Requiem por los ausentes
No acostumbro a tener en consideración los sentimientos de los objetos inanimados que hay en mi cuarto. Si la barra de la cortina se descuelga, sencillamente, la devuelvo a su lugar; no la llevo a terapia. Si una de mis zapatillas de sapito, con las que voy por casa, desaparece, no consuelo a la otra, ni le enjugo las lagrimas de esos ojillos saltones -Ya volverá; seguramente esté debajo de la cama-. Cuando el fondo de mi armario, es un agujero negro, que atrae al lado oscuro toda la ropa que alguna vez me ha gustado, y en su lugar solo deja trapos que no me favorecen nada, le echo la culpa al síndrome premenstrual y me compro algo. Pero no se puede ignorar una tragedia como la vivida.
Había apagado y vuelto a apagar el despertador un par de veces, y ya llegaba tarde al trabajo. Hice el cerdo en la ducha, frotando e higienizando mi cuerpo al completo con la poquita espuma de champú que se escurría por mis hombros, y dejé perdido de agua el pasillo, chorreando como iba, para terminar de secarme sobre la cama, sin remordimientos de abandonar ahí la toalla mojada. Me despeiné con estilo, y me vestí como las locas intentando ganar tiempo, pero al abrir el cajón de los calcetines para dar con un par de esos tan míos, tan personales... tan de lunares, o tan fucsias con rayitas... observé algo que me inquieta desde entonces: En lugar de las graciosas pelotitas que lo pueblan, mi cajon era un cementerio de viudos escarpines.
No tenía sentido. Cerré el cajón para volver abrirlo al momento, deseando que, como si del truco de un mal mago se tratara, aparecieran en un nuevo intento; pero no lo hicieron. El cajón continuaba lleno de calcetines desparejados. Vacié su contenido sobre el nórdico, guardé un minuto de silencio por los ausentes, e intenté hallar una explicación.
Como primera medida, llamé al trabajo informando de que me sería imposible acudir a mi puesto, a causa de un problema doméstico que requería de toda mi atención... Lo comprendieron y me desearon suerte. Después regresé a la habitación y extendí las pruebas sobre la cama. Pude contar siete calcetines diferentes y una media rodillera de espuma de color negro con un agujerito en el talón. Pensé que lo mejor sería dividir las tareas por prioridades, y así descartar los lugares más comunes donde empezar a buscar, hasta ir llegando a los más inverosímiles; y aunque no recordaba haber usado, en los ultimos dias, calcetines de distinto color en cada pie, esparcí la ropa sucia del cesto sobre la alfombra. Hice con ella varios montones, uno para las camisas oscuras, otro para las claras, otro para los tres pantalones negros después de ponerlos del revés, por si alguno se había escondido en sus piernas y otro para toda la ropa interior que esperaba un buen lavado. Ni rastro.
La lógica me decía que dirigiera mis pasos a la cocina; pero para ganar tiempo, antes tomé toda la ropa oscura entre mis brazos tras devolver el resto al cesto. No era cuestión de perder mas prendas.
Al llegar ante la lavadora, un nuevo contratiempo. Esta estaba llena de toallas que, en un ataque de responsabilidad, había introducido a presión la noche anterior. Deposité sobre el suelo de la cocina toda la ropa sucia y volqué el ajuar empapado en el interior de un barreño. ¡Que despropósito! Cada minuto contaba y yo haciendo la colada...
Partí al salón, en pose de violetera, donde estaba segura de encontrar a mi contacto “el tendedero de invierno”; pues al de la terraza solo acudo en verano, cuando el sol y el buen tiempo se alian para un secado rápido y efectivo. Retiré, doblé y apilé con sumo cuidado la ropa de sus cuerdas, prestando especial atención a las parejas de calcetines que iba recogiendo y respiré aliviada al no encontrar mas victimas de tan terrible suceso. Pero la Ley de Murphy es categórica al respecto y ya se sabe que cuando las cosas van mal... aun pueden empeorar, por lo que no debió extrañarme que, terminando de tender la penúltima de las toallas, cayera a mis pies uno de los veteranos y, con los ojos anegados, tomé entre mis dedos a un solitario calcetín de dos rayas.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué locura era aquella?. Años atrás mi madre había vuelto del mercadillo con una oferta de seis pares de calcetines deportivos por el precio de tres, y aunque recordaba haber pataleado de envidia hacia mis amigas, pues ellas presumían de calcetines Benetton con borlitas tobilleras; con el tiempo habia aprendido a apreciar en su medida aquellas semicalzas de algodón y poliamida que, jugetonas, se arrebuñaban en la puntera de mis zapatillas y que, una vez deshilachada la firmeza de sus gomas, resultaban tan cómodos como patucos infantiles. Solo un par había resistido la debacle de los lustros: El que el día anterior me había puesto bajo las botas altas; el que había provocado la sonrisa cómplice del zapatero, cuando se arrodillo ante mí para ayudarme a probar unas camperas fuera de mi alcance y en total desacorde con el diámetro de mis gemelos. Aquel par que, junto a las toallas sucias, había abandonado a su suerte en la lavadora la pasada noche...
Ahí estaba la clave: La lavadora.
Corrí hacia ella con la sangre palpitándome en las sienes y, ciega de ira, introduje mi cabeza dentro (después de sacar al gato, que aprovecha cualquier puerta abierta para echarse una placentera siesta) y grité por colores, agudizando el oído con la esperanza de que no fuera demasiado tarde, de que más allá de los agujeritos del aluminio, mis calcetines perdidos respondieran al llamado... Mas todo fue en vano.
Descansen para siempre en un Nirvana de pelusas y aros de sujetador; mientras sus desconsolados mellizos lloran su recuerdo al fondo del tercer cajón de mi mesilla.
En cualquier lugar del mundo
El refranero popular está cargado de sabias frases. Una que mi madre solía tener en la boca, cada vez que me perseguia por la casa con su zapatilla en la mano, era: “Cuando el Diablo no tiene qué hacer... con el rabo mata moscas”; y es que debí volverla loca con algunas de las trastadas que perpetré.
Con el paso de los años, una pierde agilidad para sacar a los demás de sus casillas y medio cuerpo por la ventana, o para pegarle palizas al hermano pequeño; e incluso la ilusion por cocinar con tierra, meter rotuladores en la lavadora o pintarse y vestirse como una pelandrusca en el ascensor... porque ya no es lo mismo. Pero la imaginacion no se agota nunca y, a medida que crecen los conocimientos, crecen los horizontes que la acotan.
Ya no cazo moscas con el rabo; supongo que me estoy haciendo mayor. Pero, en su lugar, vengo observando desde hace tiempo, que en los ratos de abstracción que antes hubiera dedicado en intentar hacer pis de pie (como papá), ahora vivo distintas vidas con la mente. No negaré que soy quien soy y como soy, en gran parte, por mi familia y los hechos de mi historia que me llevaron a recorrer un camino, en lugar de cualquier otro; pero juego con el pasado, como con las piezas de un mecano, a cambiarlas de lugar o unas por otras, hasta dar con un presente distinto. Y así fantaseo con tener una familia numerosa, de las que se juntan felices alrededor de la mesa en Nochebuena; especulo con la idea de haber seguido estudiando, y ocupar un puesto tal vez peor que el que tengo, pero titulada... que debe dar mucha satisfaccion cuando te levantas por las mañanas; imagino que mi culo no hubiera crecido como viene haciendolo, con prisa y sin pausa en cuanto me descuido, y ser la envidia de las mujeres y el deseo de cada hombre; o teorizo con haber nacido diez, o quince, o veinte años antes. Con conocer en propias carnes la movida madrileña, la transicion, la dictadura... En estas cosas se entretiene mi mente.
Pero durante el último año, ha ocurrido algo:
Tengo el placer de haber conocido, e incluido en mi vida, a dos hombres que cruzaron el charco persiguiendo un sueño; de saber por su experiencia detalles que nunca hubiera podido imaginar desde la placided de mi vida. Ellos me han facilitado, aun sin saberlo, una nueva gama cromática con la que colorear ensoñaciones, y abriendo una ventanita al mundo, han ampliado el mio.
Ahora ya no solo cambio cronologica o socialmente el escenario de mis delirios, sino que lo hago tambien geograficamente... y me veo ubicando mi hogar y el de Cifra en cualquier lugar desde el cual seguir buscandome, por que lo cierto es que me siento perdida.
Nada me ata, nadie me retiene; e invierto mi mas preciada moneda de cambio, mi imaginacion, unico capital que tengo, en recorrer el mundo. Paso horas viviendo aislada en Formentera, leyendo tendida en sus calas; busco un estudio en Barcelona, sin mas pretenciones que un pequeño balcón, y paseo por el cementerio de Mont Juit, o recorro sus calles. Conozco Lisboa y me parte el corazon un fado roto; me empadrono en Malaga y pago sus impustos a cambio de que me sientan suya o fijo mi residencia en Monforte o Camariñas. Soy una bohemia en la Toscana, una española en Nueva York, el último mono en Florida, parte del arte en Praga, blanca en Nigeria, exotica en Suecia, extranjera en Tokio y un carámbano en Canadá. Soy turista del globo y una extraña en mi Madrid.
Y así vuelo sobre cada ciudad del mundo con un par de alitas nuevas, prestando atencion al suelo, por si entre la multitud me encuentro.