Futuro Perfecto
Esperaré que den las ocho de la tarde y, en la mesa más próxima al gran ventanal de cualquier cafetería del centro, seguiré esperando unos veinte minutos más ... Pues, como ya sabré: Ella siempre llega tarde.
Solo habrán pasado un par de meses desde la ultima vez que quedamos para charlar a solas pero, aunque hablaremos casi todas las semanas por teléfono, y la veré con frecuencia surcar el salón de su casa, como alma que lleva el diablo y demasiado arreglada para ir a estudiar a casa de una amiga, mientras sostengo una taza de café y sonrío a su madre, pues ambas sabremos que miente; a esas alturas volveré a estar ansiosa por compartir algunas horas junto a ella.
Ojearé, de atrás hacia delante, el periódico del día sin prestarle atención; como suele ocurrir cada vez que mi mente se ocupa de la gente que me importa. Desviaré la vista hacia la calle, buscando con mirada ausente a la bella jovencita que me ha citado, y recordaré nuestra ultima conversación telefónica:
-Hola, Soni: Soy yo...
-Hola, cariño. ¿Cómo estas?
-Bien. Genial!, La verdad... Por eso te llamaba. Y tú, ¿cómo estás?
-Muy bien, mi niña. Yo siempre estoy bien. – Responderé mientras escucho su risa al otro lado de la línea telefónica –Pero, dime: ¿puedo ayudarte en algo?
-No. No necesito nada... Bueno, quiero verte. ¿Podríamos quedar mañana?
-Claro, pequeña. ¿Vienes a casa? O quedamos en la cafetería de siempre?
-Creo que será mejor en la cafetería – Articulará nerviosa. Y por que la quiero y la conoceré como si fuera mi hija, captaré al instante su excitación y le facilitaré las cosas.
-Perfecto!, Mañana a las ocho, en la mesa habitual... No te retrases.
-Vale, vale; veremos que se puede hacer. Hasta mañana
-Hasta mañana, cielo..
-Ah!, y ponte guapa!! Es muy importante para mí. Ciao!- Dirá deprisa, sabiendo que me saca de quicio no pronunciar la ultima palabra.
Desempolvaré algunos recuerdos más de los últimos diecisiete años; esos que aun no hemos vivido por que, hoy, ella solo cuenta ocho meses: confidencias, lagrimas, derrotas, grandes victorias, disculpas, abrazos y por fin el perdón; tan necesario y sencillo. Me perdonará como antes lo hará su madre, y mucho antes la perdoné yo
Me rescatará de mis pensamientos la silueta de una muchacha de largo cabello moreno derramado por la cara, tapando sus enormes ojos oscuros -¡Qué guapa estarías con el pelo corto!- le diré como saludo, besando la mejilla de mi princesa con nombre de canción. Entonces yo tendré unos cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años, y a mi espalda la suficiente experiencia para saber que semejante brillo en sus ojos solo puede ser provocado por el amor. Y querré abrazarla para detener el tiempo en ese instante, como tantas veces desearé pararlo: cuando la tenga en mis brazos, siendo aun un bebé; cuando tengamos confianza para confesarme que el jarrón de mamá lo rompió ella, cuando haciendo pucheros haga preguntas; cuando, con un nudo en la garganta, yo le dé respuestas; cuando sea parte de mí...
Y es muy probable que, para entonces, yo necesite gafas, pero las haya dejado en el bolso pretendiendo atajar su crítica de cuánto me envejecen para, como me pidió, estar más guapa, pues es importante para ella:
-Soni, quiero presentarte a mi novio. Ella es Sonia. Mi hermana.