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Desnuda no es sin ropa
desnuda, para ti
Acerca de
Si puedes arrinconar todas tus victorias y arriesgarlas por un golpe de suerte, y perder, y empezar de nuevo desde el principio y nunca decir nada de lo que has perdido; Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado, y así resistir cuando no te queda nada excepto la voluntad que les dice "Resistid". Ruyard Kipling. IF
Sindicación
 
Soy fiel!
A riesgo de levantar ampollas y con la certeza de que mi visión no es objetiva. Por tanto, partiendo del error; me declaro una mujer fiel.

Acudo, para apuntalar mis argumentos, a la Real Academia de la Lengua, que solícita me explica:

Fidelidad: f. Lealtad

Este dato ni confirma, ni desmiente. Sigo recabando información:

Lealtad: f. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor.
Sentimiento de fidelidad o gratitud que muestran al hombre algunos animales.


Que interesante!; no todos los animales son leales, por tanto fieles. Pero sí todos los fieles o leales, son animales! (me encanta!). Entiendo así, que la lealtad o fidelidad es un instinto, no una posición o decisión tomada racionalmente. Se es, se siente, pero no se decide.

Pero como en este momento estoy defendiendo mi propio concepto de la fidelidad, y esta acepción me deja a la altura del betún, voy a tomar como válido el primer significado: “Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor”
¿Leyes?, ¿Qué leyes?.

El código civil en su articulo 82, con respecto a la separación, decreta que la infidelidad es causa suficiente para ésta. Pero, por más que he buscado, no doy con el punto en el que considere ilegal ser infiel. Es lo que tienen los países laicos.

La religión Católica, en cambio, es bastante más clara y tajante a este respecto, y en la promesa que pide ante un altar, minutos antes de que los futuros cónyuges se unan en el simbólico acto de intercambio de anillos, incluye la de la fidelidad.
Sacando ya los pies del tiesto, quiero hacer notar algo:
Ya sea por reducir el tiempo de la ceremonia; o para que, si prometes, lo prometas todo de golpe; no da opción a elegir entre Amar, Honrar o Respetar.

Véase:
Los esposos unen su mano derecha y responden a las preguntas del sacerdote:
“ -..., ¿quieres recibir a ..., como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?”

A ver quién es el listo que responde:
“ - Pues mire... Pichí, Pichá... ¿Qué tal si lo dejamos en un fifti-fifti? Ni pa’ ti, ni pa’ mí. Tablas y tan contentos!”

Pero ¿cómo saber si la fidelidad, ya sea desde un punto de vista cívico o religioso es buena o mala, si un factor, tan subjetivo como la cultura, altera su significado e incluso su pena?

Pues tiro por el camino de en medio, y la analizo únicamente desde mi persona:
Evito hacer daño a los demás.
Procuro aliviar el dolor que otro pueda sentir.
Honro; respeto los sentimientos y circunstancias de los demás.
Amo; me entrego al 100% a quien (en ese momento) esta conmigo.
Respeto; nunca pregunto lo que no quiero saber
Respondo si me preguntan a mi
Soy consciente de mis imperfecciones, y comprendo que se pueda desear todo, incluido lo que yo carezco.
Siento; todo es autentico, en ese preciso momento.
Considero un regalo cada caricia y cada beso que recibo.


Y tomando estas como mis leyes, solo puedo considerarme una mujer fiel. A mi.
 
Decálogo de una despedida


1º Vivirás cada minuto como si fuera el último.
2º No tomarás la palabra “Adiós” en vano.
3º Celebraras cada reencuentro.
4º Honraras a quien, contra su voluntad, se marcha.
5º No lloraras.
6º No consideraras sustituible a quien se aleja.
7º No suplicaras.
8º No dirás “seguiremos en contacto”.
9º No culparás a quien se distancia.
10º No vivirás recordando el pasado.
 
Palos de ciego.

De acuerdo. Nada es fácil. Cada uno se curra su destino. Tengo lo que me merezco. A cada cerdo le llega su San martín... y todo cuanto quieras contarme; pero vuelve a decirme otra vez que tome las riendas de mi vida, y no respondo.

Desde cualquier punto se visualiza una meta, pero ¿Qué hacer cuando las metas no son más que putos espejismos en pleno desierto?. ¿Cómo explicar que estoy dando palos de ciego? Y lo que es peor, que tengo unas ganas tremendas de sacarle un ojo a alguien con el maldito palo... para sentir algo a lo que agarrarme, aunque solo fuera remordimiento.

El Pasado me persigue, mostrándome a cada paso los errores que ayer cometí, pero sigo a flote. El Presente es una estúpida balsa de aceite, en la que me mareo con su lento vaivén, bailando al son de un viento que no escojo. “Ahora” es demasiado pronto para razonar decisiones. Y el Futuro no llega nunca.

Me siento en guerra con el mundo por no darme respuestas, mientras viven facturas, hipotecas, reuniones de padres de alumnos o de propietarios de la comunidad. Quiero gritar: -¡Callad!¡Escuchad dentro...! ¿Qué os dice vuestra propia voz?, la mía no se calla nunca-. Ando entre sombras con teléfonos móviles, con horarios de oficina, con citas vacías, con tiempo perdido. Y les envidio tanto, que la rabia se convierte en furia, y quiero gritarme: -¡Calla!¡Mira hacia fuera y busca las preguntas a las que no sabes dar respuesta!.

La fuerte, la mujer dura cuya fachada apuntalo cada mañana, se desmorona. Se da, a sí misma, patadas en las espinillas. Sí, ves una imagen ridícula, ¿Verdad?, pues esa soy yo. La que llora sola, la que aprieta los dientes y chilla hacia dentro con los ojos cerrados. La que repite desquiciada, una y otra vez, “nada” , cuando le preguntan: -¿Qué te pasa?

Para paliar todo esto, consciente de que no tengo motivos para sentirme así, he decidido tomármelo con humor. ¿Que el destino se burla de mi, amenazando con abrirme una cuenta a plazo fijo, ya, en números rojos? Genial, me anticiparé a Murphy, endeudándome hasta las cejas, apurando lo poco, mucho o quizás nada, que pueda tener (que hoy solo es rabia).... y que dios me pille confesá.

 
Un gato mojado

El sábado por la tarde bañé a Cifra. Mi pobre gato detesta la higiene impuesta y cuando por fin le dejo marchar, lo hace muy enfadado; dejándose caer sobre los cabeceros de los sillones mas cercanos a las ventanas, para secarse al sol.

Ambos teníamos que estar impecables, para toda la gente que vendría a mi fiesta de cumpleaños. Amigos, amigas y amigos de mis amigos; sonrisas conocidas y anónimas, todas sinceras y distendidas. Mi gato y yo nos sentimos en casa, rodeados de personas que nos quiere y que se desviven por hacer nuestros momentos de felicidad imborrables. Todos de esa parte nueva de mi, la que nació hace un año, y con la complicidad en sus ojos de seguir siendo los protagonistas de la próxima fiesta, de la próxima celebración.

¿Dónde están lo viejos?, me pregunté cuando ya todo el mundo tenia una copa de vino en la mano. ¿Cuánto tiempo hace que perdimos el contacto?, le pregunte al gato cuando nuestros ojos se cruzaron. Él, enredándose en las piernas de rejilla de cada princesa, de cada mujer; y yo soplando veintisiete velas a la primera, sobre una tarta, no sobre una tortilla...

Las fechas emblemáticas, a parte de para recibir regalos, suelen servir como momentos bisagra; la esquina doblada en el libro que adoras leer, siempre por placer. Y el balance fue positivo.

El domingo, fecha real de mi onomástica, seguí recibiendo llamadas y mensajes, personas distanciadas por kilómetros que me acariciaban con su memoria, sabiendo que dos palabras me harían feliz. Y emocionada por esta sensación, partí a casa de mis padres. De los que siempre estuvieron, de los que no dejaran de estar, simplemente por que son.

El domingo supe que nada había sido un sueño, que cuanto había ocurrido fue real, por que en cualquier sueño hubiera deseado que mis padres me hubieran recibido con un beso, un abrazo y una felicitación; pero mis padres, tan auténticos y tan suyos, no jugaron a hacer realidad mis deseos. Simplemente fueron ellos.

Volví a casa; a mi casa, y me dejé caer, molesta, sobre el sillón, deseando que el sol en la sonrisa de mis amigos secaran el pelaje de este gato mojado.
 
Tres deseos
¿Has fantaseado alguna vez con encontrar una lámpara maravillosa, y reclamar tu, obligado, derecho a hacer realidad tres deseos?

Yo si; mil dos veces.
De chiquinina deseaba fama: Torturaba a mis amigas inventando coreografías que debían seguir, hasta que mamá nos llamaba con el pan y la Nocilla listos. Volviendo la vista, intuyo que buscaba ser aceptada y admirada, pues mi única y brillante virtud eran mis dotes de mando (Mandona lo llamaban ellas). Quería que mis padres se sintieran orgullosos; y tanto dinero como mi lámpara me pudiera ofrecer, para comprar zapatos de verdad, no esas porquerías, con hebillas o cordones, que me ponían por aliviar mis pies planos. Yo quería la fama y el glamour de Paula Abdul!

Con algo más de edad y los estrógenos colonizando mi cuerpo, me embarqué en la búsqueda de Novio. La lámpara debía, de un plumazo, proporcionarme cariño, comprensión, y nuevas emociones. Pero de nuevo, entre mis amigas, me sentí una alienígena: ¿Por qué les resultaba tan sencillo invertir tiempo en sufrir y padecer? ¿Por qué se agarraban al clavo ardiendo de un mañana dudoso? Descubrí que podía ser lo que quisiera, y metamorfosearme en lo que cualquier pupila deseara ver. Ellas tuvieron un novio y yo tuve dieciséis. Ellas descubrieron la vereda de las relaciones en pareja, y yo, una bomba nuclear dentro de mi cabeza.

Mi mejor amigo se convirtió en mi muleta, y su pecho en la almohada de mi sueño. Ya podía andar el camino de los adultos, por lo que pedí a mi lámpara desahogo económico, orgullo y emancipación. Necesitaba un trabajo, pero sobre todo, como buen adulto orgulloso y emancipado, quejarme de él. Nuevo tropiezo: Aunque en mi fantasía me había imaginado como solista pop, espía rusa, maestra de un jardín de infancia, médium, escritora o madam de un burdel; nunca recibí una nomina por nada de esto y aun así... me encantaron todos mis trabajos.

¿Dónde estaba la felicidad? La lámpara de los deseos funcionaba y cumplía, a su manera, todo lo que yo deseaba. Pero, una vez tras otra, evolucionaba en direcciones distintas a la del punto de partida. Abandonaba los sueños, que dejaban de seducirme según se iban cumpliendo.

Decidí casarme. Sí, así de egoísta. Tan frío y, probablemente cruel y caprichoso, como una decisión propia, en la que involucraba a la persona que más me había querido y acompañado hasta la fecha. Volví a pedir mis tres deseos de rigor a la traicionera lámpara; la que los hacia realidad, siempre con el doble fondo de la decepción, al verlos cumplidos. La froté dentro de mí y cuando el sacerdote pronunció: “-Voy a pedir que se den la mano derecha. ______ ¿Tomarás a _____, cuya mano tienes, para ser tu esposa legítima, para vivir en el santo estado de matrimonio según la voluntad de Dios mientras que ambos vivieran? _____ ¿Tomarás a _____, cuya mano tienes para ser tu esposo legítimo, para vivir en el santo estado de matrimonio según la voluntad de Dios mientras que ambos vivieran?-“; yo deseé: “Seguridad..., seguridad..., seguridad...”

Tres años después huí de mis deseos.

Hoy por hoy lo quiero todo, y si de esta, mi lámpara me vuelve a hacer burla, sabré que he vivido, que he sentido, que he disfrutado y sufrido, sabré que no me detuve, que la parálisis del miedo no dejó que mis pies se detuvieran. Por que aunque escuché mil veces el peligro de que tu sueños se hagan realidad, no dejaré que sean otros quienes los vivan, mientras yo solo puedo mirar.