Durmiendo con mi enemigo
Si Lucy, en “Una habitación con vistas”, hubo de enfrentarse a los monstruos generacionales, morales y educacionales hasta pisar la tierra de su propia realidad; también tengo yo que hacer frente a ciertos bichejos que habitan mi casa y eso, unas veces pesadilla y otras ensoñación, que es la vida.
Entre el poltergueit eptoplásmico; la alucinación azul con nombre impronunciable; los duendes que coleccionan mecheros; el viento húmedo y cabrón que, por entretenimiento, se niega a secar mi ropa; las hadas que gastan todo el papel higiénico y no se molestan en reponerlo; las fantasmagóricas sombras que dibuja la Luna en las paredes de mi cuarto; los niños que recorren descalzos el pasillo cuando tengo miedo; el diablo triste que se sienta en mi cama y escucha mi llanto; los cánticos de sirenas que, al parecer, solo yo oigo desde la ducha; las luces del salón que, siempre encendidas, me dan la bienvenida y los susurros que se filtran bajo las puertas cerradas, creí poder mantener a raya a la más mala de las quimeras que residen en mi azotea.
Ahora que me tutela una psicóloga sin prestigio, puedo reconocer, porque estoy loca, que escucho voces en mi cabeza; que el espíritu de la difunta Ginger Rogger toma mi cuerpo y se pega unos bailucos al pistoletazo de tres caciques y que no me enfrento a una personalidad bipolar, si no a la Cámara Universal de Sufragistas Unidas, esquizofrénicas todas y con el período, para mas señas. Y así los estados de ánimos se convierten en vacaciones ultramarinas sin mas equipaje que un cepillo de dientes y el soliloquio interior, en una sobremesa de tertulianas con café, copa y puro -lo que no es tan terrible si me anticipo a pulsar el “mute” y a abrir las ventanas de mi cerebro para ventilar el humo-. Pero hoy siento como si una locomotora me hubiera pasado por encima diecisiete veces seguidas.
Tengo una técnica, si bien no muy digna, al menos hasta ayer infalible, para silenciar los rugidos del ogro cara al estrado, impidiendo que la chavalería se asuste y los vecinos avisen a la guardia armada, consistente en el Axioma del Pensamiento Único; condición humana por la que nadie puede pensar dos cosas a la vez. Entiéndase que si mi mente está en el recibo del gas, de ningún modo podrá enfrentarse a que mamá no me habla.
Escudándome en esa verdad irrefutable, cuando la hija de la grandísima puta que soy aquí dentro, busca camorra y me araña y me muerde y me escupe y me humilla y me grita insultos en Alemán... blasfemias en las que creo porque soy yo quien las pronuncia... cuando ese ser maldito pone ante mis ojos el desprecio que me profeso, echo mano del APU y lloro, pues mientras me compadezco, no puedo odiarme.
Aúllo con los puños en el pecho y, con los ojos cerrados, grito “basta!” al infierno que me consume; sollozo piedad al verdugo reflejo, gimo despacio, hipo y sorbo mocos hasta que solo susurro un quejido agotado y, dando por aburrido o vencido al ogro, puedo volver a ser yo, sin la maldición de mí misma.
Me horroriza saberme observada, dia y noche, por semejante bestia; mas es peor la vergüenza de presentársela a extraños, y cual domador experimentado la devuelvo a su encierro aunque el silbido del látigo llegue a abrir mi propia carne. Pero ayer la zorra tomó por rehén a alguien que quiero y se desfogó, injusta y cruel, vertiendo lava en un corazón ajeno hasta que sólo sus lágrimas sofocaron la hoguera.
No tengo palabras para pedir perdón, porque yo no me perdono. Pero necesito acallar la socarrona voz que, entre dientes, musita: -Muerto el perro, se acabó la rabia.
Entre el poltergueit eptoplásmico; la alucinación azul con nombre impronunciable; los duendes que coleccionan mecheros; el viento húmedo y cabrón que, por entretenimiento, se niega a secar mi ropa; las hadas que gastan todo el papel higiénico y no se molestan en reponerlo; las fantasmagóricas sombras que dibuja la Luna en las paredes de mi cuarto; los niños que recorren descalzos el pasillo cuando tengo miedo; el diablo triste que se sienta en mi cama y escucha mi llanto; los cánticos de sirenas que, al parecer, solo yo oigo desde la ducha; las luces del salón que, siempre encendidas, me dan la bienvenida y los susurros que se filtran bajo las puertas cerradas, creí poder mantener a raya a la más mala de las quimeras que residen en mi azotea.
Ahora que me tutela una psicóloga sin prestigio, puedo reconocer, porque estoy loca, que escucho voces en mi cabeza; que el espíritu de la difunta Ginger Rogger toma mi cuerpo y se pega unos bailucos al pistoletazo de tres caciques y que no me enfrento a una personalidad bipolar, si no a la Cámara Universal de Sufragistas Unidas, esquizofrénicas todas y con el período, para mas señas. Y así los estados de ánimos se convierten en vacaciones ultramarinas sin mas equipaje que un cepillo de dientes y el soliloquio interior, en una sobremesa de tertulianas con café, copa y puro -lo que no es tan terrible si me anticipo a pulsar el “mute” y a abrir las ventanas de mi cerebro para ventilar el humo-. Pero hoy siento como si una locomotora me hubiera pasado por encima diecisiete veces seguidas.
Tengo una técnica, si bien no muy digna, al menos hasta ayer infalible, para silenciar los rugidos del ogro cara al estrado, impidiendo que la chavalería se asuste y los vecinos avisen a la guardia armada, consistente en el Axioma del Pensamiento Único; condición humana por la que nadie puede pensar dos cosas a la vez. Entiéndase que si mi mente está en el recibo del gas, de ningún modo podrá enfrentarse a que mamá no me habla.
Escudándome en esa verdad irrefutable, cuando la hija de la grandísima puta que soy aquí dentro, busca camorra y me araña y me muerde y me escupe y me humilla y me grita insultos en Alemán... blasfemias en las que creo porque soy yo quien las pronuncia... cuando ese ser maldito pone ante mis ojos el desprecio que me profeso, echo mano del APU y lloro, pues mientras me compadezco, no puedo odiarme.
Aúllo con los puños en el pecho y, con los ojos cerrados, grito “basta!” al infierno que me consume; sollozo piedad al verdugo reflejo, gimo despacio, hipo y sorbo mocos hasta que solo susurro un quejido agotado y, dando por aburrido o vencido al ogro, puedo volver a ser yo, sin la maldición de mí misma.
Me horroriza saberme observada, dia y noche, por semejante bestia; mas es peor la vergüenza de presentársela a extraños, y cual domador experimentado la devuelvo a su encierro aunque el silbido del látigo llegue a abrir mi propia carne. Pero ayer la zorra tomó por rehén a alguien que quiero y se desfogó, injusta y cruel, vertiendo lava en un corazón ajeno hasta que sólo sus lágrimas sofocaron la hoguera.
No tengo palabras para pedir perdón, porque yo no me perdono. Pero necesito acallar la socarrona voz que, entre dientes, musita: -Muerto el perro, se acabó la rabia.