Blogs.ya.com Quitar publicidad
Desnuda no es sin ropa
desnuda, para ti
Acerca de
Si puedes arrinconar todas tus victorias y arriesgarlas por un golpe de suerte, y perder, y empezar de nuevo desde el principio y nunca decir nada de lo que has perdido; Si puedes forzar tu corazón y nervios y tendones para jugar tu turno tiempo después de que se hayan gastado, y así resistir cuando no te queda nada excepto la voluntad que les dice "Resistid". Ruyard Kipling. IF
Sindicación
 
¿Quién es quién?


- ¿Qué tal, niña? ¿Cómo fue la cena?

- Bien. Muy bien; comimos, bebimos... lo típico. Y tuvimos tiempo de charlar un poco. Necesitaba conocerle más; saber de sus circunstancias; por qué es a veces tan huraño y hermético. Pero, ¿No es demasiado tarde para que estés aún despierta viendo la televisión?

- Supongo que sí. No puedo dormir. Pero cuéntame: ¿Has llegado a alguna conclusión a través de vuestra conversación?

- Creo que sí: Procede de una familia difícil y muy estricta. No lo tuvo fácil cuando era un niño y sospecho que por eso tiene una personalidad tan variable. Intenta encontrar su sitio.

- ¿Acaso no lo intentamos todos? Por otro lado, estas siendo condescendiente con él. Tu queja siempre fue mucho más concreta: No comprendías por qué es tan triste; por qué convierte cualquier vana contrariedad en algo negativo. Además... ¿Me permites una pregunta?

- Claro! Dispara; pero dame antes un cigarro. Creo que esto va a ser largo.

- ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina?

- Vaya una preguntita para las tres de la mañana... ¡Eres la polla!

- De eso hablaremos más tarde. Contéstame.

- Supongo que el huevo. Si consideramos la teoría de la evolución; en alguno de los saltos generacionales, debió producirse una alteración genética en el embrión de la gallina con respecto a sus antepasados, que pudieron haber sido..., no sé: dinosaurios alados. Por tanto, el huevo en el que se formaba la gallina, ya era de gallina. Pero vamos, que si quieres te argumento lo contrario. ¿No estás muy trascendente, para las horas que son?

- Me consta, por la respuesta, que tú tampoco vas descalza. Ahora llevemos esa hipótesis al plano personal de tu chico. ¿Qué fue antes: su personalidad pesimista, que interpretó como hostil su entorno; o esta se desarrollo por la educación a la que fue sometido?

- Apuesto a que fue su educación. Si él se hubiera criado en otro ambiente; si se hubiera sentido un niño querido; si no hubiera tenido tantas dificultades a las que enfrentarse y la sensación de que esa fue su única realidad y ésta la única forma de asumirla, su percepción de la vida quizás fuera más positiva.

- ¿Crees que si se hubiera criado entre algodones, hoy seria una persona diferente?

- Sí. Concibió el patrón desde que era un niño; cuando vamos creando el mapa de personalidad que nos acompañará durante nuestra vida.

- Vale. Pues si se pudo hacer una vez, se podría hacer otra...

- No te sigo.

- Regalémosle un millón de euros y plantémosle en un país similar a este. Italia, por ejemplo. Algún lugar donde pueda empezar desde cero, con los problemas que aqueja, resueltos. ¿Cuál sería la personalidad de tu chico entonces? ¿Se transformaría en una persona positiva? ¡Sus problemas han desaparecido!

- Los obstáculos no desaparecen; simplemente se superan y siempre aparecerán nuevos retos. Creo que no. Él se sentiría optimista durante un breve periodo, al ver resueltas las dificultades que tiene ahora, pero no tardaría mucho en encontrar nuevos contratiempos; ya fuera pagar todos los impuestos que le repercutiría ese millón de euros, encontrar una casa, o tener que ingeniárselas con un idioma que desconoce. Su carácter negativo reaparecería pronto.

- ¿Concluimos entonces que no fue su infancia lo que definió su forma de ser, sino que está vino con él de serie?

- No corras tanto. Insisto en que fue en esa etapa en la que se definió el carácter inmutable que tiene, siendo ahora un adulto.

- Entonces probemos de otra manera: ¡Eliminémosle!

- Hasta hoy he aceptado con una sonrisa tus neuras, Sonia. Pero creo que matar a mi pareja no es la mejor manera de resolver sus conflictos. Si empiezo a pensar que eres peligrosa, no me caerás tan bien.

- Por eso te quiero tanto... Me refería a que le suprimiéramos de la escena y pusiéramos en su lugar otro personaje.

- ¡No voy a dejarle porque tu quieras jugar a los experimentos!

- Cenutria, situemos a un niño con carácter alegre y extrovertido. Un muchacho autosuficiente y seguro que, ante las críticas de su malvada madre, reaccionara ganándosela con una sonrisa o una broma; o un chico de carácter rebelde que impusiera sus ideas a las impuestas.

- Creo que estás siendo muy dura con él. Solo era un niño y asimiló sus circunstancias lo mejor que pudo.

- Y yo pienso que lo hizo lo mejor que él pensaba que lo podía hacer; que no es nada deleznable... La mayoría ni siquiera tenemos un motivo tan sólido como ese. Pero permite que busque el reflejo de la historia que mejor conozco, la mía, para apoyar mi discurso: Ya sabes que mi hermano y yo somos muy diferentes y -al menos así es por mi parte- nos despreciamos. Ambos tuvimos los mismos padres e igual educación. Con los dos cometieron los mismos errores de disciplina y recibimos semejante cariño, pero hemos llegado a lugares, sino opuestos, sí distantes, desde los que podríamos cargar de toda la responsabilidad a nuestra infancia: Mi hermano es un delincuente en potencia y yo carne de diván.

- Claro. Tienes casi treinta años y aún le das vueltas a lo que pudo ocurrir cuando eras una niña; a cómo serías hoy de haber vivido algo diferente. Pero fue así Sonia, y perdona, pero creo que es una actitud muy infantil la de no aceptar la realidad para seguir con tu vida.

- No me lo tomo a mal. Pero me obsesiona la idea de que ante iguales circunstancias, diferentes caracteres interactúen de distinta manera. ¿Por qué ocurrirá? ¿Cuándo y dónde se gestará la personalidad de cada uno? ¿Seremos un frigorífico abierto, o el menú del día de cualquier restaurante, o uno de esos libros de recetas ilustrados y, a lo largo de nuestra vida, iremos reuniendo los ingredientes improvisados que al fin echaremos al puchero?

- Ya entiendo por qué no puedes dormir... Pero déjalo estar. Mañana será otro día.

- Exacto! Tanto tú como yo, tenemos todo lo necesario para hacer de mañana un día precioso. Incluso, aunque surgiera algún contratiempo, podríamos hacer de ello algo bueno, con sentido del humor, por ejemplo... ¿Lo has pensado?. Y, sin embargo, permitiremos que nos arrastre hasta la noche; ignoraremos a todos, seguras de que no tienen nada para nosotras, de que no pueden enseñarnos nada; no veremos una mirada, ni responderemos con una sonrisa, ni pensaremos en la importancia que ese gesto hubiera podido tener. En lo distinto que podría ser todo. En la multitud de puertas que se abren cada segundo. La seguridad de tener tanto poder sobre mi vida, me provoca vértigo. Pero dejémoslo... Es tarde y mañana será otro día.


- Yo me quedaré un rato viendo la tele. Creo que no podría dormir.
 
Qué ocurriría si...

Los días de lluvia, el tráfico le resultaba insufrible. Conllevaba triplicar la, de por sí, tediosa demora que suponía atravesar el centro, tomar la radial dirección norte y conducir por una carretera mal iluminada hasta la urbanización de lujo, de la que pronto tendría que despedirse si en breve no se hacia efectiva la ansiada promoción por la que llevaba luchando, sacrificando su vida personal, invirtiendo horas de sueño y pisando tantos cuellos como sus, desproporcionadamente caros, tacones tuvieran al alcance desde que escapó del infierno sobre ruedas que logró alejarla de una mediocre ciudad que la vio crecer, avergonzada por la vulgaridad de quienes aún, cada año, enviaban una felicitación o alguno de los feos regalos olvidados en una caja bajo la cama.

Los limpiaparabrisas interpretaban su monótona danza, acompasada por el chirriante sonido que uno de ellos emitía en cada subida, cuando otro semáforo se puso rojo deteniendo ante sí al conductor que la precedía y, a ella, frente a una marquesina de autobús bajo la que se guarecían alrededor de veinte personas con menos ingresos o mayor conciencia medioambiental que la suya. Ratificó la prohibición del disco y giró la cabeza bruscamente a su derecha al captar, por el rabillo del ojo, que alguien se acercaba y golpeaba con los nudillos la ventanilla, para después apoyar en ella el canto de la mano y dedicarle una anónima sonrisa.

Un claxon la asustó y, en vista de que el semáforo estaba abierto y nadie le impedía el paso, latiéndole el corazón en la garganta; bajó los pestillos con el codo, apretó con fuerza el volante y se puso en movimiento soltando tan rápido el embrague, que su nuca chocó contra el reposacabezas. Automáticamente echó un último vistaza por el retrovisor en dirección a la desconocida silueta que se alejaba en la luneta trasera y permitió a su mente olvidar el suceso, volcándose en todas las tareas pendientes que la esperaban en casa y que seguirían esperando, pues el cronómetro corría en su contra y un fin de semana no iba a ser suficiente para ultimar la presentación del lunes.

La lluvia había cesado cuando tomó el último tramo de tierra, cercado de cipreses en su linde, que desembocaba en la urbanización; lo que alivió al mínimo su temor de quedar encallada en el barro a escasos kilómetros de su añorado descanso. Accionó el intermitente, giró a la derecha del edificio que hacía las veces de centro de día para mayores y sala de exposiciones, cuando el presupuesto municipal lo permitía, y maniobró unos segundos hasta estacionar en línea frente a su puerta.

El frío le cortaba la cara y dificultaba la búsqueda del llavero debido al entumecimiento de sus dedos, y tan pronto sintió el rígido y aristado metal, dejó volar un suspiro de satisfacción. Seleccionó al tacto la única llave enfundada en plástico e intentó, repetidamente y sin éxito, introducirla en la cerradura.

El encapotado cielo no filtraba un mísero rayo de luna, pero si se permitía el descuido de apoyar el bolso sobre el capó del coche, para buscar con mayor comodidad el llavero correcto, correría el riesgo de mojar y arruinar la agenda electrónica o el monedero de piel; por lo que decidió regresar, tomar asiento en el lugar del piloto y, con la luz interior encendida, poner fin al encadenamiento de infortunios.

En su búsqueda dio con el paquete de tabaco que había jurado no desprecintar y se perdonó a sí misma el pecado de saltarse sus propias normas. Prendió la radio y continuó buceando en aquel agujero negro que parecía devorar materia, en busca de la dichosa llave, hasta que su atención se distrajo con la aparición del pintalabios que meses atrás había dado por perdido, pero al mover el retrovisor hacia sus ojos para concederse el placer de engalanarse sin motivo, no reconoció el rostro de la mujer que, del otro lado, la miraba horrorizada.