La Princesa y el guisante
Cuando te conocí, mi niña, cuando te quise como ya sabes que te quiero, desee narrarte el cuento de la Princesa y el Guisante.
Tú me hablaste de tu historia y yo, mera escritora infantil, pretendo que la escuches ahora, a través de estas palabras:
“
En un país muy lejano, vivía un Príncipe maravilloso; gentil con sus súbditos, atento en el trato, de manos suaves y sonrisa clara, gran conversador, amigo de los animales, inteligente y buen amante.
El Príncipe soñaba cada noche con una mujer especial; la Princesa que llenaría de felicidad cada día de su vida. La imaginaba hermosa, con unos ojos oscuros en los que perder la razón por entregarse a ellos, de dulces y perfilados labios, seductores hombros cubiertos por una cascada de cabello negro, y el gesto puro de quien aun conserva la inocencia. La buscaba en su onírico mundo y al regresar en la mañana, lo hacia siempre más enamorado que la noche anterior.
Viajó a los condados cercanos preguntando por ella al burgo, pero no hayó más que jóvenes aspirantes al trono, que nada tenían en común con la perfección de su Princesa. Unas tenían la sonrisa, pero no el brillo en su mirada. Otras hablaban de amor, de pasión, de deseo, pero olvidaban mencionar el calor de la mutua compañía, el perdón, el cariño o el bálsamo de saberse amado incluso en los momentos más tristes.
Se abandonó al destino tras años de infructuosa búsqueda, y con la desesperanza como compañera, se refugió en palacio.
Una noche de tormenta, llamó a las puertas una mujer. El peso de la lluvia en su pelo, no dejaba ver sus ojos, y el barro ascendía por un abrigo negro como enredaderas. La hizo pasar al salón grande, pidió para ella la cena y un baño y la dejo sola. Necesitaba pensar. Había sentido un temblor al contemplarla en el umbral, bajo la lluvia, pero lo adjudicó al frío; mas tarde, en la mesa, su forma de tomar la copa le hipnotizó; y el tono de su voz al desearle buenas noches le dejó lívido.
Buscó al ama de llaves y le pidió que preparara para su invitada una cama con veinte colchones y doce almohadones de plumas y bajo todo esto colocara un guisante.
A la mañana siguiente, el anfitrión la espero para servirle él mismo el desayuno y con fingida indiferencia ante la nueva mujer con la que compartía mesa, preguntó:
- ¿Qué tal has dormido?
- Quisiera ser educada y confirmar que tanta hospitalidad me ayudó a descansar, pero mentiría, Príncipe. He pasado muy mala noche. No lo entiendo. Dormí sobre veinte colchones y doce almohadones me protegían y aun así apenas pude pegar ojo. Desperté antes que el gallo y con el cuerpo lleno de moratones. Lo siento.
- No lo sientas, mi amor. Te invoqué durante toda mi vida. Desee en ti la sensibilidad, la honestidad y la belleza que tienes. Y aunque te soñé cada noche, nunca me atreví a creerte tan perfecta para mí. Ahora que te amo y por fin entraste en mi vida, solo quisiera ser para ti también perfecto.
“
Morena, sal, vive... No temas nunca, por que él te espera con la misma necesidad que tú le esperas a él.
Tú me hablaste de tu historia y yo, mera escritora infantil, pretendo que la escuches ahora, a través de estas palabras:
“
En un país muy lejano, vivía un Príncipe maravilloso; gentil con sus súbditos, atento en el trato, de manos suaves y sonrisa clara, gran conversador, amigo de los animales, inteligente y buen amante.
El Príncipe soñaba cada noche con una mujer especial; la Princesa que llenaría de felicidad cada día de su vida. La imaginaba hermosa, con unos ojos oscuros en los que perder la razón por entregarse a ellos, de dulces y perfilados labios, seductores hombros cubiertos por una cascada de cabello negro, y el gesto puro de quien aun conserva la inocencia. La buscaba en su onírico mundo y al regresar en la mañana, lo hacia siempre más enamorado que la noche anterior.
Viajó a los condados cercanos preguntando por ella al burgo, pero no hayó más que jóvenes aspirantes al trono, que nada tenían en común con la perfección de su Princesa. Unas tenían la sonrisa, pero no el brillo en su mirada. Otras hablaban de amor, de pasión, de deseo, pero olvidaban mencionar el calor de la mutua compañía, el perdón, el cariño o el bálsamo de saberse amado incluso en los momentos más tristes.
Se abandonó al destino tras años de infructuosa búsqueda, y con la desesperanza como compañera, se refugió en palacio.
Una noche de tormenta, llamó a las puertas una mujer. El peso de la lluvia en su pelo, no dejaba ver sus ojos, y el barro ascendía por un abrigo negro como enredaderas. La hizo pasar al salón grande, pidió para ella la cena y un baño y la dejo sola. Necesitaba pensar. Había sentido un temblor al contemplarla en el umbral, bajo la lluvia, pero lo adjudicó al frío; mas tarde, en la mesa, su forma de tomar la copa le hipnotizó; y el tono de su voz al desearle buenas noches le dejó lívido.
Buscó al ama de llaves y le pidió que preparara para su invitada una cama con veinte colchones y doce almohadones de plumas y bajo todo esto colocara un guisante.
A la mañana siguiente, el anfitrión la espero para servirle él mismo el desayuno y con fingida indiferencia ante la nueva mujer con la que compartía mesa, preguntó:
- ¿Qué tal has dormido?
- Quisiera ser educada y confirmar que tanta hospitalidad me ayudó a descansar, pero mentiría, Príncipe. He pasado muy mala noche. No lo entiendo. Dormí sobre veinte colchones y doce almohadones me protegían y aun así apenas pude pegar ojo. Desperté antes que el gallo y con el cuerpo lleno de moratones. Lo siento.
- No lo sientas, mi amor. Te invoqué durante toda mi vida. Desee en ti la sensibilidad, la honestidad y la belleza que tienes. Y aunque te soñé cada noche, nunca me atreví a creerte tan perfecta para mí. Ahora que te amo y por fin entraste en mi vida, solo quisiera ser para ti también perfecto.
“
Morena, sal, vive... No temas nunca, por que él te espera con la misma necesidad que tú le esperas a él.
Si tus ojos no me ven
Soy para ti un reflejo; el embalse de agua clara donde mirarte y mirarme. Soy tu descanso, tu paz, tu fin, tu aliento, tu apoyo, tu juego, tu sueño, tu miedo, tu infierno...
Soy la espera con diez minutos de retraso, lo que tu mismo podrías haber sido de no haberme conocido. Soy la pasión anclada por alfileres a un corazón desesperado.
Soy tu reflejo; pero si un día tus ojos no me ven, si en lugar de bañarte en mis pupilas lo haces en otra mirada, no me lo digas.
Si tus labios sienten fríos los míos, y navegan en otra boca, durmiendo bajo el calor de otros besos, no me lo digas.
Si tus yemas cuentan los latidos de otro pecho, si tus palabras te engañan diciendo te quiero a un amor ajeno, si quieres morir en otra cama, no me lo digas.
Si no es mi aliento el que roba el tuyo, si racionas tus caricias entre dos cuerpos, si no es mi perfume el que te envuelve, si no es mi carga para ti la más ligera, si otros muslos son la puerta de tu nuevo laberinto, no me lo digas.
Si otra voz excita tu imaginación, si son sus susurros los que te roban la calma, si anhelas sus abrazos cuando soy tuya, si es su sonrisa la que da luz a tus sueños, no me lo digas.
Si temes perderme, si prescindir de mi te dejase solo, si soy la mitad de ti mismo, pero tu sombra no te guareciera del frío, no me lo digas.
Si mañana descubres que soy tu amor y ella tu deseo, no me lo digas
Soy la espera con diez minutos de retraso, lo que tu mismo podrías haber sido de no haberme conocido. Soy la pasión anclada por alfileres a un corazón desesperado.
Soy tu reflejo; pero si un día tus ojos no me ven, si en lugar de bañarte en mis pupilas lo haces en otra mirada, no me lo digas.
Si tus labios sienten fríos los míos, y navegan en otra boca, durmiendo bajo el calor de otros besos, no me lo digas.
Si tus yemas cuentan los latidos de otro pecho, si tus palabras te engañan diciendo te quiero a un amor ajeno, si quieres morir en otra cama, no me lo digas.
Si no es mi aliento el que roba el tuyo, si racionas tus caricias entre dos cuerpos, si no es mi perfume el que te envuelve, si no es mi carga para ti la más ligera, si otros muslos son la puerta de tu nuevo laberinto, no me lo digas.
Si otra voz excita tu imaginación, si son sus susurros los que te roban la calma, si anhelas sus abrazos cuando soy tuya, si es su sonrisa la que da luz a tus sueños, no me lo digas.
Si temes perderme, si prescindir de mi te dejase solo, si soy la mitad de ti mismo, pero tu sombra no te guareciera del frío, no me lo digas.
Si mañana descubres que soy tu amor y ella tu deseo, no me lo digas
¿Dónde la habré puesto?
Como siempre, no echo nada de menos hasta que lo pierdo. Y aquí me veo, buscando por debajo de las mesas y las sillas de la oficina; como anoche lo hice bajo la cama y las alfombras de mi habitación.
Ayudaría mucho saber cómo es lo que busco, pero los recuerdos que guardo, de lo extraviado en cuestión, son viejos.
Paro, me siento y hago memoria:
Sentada sobre las rodillas de mi padre, este llevó a mi cara una mano, me pellizco la nariz y la aparto mostrándome su puño cerrado, con el dedo pulgar asomando entre el índice y el corazón –Ya no tienes nariz-. Veo brillar mis ojos, mi boca abierta por la sorpresa, y dos manitas tocan mi rostro –Si tengo, si tengo!- grita la voz de una niña mezclándose con sus carcajadas.
Creo que retrocedí demasiado, debí perderlo mas tarde.
Una jovencita, mas lista y a la vez más tonta de lo que ella misma piensa, camina por la calle. Se detiene al escuchar que la chistan y se acerca a la ventanilla de un coche; dentro, el conductor, le dice algo que no comprende y avanza dos pasos hacia la voz. La imagen de un adulto masturbándose ante ella la petrifica, pero descubre que el miedo y la curiosidad caminan parejo.
Aunque anecdótico, no resultó traumático. Aun lo conservaba...
Mi jefe me hizo pasar hace casi un año a su despacho. Después de pedirme que tome asiento, me comunica que la empresa pasa por un mal momento, pero que personalmente esta contento con mi trabajo. Cuando me levanto, dando por finalizada la reunión y estoy a punto de salir por la puerta, me detiene: -Me gustaría subirte el sueldo cuando las cosas mejoren- Esas palabras son suficientes para que lleve un año con una sonrisa siempre disponible para él, a pesar de que mi sueldo sigue siendo igual de triste.
Sé que entonces aun lo tenia!
Llego a la peluquería con un recorte de Charlize Theron en mi mano:
-Así!, Quiero este corte de pelo!-
-Te voy a dejar más guapa que ella...
Y yo, ilusionada, me dejo hacer.
Paso la noche con un buen chico, aunque no tan buen amante, que ha suplido la experiencia con masivas dosis de ternura. Cuando el impúdico sol le sorprende en una cama ajena, mi acompañante viste a Adán de ciudadano decente y se despide de mi con un beso en la frente –Te llamaré...-
Ya he registrado todos los cajones, los míos y los de mi compañera de piso. He movido el sillón, e incluso he buscado dentro de la nevera. Me he asomado al balcón, por si en un descuido se despeño desde ahí. Mi madre insiste con que no esta en su casa, incluso me colgó el teléfono la sexta vez que se lo pregunte. Y mis amigas están convencidas de que la ultima vez que lo vieron lo había dejado sobre la barra de un bar...
Seguiré buscando, por que estoy segura de que hasta ayer la llevaba conmigo. Dónde la habre puesto? Solo espero que no se la haya comido Cifra
Ayudaría mucho saber cómo es lo que busco, pero los recuerdos que guardo, de lo extraviado en cuestión, son viejos.
Paro, me siento y hago memoria:
Sentada sobre las rodillas de mi padre, este llevó a mi cara una mano, me pellizco la nariz y la aparto mostrándome su puño cerrado, con el dedo pulgar asomando entre el índice y el corazón –Ya no tienes nariz-. Veo brillar mis ojos, mi boca abierta por la sorpresa, y dos manitas tocan mi rostro –Si tengo, si tengo!- grita la voz de una niña mezclándose con sus carcajadas.
Creo que retrocedí demasiado, debí perderlo mas tarde.
Una jovencita, mas lista y a la vez más tonta de lo que ella misma piensa, camina por la calle. Se detiene al escuchar que la chistan y se acerca a la ventanilla de un coche; dentro, el conductor, le dice algo que no comprende y avanza dos pasos hacia la voz. La imagen de un adulto masturbándose ante ella la petrifica, pero descubre que el miedo y la curiosidad caminan parejo.
Aunque anecdótico, no resultó traumático. Aun lo conservaba...
Mi jefe me hizo pasar hace casi un año a su despacho. Después de pedirme que tome asiento, me comunica que la empresa pasa por un mal momento, pero que personalmente esta contento con mi trabajo. Cuando me levanto, dando por finalizada la reunión y estoy a punto de salir por la puerta, me detiene: -Me gustaría subirte el sueldo cuando las cosas mejoren- Esas palabras son suficientes para que lleve un año con una sonrisa siempre disponible para él, a pesar de que mi sueldo sigue siendo igual de triste.
Sé que entonces aun lo tenia!
Llego a la peluquería con un recorte de Charlize Theron en mi mano:
-Así!, Quiero este corte de pelo!-
-Te voy a dejar más guapa que ella...
Y yo, ilusionada, me dejo hacer.
Paso la noche con un buen chico, aunque no tan buen amante, que ha suplido la experiencia con masivas dosis de ternura. Cuando el impúdico sol le sorprende en una cama ajena, mi acompañante viste a Adán de ciudadano decente y se despide de mi con un beso en la frente –Te llamaré...-
Ya he registrado todos los cajones, los míos y los de mi compañera de piso. He movido el sillón, e incluso he buscado dentro de la nevera. Me he asomado al balcón, por si en un descuido se despeño desde ahí. Mi madre insiste con que no esta en su casa, incluso me colgó el teléfono la sexta vez que se lo pregunte. Y mis amigas están convencidas de que la ultima vez que lo vieron lo había dejado sobre la barra de un bar...
Seguiré buscando, por que estoy segura de que hasta ayer la llevaba conmigo. Dónde la habre puesto? Solo espero que no se la haya comido Cifra
Cajas de Zapatos
Tal vez aun lo haga pero recuerdo que, cuando era pequeña, mi madre guardaba sus joyas en una vieja caja de zapatos, que escondía en el mismo estante del armario donde olvidaba los jerséis viejos, o al que desterraba las mantas para invitados que nunca necesitó.Ella lo llamaba “la caja del oro”, y ambas recreábamos siempre el mismo ritual con cada nueva adquisición: Compraba collares, anillos, pulseras o pendientes; llegaba a casa con una enorme sonrisa y me los mostraba; Los colocaba sobre su piel y corría al espejo más cercano para ver reflejado el efecto; y la mirada de una mujer en dos dimensiones reclamaba mi aprobación, instantes antes de enterrarlos en su caja del oro.
Un día le pregunte el por qué de ese acto; Por qué pagaba por adornos tan caros y los guardaba. Por qué no los lucía?:
-Los compro por que son bonitos. Quizás tengo gustos caros, pero no van conmigo. No me siento cómoda cuando los llevo, aun así son parte de mí y sigo comprándolos. Un día serán para ti, y además de estar preciosa con ellos, me recordaras cuando los uses...
Me enterneció y, aunque no llegué a comprender sus palabras, lo deje estar. Después de todo estaba hablando de su herencia, y ese tema no me interesaba en absoluto.
Pero ayer, gracias a dos personas importantes para mí, la memoria recobró esta anécdota y creo haber descifrado el mensaje de aquellas palabras.
Los piratas enterraban sus valiosos cofres en lejanas playas, dando tres pasos al Este desde la piedra con forma de calavera y cavando bajo la sombra que un sol de poniente, en los primeros días de verano, creaba con dos palmeras cruzadas. Ocultaban a otros filibusteros los doblones de oro que les permitirían abandonar sus vidas de corrupción y abordajes, para jubilarse en algún paraíso de las Antillas, donde morir siendo ellos mismos. Pero en la mayoría de los casos los saqueadores llegaban antes que el destino prometido, o perecían en batallas a sable de corsarios más hábiles, o se pudrían ajusticiados si la ley les daba caza. Y el sueño, el que les hizo esforzarse, el sueño de toda una vida, moría con ellos.
Conocéis a una bucanera con sombrero de ala ancha, para no ver por encima de sus ojos, y sobre este, la delicada pluma de un faisán, que sus adeptos localizan raudos en la batalla para prestar apoyo al cuerpo a cuerpo. Leéis las hazañas de esta esgrimista, que confía en su ataque como única defensa; que marca a su adversario, pero nunca enterró una victima. Pero la dura forajida oculta un tesoro, como antes que yo hizo mi madre; y es que desde hace lustros guardo también una vieja caja de zapatos donde esconder lo que temo me despojen: un alma inquieta, una mente curiosa, una sonrisa sincera, un corazón amante, un brillo en la mirada por todo cuanto aun me ilusiona...
Velo mis caudales a la espera de que llegue el día en que me sienta cómoda bajo la piel que curto; por lo que, a veces, incluso yo misma olvido que me siento plena cuando me abrazan, que me gusta hacer reír, que canjeo amor por amor, que mis labios, además de mentir, pueden besar y que mi pecho late bajo la batuta de unas sabias caricias.
Le hablare a mi madre de este descubrimiento; Ha llegado el momento de que luzcamos los tesoros que tanto hemos ocultado.