que tengo recrear esa vida. Es como hacer sudokus, siempre llegas a un momento en el que crees que no vas a poder avanzar, pero si te fijas un poco más encuentras la clave que te lleva al siguiente número, a la siguiente imagen.
Hoy no he querido demorarme mucho, porque el tiempo ha sido clemente y ha detenido un rato el chaparrón, y no quería arriesgarme a tener que volver con lluvia, ya con todas las bolsas de la compra en la mano. Y además porque estoy leyendo La noche del oráculo, de Paul Auster (lo empecé ayer), y me tiene enganchadito, y quería venir para darle un buen repaso antes de comer. Pero ese regusto a barrio se está perdiendo: los nuevos bares los grandes los reformados son todos grandes espaciosos con enormes teles y sin una barra cuyos ocupantes se integran en la conversación con facilidad. Y esas conversaciones son a veces el único contacto humano de algunas de esas personas. Y sobre todo, a mí me gustan.
 
Reflexiones y agradecimientos
Me siento arropado por vosotros. Por los que me queréis hacer ver que es peligroso (gracias, está bien no olvidarlo) y por los que os alegráis.
Supongo que no soy un sumiso clásico (sólo lo supongo, porque no conozco a casi ninguno): me gusta el sexo "vainilla" (así llaman al sexo normal los practicantes de bdsm, igual que cuando los nudistas hablamos de los "textiles" al referirnos a quienes usan trajes de baño bikinis tangas en la playa, igual que cuando un capitán de barco me hablaba de los "terrícolas" que no entienden a los marinos).
Pero me excita esa idea. Hace tiempo. Y ahora he encontrado alguien con quien explorarla. No es la primera ama (no profesional) con la que contacto. Pero sí la primera que busca lo que yo quiero ofrecer, y no más. Sí la primera de quien mi intuición me dice adelante.
De todas formas, mi trabajo interno, hace tiempo, es la no-mente. Por eso es más difícil de controlar: cuando no hay mente, no hay control mental, no hay objeto que pueda controlarse.
Y también he mirado con atención cómo se mueve la conciencia (para mí sobrevalorada): es un sistema de equilibrio, pero de equilibrio de cada uno dentro de un sistema: el partido político, la "mara", la familia, la cuadrilla. Cuando hacemos algo que daña atenta o hace peligrar el sistema, la conciencia nos hace sentirnos culpables. Pero a la vez nos permite dañar herir matar a los de un grupo "enemigo" con total sentimiento de inocencia. Por eso no vale tanto el "lo hizo porque se lo dictaba su conciencia" (que es lo que se dice cuando uno se venga: mata al asesino de su hijo, quema al violador de su hija). Por eso lo políticamente correcto se queda dentro de un sistema, de un grupo (sí, ya sé, yo también estoy dentro de un grupo, de un sistema. Pero la observación (y la no identificación) permite hacerse consciente de ello, me permite a veces ir más allá de mi conciencia.
Y cuántos conflictos se nos presentan por las tensiones que se crean entre sistemas!! (pero ese es otro tema, y casi daría para un ensayo completo).
(Uff, debe de ser el frio y la lluvia y el invierno que ha venido adelantado lo que me lleva a escribir tirando a denso).

Así que voy a poner la cale, y dar por acabado este post, y armarme de ropa y valor (que voy a hacer las compras, y claro, con las bolsas en la mano tampoco se puede llevar paraguas) y a mojarme un rato: no es lo mejor para este catarro gripe que ni me tumba ni se pasa pero tampoco tengo más remedio.
 
Vorágine
Como la situación era ya poco sencilla he preferido complicarla un poco más. Alguien me dijo que me gusta el caos, que me muevo bien en él. Eso debe de ser.
Me he ofrecido como sumiso a una ama. Y me ha aceptado. A prueba. No vive cerca, lo cual hace que el verse sea más difícil. Pero existe internet. Y los teléfonos. Hoy día la presencia física es lo único que nos falta. El resto puede puentearse.
En realidad, no la conozco. Ni ella me conoce. Y hasta que llegue ese momento no habrá nada definitivo. Pero ya dejo que la magia recorra mi interior. Ya dejo que sus primeras órdenes lo sean de verdad. Ya dejo que sus deseos sean lo principal.
Es un sentimiento nuevo, que pone magia en mi vida.

Sé que soy afortunado. De verdad. No es fácil encontrar alguien con quien explorar este lado de la sexualidad. Que a mí me llama. Y lo he intentado muchas veces.

No tengo ni idea de cómo voy a compaginarlo con mi vida.
Pero tampoco me importa.

No es una relación amorosa, eso está claro.
Antes de este momento, lo intenté con dos de mis parejas. La primera quería hacerlo, pero por complacerme a mí. No porque le saliera de dentro. Y jugamos. Pero este juego tiene que ir más allá para que se convierta en magia.
La segunda tenía más interés. A ella también le gustaba. Pero tampoco llegamos a pasar del terreno del juego. Y si me quedo ahí, para mí es frustrante.
El resto de mi experiencia: un contacto con un supuesto "amo", que no me aportó nada. Y dos visitas a un ama profesional, que tampoco te da acceso a ese mundo de sumisión, donde cada segundo está embebido de una cualidad erótica diferente, donde la electricidad me acompaña todo el día. Eso me lo ha dado ya mi ama, incluso antes de conocernos.

Por eso ahora soy de M.

 
Apegos
A veces deseo no desear.
Y entonces me doy cuenta de que sigo enganchado: sigo deseando.
Es muy difícil para mí relajarme en lo que soy.
A veces lo consigo.
Y la sensación es de descanso (si se lo imaginaran los de flex, dejarían atrás esa campaña horrible con las palabras "flex").

Y me pregunto dónde está el límite de la libertad.
Si yo decido regalarle a alguien mi libertad, ¿he pasado el límite?

Sentirse como un camello. Un camello que siempre dice sí. Que no tiene derecho a decir no.
Oír a mi yo interior. Buscar un contacto de corazones. De mi corazón al tuyo. Sin que pase por la cabeza.

Pasar a ser el león. Un león que siempre dice no. Que siempre discute, y lucha por su terreno.
Oír a mi yo interior. Buscar ese corazón.

Con eso de que soy libra, me paso el día buscando el equilibrio!!!


 
Para ti
Hoy visto de nuevo mi alma de verde esmeralda
y abro las ventanas de mi cuerpo al viento
y a la lluvia y al calor del sol
al calor del sol, que las hace temblar
temblar de placer
un escalofrío de sueños recorre mi columna vertebral

y solo espero la llegada de un viajero
de alguien con quien poder sonreír
caravanserai de estrellas es mi alma
techo de ilusiones
no alberga creencias lo contiene todo
el sí el no el odio el amor todo lo contiene
yo a veces elijo
solo cuando me equivoco elijo
otras veces me quedo con todo y con todo me hago lleno

el camino ha comenzado
la ruta se prevé hermosa y llena de flores
pero mientras tanto hoy está toda mi casa abierta
y el aire la ventila con tu mirada

 
el principio
Nací en una casa que luego mi imaginación hizo pasar por un caserío. No recuerdo nada de ella, aunque he visto alguna foto, no de la casa entera, pero sí de mi madre en la calle. Enseguida me llevaron a la casa del Golf, donde trabajaba mi padre, y la que se convertiría para siempre en “mi casa”. Ahora imagino que para mis padres esa no era “su” casa, pero es donde yo empecé a conocer el mundo, donde empecé a hacerme partícipe de la vida.
El golf tenía mi misma edad, yo fui allí con seis meses, que imagino es cuando se inauguró. Sé que al cabo de un tiempo hubo un incendio, me lo han contado, aunque yo no recuerdo nada de eso.
Mis primeros años son prestados de lo que me han dicho: nací con diez meses, con apenas kilo y medio de peso, y con un tumor en el ombligo, que me quemaban regularmente con sales de plata. Me decían que lloraba mucho, y que estuve tomando pecho hasta el año y medio, que me quedaba dormido colgado de la teta. Mis primeros recuerdos de la infancia también tienen que ver con la enfermedad: el practicante (Manolo) venía a pincharme, y yo me escondía debajo de la cama. Aprendí a leer pronto, antes de ir a la escuela, no recuerdo quién me enseñó, ni cómo fue, y creo que por aquel entonces mi amama (yo tenía amama, la madre de mi padre, y abuela, la madre de mi madre. Mis abuelos murieron antes) vivía con nosotros o por lo menos estaba mucho por allí, supongo que por eso sabía contar en euskera hasta veinte. También tengo una imagen de mi abuela en la casa de La Galea, sentada al sol de la tarde, supongo que sería primavera o verano.
Mi primera escuela fue la de Saratxagas, allí estábamos todos juntos, mayores y pequeños, y aún debe de haber por ahí las fotos de mi infancia en el pupitre de madera. También recuerdo los cromos de chocolate Zahor, que cambiábamos en clase, aunque no me acuerdo de maestras ni maestros. Sí recuerdo que nos daban leche en polvo, que a mí no me gustaba nada, y que intentaba tirar por el retrete; no siempre lo conseguía, y a veces tenía que tragármela. Leche en polvo nos daban, sí, y teníamos a nuestra disposición la leche de vaca recién ordeñada, que había que hervir vigilando que no se escapase, y con una nata que a mí me gustaba: una de mis primeras paradojas.
Volviendo de la escuela, en invierno, supongo que tendría 5 ó 6 años, me metí en una especie de cuneta que hacía la campa y donde se formaba un pequeño estanque. Estaba congelado, pero el hielo se rompió. El resultado fue una pulmonía doble, con fiebres altísimas (eso no sé si lo recuerdo o me lo han dicho) y muchos días de cama, y más inyecciones. La jarra con agua de limón en la mesilla, y la biografía de Pulitzer, que leí mientras estaba en la cama, son los símbolos de esa época para mí. Y el último pinchazo del practicante, que me lo dio al aire libre, y que fue el final de mi época de enfermo, el final de mis enfermedades, el principio de algo.
El miedo, quizá, puede tener su origen en esos primeros años. El miedo a vivir, y que me obligó a tomar mis propias estrategias: la de no enfrentarse, la de dejarse llevar, la de soñar despierto en vez de vivir y actuar. La debilidad era consustancial a mí, nunca imaginé que podría ser fuerte, y nunca entré en peleas.
Ahora ya le puedo decir al niño: No temas, yo soy grande, yo soy fuerte, y te protegeré.
Y si me paro a escuchar mi corazón, puedo sentir a ese niño acurrucarse, y calibrar la inmensidad de su dolor.
 
Día de fiesta
Recuerdo ese día, y sé que a veces lo recreo. Si lo traigo hoy al presente es por si pudiera servirme para entender la compulsión de amar, de amor, que a veces siento, que me empuja y me divide.

Era el año 81 u 82, en Vitoria. Yo estaba allí estudiando, y para ayudarme daba clases de euskera. Y sería mayo, más o menos, estábamos ya a final de curso. Había una fiesta. Y yo había quedao con una chica de Elgoibar con la que ya me había enrollado una noche anterior (esa es otra historia que tal vez luego cuente). No recuerdo su nombre. Recuerdo sus pequeños dientes, su pelo negro, su alegría, su manera de moverse encima de mi cuerpo.
Hacía sol, estábamos al aire libre. Nos encontramos, nos besamos, nos decíamos cómo nos gustaba aquello, cómo disfrutábamos de nuestros cuerpos de veinteañeros.
Nos perdimos detrás de algún lugar, y dejamos que la pasión se adueñara de nuestras manos, de nuestros dedos, que las bocas sirvieran más que para hablar, que mis piernas sostuvieran su peso balanceándose. Hicimos el amor como dos animales en celo, como dos condenados que saben que no se van a ver en mucho tiempo (y de hecho fue la última vez que la vi). Tal vez serían las 5 de la tarde cuando acabamos; ella se tenía que ir.
Me despedí con un beso pasional. Supongo que me iría a un bar, a recuperar líquidos. Y no recuerdo si fue en el mismo bar, o ya fuera, me encontré con Pili. Pili había sido alumna mía ese año. Empezamos a hablar. Y me empecé a fijar en ella. Vestía tirando a un poco pija: entre elegante y provocativa, su melena morena empezó a llamar a mis dedos, que pronto se enroscaron en su guedeja. Se dejó hacer. Una sesión de masaje en la cabeza. Se recostó sobre mí. Y me confesó que yo le gustaba. Mi ego se sintió reconfortado, y mis hormonas volvieron a funcionar. Pronto llegaron los besos suaves por el cuello, el juego de rozarse las puntas de la nariz, para acabar deslizando unos labios contra otros, muy suavemente, sin prisa, como sabiendo que no había adonde ir, que estar allí ya era suficiente. Nos marchamos a casa, estaba cerca, y por suerte había ascensor. Nos regalamos dos o tres horas el uno al otro. Era ya casi de noche cuando salimos. Pili se marchó a su casa (esa fue la última vez que la vi), y yo me acerqué de nuevo a la fiesta, con ánimo de cenar algún bocadillo.
Allí me encontré con más conocidos; estuvimos bailando y bebiendo. Y claro, otra chica. Y de esta chica no recuerdo ni su nombre ni de quién era alumna, sólo sé que no era alumna mía, que era mayor que yo (tendría unos treinta), de pelo corto y deseo largo. Es como si la imagen llegara cuando ya estábamos hablando: los prolegómenos, con lo que a mí me gustan, se me han desdibujado. No recuerdo cómo nos presentamos, ni en qué momento decidimos que las manos del otro se podían coger y acariciar. Entre baile y cerveza, también las bocas se buscaron,los cuerpos se pegaban rozándose, recuerdo que me mordía los lóbulos de las orejas, y se me erizaba todo (qué cosas recordamos, cuántas olvidamos). Sus pechos eran pequeños, su culo respingón, casi de mi altura (y yo mido 1,80), y creo que tenía los ojos claros. Pero en todo caso, su mirada era ardiente. No hablamos mucho. Nos dejamos llevar. Fue mi compañera por el resto de la noche. Y tampoco volví a verla después. Ese fue mi último año en Vitoria. Una novia me esperaba en Getxo. Aunque la perdí: se marchó con otro (pero eso también es otra historia).
Y muchas veces me veo igual que entonces: con un run-run interior, un motor, que me hace seguir buscando, que hace que nunca sea suficiente, intentando que el amor, el sexo, tapen el vacío y el dolor, oculten las noches negras.
 
el poema, qu no ha subido
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.


Oliverio Girondo
 
la vuelta
Dice Oliverio Girondo en un poema que puede soportar todo en una mujer, salvo que no sepa volar. (Añado el poema para más ilustración).

Yo me preguntaba algo así en mis relaciones.
Y resulta que debo partirme en dos.
He tenido relaciones basadas en el volar.
Y he tenido relaciones basadas en el sexo.
Y a veces volabas y hacías sexo.
Y a veces haciendo el amor como loco (con arantza, por ejemplo) volabas.
Pero la base de la relación era clara. Y diferente.

La relación actual con Ana... sexual. A veces volamos, pero la base es sexual. Me gusta cómo se enrosca su cuerpo en el mío en la cama. Me gustan sus manos recorriendo mi espalda. Me gusta perderme en acariciar su culo, sus piernas, sin prisa, dejando que el deseo se erice. Me gusta su clítoris humedecido. Me gustan esas ofrendas saladas en mi lengua. Y su boca recorriendo mi polla.

Sé que la relación con Andrea habría sido de volar.
De escribirle poemas, de dejar que las gaviotas llevaran nuestras palabras por encima de las olas.
De dejar que el romanticismo tiñera las tardes.

Y esto es parte del duelo de lo que pudo ser y no fue.
Acabo de volver de mi viaje.

Y tengo que ponerme al día.