los convenientes de la inconveniencia
era domingo soleado, antes de esta desapacible semana
el hombre había estado en misa, descubriéndose pensamientos del tipo Esa señora del vestido bien podría comprar una biblia, y es que el hombre tenía esa pretensión, vender biblias, y toda su atención, consciente o inconscientemente, tendía hacia ese fin, ya las imágenes de un jesús bien cabreado expulsando a latigazos a los comerciantes del templo habían ido suavizándose, al fin y al cabo tampoco practicaba la fe de esa oficial religión relevada, el hombre
pero no vendió ni una biblia, el hombre, y se mosqueó
y aunque no crea en los mensajes del señor, después hizo una parada inopinada e innecesaria para repostar gasolina (en realidad solo quería descansar y tomar un refrigerio, pero por alguna razón incomprensible para él decidió rellenar el depósito, que aún tenía casi un cuarto lleno)
y cayó al suelo, como uno de esos santos de cuyo nombre no consigo acordarme
un esguince en el tobillo derecho
un golpe en la rodilla izquierda
una señora que se acerca presurosa ante lo espectacular de la caída (el hombre ha intentado no hacerse daño, pero no lo ha conseguido)
mira atrás, y su vista repara en el hueco el agujero en el empedrado, duro suelo, el agujero que le ha tumbado, en el que debió reparar antes, y que ha provocado esta irreparable pausa en su devenir)
ahora en casa el tiempo pasa despacio y también inconcreto
pasitos de jilguero
el hombre había estado en misa, descubriéndose pensamientos del tipo Esa señora del vestido bien podría comprar una biblia, y es que el hombre tenía esa pretensión, vender biblias, y toda su atención, consciente o inconscientemente, tendía hacia ese fin, ya las imágenes de un jesús bien cabreado expulsando a latigazos a los comerciantes del templo habían ido suavizándose, al fin y al cabo tampoco practicaba la fe de esa oficial religión relevada, el hombre
pero no vendió ni una biblia, el hombre, y se mosqueó
y aunque no crea en los mensajes del señor, después hizo una parada inopinada e innecesaria para repostar gasolina (en realidad solo quería descansar y tomar un refrigerio, pero por alguna razón incomprensible para él decidió rellenar el depósito, que aún tenía casi un cuarto lleno)
y cayó al suelo, como uno de esos santos de cuyo nombre no consigo acordarme
un esguince en el tobillo derecho
un golpe en la rodilla izquierda
una señora que se acerca presurosa ante lo espectacular de la caída (el hombre ha intentado no hacerse daño, pero no lo ha conseguido)
mira atrás, y su vista repara en el hueco el agujero en el empedrado, duro suelo, el agujero que le ha tumbado, en el que debió reparar antes, y que ha provocado esta irreparable pausa en su devenir)
ahora en casa el tiempo pasa despacio y también inconcreto
pasitos de jilguero
Comentario:
es que hay hombres muy despistados. a ver si se aclara. se diría que vive solo.