la charla
Ese día me decidí a entrar: había pasado demasiadas veces ya por su puerta, y siempre me había contenido, por vergüenza, por timidez, por respeto a algo que no sé muy bien lo que era, una rémora del pasado tal vez.
Ese día, 5 de junio, a las 12:30, di el paso.
No sabía muy bien qué esperar de esa visita, tenía miedo de esperar demasiado.
Dentro, el ambiente era animado, pero esa fue solo la primera impresión. Enseguida me di cuenta de que todos estaban serios, de que las caras no sonreían, de que esa animación era solo presencia de gente comentando entre sí los avatares de la semana.
Me quedé en un rincón, intentando pasar desapercibido. Pero también enseguida supe que era imposible. No era solo la ropa: yo no llevaba ni traje ni corbata. Había algo más, era como que todos se conocieran entre sí.
Vi el cartel: a las 13 horas vendría el líder a explicarnos algo que no entendí: La evolución involutiva del género humano y su sombra sobre el futuro.
Las chicas también estaban serias. La mayoría parecían sudamericanas: mis prejuicios se arremolinaron. Pero había una chica morena, de pelo largo, delgada, con una nariz lo suficientemente personal para hacer que no fuera fea. Sí, esa chica me gustaba. Así que me senté cerca de ella, a esperar al líder, un hombre que venía de Estados Unidos a visitarnos a nosotros, pobres madrileños que necesitábamos tanto de su apoyo. Por lo visto.
Seguí fijándome en los asistentes. Creo que pocos eran neófitos como yo, todos tenían un no sé qué que les hacía, a mis ojos, estar al tanto de secretos de la existencia que yo nunca habría llegado a descubrir, al menos por mí mismo, sin la ayuda de un maestro. No, si con esa actitud no iba a llegar a ninguna parte, me decía otra parte de mí, siempre estás criticando, pero sin construir nada. Abandoné mis pajeos mentales en cuanto apareció el líder, Joshua Fisher, pensé si se habría cambiado el nombre, como los cantantes, o si realmente estaba predestinado a este tipo de "trabajo".
Tengo muchos defectos: uno de ellos es mi preocupación por las formas. En cuanto oí al traductor decir: "Habían días que...", se acabó. Un desprecio visceral me llena en esos momentos. Es algo que a la gente que se hace pasar por culta y elegante no soy capaz de perdonar. Si eres un operario que dejó la teta de la lengua antes casi que la de tu madre, tienes a mis ojos una excusa. Él no la tenía.
Desconecté, no me enteré de qué iba aquello, aunque la verdad, no me pareció serio.
Pero a la salida del líder se produjo el milagro.
Me acerqué a la morena, y le pregunté: "Soy nuevo, ¿podrías ayudarme?".
Esa sonrisa, suave y cálida, me cautivó.
Hemos quedado para mañana. Al acabar la charla, nos tomamos unos vinos (bueno, sólo bebía yo, ella tomaba zumo). Y luego la invité a comer. Aceptó.
Se llama Isabel.
Ya os contaré, a lo mejor me hago de la secta.
Ese día, 5 de junio, a las 12:30, di el paso.
No sabía muy bien qué esperar de esa visita, tenía miedo de esperar demasiado.
Dentro, el ambiente era animado, pero esa fue solo la primera impresión. Enseguida me di cuenta de que todos estaban serios, de que las caras no sonreían, de que esa animación era solo presencia de gente comentando entre sí los avatares de la semana.
Me quedé en un rincón, intentando pasar desapercibido. Pero también enseguida supe que era imposible. No era solo la ropa: yo no llevaba ni traje ni corbata. Había algo más, era como que todos se conocieran entre sí.
Vi el cartel: a las 13 horas vendría el líder a explicarnos algo que no entendí: La evolución involutiva del género humano y su sombra sobre el futuro.
Las chicas también estaban serias. La mayoría parecían sudamericanas: mis prejuicios se arremolinaron. Pero había una chica morena, de pelo largo, delgada, con una nariz lo suficientemente personal para hacer que no fuera fea. Sí, esa chica me gustaba. Así que me senté cerca de ella, a esperar al líder, un hombre que venía de Estados Unidos a visitarnos a nosotros, pobres madrileños que necesitábamos tanto de su apoyo. Por lo visto.
Seguí fijándome en los asistentes. Creo que pocos eran neófitos como yo, todos tenían un no sé qué que les hacía, a mis ojos, estar al tanto de secretos de la existencia que yo nunca habría llegado a descubrir, al menos por mí mismo, sin la ayuda de un maestro. No, si con esa actitud no iba a llegar a ninguna parte, me decía otra parte de mí, siempre estás criticando, pero sin construir nada. Abandoné mis pajeos mentales en cuanto apareció el líder, Joshua Fisher, pensé si se habría cambiado el nombre, como los cantantes, o si realmente estaba predestinado a este tipo de "trabajo".
Tengo muchos defectos: uno de ellos es mi preocupación por las formas. En cuanto oí al traductor decir: "Habían días que...", se acabó. Un desprecio visceral me llena en esos momentos. Es algo que a la gente que se hace pasar por culta y elegante no soy capaz de perdonar. Si eres un operario que dejó la teta de la lengua antes casi que la de tu madre, tienes a mis ojos una excusa. Él no la tenía.
Desconecté, no me enteré de qué iba aquello, aunque la verdad, no me pareció serio.
Pero a la salida del líder se produjo el milagro.
Me acerqué a la morena, y le pregunté: "Soy nuevo, ¿podrías ayudarme?".
Esa sonrisa, suave y cálida, me cautivó.
Hemos quedado para mañana. Al acabar la charla, nos tomamos unos vinos (bueno, sólo bebía yo, ella tomaba zumo). Y luego la invité a comer. Aceptó.
Se llama Isabel.
Ya os contaré, a lo mejor me hago de la secta.
Comentario:
Cuando escribas estos post haz el favor de poner bien grande "OS VOY A CONTAR UN CUENTO", que luego la gente se piensa lo que no es y te llaman preocupados.
Te recuerdo que te sigo queriendo.
He dicho.
Te recuerdo que te sigo queriendo.
He dicho.





