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Desnuda no es sin ropa
desnuda, para ti
Acerca de
Si puedes arrinconar todas tus victorias y arriesgarlas por un golpe de suerte, y perder, y empezar de nuevo desde el principio y nunca decir nada de lo que has perdido; Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado, y así resistir cuando no te queda nada excepto la voluntad que les dice "Resistid". Ruyard Kipling. IF
Sindicación
 
Confesión


Me llamo Amanda y tengo treinta y dos años. Nací en Yecla, Murcia; pero nunca viví alli. Soy hija única. Mi padre es militar y a los pocos meses de mi llegada al mundo, nos mudamos a Leganés. Entonces no era la ciudad madrileña que es hoy. Antes lo llamaban ciudad dormitorio, pero mi madre contaba que había barrios donde el pan se compraba en la parte trasera de una furgoneta.

Asistí toda la EGB al colegio público Hermanos Machado y repetí séptimo. Tuve una infancia –lo sé ahora desde la distancia del tiempo- tan normal como la de cualquier otra niña. En Carnavales confeccionabamos nuestros propios disfraces con cartulinas de colores y bolsas de basura y, cada fin de curso, organizabamos una fiesta de despedida compuesta por coreografias y pequeños sainetes, en los que participabamos la mayoria de los alumnos con nuestros padres de público. Recuerdo el nombre y primer apellido de la mayoria de mis amigos de clase, pero a fecha de hoy no conservo contacto con ninguno de ellos.

Entré a trompicones en la pubertad, dividiendo mi tiempo entre las niñas mayores de mi edificio, que ya se preocupaban por el grupo de los chicos, y las de mi edad o algo menores, con las que jugaba a las muñecas en el portal. A los doce años inventé mi primer beso y a los catorce lo recibí realmente.

Con quince años sufrí una peritonitis y me extirparon el apéndice. Mi madre iba y venia de casa al hospital para acompañarme, pero mi padre no se movio de mi cama ni un minuto. Nunca le había visto tan preocupado. Hablaba con los médicos y las enfermeras en un tono serio, como no lo había escuchado antes y que no volvería a oir hasta el día que enterramos a mi madre. Cuando regresé a casa, para terminar de recuperarme, los compañeros de clase organizaron una pequeña fiesta. Colgaron una pancarta en la barra de las cortinas y mi madre se ocupó de preparar la merienda mientras charlabamos y escuchabamos música.

A los diecisiete años conocí a Felipe. Él tenía veinte. Mi padre enfureció cuando descubrió que yo tenía novio y que mi madre había sido complice del secreto. Aquella noche la pasé llorando de culpabilidad, mientras les oía discutir en su dormitorio. Quizás por vanidad no rompí entonces con él. Me dejó cinco meses despues porque se había enamorado de una chica del almacén donde trabajaba.

Me matriculé en Ciencias de la Comunicación por la Complutense y tardé siete años en concluir mi carrera. Por elección propia no conservo ningún recuerdo desagradable de aquella etapa. Conocí y trabé amistad con mucha gente interesante, entre los que se encuentra Marina. Ella tiene treinta y cinco años y ya es madre de dos niñas preciosas: Isabel y Eva, a la que amadriné el dia de su bautismo. Por entonces yo era mucho más irresponsable y alocada, lo que provocó que tonteara con las drogas y bebiera más de lo recomendable. En una de las muchas fiestas a las que asistí, conincidí con mi profesor de sonido, Julián, y una cosa llevó a la otra. Mantuvimos una relación durante algunos meses, pero nunca lo consideré algo serio. Me abrumaba su elocuencia, su saber estar, la maestria con la que resolvía confictos imposibles para mi. Adorarle resultaba agotador y le dejé.

Mi primer trabajo fue de reponedora en un super mercado de mi barrio. Este indignaba a mi padre, pero me permitía contar con algo de dinero para cubrir mis gastos. Cuando acabé mis estudios encontré trabajo como becaria en una humilde emisora de radio. Allí comprendí que la mejor escuela es la vida y se me bajaron los humos con respecto a cómo imaginaba que debía ser mi porvenir. No sería una cara famosa. Mi nombre no figuraría nunca entre los galardonados con un Goya, pero me sentía orgullosa de mis logros y la profesón que había escogido.

En mi segundo empleo cualificado, conocí a quien hoy es mi marido. Yo era la maquetadora de un programa de testimonios que se emitía a media tarde y Vicente era el documentalista. Los principios fueron complicados. Desde Direccion nos apremiaban con los plazos de entrega y, supongo que debido a la tensíon que se respiraba en el aire, tuvimos un par de enfrentamientos. El veintidos de Diciembre por la tarde decidimos ir todos los compañeros juntos a un bar cercano donde tomar una copa y celebrar el inicio de la Navidad. Entonces tuve la oportunidad de conocerle mejor. Comentamos los apuros en los que nos hallabamos más de lo que hubieramos nunca imaginado, criticamos a nuestros supervisores, brindamos por nuestros irrisorios y supuestamente dignos salarios, despotricamos contra el gobierno y la situación social del pais, volvimos a brindar, diseccionamos nuestros horoscopos y, al final, nos besamos.

Por entonces yo compartía piso con un estudiante de medicina, que esporádicamente se convertía en algo más que un amigo. Pero cuando el veintitres de Diciembre recibí una ramo de rosas blancas de manos de un mensajero con una nota que decía “Si te atreves, prometo hacerte feliz”, supe que me había enamorado.

Aquella Nochebuena le dije a mi padre que estaba sopesando la idea de mudarme de piso, pero obvie que lo compartiría con Vicente. Analizamos nuestras opciones y consideramos que lo mejor sería que me facilitara el aval para solicitar una hipoteca y yo me encargara de pagarla escrupulosamente. Nunca hemos fallado una letra.

Vicente y yo pasamos aquel año nuestra primera navidad juntos y hasta hoy nunca nos hemos separado. Hemos tenido momentos dificiles, como los hay en cualquier pareja, pero nos consideramos afortunados el uno con el otro y en común con nuestro hijo, David.

Llevabamos dos años viviendo juntos cuando decidimos que estabamos preparados para tener un hijo. Siempre habia pensado que la maternidad era una cuestion de instintos primarios y no de decisiones meditadas, pero ya que el insitinto no aparecía y surcabamos un apacible momento economico y de estabilidad laboral, nos pusimos manos a la obra. Tardamos solamente tres meses en conseguir lo que deseabamos. Fueron los nueve meses mas emocionantes de mi vida. Cada dia sentía crecer amor dentro de mi. Incluso las nauseas y ardores me hacían ilusion. Si eso era lo peor que tenía que pasar, me parecía pan comido. Hicimos juntos la preparación al parto en un prestigioso centro donde nos explicaron las tecnicas mas novedosas y para mi gusto, demasiado originales. Yo deseaba dar a luz como mi madre lo había hecho: tumabada, empujando y con una matrona, y no en el agua o bajo las indicaciones de ningun gurú místico. La cara de Vicente en el momento que le pusieron por primera vez a David en brazos, no se me borrará del recuerdo mientras viva. Era padre. Tenia en sus manos una pequeña parte de él que manifestaría sus porpias opiniones y cometería sus propios errores. Un ser autonomo creado del amor que nos teniamos. Cuando me abrazo y me dio las gracias con un beso, no pude evitar las lágrimas. Aquellas fueron lágrimas de la mayor felicidad que puede albergar el mundo.

Ahora, mientras escribo, tambien lloro; pero el motivo es muy distinto.

Ayer tuve que quedarme algunos minutos más de lo habitual en el trabajo para terminar unos asuntos pendientes. Me subí nerviosa en el cohe y decidir tomar el camino más largo, con esperanza de librar el atasco de la hora punta. Necesitaba llegar a tiempo al colegio de David para recogerle y que no se inquietara al no encontrarme alli. Miré el reloj del salpicadero y me tranquilizó el hecho de estar ganandole la partida a Cronos pero, para sacarle mayor ventaja, atajé por el poblado de chavolas que se puede ver desde la M-30. Solo llevaba un par de kilometros recorridos cuando mi coche cogió un bache. Mantuve firme el volante y continué la marcha hasta mi destino. David no tuvo tiempo de notar mi retraso entretenido como estaba, jugando con otros niños de su clase.

Cuando llegamos a casa ya me había contado todo lo que había hecho durante el día, la canción que había aprendido y la regañina que su profesora había echado al niño más malo por tirar del pelo a su amiga Elsa. Preparé el baño e insistió en tomarlo solito. Dijo que ya es un niño grande y que él puede. Le di la cena y para las nueve de la noche ya se encontraba arropado, besado y dormidito en su cama.

Vicente llegó a casa justo cuando en el telediario informaban del hallazgo, junto a la cuneta, del cuerpo sin vida de un niño en un poblado chabolista de Madrid. Considerándolo un ajuste de cuentas, diferentes familias de gitanos se habían declarado la guerra y la policía había tenido que intervenir para sofocarlos, dejando un balance de dieciseis heridos, tres de ellos de gravedad y uno con pronóstico reservado.

Y yo no se qué debo hacer.
 
La Patrona

A las doce en punto colgó su bata en el perchero y cruzó la puerta automática. Se sentó a la barra, donde Gaspar estaba terminando de prepararle el café de todas las mañanas y, tomando el desbaratado periódico que algún parroquiano habría abandonado, se dispuso a disfrutar de los quince minutos de descanso que el convenio de farmacia le regalaba.

Mercedes trabajaba desde que se graduó, hacía ya más de tres años, como adjunta de la Lda. Cano, propietaria de otras dos farmacias más, y a la que apenas tenía que padecer, excepto para recibir reprimendas cuando las ventas bajaban; o explicarle los pormenores si algún yonki desesperado perpetraba un atraco. No era un mal trabajo, aunque distaba mucho de encajar con el perfil vocacional que le llevó a matricularse en Farmacia y no en Medicina.

Desde niña había querido ayudar a la gente, salvar vidas, paliar su sufrimiento; pero jamás había podido enfrentarse al dolor ajeno cara a cara. Por suerte, la mayoría de su clientela padecían males menores cuando llegaban en busca de algún remedio y ella podía mirarles a los ojos y administrarles lo más apropiado. Su abuela decía que era un Don. Pero, en las escasas ocasiones que alguien solicitaba su ayuda con un dolor agudo palpitándole en ese instante, se bloqueaba. Contemplaba al enfermo, sus manos temblorosas y sus ojos acuosos por el miedo; veía sus vanos esfuerzos por disimular una terrible mueca, mientras le explicaba cuánto le costaba respirar, o que acababa de orinar sangre, o que sus tripas le odiaban por llenarlas de kepchup y así se vengaban. En esos momentos su alma se transformaba en un catalizador de sensaciones e inyectaba en su propio cuerpo el mal ajeno. No. Bajo ningún concepto podía ser médico.

Regresó al trabajo justo cuando una joven, unos diez años menor que ella, intentaba sin éxito que las puertas se abrieran ante su presencia.

- Espera. Soy la farmacéutica; enseguida abro. Dime; ¿En qué puedo ayudarte?
- Hola. ¿Quería algún laxante? Uno que no me de retortijones, a ser posible.

Aquella muchacha sufría problemas intestinales. Pero nada tenían que ver con el estreñimiento.

- Déjame ver. ¿Cuantos días hace que no visitas el baño? – Preguntó elevando la voz desde la trastienda.
- Tres.
- ¿Sólo tres?
- O cuatro, o cinco... No se.

Minutos después, la chiquilla abandonaba el recinto contenta y convencida de que bajaría unos kilos, como sus amigas le habían prometido, y con unas grageas de hiervas para la alitósis que realmente sufría, en una bolsa.

A las cuatro de la tarde, con el turno terminado, la caja cuadrada y tras los correspondientes saludos y despedidas de Esteban, su relevo; montó en el coche. Buscaba las palabras con las que explicarle a su psicólogo la anécdota que había vivido junto a aquella joven bulímica. Cómo, con solo tenerla delante, había sentido que era ella misma quien lloraba abrazada a un inodoro. La forma en que su vientre había crujido quejándose de hambre. El escozor en las encías que cualquiera que hubiera luchado por arrancar todo rastro de vómito en su boca, habría sentido.
Esa era su cruz. El insalvable obstáculo que condicionaba su vida y que su psicólogo simplemente llamaba “alta empatía”.

Debían ser cerca de las nueve cuando su abuela abrió la puerta al sonido de unas llaves en la cerradura, comprendiendo que lo estaría intentando sin dejar ninguna de las bolsas de la compra en el suelo. Se puso el pijama, preparó un té y se dedicó a admirar la agilidad que, a sus sesenta y cinco años, conservaba la Patrona Marisa abriendo y cerrando armarios y cajones, mientras depositaba una lata de espárragos aquí y un tambor de detergente allá.

Aunque los apellidos en sus carnéts de identidad no coincidían, Mercedes sabía que la Patrona era su madre. Al menos, la única madre que había conocido tras la muerte de sus padres en un accidente, siendo ella un bebé. Le tendió la humeante taza de té y ambas fueron a charlar a la salita antes de preparar la cena.

Mercedes nunca le había hablado antes a la Patrona de su conflicto, pero la impotencia de no saber qué hacer con aquella muchachita de la mañana, sumado al frustrante diagnóstico que el psicólogo insistía en mantener, la hicieron quebrar, contándole a su abuela el insoportable peso con el que cargaba desde que tenía memoria.

- ... y esa es toda la historia, Yaya. No puedo soportar ver sufrir a la gente y sufro con ellos. Sufro cómo ellos. El médico dice que debo ser racional y comprender que no experimento su dolor, sino solo un reflejo y que realmente a mi no me duele. Pero sí lo hace. Creo que me volveré loca, si no lo estoy aún.
- Pequeña mía, cuánto siento no haberlo sospechado antes. Creí que con tu padre se habría roto la cadena, pero ahora sé que no.
- ¿De qué hablas Yaya?
- Mi linda Mercedes, sólo pude constatar los datos hasta cinco generaciones anteriores a la mía. Siete para ti. Y, desconociendo que también tú eras víctima de la maldición, nunca te hablé de ello para no sugestionarte, pero ahora me arrepiento tantísimo por no haberte preparado...
- No comprendo qué quieres decir. Explícate, por favor.

La Patrona se dirigió en silencio a la cocina y de un cajón sacó tres velas. Las prendió en diferentes puntos de la salita y apagó las luces. Necesitaba crear un ambiente íntimo en el que reunir tanta espiritualidad como pudiera acopiar. Tenia que contar a su nieta la historia más increíble que jamás escucharía y, de creerla o no, dependería su felicidad.

Marisa, La Patrona, como era conocida por su fuerte carácter, había sido maestra en pequeños colegios privados para niños especiales, sin más preparación académica que un titulo de magisterio. Conseguido con esfuerzo, asistiendo a clase por las noches, mientras Pilar, su madre, se quedaba a cargo del sueño de Mario, el único hijo que tuvo y del que nunca reveló la paternidad.

Era querida y valorada tanto por el personal docente, como por los padre de los muchachos a los que enseñaba y pronto empezó a recibir visitas desde distantes lugares, de padres angustiados en busca de su ayuda por la fama que ya la acompañaba. Sin explicación, Marisa, podía comunicarse con niños autistas y potenciar el desarrollo intelectual y motriz de enfermos con Síndrome de Dawn.

Un año más tarde del fin de la II Guerra mundial, el General Franco permitió recuperar la nacionalidad a los exiliados, y los Pitis regresaron a su país instalándose en Cádiz, con una niña para la que la única España conocida era la compuesta por las colonias emigrantes en la joven y prometedora Argentina a cargo de Juan Domingo Perón y su Primera Dama, Evita.

En 1.947 un terrible acontecimiento marcó para siempre la vida de la joven Marisa, que por entonces contaba cinco años de edad. El dieciocho de Agosto estalló en los astilleros un depósito de explosivos de la Marina, sesgando la vida de más de ciento cincuenta y cinco personas entre las que se hallaba Patro, el padre de la pequeña Marisa, y por primera vez ambas mujeres, madre e hija, tuvieron que enfrentarse al dolor en estado puro. Los más de cinco mil heridos rogaban auxilio y no pudiendo soportar el mal en el alma que esto les causaba, Pilar marchó a Madrid con una niña que no cesaba de llorar y durante el viaje en tren; más con intención de entretenerla, que con la esperanza de que comprendiera lo que iba a narrarle, le contó la siguiente historia:

-Mi linda Marisa, mi madre me contó este cuento siendo tan pequeña como lo eres tú ahora. Decía que en nuestra familia únicamente nacen mujeres, por lo que resultaría casi imposible seguir el rastro a nuestro linaje, ya que al casarnos y tener más hijas, estás siempre toman el apellido paterno. Pero de generación en generación hemos trasmitido nuestra historia. Hace muchos años, cuando los hombres compartían la Tierra con el Mundo Mágico, un mortal se enamoró de una bella Ninfa. Puso a sus pies cuanto poseía y en sus manos su vida. Abandonó su casa por vivir con ella en lo más recóndito del bosque y allí se amaron. De esta unión nació una niña mortal y los tres disfrutaron de la felicidad hasta que el Ciclo de la Vida dio eterno descanso al enamorado hombre. Sabiendo la Ninfa que vería también morir a su hija y que por mas vidas que viviera, jamás podría amar como ya lo había hecho, rogó al bosque que le arrancara su eternidad y la dejara vivir entre los hombres hasta que llegara el momento de acompañar a su esposo. El bosque comprendió su pena y accedió a la petición, pero explicó a la Ninfa que nunca podría liberarse completamente de su condición mágica y que sufriría el dolor del hombre, como el amor del hombre fue bendecida con sentir.

Pilar se instaló con Marisa en un pequeño barrio obrero de Madrid y, mientras la dictadura se hacía cada vez mas opresiva, encontró la forma de esquivar el hambre, al tiempo que se encargaba de la rica educación de su niña. Enterró el orgullo y la moral y se dedicó a leer las cartas, los posos del café y la palma de la mano a todo aquel que pudiera pagar con unas monedas, una gallina o un saquito de arroz. No tardó en correr la voz de que la Pitis era bruja entre sus vecinos que, ávidos de ilusión, se dejaron guiar por el don que poseía pronunciando las palabras apropiadas para mitigar el mal de amor, el ardor de los celos o la soledad de la pérdida.

Mercedes se revolvió en su asiento. Las velas se consumían y por más que disfrutara la narración de la Patrona, no alcanzaba a comprender el mensaje que ésta pretendía inculcarle. Por más insistente que hubiera podido ser en el pasado, su abuela siempre escapó con evasivas ante las preguntas acerca de sus padres, y ahora, sin rogativa alguna desgranaba su propia vida. Marisa notó su inquietud y sonrió.

- Pequeña, permite que continúe, pero entiende que la misma buena intención que tengo hoy al contarte esto, es la que siempre tuve al ocultártelo. Te adelantaré algo, ya que aún no has logrado hilvanar hechos: Eres inocente. Nunca hiciste nada para poseer el maravilloso don que te acompaña, por lo que no deberías sufrir por él. Solo deja que fluya. Es muy tarde y debes estar agotada. Podemos continuar mañana.

Mercedes apenas durmió unas horas aquella noche. La idea de que su abuela conocía las respuestas a cada pregunta que enturbiaba su mente, le obsesionaba. Intento, sin éxito, apartar los extraños pensamientos que la invadían durante su jornada en la farmacia y, tan pronto el reloj marcó las cuatro, corrió a casa.

Marisa había preparado la comida y la esperaba ante un plato de sopa y una bandeja con un enorme pollo asado. Su actitud reflejaba la paciencia de su edad y evitó toda alusión a la noche anterior, hasta que ambas hubieron terminado la comida y se acomodaron ante una taza de café.

- Yaya, me siento impotente. ¿Conoces la sensación de intentar atrapar una palabra en la punta de la lengua cuando la bellaca se niega a salir?
- Sé de lo que hablas, mi niña. Puedes relajarte. Hoy te contaré cuanto se; y si en algún punto de nuestra historia te perdiera, no dudes en llamar mi atención y preguntar cuanta aclaración necesites.
- ¿Me explicarás el pasado?
- Si
- ¿Me hablaras de mis padres?
- Si
- ¿Me dolerá?
- Si; pero no tengas miedo del dolor. No existe nada más bello que las emociones, en cualquiera de sus formas.
- Te escucho, Yaya.

Marisa creció excéptica y su imaginación se desarrolló de forma invertida, al modo en que lo haría la del hijo de un contable. Cuanto mayor era la fe de sus vecinos en las habilidades paranormales de Pilar, mayor convencimiento tenía Marisa de que solo la lógica y el conocimiento humano podían verter luz y ayuda en aquella sociedad oprimida, ignorante y agorera. Y ni siquiera la afirmación de su madre, al poner una mano en su vientre el mismo día en que cumplía diez y seis años, de que estaba embarazada y tendría una niña, la convenció de sus poderes.

Durante los siguientes nueve meses, madre e hija estrecharon su relación y cuando, contra pronóstico, nació un varón, Pilar se prometió cuidar de aquel bebé durante el resto de su vida bajo la doctrina que Marisa escogiera sin discusión. Pero con sólo tenerlo en sus brazos, ambas supieron que Mario sería diferente.

El trabajo de Marisa en el colegio, le permitía tratar constantemente con niños especiales, y su innata capacidad para comunicarse con ellos, le provocó un rechazo hacia la gente corriente que aislaba a sus muchachos en un mundo de abandono y desconocimiento, por el mero hecho de ser distintos. Así, cuando comprendió que su hijo, Mario, había nacido con una irreversible ceguera volcó todos sus esfuerzos en educarle sin prejuicios, negándole incluso esa información al mayor interesado.

- Patrona, ¿mi padre era ciego?
- Sí, mi niña. Tu padre tenía unos preciosos ojos grises, brillantes y vivos como dos luceros, pero incapaces de abrirle una ventana al mundo. Aunque para Mario esto jamás supuso un inconveniente. Sus cinco sentidos restantes funcionaban perfectamente; mucho mejor incluso de lo que lo harían en cualquier otra persona.
- Cinco no, Yaya... Sus cuatro sentidos restantes.
- No, Mercedes. Las mujeres de nuestra familia hemos desarrollado un sentido extraordinario con relación a nuestros iguales. Mientras el mundo solo ve, oye, palpa, huele o saborea; nosotras sentimos. Y eso era lo que tu padre hacía a la perfección: Sentir. Con la agilidad de un gamo jugaba al escondite junto al resto de los niños del colegio. Su sonrisa, por tarjeta de presentación, le hicieron ganar el corazón de cuanto maestro tuvo el placer de conocerle. La inteligencia y el sentido común del que siempre hizo gala, le obsequiaron con un titulo universitario que pronto le especializó en psicología; y jamás dudó si, cuando alguien utilizaba el verbo “ver”, lo hacía en un contexto distinto a las imágenes del mundo que él podía recopilar a través de sus cinco sentidos restantes.
- ¿Intentas decirme que mi padre no sabía que era ciego? Eso es imposible!
- ¿Acaso sabías tú algo del sexto sentido que tienes, antes de que yo te hablara de él? Mi carácter y el amor que siempre sentiré por mi hijo hicieron que luchara como una leona para no privarle de nada. Y si por ello debía excluir el innecesario esfuerzo que le hubiera ocasionado demostrar al mundo que era tan válido como lo pudiera ser cualquier hombre vidente, lo haría y así fue. Aunque eso me procurara la fama de mujer feroz que aun me acompaña y el apodo por el cual todos me conocen.
- Yaya, no lo entiendo. ¿Cómo pudo no darse cuenta nunca?
- Tuve ayuda. Cuando tu bisabuela falleció, creí que los días del paraíso tocarían próximamente a su fin, pues en ella encontré todo el apoyo que pude necesitar para enfrentarme al mundo. Más quiso el destino que apareciera en nuestras vidas, cuando Mario contaba trece años, una muchachita a la que sus padres enviraron a servir a la capital, no pudiendo permitirse el lujo de criarla en un pueblecito de lo que antes fuera la Galicia profunda. Rita era una chiquilla de doce años, lista como el hambre e inocente como la primavera. A pesar de haber sufrido demasiado para su edad, mantenía la ilusión y el amor incondicional de una niña y tan pronto tuvo delante a tu padre por primera vez, se enamoró para siempre.
- Mi madre!
- Así es, pequeña. Rápidamente hice presentarse a Rita en mi despacho y ante el riesgo de que aquella joven, desde la bondad de sus intenciones, demoliera el castillo de cristal que, con tanto esfuerzo había levantado en torno a Mario; le expliqué en qué consistían mis métodos, y qué tan buenos eran mis deseos. Le hablé de la inocente felicidad en la que Mario vivía desconocedor de que la hierva era verde, mientras podía perfectamente caminar descalzo sobre ella y sentir el frescor del rocío en sus pies y el olor de la mañana en toda su alma. Le hice entender la poca importancia que el azul del cielo arrastra, cuando el viento aparta un mechón de tu cara. Hablamos del otoño y de lo absurdo que resultaba describirlo con toda una gama de tonos ocres, cuando da cobijo al frío, al crujir de las hojas, al trino de las aves en su peregrinar hacia tierras más cálidas, al sabor de las setas o el de las castañas recién asadas; de la ternura, la pasión y el calor que ofrece una hoguera, aun ignorando que su fuego sea rojo. Tu padre sentía, Mercedes, y jamás temí por su vida mas de lo que puedo hacerlo por la tuya, viendo por tus ojos, como él nunca pudo hacerlo.
- ¿Qué pasó, Yaya? ¿Cómo murieron mis padres?
- Juntos llevaron una vida tan normal y feliz como la de cualquier matrimonio, y al año de los esponsales, naciste tú. Mi vida y todo mi tiempo se dividió, entonces, entre mi profesión y vosotros; mi familia. Pero un fatídico trece de septiembre, el mismo día que los diarios se hacían eco del espeluznante incendio de un avión DC-10 al salirse de la pista del aeropuerto de Málaga, que se cobró la vida de cincuenta personas, dejando una única superviviente; yo perdí dos hijos. Y mientras el mundo lloraba la muerte de la Princesa Grace de Mónaco, te llevé a despedirte para siempre de ellos al cementerio de la Almudena.
- Eso no me aclara qué les ocurrió.
- Sufrieron un accidente, mi niña. Eso es cuanto necesitas saber.
- Marisa, comprendo que te resulte doloroso remover el pasado y hablarme de la muerte de tu hijo y nuera. Pero mírame. Es una mujer quien te habla y te exijo que me cuentes cuanto sepas de la muerte de mis padres.

Cuarenta años giraron como un torbellino en torno a las dos mujeres que, por un instante, dejaron atrás sus respectivas vidas y edades, para encontrarse en la única realidad posible. Ese instante.

El trece de septiembre de 1982, el matrimonio acostó a su pequeña tras el biberón de la mañana. Dejaron listos los ingredientes para preparar la comida sobre la encimera y tras recorrerse con besos y jugar, como los muchachos que poco antes habían sido, a juegos de enamorados; quedaron exaustos y dormidos sobre la cama. El hiper desarrollado oído de Marío escuchó un silbido que le hizo despertar e inquietarse ante el olor de gas que su desarrollado olfato percibió. Intentó despertar a su esposa, y ante lo inútil de sus esfuerzos, corrió al dormitorio infantil donde su hija dormía plácidamente, sacándola en un segundo de la casa y dejándola en el portal. Cuando volvíó a rescatar el cuerpo, aun con vida, de Rita; una pequeña chispa en el sistema eléctrico actuó como detonante en la deflagración, pereciendo ambos, uno en los brazos del otro.

Mercedes derramó una lágrima de tristeza y todo un torrente de culpabilidad ante las palabras de su abuela. Permitió que sus rodillas cedieran y cayó en silencio sobre el sofá, con las manos cubriendo su angustia.

- El miedo a este momento- pronunció la Patrona con el balbuceo de un niño –hizo que siempre callara. Nunca estuve preparada para sentir tu propio dolor, hija mía. Y silencié ante tí mi pena, por si, como siempre temí, también tú podías sentirla. Creí poder librar a mi hijo del dolor del rechazo, y no sentirlo así, tampoco yo, en carne propia.
- Murieron ellos por salvarme a mí.
- Nada, excepto la culpabilidad, y ésta no es real, te empuja hacia el abismo. Lucha contra ello. Domina tus emociones. No permitas que sean ellas quienes controlen tu vida.
- Abuela... Tú ya tuviste oportunidad de llorarles, permite que ahora lo haga yo.
- Llora, en tal caso, su auséncía; pero no te ciernas en instrumento de la desesperanza. Tus padres fueron muy felices y ese es el sentimiento que deberías reproducir en tu memoria. Trasforma la tristeza en una sonrisa, recreándoles el día de su boda. Rescata todo el amor que te han entregado en tus sueños y multiplícalo por el que solo unos padres pueden sentir por su hijo y tendrás algo parecido al cariño que por ti sintieron. Piensa en la paz suprema, en la entrega absoluta y serás parte de lo que sintieron cuando, por primera vez, te tuvieron en sus brazos. Siente amor, mi hijita. Siente amor por ellos y siempre formarán parte de ti.

Los gemidos de Mercedes fueron, lentamente dando lugar a sollozos y estos, a su vez, a suspiros; hasta que su respiración se calmó. Cuando levantó la cara en busca de la mirada amable de su abuela, una leve sonrisa iluminó su rostro.

- Lo siento, Yaya.
- No esperaba menos, Mercedes. Si algo valoro es la sangre que recorre tus venas, y en ella tengo fe ciega. Tu capacidad de sentir y reproducir emociones, te hará en algunos momentos sufrir, pero tómalo como un regalo. El que nuestra antepasada, la ninfa de un lejano bosque, nos entregó envuelto la más pura de las intenciones. El amor. Siente, pequeña.
- Patrona, puedo sentirlo.



















 
¿Quién es quién?


- ¿Qué tal, niña? ¿Cómo fue la cena?

- Bien. Muy bien; comimos, bebimos... lo típico. Y tuvimos tiempo de charlar un poco. Necesitaba conocerle más; saber de sus circunstancias; por qué es a veces tan huraño y hermético. Pero, ¿No es demasiado tarde para que estés aún despierta viendo la televisión?

- Supongo que sí. No puedo dormir. Pero cuéntame: ¿Has llegado a alguna conclusión a través de vuestra conversación?

- Creo que sí: Procede de una familia difícil y muy estricta. No lo tuvo fácil cuando era un niño y sospecho que por eso tiene una personalidad tan variable. Intenta encontrar su sitio.

- ¿Acaso no lo intentamos todos? Por otro lado, estas siendo condescendiente con él. Tu queja siempre fue mucho más concreta: No comprendías por qué es tan triste; por qué convierte cualquier vana contrariedad en algo negativo. Además... ¿Me permites una pregunta?

- Claro! Dispara; pero dame antes un cigarro. Creo que esto va a ser largo.

- ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina?

- Vaya una preguntita para las tres de la mañana... ¡Eres la polla!

- De eso hablaremos más tarde. Contéstame.

- Supongo que el huevo. Si consideramos la teoría de la evolución; en alguno de los saltos generacionales, debió producirse una alteración genética en el embrión de la gallina con respecto a sus antepasados, que pudieron haber sido..., no sé: dinosaurios alados. Por tanto, el huevo en el que se formaba la gallina, ya era de gallina. Pero vamos, que si quieres te argumento lo contrario. ¿No estás muy trascendente, para las horas que son?

- Me consta, por la respuesta, que tú tampoco vas descalza. Ahora llevemos esa hipótesis al plano personal de tu chico. ¿Qué fue antes: su personalidad pesimista, que interpretó como hostil su entorno; o esta se desarrollo por la educación a la que fue sometido?

- Apuesto a que fue su educación. Si él se hubiera criado en otro ambiente; si se hubiera sentido un niño querido; si no hubiera tenido tantas dificultades a las que enfrentarse y la sensación de que esa fue su única realidad y ésta la única forma de asumirla, su percepción de la vida quizás fuera más positiva.

- ¿Crees que si se hubiera criado entre algodones, hoy seria una persona diferente?

- Sí. Concibió el patrón desde que era un niño; cuando vamos creando el mapa de personalidad que nos acompañará durante nuestra vida.

- Vale. Pues si se pudo hacer una vez, se podría hacer otra...

- No te sigo.

- Regalémosle un millón de euros y plantémosle en un país similar a este. Italia, por ejemplo. Algún lugar donde pueda empezar desde cero, con los problemas que aqueja, resueltos. ¿Cuál sería la personalidad de tu chico entonces? ¿Se transformaría en una persona positiva? ¡Sus problemas han desaparecido!

- Los obstáculos no desaparecen; simplemente se superan y siempre aparecerán nuevos retos. Creo que no. Él se sentiría optimista durante un breve periodo, al ver resueltas las dificultades que tiene ahora, pero no tardaría mucho en encontrar nuevos contratiempos; ya fuera pagar todos los impuestos que le repercutiría ese millón de euros, encontrar una casa, o tener que ingeniárselas con un idioma que desconoce. Su carácter negativo reaparecería pronto.

- ¿Concluimos entonces que no fue su infancia lo que definió su forma de ser, sino que está vino con él de serie?

- No corras tanto. Insisto en que fue en esa etapa en la que se definió el carácter inmutable que tiene, siendo ahora un adulto.

- Entonces probemos de otra manera: ¡Eliminémosle!

- Hasta hoy he aceptado con una sonrisa tus neuras, Sonia. Pero creo que matar a mi pareja no es la mejor manera de resolver sus conflictos. Si empiezo a pensar que eres peligrosa, no me caerás tan bien.

- Por eso te quiero tanto... Me refería a que le suprimiéramos de la escena y pusiéramos en su lugar otro personaje.

- ¡No voy a dejarle porque tu quieras jugar a los experimentos!

- Cenutria, situemos a un niño con carácter alegre y extrovertido. Un muchacho autosuficiente y seguro que, ante las críticas de su malvada madre, reaccionara ganándosela con una sonrisa o una broma; o un chico de carácter rebelde que impusiera sus ideas a las impuestas.

- Creo que estás siendo muy dura con él. Solo era un niño y asimiló sus circunstancias lo mejor que pudo.

- Y yo pienso que lo hizo lo mejor que él pensaba que lo podía hacer; que no es nada deleznable... La mayoría ni siquiera tenemos un motivo tan sólido como ese. Pero permite que busque el reflejo de la historia que mejor conozco, la mía, para apoyar mi discurso: Ya sabes que mi hermano y yo somos muy diferentes y -al menos así es por mi parte- nos despreciamos. Ambos tuvimos los mismos padres e igual educación. Con los dos cometieron los mismos errores de disciplina y recibimos semejante cariño, pero hemos llegado a lugares, sino opuestos, sí distantes, desde los que podríamos cargar de toda la responsabilidad a nuestra infancia: Mi hermano es un delincuente en potencia y yo carne de diván.

- Claro. Tienes casi treinta años y aún le das vueltas a lo que pudo ocurrir cuando eras una niña; a cómo serías hoy de haber vivido algo diferente. Pero fue así Sonia, y perdona, pero creo que es una actitud muy infantil la de no aceptar la realidad para seguir con tu vida.

- No me lo tomo a mal. Pero me obsesiona la idea de que ante iguales circunstancias, diferentes caracteres interactúen de distinta manera. ¿Por qué ocurrirá? ¿Cuándo y dónde se gestará la personalidad de cada uno? ¿Seremos un frigorífico abierto, o el menú del día de cualquier restaurante, o uno de esos libros de recetas ilustrados y, a lo largo de nuestra vida, iremos reuniendo los ingredientes improvisados que al fin echaremos al puchero?

- Ya entiendo por qué no puedes dormir... Pero déjalo estar. Mañana será otro día.

- Exacto! Tanto tú como yo, tenemos todo lo necesario para hacer de mañana un día precioso. Incluso, aunque surgiera algún contratiempo, podríamos hacer de ello algo bueno, con sentido del humor, por ejemplo... ¿Lo has pensado?. Y, sin embargo, permitiremos que nos arrastre hasta la noche; ignoraremos a todos, seguras de que no tienen nada para nosotras, de que no pueden enseñarnos nada; no veremos una mirada, ni responderemos con una sonrisa, ni pensaremos en la importancia que ese gesto hubiera podido tener. En lo distinto que podría ser todo. En la multitud de puertas que se abren cada segundo. La seguridad de tener tanto poder sobre mi vida, me provoca vértigo. Pero dejémoslo... Es tarde y mañana será otro día.


- Yo me quedaré un rato viendo la tele. Creo que no podría dormir.
 
Qué ocurriría si...

Los días de lluvia, el tráfico le resultaba insufrible. Conllevaba triplicar la, de por sí, tediosa demora que suponía atravesar el centro, tomar la radial dirección norte y conducir por una carretera mal iluminada hasta la urbanización de lujo, de la que pronto tendría que despedirse si en breve no se hacia efectiva la ansiada promoción por la que llevaba luchando, sacrificando su vida personal, invirtiendo horas de sueño y pisando tantos cuellos como sus, desproporcionadamente caros, tacones tuvieran al alcance desde que escapó del infierno sobre ruedas que logró alejarla de una mediocre ciudad que la vio crecer, avergonzada por la vulgaridad de quienes aún, cada año, enviaban una felicitación o alguno de los feos regalos olvidados en una caja bajo la cama.

Los limpiaparabrisas interpretaban su monótona danza, acompasada por el chirriante sonido que uno de ellos emitía en cada subida, cuando otro semáforo se puso rojo deteniendo ante sí al conductor que la precedía y, a ella, frente a una marquesina de autobús bajo la que se guarecían alrededor de veinte personas con menos ingresos o mayor conciencia medioambiental que la suya. Ratificó la prohibición del disco y giró la cabeza bruscamente a su derecha al captar, por el rabillo del ojo, que alguien se acercaba y golpeaba con los nudillos la ventanilla, para después apoyar en ella el canto de la mano y dedicarle una anónima sonrisa.

Un claxon la asustó y, en vista de que el semáforo estaba abierto y nadie le impedía el paso, latiéndole el corazón en la garganta; bajó los pestillos con el codo, apretó con fuerza el volante y se puso en movimiento soltando tan rápido el embrague, que su nuca chocó contra el reposacabezas. Automáticamente echó un último vistaza por el retrovisor en dirección a la desconocida silueta que se alejaba en la luneta trasera y permitió a su mente olvidar el suceso, volcándose en todas las tareas pendientes que la esperaban en casa y que seguirían esperando, pues el cronómetro corría en su contra y un fin de semana no iba a ser suficiente para ultimar la presentación del lunes.

La lluvia había cesado cuando tomó el último tramo de tierra, cercado de cipreses en su linde, que desembocaba en la urbanización; lo que alivió al mínimo su temor de quedar encallada en el barro a escasos kilómetros de su añorado descanso. Accionó el intermitente, giró a la derecha del edificio que hacía las veces de centro de día para mayores y sala de exposiciones, cuando el presupuesto municipal lo permitía, y maniobró unos segundos hasta estacionar en línea frente a su puerta.

El frío le cortaba la cara y dificultaba la búsqueda del llavero debido al entumecimiento de sus dedos, y tan pronto sintió el rígido y aristado metal, dejó volar un suspiro de satisfacción. Seleccionó al tacto la única llave enfundada en plástico e intentó, repetidamente y sin éxito, introducirla en la cerradura.

El encapotado cielo no filtraba un mísero rayo de luna, pero si se permitía el descuido de apoyar el bolso sobre el capó del coche, para buscar con mayor comodidad el llavero correcto, correría el riesgo de mojar y arruinar la agenda electrónica o el monedero de piel; por lo que decidió regresar, tomar asiento en el lugar del piloto y, con la luz interior encendida, poner fin al encadenamiento de infortunios.

En su búsqueda dio con el paquete de tabaco que había jurado no desprecintar y se perdonó a sí misma el pecado de saltarse sus propias normas. Prendió la radio y continuó buceando en aquel agujero negro que parecía devorar materia, en busca de la dichosa llave, hasta que su atención se distrajo con la aparición del pintalabios que meses atrás había dado por perdido, pero al mover el retrovisor hacia sus ojos para concederse el placer de engalanarse sin motivo, no reconoció el rostro de la mujer que, del otro lado, la miraba horrorizada.

 
Durmiendo con mi enemigo
Si Lucy, en “Una habitación con vistas”, hubo de enfrentarse a los monstruos generacionales, morales y educacionales hasta pisar la tierra de su propia realidad; también tengo yo que hacer frente a ciertos bichejos que habitan mi casa y eso, unas veces pesadilla y otras ensoñación, que es la vida.

Entre el poltergueit eptoplásmico; la alucinación azul con nombre impronunciable; los duendes que coleccionan mecheros; el viento húmedo y cabrón que, por entretenimiento, se niega a secar mi ropa; las hadas que gastan todo el papel higiénico y no se molestan en reponerlo; las fantasmagóricas sombras que dibuja la Luna en las paredes de mi cuarto; los niños que recorren descalzos el pasillo cuando tengo miedo; el diablo triste que se sienta en mi cama y escucha mi llanto; los cánticos de sirenas que, al parecer, solo yo oigo desde la ducha; las luces del salón que, siempre encendidas, me dan la bienvenida y los susurros que se filtran bajo las puertas cerradas, creí poder mantener a raya a la más mala de las quimeras que residen en mi azotea.

Ahora que me tutela una psicóloga sin prestigio, puedo reconocer, porque estoy loca, que escucho voces en mi cabeza; que el espíritu de la difunta Ginger Rogger toma mi cuerpo y se pega unos bailucos al pistoletazo de tres caciques y que no me enfrento a una personalidad bipolar, si no a la Cámara Universal de Sufragistas Unidas, esquizofrénicas todas y con el período, para mas señas. Y así los estados de ánimos se convierten en vacaciones ultramarinas sin mas equipaje que un cepillo de dientes y el soliloquio interior, en una sobremesa de tertulianas con café, copa y puro -lo que no es tan terrible si me anticipo a pulsar el “mute” y a abrir las ventanas de mi cerebro para ventilar el humo-. Pero hoy siento como si una locomotora me hubiera pasado por encima diecisiete veces seguidas.

Tengo una técnica, si bien no muy digna, al menos hasta ayer infalible, para silenciar los rugidos del ogro cara al estrado, impidiendo que la chavalería se asuste y los vecinos avisen a la guardia armada, consistente en el Axioma del Pensamiento Único; condición humana por la que nadie puede pensar dos cosas a la vez. Entiéndase que si mi mente está en el recibo del gas, de ningún modo podrá enfrentarse a que mamá no me habla.

Escudándome en esa verdad irrefutable, cuando la hija de la grandísima puta que soy aquí dentro, busca camorra y me araña y me muerde y me escupe y me humilla y me grita insultos en Alemán... blasfemias en las que creo porque soy yo quien las pronuncia... cuando ese ser maldito pone ante mis ojos el desprecio que me profeso, echo mano del APU y lloro, pues mientras me compadezco, no puedo odiarme.

Aúllo con los puños en el pecho y, con los ojos cerrados, grito “basta!” al infierno que me consume; sollozo piedad al verdugo reflejo, gimo despacio, hipo y sorbo mocos hasta que solo susurro un quejido agotado y, dando por aburrido o vencido al ogro, puedo volver a ser yo, sin la maldición de mí misma.

Me horroriza saberme observada, dia y noche, por semejante bestia; mas es peor la vergüenza de presentársela a extraños, y cual domador experimentado la devuelvo a su encierro aunque el silbido del látigo llegue a abrir mi propia carne. Pero ayer la zorra tomó por rehén a alguien que quiero y se desfogó, injusta y cruel, vertiendo lava en un corazón ajeno hasta que sólo sus lágrimas sofocaron la hoguera.

No tengo palabras para pedir perdón, porque yo no me perdono. Pero necesito acallar la socarrona voz que, entre dientes, musita: -Muerto el perro, se acabó la rabia.
 
Ministerio del Destino
Ministerio del Destino.
Jefatura de Asuntos Internos.
09:00 AM

- Buenos días, Jefe. ¿Da su permiso?
- Cupido!. Te esperaba... Buenos días. Pasa y toma asiento, por favor.
- Gracias. Acabo de recibir la nota de Chelo, su secretaria, citándome urgentemente con usted. ¿En qué puedo ayudarle?
- Veamos; desde los Departamentos de Contabilidad y Logística me han enviado sendos informes acerca de cierto expediente que desearía estudiar contigo, si no tienes inconveniente.
- Comprendo.
- Perfecto. Su código de referencia es C33.567.842/S.A. e imagino que estarás al corriente de todos los pormenores, pues lleva en tu cartera aproximadamente veintiocho años.
- Casi veintinueve... Trabajo en el dosier “Sonia Arias” desde hace veintiocho años, siete meses y seis días, para ser exactos.
- Si con “dosier” te refieres al equivalente de media Selva Amazónica en celulosa... sí, es el “Dosier Sonia Arias”. O el “Proyecto Almodovar”, como ya es conocido por lo estrambótico de tus métodos; aunque también podríamos llamarlo “La guerra de las Galaxias”, pues llevamos invertido, en medios para desarrollarlo, más fondos que en toda la saga.
- Admito que los gastos se han disparado, pero le ruego que tenga confianza en mi. Puedo probar avances significativos en el sujeto y estoy convencido de haber encontrado, por fin, el buen camino.
- Cupido, el sujeto es una mujer a la que has sometido a tantas ilusiones e incontables desencuentros que aun no comprendo por qué no ha arrojado ya la toalla.
- Yo mismo me he hecho la misma pregunta un millar de veces; y resulta tan sorprendente su caudal de amor, como la autonomía para emocionarse alimentada mayoritariamente de esperanza y con bajo consumo de realidad.
- Pues debe ser realidad lo único que no consume, porque... podrías explicarme para qué diablos has necesitado...? Deja que busque por aquí...: “Tres segundos de estrella fugaz”!. Cupido, se te ha ido la mano.
- Ha funcionado.
- Por supuesto que ha tenido que funcionar..! No hemos lanzado al cielo algo así desde... cuando? Los Reyes Magos? Y ellos buscaban al Mesías, pero te garantizo que de haber existido entonces los GPS’s, les hubiéramos enviado uno por mensajería urgente! ¿Qué pretendías con semejante derroche?
- Verá, Jefe... Sonia es un ejemplar difícil. Padece un miedo irracional a la dependencia y se niega a si misma el placer de enamorarse. En un descuido confesó que necesitaba una señal para aceptar que se había enamorado y, la otra anoche, se la proporcioné.
- Una estrella fugaz surcando el cielo despejado de la sierra madrileña durante tres segundos, no es una señal! ¿Puedes hacerte una idea de lo que nos va a costar en deseos para todos aquellos que la vieron? ¿Te fumaste la clase el día que expusieron el concepto “sutileza”?. Cupido, eres un profesional; de hecho eres nuestro mejor agente, pero a este paso qué será lo siguiente? Un letrero luminoso que rece: “Sonia, cretina, te has enamorado!”?
- A decir verdad, esa era exactamente la señal que ella había pedido... Eso, o una flecha parpadeando sobre la cabeza de su compañero que dijera “ ES ESTE. ES ESTE”
- Y tú has perdido el juicio y estarías dispuesto a proporcionárselo.
- Digamos, jefe, que siento cierta simpatía por esa muchacha. Quiero que sea feliz y se ha convertido en una cuestión personal.
- Que el Destino está costeando. Cupido, tienes el porvenir por delante y te aconsejo que no fijes en un expediente concreto todas las esperanzas... Podría decepcionarte y eso sería terrible para tu carrera. Pero dime, ¿Cuáles son los asombrosos avances que has conseguido?
- Durante el desarrollo del proyecto he cruzado la Felicidad en su camino por incontable numero de ocasiones y en tan diversas formas, que cualquier otro hubiera abandonado la búsqueda abrazando cada ocasión tan fuerte que la habría deshinchado. Ignoro si es la mejor fullera al poker que he conocido, negándose a abandonar la mesa mientras siga conservando una sola rupia que apostar, o una pésima jugadora de la Ruleta Rusa percutando, una y otra vez, el gatillo contra su sien; pero anhela el Nirvana del Amor más que seguir respirando y nada le satisface.
- Tal y como lo cuentas, parece que fuera una pobre desgraciada carente de cariño. Es así?
- Nada más lejos de la realidad: Su familia la quiere y cuenta con los cuidados y el respeto de amigos que la adoran. Es consciente de su innato don para elevar emociones, así como reconoce haber abandonado más de un corazón en el desierto de la indiferencia. Ha vivido experiencias maravillosas y padecido instantes de angustia hasta llegar a construir un balcón en su alma desde el que contemplar la vida; pero solo eso...: Por mas que observara y empatizara con la realidad de sus iguales, no la reconocía propia. No se sentía, ni deseaba hacerlo, parte de nada ni nadie. Hasta ahora!
- Qué has hecho, Cupido? Y lo más importante...: Cuanto va a costarnos?
- Prácticamente nada, Jefe... Eso es lo increíble. Había probado con hombres que la abrumaban e impedían que se mostrara tal cual, aun sin pretenderlo. El dinero y el estatus la ciegan hasta verse obligada a retirar la mirada. Puse a su alcance un par de políticos serios, al director de una editorial, un piloto, un locutor, un autor al que adora, un empresario y varios ingenieros; pero, por uno u otro motivo, no cuajaban. Y así, frustrado y algo encabronado, para qué negarlo?; le lancé un tipo normal como revancha: ni alto, ni bajo; ni feo, ni guapo; ni forrado, ni tieso; ni casanova, ni virgen; ni erudito, ni tontolaba; ni seco, ni cursi... Pero a rebosar de cariño. Y ella, como un corderito, sigue sus pasos, le sueña despierta y suspira ante él sin pudor alguno.
- Pues asunto resuelto!. Ya está; ya se ha enamorado. Rellena el informe y pide a Chelo que te asigne otra misión.
- Aun no, Jefe. Se que duda y está asustada. Abandonarla en este punto podría resultar fatal.
- ¿Temes que el chico la deje?
- ¿¿Dejarla??. En absoluto! Ese pobre muchacho acaba de descubrir su propia Caja de Pandora y es incapaz de desprenderse de cuanta dulzura, magia, ternura y amor está brotando de ella. Se comportan como dos chiquillos, dejándose notas bajo la almohada, utilizado la cara visible de la luna para comunicarse allá donde se encuentren y trazando proyectos como si fueran legítimos dueños del futuro. Pero no puedo retirarme ahora pues, antes de esto, ninguno de los dos creía en el Amor y serían capaces de asimilar cualquier escalón como el insalvable muro que tanto temen.... Tengo que guiarles de la mano por el camino que ya han empezado a recorrer. Considérelo un servicio de mantenimiento “Post-venta” incluido en la garantía
- Cupido, voy a contarte una historia y quiero que me escuches atentamente...
- Si va a hacer referencia a la Gran Crisis de Romeo y Julieta, recuerde que basé en ella mi tesis de fin de carrera y en este caso no hay, ni por asomo, Montescos o Capuletos contra los que luchar. Solo ellos mismos podrían destruir aquello que sienten con su deficiente fe.
- Los jovenzuelos creéis que lo sabéis todo... También yo lo pensé hace mucho, mucho tiempo. Ahora calla y escucha.
- Si, Señor.
- Al terminar mis estudios fui destinado como becario en la Corte del Rey Arturo. Añoro aquellos tiempos donde las cosas se hacían como es debido: a través de pócimas, conjuros y encantamientos. En la que los gobernadores eran elegidos por espadas encantadas y no mediante elecciones amañadas; los conflictos resueltos cuerpo a cuerpo y cara a cara, y no pulsando botoncitos que hacen volar la tierra. Era de corceles y dragones, sin Furbys ni Tamagotchis; de doncellas y cortesanas que hubieran preferido morir de frío que vestirse con un chándal, para quienes la música sonaba en las delicadas cuerdas de un arpa, pero ahora escuchan requetón por los auriculares de su MP3... Y los caballeros!! Aquellos eran dignos de llamarse Hombres: gallardos varones con férreos ideales por los que luchar hasta dar la vida; vigorosos amantes y espléndidos conquistadores, guardianes del honor de sus damas. Ahora, cuando salgo a la calle, solo hallo metrosexuales, grunchs, snobs, progres, pijos, punkis, bacalas, raperos, góticos, hippys, alternativos y demás jumentos... por eso salgo poco.
- “Bacalas”?, “Hippys”?. Sí que sale poco.. si. Pero iba a contarme una historia, no?
- Y maleducados... esos abundan.
- Discúlpeme. Continúe, por favor.
- Como te decía, realicé mis practicas en Camelot, sirviendo de consejero y acompañando como amigo a la hermosa Blanchefleur, hermana de Mark, Señor de Cornuelles. De algún condado cercano llegó a nuestras tierras un apuesto mancebo llamado Meliadus; célebre en los dominios tras haber derrotado y obligado a firmar la paz a Morgan, un rey déspota con su pueblo, egoísta y beligerante. Por aquel entonces los torneos eran tan populares como lo son ahora los botellones, pero con premios mucho mas suculentos que una resaca en el mejor de los casos; y del que organizó Mark, salió vencedor Meliadus. Para Blanchefeur, verle y enamorarse fue uno y su corazón estalló en gozo cuando éste pidió al Rey Mark su mano; pero, en lugar de amedrentarse ante la negativa recibida, se fugaron y se casaron en secreto. Fruto de este amor nació Tristán.
- ¿Y usted se quedó cómodamente en su puesto?
- No emplees ese tono conmigo.... Mi lugar estaba con Blanchefleur. Ella era mi misión y su felicidad mi destino. Pero me confié y una noche sin luna, el hijo de puta de Morgan...
- Señor...!
- Ruego sepas disculpar tan tosco vocabulario y comprendas la frustración que, contigo, comparto: Morgan asesinó a Meliadus; sumiendo a mi querida Blanchefleur en una tristeza tan profunda que acabó por enterrarla. El Destino, en su anárquica trayectoria, truncó la vida de dos amantes, mientras yo fracasaba en mi labor de asegurándoles un prospero porvenir. La culpa cegó mi razón y me vi en la obligación moral de encargarme del cuidado y la educación de su hijo Tristán.
- ¿Cómo? ¿Usted se saltó la norma de regresar a Jefatura y solicitar una nueva misión? El Código, en su Artículo 549 Epígrafe D, establece que no somos responsables del devenir de la historia, si bien podemos interferir en los acontecimientos, encauzándola hacia el desarrollo intelectual y emocional de la especie humana... Pero sin tomar, jamás, parte personal en ella.
- Ni se te ocurra juzgarme, aprendiz! Infringí la ley y un millón de veces volvería a hacerlo. El Destino de Blanchefleur era amar y ser amada y a él entregó su vida. En deuda con la pureza que ningún libro ni escuela puede enseñar, crié a su hijo instruyéndole en el manejo de la espada y volcando en él mi amor por el arte, sin hacer jamás mención del linaje al que pertenecía con la absurda esperanza de evitar la infección de la venganza. Y de nuevo erré
- ¿Qué ocurrió, Señor? Si pudiera poner en manos de alguien mi propio Destino, seria en las suyas. ¿Qué nefasto acontecer pudo sufrir el joven Tristán bajo su tutela?
- Cupido... Tú, yo y cada miembro de esta institución no somos más que burócratas. Meros funcionarios de algo mayor e infinitamente mas complejo que nosotros mismos. Míseras tuercas de una maquinaria que nunca llegaremos a entender: La vida. Tenemos el poder de guiar porvenires, del mismo modo que un jardinero puede alimentar y corregir el crecimiento de un árbol, llegando a destruirlo de hacerlo mal; pero las Vidas y sus Destinos absolutos están completamente fuera de nuestro alcance. La sangre de Tristán bramaba reclamando emoción desde sus venas y con los ojos anegados e ilusión en su rostro, besó despidiéndose del único padre que hasta entonces había conocido.
- ¿Le dejó partir?
- Si
- ¿Le abandonó a su suerte?
- Volví a mi trabajo. Continué con mi vida. Pagué con creces el pecado de mi vanidad ante el Tribunal Mayor y gané con sudor cuanto merito ostento ahora, a base de esfuerzo y dedicación. Pero... Y si una sola palabra al respecto escapa de tus labios, será la última... nunca perdí contacto ni la oportunidad de tender una mano a mi hijo.
- Entonces, Jefe... Me está diciendo que... Yo podría...? Es posible que si yo...?
- Las leyes son claras y estrictas. Desde este despacho las hago respetar y ha de caer toda mi ira sobre aquel que las incumpla. Lo sabes... Permite que prosiga narrando:
- Sí, Señor. He de escuchar atentamente.
- La variable del caprichoso azar llevo a Tristán hasta el Condado del Rey Mark, donde supo de su procedencia y; aunque fue muy atentamente recibido, ansioso de venganza mató al asesino de su padre, Morgan, tan pronto tuvo ocasión. El latir de su corazón le dictaba que al fin se hallaba en casa, entre los suyos, por lo que, no pudiendo soportar el dolor de su pueblo cuando un emisario del Rey de Irlanda, Morold, pretendió someterlos bajo descabellados impuestos, le retó y venció en una lucha sin prisioneros. Mas antes de fallecer, Morold logró herir a Tristán con una espada envenenada. Desde la clandestinidad hice que el viento llevara, de boca en boca, el rumor de que solo la princesa Isolda, hermana de su victima, conocía el antídoto contra la muerte que galopaba en sus venas; y así partió a Irlanda para salvar la vida mediante la magia de Isolda pero, haciéndose pasar por un trovador herido, ocultó su nombre. Isolda le curó e intrigada por la procedencia de aquel caballero de nobles modales, durante el tiempo que precisó de reposo, averiguó que el anónimo juglar era en realidad el verdugo de su hermano Morold y tuvo que enfrentarse a la decisión de vengar su muerte o perdonar a aquel muchacho fresco y bello como la nieve recién caída. Al recuperarse de su herida, Tristán cumplió la promesa que, antes de marchar, había hecho a su tío Mark pidiendo en su nombre la mano de la joven Isolda para desposarla, silenciando sus propios deseos y el amor que ya sentía por ella.
- No comprendo. Tristán se había enamorado de la princesa Isolda y a pesar de ello la reclamó como esposa para su tío... ¿por qué?
- Puedes imaginar que esta no fue una decisión tomada a la ligera, pero antepuso el honor y el beneficio de su pueblo a su propia felicidad. Pensó que emprendía así la senda correcta, cuando la única elección posible siempre ha de ser la de escuchar al corazón, sea cual sea el final del camino. Además, la puñetera Isolda, ese bicho por el que suspiraba, había intentado cortarle el cuello ya en dos ocasiones mientras dormía tras conocer su verdadera historia.
- Me huele a que ella también le amaba... Qué complicadas son las mujeres!
- Cupido, hombre! Tristán había matado a su hermano... Entiéndela
- Porque era un cabrón!
- Si... Pero de la familia. El caso es que todos se sorprendieron por la actuación de Tristán, y yo me tomé unos días de vacaciones en los que me reuní con la madre de Isolda, una mujer tan linda, como astuta; que, tras asentir que el mejor futuro para nuestros muchachos estaba en lugares diferentes, me prestó su ayuda y conocimientos en hechicería culinaria, para preparar juntos una pócima de amor que Mark e Isolda deberían tomar antes de los esponsales y gracias a la que se disiparían todas las dudas, naufragando en un amor absoluto del uno por el otro durante el resto de sus días.
- Jefe! Es usted todo un maestro en pasarse el Código por el forro!! Con la cantidad de barbaridades que me está contando... ¿Cómo se atreve el Ministerio a cuestionar mis métodos, reprochándome el nimio gasto de una estrellita de nada?
- Eres un insolente, amén de bastante obtuso al no advertir que te estoy facilitando información extraprofesional con un fin concreto, que no pienso pronunciar de manera explicita. Pero si insistieras en una inspección formal, no podría pasar por alto datos de tu hoja de gastos como: alteraciones climáticas a tu excéntrico capricho para provocar concretos cambios de humor en tu cobaya; planificación orquestal de la música ambiente en locales de media península; extrañas, y difícilmente justificables, coincidencias con individuos de su pasado que predecíblemente influirán en su futuro...
- En mi favor esgrimo que solo he hecho legitima utilización de la casualidad y apostillo que los seres humanos creen en ella a pies juntillas.
- No te me indignes, Cupido... Numeritos a mi, no. Haz uso de la humildad, que me parece que la debes tener aun sin desprecintar, y admite que estás volviendo a Sonia un poco loca. Esa joven ya mantiene largas conversaciones con su gato.
- Cierto! Y si les viera... parece incluso que la entiende! ¿No es divertido?
- Se está haciendo preguntas para las que su mundo no tiene respuestas y ha creado otro paralelo en su mente, viviendo al cien por cien ambas vidas. Se está agotando!
- La conozco mejor que nadie y se que puede con ello. Sonia es fuerte.
- Cupido! Por el amor de dios! Habla con sus zapatos!
- Bueno... Eso si me tiene un poquito inquieto
- Veo que lo vas entendiendo. Proseguiré con mi narración: Tristán e Isolda tomaron rumbo a Cornuelles negándose el amor que se profesaban y casi lo lograron; pero durante el transcurso de la última cena que habrían de compartir antes de presentarse ante el Rey Mark, Isolda sugirió brindar en nombre de la espléndida relación parental que desde entonces tendrían, con el licor del pequeño frasquito que su madre le había entregado para ella y su futuro marido, ingeniando una supuesta tradición ancestral.
- El Destino es inquebrantable!
- Eso pensé yo... pero como sabes, cuando este gran juego comenzó, se le hizo entrega al Hombre de un arma de doble filo: El Libre Albedrío; que al entrar en contacto con la tozudez de unos cuantos elegidos resulta las más rígidas voluntades; y mi Tristán siempre fue muy cabezón. Explicó a Isolda cada motivo por los cuales su unión se hacía imposible, a pesar de amarse como en los días de la humanidad nadie lo había hecho, y ella, aun ciega de pasión por él, reconoció el bien que podría hacer a Cornuelles como su soberana. De modo que, tan pronto pisaron los dominios del Rey Mark, mi hijo se alejó de su amada surcando el mar cual justiciero, acometiendo cuanta proeza atinaba a hallar en su camino en virtud de la Reina Isolda, hasta que una nueva herida le obligó a contemplar los ojos de la Parca.
- Hombres robustos de frágiles corazones confunden el amor como moneda de vida
- Profunda reflexión.... ¿Qué quieres decir?
- Que se lo estaba buscando. Uno no puede ir al encuentro de la muerte solo por que tu chica se acueste con un tío tuyo!
- Pero qué animal eres...! Tristán adoraba a Isolda desde la distancia, y aunque jamás pudiera poseerla, puso a sus pies cuanta victoria conquistó; mas recurrir de nuevo a las dotes sanadoras de aquellas manos con las que soñaba noche y dia, habría despertado fundadas sospechas en el Rey, y hubiera preferido expirar a traicionarla descubriendo ante Mark su amor.
- Y murió...
- Cupido, te aburre mi relato?
- En absoluto, maestro. Sin embargo no comprendo la relevancia del mismo para con el tema que nos ocupa.
- Discípulo mío... eres tonto. Pretendo tomes lección de la moraleja que en propia carne padecí.
- ¿Postergó en esta ocasión, Tristán, su viaje sin retorno?
- Con mi ayuda, lo hizo. En el delirio de un sueño, vertí la imagen de Isolda estrechando su cuerpo en Bretaña; y hacia allá ordenó dirigir su galera. Al despertar del sopor de las fiebres, descubrió junto a su lecho a la mujer bajo cuidados había recuperado la salud: Una joven de largo cabello azabache suelto sobre su pecho que, si bien no representaba el paradigma de la belleza, mostraba una mirada ávida e inteligente. Confuso y aun débil recibió de sus labios lo acontecido en los últimos días de la siguiente forma: “La luna y yo hemos velado durante un ciclo tu sueño y, como ella, yo también he cambiado. Cuando te trajo la espuma del mar, pensé dejarte morir pues no son bienvenidos en estas tierras los forasteros, pero con tal vehemencia gritabas mi nombre, que pudo la curiosidad al recelo y me vi preparando bálsamos para aplacar tu infección. Con el retorno del rubor a tu rostro y la paz a tus gestos, descubrí a un hombre hermoso que meladamente juraba amarme sin la cota del cuerpo, del tiempo o la vida, aunque mil veces muriera y mil reencarnara. Renuncié a mis tratados de alquimia por dar sentido a tus palabras en los embustes de los trovadores o en la ficción de los poetas, mas no encontré un solo suspiro que hiciera sombra a tus declaraciones y heme, al fin, enamorado del amor que destilas”. Tristán se incorporó en la cama, descansando su espalda sobre los almohadones de plumas, y por varios minutos fijó sus pupilas en la lánguida mirada y finos labios de aquella muchacha que le hacia entrega de su corazón a cambio de ser querida.
- ¿Qué?!
- ¿Cómo que “qué’?
- Lo siento, Jefe... no comprendo.
- Tampoco Tristán.
- Ah...
- En pleno desconcierto solo acertó a decir su nombre, ansiando dar algo de razón o sentido a cuanto disparate anegaba su mente y obteniendo por respuesta una única palabra: “Isolda”.
- Caramba!
- Por temor a malograr los sentimientos de quien le había salvado la vida, calló que no era su imagen la que buscaba en las tinieblas, ni la humedad de su boca, ni el calor de su pecho; sino de su tocaya, la Reina de Cornuelles. Y así, de silencio en silencio, terminó por desposar a la más diestra hechicera del condado de Bretaña, deseoso de olvidar en su regazo el vacío de su añorada Isolda.
- ¿Me dirá que no le dieron ganas de aniquilarle usted mismo? ¿¡Hasta donde puede alcanzar la estupidez humana!?
- Sencillo!: Exactamente unos puntos por debajo de nuestra propia soberbia. A diferencia de ti, yo pensaba que lo mejor para el porvenir de mi hijo era mantenerle alejado de una ilusión imposible; mediando a cada ocasión hasta inferir en su voluntad mi sentencioso deseo. Y, al igual que tú, Cupido, me equivoqué.
- ¿Ambos hubiéramos fallado?
- Sí, porque no es a nosotros a quienes corresponde elegir.
- Señor, Sonia ignora si alguna vez amó y únicamente pretendo ayudarla poniendo amor en su vida
- Permite que contradiga tamaña farsa: La responsabilidad tras la que te escudas rezuma intereses personales.
- ¿Qué insinúa, Jefe?
- Pretendo quede patente tras la conclusión de mi relato: El alma de Tristán resistió algunos años la indiferencia a la que fue sometida; al cabo de los cuales sucumbió al hastío y comenzó a pudrirse ante la perspicacia de su mujer que, resignada como ya estaba por no alcanzar jamás la pasión de su marido, se negó a diagnosticar su mal como ausencia de espíritu, inventando una enfermedad para la que su magia desconocía cura.
- Me lo temía....
- Claro! Eres muy avispado.
- Era previsible que Isolda de Bretaña, prefiriera enterrar a su esposo que exponerse al escarnio público. Del mismo modo que puedo imaginar que tampoco en esta ocasión quedó usted al margen... ¿Qué hizo?
- Alzar yo mismo las velas del navío de Tristán y partir rumbo a Cornuelles, como colofón por tres décadas de injusticias. A mi marcha me despedí de un hijo que apenas me reconocía entre la bruma de su locura, bajo la promesa de hacer cuanto estuviera en mi mano por devolverle el amor de su vida; desplegando blancos lienzos a mi regreso, en lugar de las acostumbradas velas negras, si la misión culminaba con éxito. Y así fue...
- ¡¡Con razón es usted el Gran Kahuna!! ¡Y mi héroe! Llevo por buena senda a mi pequeña Sonia; será feliz, pues ese es mi propósito, aunque para ello tenga que hacer arder el mismo firmamento! Como hizo usted: Isolda de Cornuelles sanó a Tristán con su sola presencia y ya nada ni nadie, más que el postrero trance, pudo separarles; y fueron felices; y comieron perdices; y col...
- Para... Has acertado en que nadie pudo separarles, pero nada más: Demente de celos, Isolda, la legitima esposa de Tristán, mintió sobre el color de las velas con las que retornamos y la desesperanza quebró el corazón de mi hijo; condenando a muerte también a su amada, que falleció de pena sobre su pecho.
- No!!
- Cupido...
- No murieron así! No ocurrió como usted lo cuenta... No es posible. El Amor es el arma; sé que lo es!! Ella es mi dueña y he de hacerle entrega de todo mi amor... Ella ha de ser feliz... Necesito hacerla feliz....
- Cupido, hijo; intenta calmarte...
- No!!
- Respira hondo y escúchame: El Rey Mark se negó a darles común sepultura, enterrando a su sobrino tras los muros de palacio y a Isolda en el mausoleo real. Pero, a días de la ceremonia, brotaron una vid y un rosal , respectivamente, de la tierra que les cubría hasta enredarse entre sí, y... juro que esto lo vieron mis ojos... por más que intentaran separarles, podándolos e incluso arrancándolos de raiz, una y otra vez volvían a encontrarse en un abrazo de vida.
- ¿Cómo dice?
- Ni tan siquiera la Muerte, Cupido, pudo separarles.
 
Obsesión
Hace horas que perdí la cuenta del número de veces que ya he apagado, para inmediatamente volver a encender, mi móvil; y estoy deseando culpar de su mutismo al operador telefónico o, incluso, al propio terminal; pero el muy canalla sí ha sonado cuando una pizpireta señorita de Banesto me ha recordado que la letra del coche continua pendiente de pago.

Probablemente andes enfrascado en algún conflicto laboral; mas pendiente de temas importantes que requieren atención, que de esta pobre boba que se conformaría con escuchar tu voz. Es casi seguro que tan siquiera intuyas el estado de inquietud que me marea, ni que el pensamiento mas dulce que ha pasado por mi mente haya sido ese. Por que, lo admito: mi parte obsesiva envía mensajes agoreros a mi corazoncito, y nos dice que no piensas en mí; que debería sobrarme tu silencio para asumir que me olvidaste; que no tienes obligaciones con esta amiga que te reclama desde ningún lugar; que ya te cansaste de consentirme; que tu mundo se derrumbó conmigo dentro; que te aburro; que nunca te gusté...

Vuelvo a apagar el teléfono para, enseguida, encenderlo y el idiota sigue callado pero sin seña alguna de avería.

No quiero llamarte para que no sepas nunca con que tipo de tarada has topado, e ignores que la seguridad que has visto hasta ahora, solo era fachada; porque en realidad tengo tanto miedo de que te alejes de mi, que dar un solo paso en cualquier dirección podría empujarme al vacío.

El teléfono suena y doy un respingo. Y aunque se que es ridículo, me coloco el flequillo.

Intento adecuar el ritmo de mi respiración y convencer a mis latidos de que ignoren la batuta de Luis Cobos dirigiendo La Danza de Las Valquirias en mi pecho; mientras empleo un segundo en pensar el tono ha emplear para darte las buenas tardes: quiero parecer relajada y tranquila, trasmitir una dignidad fingida en lugar de la excitación que hace temblar mis manos mientras tomo el teléfono para ver que no eres tu.

No eres tú, mierda!; no eres tú

La pantalla parpadea con otro nombre y el celestial politono suena ahora como una chicharra agonizante haciéndose el arakiri y yo he olvidado desembarazarme de esta ridícula sonrisa que se me ha pegado en la cara. Mierda!!. No eres tú. No descuelgo.

Suena y suena, y sospecho que el amigo que llama se preocupa mas a cada nuevo tono, pues sabe que no estoy bien; que llevo días encerrada en mi misma sin querer hablar con nadie. Pero mi ira aumenta un grado cada segundo en la escala de Richter, sintiéndome culpable ignorándole de tan sucia forma; avergonzada de que descubriera decepción en mi voz; enfadada por su insistencia; rabiosa de que por su culpa me sienta peor; arrepentida de haberle dado alguna vez mi numero; odiándole por existir.... simplemente por ser él, y no tú, quien me recuerda.

Mi ingrato teléfono calla y la tensión de mis mandíbulas se atenúa.

¿Y si ha ocurrido algo? Quizás la operación comercial que traías entre manos se haya complicado y te resulte imposible abandonar tu despacho, darle la espalda a los grandes jefazos, salir al pasillo y llamarme para decirme... Para decirme qué?

Podría enviarte un mensaje diciendo que no te preocupes por mi, pues aunque dijiste que me llamarías, entiendo que no has tenido tiempo y lo harás en cuanto te sea posible.

No puedo escribir semejante gilipollez.

Tal vez tu móvil ha sufrido algún percance. Esas cosas pasan. Sin ir mas lejos al mío le cayó un vaso lleno de agua caliente con sosa cáustica y aun funciona. O no? Por si acaso, lo apago y lo enciendo de nuevo.

Puede que se te escurriera del bolsillo y una Dumper lo aplastara, haciéndolo mil añicos. Puede que una Dumper te haya aplastado a ti!. Quizás estés entubado; agonizando en una fría cama de hospital, solo, buscando la salida entre las tinieblas del coma, para hablar conmigo y explicarme que solo la Parca impediría que me llamaras como prometiste.

Tomo el teléfono de muevo, lo miro, lo zarandeo, lo apago, lo enciendo, coloco mi oreja en su display y no escucho nada.

Podría llamar a alguien para charlar un rato y distraerme. Llamo a mi padre. Da seis tonos y la cochina llamada se corta... El teléfono está roto!!! El teléfono está roto!!! Llamo a mi amiga M convencida de que sucederá lo mismo que con papá... el teléfono dará seis señales de tono y ... al tercer “ring” , M, saluda al otro lado de la linea. Mierda!

-Hola nena!
-Mierda!
-Perdona?
-Eh... Nada... Que tal? Solo quería saber si mi teléfono funciona.
-Por qué? Ha vuelto a caerle algún líquido corrosivo?
-No
-Entonces, por que no habría de funcionar?
-No se.. a veces pasa...
-Esperas alguna llamada?
-Puede.
-Estás muy tonta
-No te he llamado para que me insultes.
-Cierto. Me has llamado para verificar que no te han llamado
-Que cruel eres.
-Relajate... Nadie merece que te pongas triste por él.
-No estoy triste, estoy preocupada. Creo que ha muerto; tengo un pálpito.
-Lo que tienes es una psicosis de tres pares de cojones. Respira y piensa en otra cosa
-Antes de llamarte a ti, llamé a mi padre, para comprobar si el telefono funcionaba y no me lo cogió.
-Tu padre no cuenta.
-Yo no cuento.
-Quién esperabas que te llamara?
-Nadie.
-Un tío.
-No
-Uno que no te hace caso. Mi niña... Olvidalé
-No
-Quieres que hablemos de ello?
-No. Bueno, si.. pero no ahora. Antes me apetece autocompadecerme un ratito mas.
-De acuerdo. Me llamarás despues?
-Claro
-Un beso, Soni
-Un beso y gracias.


Mi puto teléfono de los huevos marcha perfectamente!

Lo apago y vuelvo, inmediatamente, a encenderlo, por si el software de Nokia estuviera configurado para rechazar las llamadas mientras hablo con M, pero sigue sin sonar.

Mierda! Mierda! Mierda!
 
Otoño enamorado.


Sigo, desde hace dias, tus pasos por esta ciudad de locos; tímido, disimulando con un suspiro cálido cuando trata la casualidad de unir nuestras miradas, pues llevo tantos meses esperando que ansíes mi presencia, que las flores que quise entregarte se marchitan en mis dedos.

Por verte sonreir danzaria a tu alrededor con mi séquito de vida muerta, revolviendo tu cabello y elevandote el alma donde tan solo el viento podría alzarla. Recitaria sonatas sin tiempo en tu ventana, mientras te abandonas al sueño y acompañaria tu llanto con lágrimas propias si la nostalgia habitara tu mundo.

Pintaría la vida del color de tus ojos y perfumaría brisas con el aroma de tu amanecer hasta que, en cada rincón, unicamente quedaras tu; y es que quiero llegar a ti desnudo, siendo solo susurros y caricias para tus sentidos, recorriendote la piel con mi aliento, filtrandome hasta empaparte y, escuchando cada pensamiento de tu corazon, amarte como te amo.

Dejaría desiertas las calles por verte caminar sola; con el sonido de tu respiracion como musica ambiental, perfilando la poesia de un soñador al movimiento de tus labios y, bajo el telón de tus parpados, pondria fin a mi obra.

Tengo un hogar allá donde estes y vivo porque existes, pero del mismo modo que siempre regreso a ti, sabes que habré de marcharme; a recorrer otras tierras, a chocar en otras aguas y a redimir a otros hombres; a extrañarte tanto que ni la voluble Luna puede entender mi pena y es el Sol, solitario y comprensivo, quien apadrinará nuestra intimidad tan pronto te acuene en mis brazos.

Te mostraré a la niña que, años atrás, corria tras las hojas y saltaba de charco en charco, dando bautismo a tu inocencia, y fecundaré en ella todos los atardeceres purpura que llevarán tu nombre. Crearé un lecho de tierra humeda y musgo fresco sobre el que yacer contigo hasta que el deshielo nos separe; velando el firmamento para que ni las celosas estrellas puedan reflejar la esencia de tu belleza; pues te quiero y requiero tu pasión durante la eternidad que me condena a venerarte contra reloj, siendo para ti noches largas y melancólicos dias si aceptas la peticion de este humilde admirador y te conviertes en la mujer del Otoño.



 
En la consulta
- Hola buenas, tardes!

- Buenas tardes, ¿Qué tal?. Siéntate, por favor [“¿¿Qué tal??!; Ha dicho “qué tal!? Vamos, no me jodas...]

- Esto... Bien [Por supuesto!, por eso acabas de plantar el culo en la consulta de un psiquiatra: por que estas de puta madre!, no?]

- Fantástico, y... dime: ¿Cómo te llamas? [Five!]

- Sonia [Four!]

- Yo soy Matías [Three!]

- Encantada [Two!]

- Un placer [One!]; ¿Qué te trae aquí? [Cero!... Pues ya ves, Houston; que tenemos un problemilla]

- Eh... No se... [Ah, no!!, eso si que no... Si no sabes qué carajo haces aquí, nos vamos a casa a ver la tele] Es que yo creo que lo que necesito es un psicólogo, pero, como vengo atraves de una sociedad medica, parece ser que usted me tiene que dar un volante.

- Aha. Asi es; pero antes tienes que decirme qué te pasa. ¿Por qué crees que necesitas un psicologo?

- [Dile: “por que estoy como una maraca”; verás cómo sonrie] [porque, aunque se que no estoy sola, es asi como me siento... y me inspiro tanta lastima, que lloro como una mala bestia hasta dolerme el pecho] [por que usted me va a mandar pastillitas de colores a tutiplen que me atolondrarán... y si no rindo en mis curros, me echan] Por que necesito ayuda. Quiero saber si es posible reconstruirse sobre la marcha, pues lo cierto es que no estoy muy bien hecha. [Tengo las tetas caidas!] He crecido torcida y, aunque en esencia me gusto, deberia desprenderme de algunos vicios que me perjudican [Genial! Ahora seguro que piensa que eres una yonki]

- ¿Qué vicios?

- [Me muerdo las uñas] No me perdono, [fumo como una chimenea] me juzgo, [sigo una dieta líquida] me castigo... Basicamente, me hago daño

- Entiendo. ¿Sabes por que lo haces? [Nena, vete a casa]

- [Por que liarme a puñetazos seria perjudicial para mi integridad fisica] [por que, dentro de mi, hay algo que duele...] [por que estas zorras no se callan nunca] [¿Olvidé mencionar que siempre he sido asi?¿No he dicho que desconozco otra forma de vivir conmigo?] No exactamente

- Sonia, ¿Qué edad tienes? [Demasiado joven para sufrir una crisis menopausica] [Muy mayor para seguir lamentandome por las esquinas...; ¡Pobre...! La nenita tiene pupa!!]

- Veintiocho años. [Animo!, empieza a desbarrar... Este buen hombre cobra por ello]. Tengo veintiocho años y estoy separada [¿Eso es lo mejor que se te ocurre?]. No es que eso sea algo malo[¿Ahora reculas?], pero no se por donde empezar.

- Por donde tú quieras; hacerlo por el principio suele dar buen resultado, pero solo es uno de los muchos caminos

- [Te ha tocado un Freudiano... Hablale de papi y mami; divirtámonos] Digamos que parto de una familia peculiar, [Eres patética: Tu unico problema es soportarte y tienes la desvergüenza de culpar a otros. ¡¡Crece!!] pero, a pesar de ser la unica que tengo, me gusta; no quisiera cambiar nada de ellos [Ni de mi... ¡Por Dios!.. Ni de mi]. Desearía quererme mas, no lastimarme [sobrellevar las voces que retumban en mi cabeza], respetarme, dejar de juzgarme [¿Desde cuando es reprobable la autocrítica? Eres asi y reniegas de ti misma.] Me resulta algo complicado de explicar: Supongo que soy tan normal como cualquiera; pero esa idea, en ocasiones, solo es algo de lo que pretendo convencerme [convirtiendome en una extraña rodeada de gente y sin posibilidad de comunicación] y me angustio, y me ahogo preguntandome “por qué yo?” ¿Por qué no puedo, sencillamente, aceptarme y existir como todos los demás? [¿Por qué me resulta tan complicado esto de “vivir”?], pero cuanto mas esfuerzo pongo en entenderles, en ser como ellos... mas me alejo de mí [hasta despreciarles por aplaudir tan falsa obra]

- Yo te veo bastante normal [y tú que coño sabes, maldito imbecil?] y no eres la primera, ni serás la última en hacerse preguntas [¿ya está?, ¿No tiene importancia desconocer las respuestas?... ¿Este capullo pretende que te marches feliz, solo por que él te ve” bastante normal”? Sonia, estás haciendo el ridiculo]¿Qué opinión tienes tú?

- Que no soy facil [ni para mí, ni para los demas]

- Comprendo... ¿Quieres serlo?

- [¡¡Ni de coña!!]. No estaría mal entenderme [¿a qué precio?], y evitar así que la gente se aleje de mi [o que yo les expulse por aburridos]. Verá, Matías..., no llevo nada bien estar sola.

- ¿No tienes pareja?

- [Buff... que pena me doy a veces]. No, el unico al que he querido llamar pareja en años, me dejó la semana pasada... [Porque le rallabas. Por que no podía soportar tus constantes cambios de humor y tu retorcida racionalidad ¡Díselo!]

- Aha... [Soplapollas!]

- Pero no pasa nada; ahora nos llevamos bien. [Cuentale cual es el autentico problema, Sonia: Dile que eres lo único que tienes, y el resultado de lo mejor que has podido hacerlo. Y despues reconoce que la culpa es solo tuya... Que nadie más que tú ha creado al monstruo que tanto te asusta. Dile que es tu voz la que escuchas, tus renuncias las que añoras y tus acciones las que temes... Pero recuerda contarle que sin ello no eres nada]

- Te voy a recetar unos antidepresivos muy suaves [No tengo depresion!!. Si esto fuera una depresion, no hubiera podido sobrevivirla toda una vida ... Soy yo.]

- No me haga tomar nada, por favor.... No quiero velar, ni perderme, absutamente ninguna de mis sensaciones [¿¿No comprende que son un tesoro??]

- Para dar comienzo una terapia tengo que contar con tu apoyo [Estoy aquí, joder!¿Piensa que esto es sencillo?], con la version mas positiva de ti misma [Voila sa sé moi!!!] y con la ayuda de algunos fármacos que apuntalaran tus animos [mis ánimos están cojonudamente..¿Cómo van los suyos?]

- Necesito esplicarle que estoy orgullosa de mi, aunque no me trate bien. Necesito que comprenda que a lo largo de mi vida, como en la de todo el mundo, se han dado lugar acontecimientos que, por mi parte, he intentado llevar de la mejor forma, pero se enquistaron en algún lugar, condicionandome, hasta convertirme en el ejemplar raro de una especie común. Percibo tal diferencia e insisto en mantenerla [Quien sabe donde habrá de conducirme].Lo haré tanto con su ayuda, como sin ella; por lo que ruego una clave... algunas pautas de vida para no autodestruirme en el intento, pero si me insta a hacer algo contra mi voluntad solo logrará cargar un poquito más el saco del que pretendo desprenderme. Suplico un acto de fe por su parte: tenga la paciencia que yo no tengo y busque a la amiga que necesito, en estado puro, hasta que la reconozca.





 
NUEVA ERA, Publicaciones
Comunido de Prensa.

Desde el Departamento de Relaciones Publicas de la Autora, ponemos en conocimiento de cuanto medio tenga interés sobre tan relevante noticia, la siguiente información:

“La Autora duerme acompañada”

Con la firme intención de acallar los rumores que (quizás) situaran a la Autora entre los, nada deleznables, brazos de algún jeque árabe por las blancas playas de Bali durante su asueto estival, nos apresuramos a trasmitir los datos concernientes a su agenda en el citado periodo y, haciéndonos eco de las declaraciones vertidas por fidedignas fuentes cercanas a la Autora, esclarecemos un detalle de vital importancia para sus pasados y (deseamos fervientemente) inexistentes futuros amantes.

El pasado mes de Junio, la Autora fue seleccionada por TeleNovio (Agencia No Lucrativa autorizada para hacer llegar Amor, allá donde menos se le espera y por descontado, más falta hace) como digna consorte de un chulazo melenudo.

El sujeto; referido por quienes han tenido el placer de conocerle, como “mas tierno que un bollito caliente”, “muy mono”, “un buen chico que mira a la Autora con los ojos mas dulces que jamás he visto” (según las amigas de la Autora); “un crápula saturado en busca de acomodar, por fin, la cabeza sobre el regazo de una mujer que le quiera desinteresadamente” (como apostilla la propia Agencia); “meritorio contendiente de la Autora” (a razón del padre de la misma, amén de su manifiesta intención por verla emparejada antes de que el calendario cause irreparables estragos en su, pronta caduca, juventud con verrugas peludas sobre el apéndice nasal) y “el más dotado y mejor puto amante que ha tenido los huevos de meterse en mi cama, además del hombre que me ha tratado con mayor cariño, ternura y respeto en años” (citando literalmente a la ordinaria Autora); responde al original nombre de Santos.

En las escasas cinco semanas que dura esta relación, la Autora ha pasado de ser una cínica alcohólica solitaria, a un dócil trapucho de sí misma, con ojos vidriosos y sonrisa de estúpida, menos ebria y en mejor compañía; lo que, conjeturamos, estará suponiendo un grave descalabro para emporios como Tabacalera o Diageo Iberia, y una tregua para su hígado.

En otro orden de acontecimientos, anunciamos que la (muy perra) Autora, se tomará un mes sabático durante el que recorrerá la geografía española; alojandose diez dias en el palacio Cántabro de los Condes de Santander en compañía de la Excelentísima Condesa Malala y su espóso D. Jose I, legítimo heredero de Todos los Abrazos; prometiendo, allí, colmar sus ojos de verde, su piel de sol, su alma del rugir de las olas chocando contra las rocas y sus pulmones de maría autóctona.

La tercera semana del octavo mes, culminará su instrucción de deidad en las mas recónditas playas de Mojacar bajo la tutela de la famosa Roxana, Diva de orgías y parrandas; concluyendo el periodo vacacional en tierras Quijotescas, junto a su maromo motero melenudo, aprovechando para celebrar una recepción en la que presentará formalmente a su chico y la Yaya, como broche del fin de fiesta.

Deseamos que las pesquisas vertidas hayan hecho arder la úlcera de algún alma envidiosa y arrancado cálidos mohines de aquellos, que lo son, sus amigos. Y, desde el gabinete de prensa de la Autora, les emplazamos a continuar con nosotros tras las que ansiamos sean, mejores vacaciones de todos los lectores de “Desnuda no es sin ropa”.