La Patrona
A las doce en punto colgó su bata en el perchero y cruzó la puerta automática. Se sentó a la barra, donde Gaspar estaba terminando de prepararle el café de todas las mañanas y, tomando el desbaratado periódico que algún parroquiano habría abandonado, se dispuso a disfrutar de los quince minutos de descanso que el convenio de farmacia le regalaba.
Mercedes trabajaba desde que se graduó, hacía ya más de tres años, como adjunta de la Lda. Cano, propietaria de otras dos farmacias más, y a la que apenas tenía que padecer, excepto para recibir reprimendas cuando las ventas bajaban; o explicarle los pormenores si algún yonki desesperado perpetraba un atraco. No era un mal trabajo, aunque distaba mucho de encajar con el perfil vocacional que le llevó a matricularse en Farmacia y no en Medicina.
Desde niña había querido ayudar a la gente, salvar vidas, paliar su sufrimiento; pero jamás había podido enfrentarse al dolor ajeno cara a cara. Por suerte, la mayoría de su clientela padecían males menores cuando llegaban en busca de algún remedio y ella podía mirarles a los ojos y administrarles lo más apropiado. Su abuela decía que era un Don. Pero, en las escasas ocasiones que alguien solicitaba su ayuda con un dolor agudo palpitándole en ese instante, se bloqueaba. Contemplaba al enfermo, sus manos temblorosas y sus ojos acuosos por el miedo; veía sus vanos esfuerzos por disimular una terrible mueca, mientras le explicaba cuánto le costaba respirar, o que acababa de orinar sangre, o que sus tripas le odiaban por llenarlas de kepchup y así se vengaban. En esos momentos su alma se transformaba en un catalizador de sensaciones e inyectaba en su propio cuerpo el mal ajeno. No. Bajo ningún concepto podía ser médico.
Regresó al trabajo justo cuando una joven, unos diez años menor que ella, intentaba sin éxito que las puertas se abrieran ante su presencia.
- Espera. Soy la farmacéutica; enseguida abro. Dime; ¿En qué puedo ayudarte?
- Hola. ¿Quería algún laxante? Uno que no me de retortijones, a ser posible.
Aquella muchacha sufría problemas intestinales. Pero nada tenían que ver con el estreñimiento.
- Déjame ver. ¿Cuantos días hace que no visitas el baño? – Preguntó elevando la voz desde la trastienda.
- Tres.
- ¿Sólo tres?
- O cuatro, o cinco... No se.
Minutos después, la chiquilla abandonaba el recinto contenta y convencida de que bajaría unos kilos, como sus amigas le habían prometido, y con unas grageas de hiervas para la alitósis que realmente sufría, en una bolsa.
A las cuatro de la tarde, con el turno terminado, la caja cuadrada y tras los correspondientes saludos y despedidas de Esteban, su relevo; montó en el coche. Buscaba las palabras con las que explicarle a su psicólogo la anécdota que había vivido junto a aquella joven bulímica. Cómo, con solo tenerla delante, había sentido que era ella misma quien lloraba abrazada a un inodoro. La forma en que su vientre había crujido quejándose de hambre. El escozor en las encías que cualquiera que hubiera luchado por arrancar todo rastro de vómito en su boca, habría sentido.
Esa era su cruz. El insalvable obstáculo que condicionaba su vida y que su psicólogo simplemente llamaba “alta empatía”.
Debían ser cerca de las nueve cuando su abuela abrió la puerta al sonido de unas llaves en la cerradura, comprendiendo que lo estaría intentando sin dejar ninguna de las bolsas de la compra en el suelo. Se puso el pijama, preparó un té y se dedicó a admirar la agilidad que, a sus sesenta y cinco años, conservaba la Patrona Marisa abriendo y cerrando armarios y cajones, mientras depositaba una lata de espárragos aquí y un tambor de detergente allá.
Aunque los apellidos en sus carnéts de identidad no coincidían, Mercedes sabía que la Patrona era su madre. Al menos, la única madre que había conocido tras la muerte de sus padres en un accidente, siendo ella un bebé. Le tendió la humeante taza de té y ambas fueron a charlar a la salita antes de preparar la cena.
Mercedes nunca le había hablado antes a la Patrona de su conflicto, pero la impotencia de no saber qué hacer con aquella muchachita de la mañana, sumado al frustrante diagnóstico que el psicólogo insistía en mantener, la hicieron quebrar, contándole a su abuela el insoportable peso con el que cargaba desde que tenía memoria.
- ... y esa es toda la historia, Yaya. No puedo soportar ver sufrir a la gente y sufro con ellos. Sufro cómo ellos. El médico dice que debo ser racional y comprender que no experimento su dolor, sino solo un reflejo y que realmente a mi no me duele. Pero sí lo hace. Creo que me volveré loca, si no lo estoy aún.
- Pequeña mía, cuánto siento no haberlo sospechado antes. Creí que con tu padre se habría roto la cadena, pero ahora sé que no.
- ¿De qué hablas Yaya?
- Mi linda Mercedes, sólo pude constatar los datos hasta cinco generaciones anteriores a la mía. Siete para ti. Y, desconociendo que también tú eras víctima de la maldición, nunca te hablé de ello para no sugestionarte, pero ahora me arrepiento tantísimo por no haberte preparado...
- No comprendo qué quieres decir. Explícate, por favor.
La Patrona se dirigió en silencio a la cocina y de un cajón sacó tres velas. Las prendió en diferentes puntos de la salita y apagó las luces. Necesitaba crear un ambiente íntimo en el que reunir tanta espiritualidad como pudiera acopiar. Tenia que contar a su nieta la historia más increíble que jamás escucharía y, de creerla o no, dependería su felicidad.
Marisa, La Patrona, como era conocida por su fuerte carácter, había sido maestra en pequeños colegios privados para niños especiales, sin más preparación académica que un titulo de magisterio. Conseguido con esfuerzo, asistiendo a clase por las noches, mientras Pilar, su madre, se quedaba a cargo del sueño de Mario, el único hijo que tuvo y del que nunca reveló la paternidad.
Era querida y valorada tanto por el personal docente, como por los padre de los muchachos a los que enseñaba y pronto empezó a recibir visitas desde distantes lugares, de padres angustiados en busca de su ayuda por la fama que ya la acompañaba. Sin explicación, Marisa, podía comunicarse con niños autistas y potenciar el desarrollo intelectual y motriz de enfermos con Síndrome de Dawn.
Un año más tarde del fin de la II Guerra mundial, el General Franco permitió recuperar la nacionalidad a los exiliados, y los Pitis regresaron a su país instalándose en Cádiz, con una niña para la que la única España conocida era la compuesta por las colonias emigrantes en la joven y prometedora Argentina a cargo de Juan Domingo Perón y su Primera Dama, Evita.
En 1.947 un terrible acontecimiento marcó para siempre la vida de la joven Marisa, que por entonces contaba cinco años de edad. El dieciocho de Agosto estalló en los astilleros un depósito de explosivos de la Marina, sesgando la vida de más de ciento cincuenta y cinco personas entre las que se hallaba Patro, el padre de la pequeña Marisa, y por primera vez ambas mujeres, madre e hija, tuvieron que enfrentarse al dolor en estado puro. Los más de cinco mil heridos rogaban auxilio y no pudiendo soportar el mal en el alma que esto les causaba, Pilar marchó a Madrid con una niña que no cesaba de llorar y durante el viaje en tren; más con intención de entretenerla, que con la esperanza de que comprendiera lo que iba a narrarle, le contó la siguiente historia:
-Mi linda Marisa, mi madre me contó este cuento siendo tan pequeña como lo eres tú ahora. Decía que en nuestra familia únicamente nacen mujeres, por lo que resultaría casi imposible seguir el rastro a nuestro linaje, ya que al casarnos y tener más hijas, estás siempre toman el apellido paterno. Pero de generación en generación hemos trasmitido nuestra historia. Hace muchos años, cuando los hombres compartían la Tierra con el Mundo Mágico, un mortal se enamoró de una bella Ninfa. Puso a sus pies cuanto poseía y en sus manos su vida. Abandonó su casa por vivir con ella en lo más recóndito del bosque y allí se amaron. De esta unión nació una niña mortal y los tres disfrutaron de la felicidad hasta que el Ciclo de la Vida dio eterno descanso al enamorado hombre. Sabiendo la Ninfa que vería también morir a su hija y que por mas vidas que viviera, jamás podría amar como ya lo había hecho, rogó al bosque que le arrancara su eternidad y la dejara vivir entre los hombres hasta que llegara el momento de acompañar a su esposo. El bosque comprendió su pena y accedió a la petición, pero explicó a la Ninfa que nunca podría liberarse completamente de su condición mágica y que sufriría el dolor del hombre, como el amor del hombre fue bendecida con sentir.
Pilar se instaló con Marisa en un pequeño barrio obrero de Madrid y, mientras la dictadura se hacía cada vez mas opresiva, encontró la forma de esquivar el hambre, al tiempo que se encargaba de la rica educación de su niña. Enterró el orgullo y la moral y se dedicó a leer las cartas, los posos del café y la palma de la mano a todo aquel que pudiera pagar con unas monedas, una gallina o un saquito de arroz. No tardó en correr la voz de que la Pitis era bruja entre sus vecinos que, ávidos de ilusión, se dejaron guiar por el don que poseía pronunciando las palabras apropiadas para mitigar el mal de amor, el ardor de los celos o la soledad de la pérdida.
Mercedes se revolvió en su asiento. Las velas se consumían y por más que disfrutara la narración de la Patrona, no alcanzaba a comprender el mensaje que ésta pretendía inculcarle. Por más insistente que hubiera podido ser en el pasado, su abuela siempre escapó con evasivas ante las preguntas acerca de sus padres, y ahora, sin rogativa alguna desgranaba su propia vida. Marisa notó su inquietud y sonrió.
- Pequeña, permite que continúe, pero entiende que la misma buena intención que tengo hoy al contarte esto, es la que siempre tuve al ocultártelo. Te adelantaré algo, ya que aún no has logrado hilvanar hechos: Eres inocente. Nunca hiciste nada para poseer el maravilloso don que te acompaña, por lo que no deberías sufrir por él. Solo deja que fluya. Es muy tarde y debes estar agotada. Podemos continuar mañana.
Mercedes apenas durmió unas horas aquella noche. La idea de que su abuela conocía las respuestas a cada pregunta que enturbiaba su mente, le obsesionaba. Intento, sin éxito, apartar los extraños pensamientos que la invadían durante su jornada en la farmacia y, tan pronto el reloj marcó las cuatro, corrió a casa.
Marisa había preparado la comida y la esperaba ante un plato de sopa y una bandeja con un enorme pollo asado. Su actitud reflejaba la paciencia de su edad y evitó toda alusión a la noche anterior, hasta que ambas hubieron terminado la comida y se acomodaron ante una taza de café.
- Yaya, me siento impotente. ¿Conoces la sensación de intentar atrapar una palabra en la punta de la lengua cuando la bellaca se niega a salir?
- Sé de lo que hablas, mi niña. Puedes relajarte. Hoy te contaré cuanto se; y si en algún punto de nuestra historia te perdiera, no dudes en llamar mi atención y preguntar cuanta aclaración necesites.
- ¿Me explicarás el pasado?
- Si
- ¿Me hablaras de mis padres?
- Si
- ¿Me dolerá?
- Si; pero no tengas miedo del dolor. No existe nada más bello que las emociones, en cualquiera de sus formas.
- Te escucho, Yaya.
Marisa creció excéptica y su imaginación se desarrolló de forma invertida, al modo en que lo haría la del hijo de un contable. Cuanto mayor era la fe de sus vecinos en las habilidades paranormales de Pilar, mayor convencimiento tenía Marisa de que solo la lógica y el conocimiento humano podían verter luz y ayuda en aquella sociedad oprimida, ignorante y agorera. Y ni siquiera la afirmación de su madre, al poner una mano en su vientre el mismo día en que cumplía diez y seis años, de que estaba embarazada y tendría una niña, la convenció de sus poderes.
Durante los siguientes nueve meses, madre e hija estrecharon su relación y cuando, contra pronóstico, nació un varón, Pilar se prometió cuidar de aquel bebé durante el resto de su vida bajo la doctrina que Marisa escogiera sin discusión. Pero con sólo tenerlo en sus brazos, ambas supieron que Mario sería diferente.
El trabajo de Marisa en el colegio, le permitía tratar constantemente con niños especiales, y su innata capacidad para comunicarse con ellos, le provocó un rechazo hacia la gente corriente que aislaba a sus muchachos en un mundo de abandono y desconocimiento, por el mero hecho de ser distintos. Así, cuando comprendió que su hijo, Mario, había nacido con una irreversible ceguera volcó todos sus esfuerzos en educarle sin prejuicios, negándole incluso esa información al mayor interesado.
- Patrona, ¿mi padre era ciego?
- Sí, mi niña. Tu padre tenía unos preciosos ojos grises, brillantes y vivos como dos luceros, pero incapaces de abrirle una ventana al mundo. Aunque para Mario esto jamás supuso un inconveniente. Sus cinco sentidos restantes funcionaban perfectamente; mucho mejor incluso de lo que lo harían en cualquier otra persona.
- Cinco no, Yaya... Sus cuatro sentidos restantes.
- No, Mercedes. Las mujeres de nuestra familia hemos desarrollado un sentido extraordinario con relación a nuestros iguales. Mientras el mundo solo ve, oye, palpa, huele o saborea; nosotras sentimos. Y eso era lo que tu padre hacía a la perfección: Sentir. Con la agilidad de un gamo jugaba al escondite junto al resto de los niños del colegio. Su sonrisa, por tarjeta de presentación, le hicieron ganar el corazón de cuanto maestro tuvo el placer de conocerle. La inteligencia y el sentido común del que siempre hizo gala, le obsequiaron con un titulo universitario que pronto le especializó en psicología; y jamás dudó si, cuando alguien utilizaba el verbo “ver”, lo hacía en un contexto distinto a las imágenes del mundo que él podía recopilar a través de sus cinco sentidos restantes.
- ¿Intentas decirme que mi padre no sabía que era ciego? Eso es imposible!
- ¿Acaso sabías tú algo del sexto sentido que tienes, antes de que yo te hablara de él? Mi carácter y el amor que siempre sentiré por mi hijo hicieron que luchara como una leona para no privarle de nada. Y si por ello debía excluir el innecesario esfuerzo que le hubiera ocasionado demostrar al mundo que era tan válido como lo pudiera ser cualquier hombre vidente, lo haría y así fue. Aunque eso me procurara la fama de mujer feroz que aun me acompaña y el apodo por el cual todos me conocen.
- Yaya, no lo entiendo. ¿Cómo pudo no darse cuenta nunca?
- Tuve ayuda. Cuando tu bisabuela falleció, creí que los días del paraíso tocarían próximamente a su fin, pues en ella encontré todo el apoyo que pude necesitar para enfrentarme al mundo. Más quiso el destino que apareciera en nuestras vidas, cuando Mario contaba trece años, una muchachita a la que sus padres enviraron a servir a la capital, no pudiendo permitirse el lujo de criarla en un pueblecito de lo que antes fuera la Galicia profunda. Rita era una chiquilla de doce años, lista como el hambre e inocente como la primavera. A pesar de haber sufrido demasiado para su edad, mantenía la ilusión y el amor incondicional de una niña y tan pronto tuvo delante a tu padre por primera vez, se enamoró para siempre.
- Mi madre!
- Así es, pequeña. Rápidamente hice presentarse a Rita en mi despacho y ante el riesgo de que aquella joven, desde la bondad de sus intenciones, demoliera el castillo de cristal que, con tanto esfuerzo había levantado en torno a Mario; le expliqué en qué consistían mis métodos, y qué tan buenos eran mis deseos. Le hablé de la inocente felicidad en la que Mario vivía desconocedor de que la hierva era verde, mientras podía perfectamente caminar descalzo sobre ella y sentir el frescor del rocío en sus pies y el olor de la mañana en toda su alma. Le hice entender la poca importancia que el azul del cielo arrastra, cuando el viento aparta un mechón de tu cara. Hablamos del otoño y de lo absurdo que resultaba describirlo con toda una gama de tonos ocres, cuando da cobijo al frío, al crujir de las hojas, al trino de las aves en su peregrinar hacia tierras más cálidas, al sabor de las setas o el de las castañas recién asadas; de la ternura, la pasión y el calor que ofrece una hoguera, aun ignorando que su fuego sea rojo. Tu padre sentía, Mercedes, y jamás temí por su vida mas de lo que puedo hacerlo por la tuya, viendo por tus ojos, como él nunca pudo hacerlo.
- ¿Qué pasó, Yaya? ¿Cómo murieron mis padres?
- Juntos llevaron una vida tan normal y feliz como la de cualquier matrimonio, y al año de los esponsales, naciste tú. Mi vida y todo mi tiempo se dividió, entonces, entre mi profesión y vosotros; mi familia. Pero un fatídico trece de septiembre, el mismo día que los diarios se hacían eco del espeluznante incendio de un avión DC-10 al salirse de la pista del aeropuerto de Málaga, que se cobró la vida de cincuenta personas, dejando una única superviviente; yo perdí dos hijos. Y mientras el mundo lloraba la muerte de la Princesa Grace de Mónaco, te llevé a despedirte para siempre de ellos al cementerio de la Almudena.
- Eso no me aclara qué les ocurrió.
- Sufrieron un accidente, mi niña. Eso es cuanto necesitas saber.
- Marisa, comprendo que te resulte doloroso remover el pasado y hablarme de la muerte de tu hijo y nuera. Pero mírame. Es una mujer quien te habla y te exijo que me cuentes cuanto sepas de la muerte de mis padres.
Cuarenta años giraron como un torbellino en torno a las dos mujeres que, por un instante, dejaron atrás sus respectivas vidas y edades, para encontrarse en la única realidad posible. Ese instante.
El trece de septiembre de 1982, el matrimonio acostó a su pequeña tras el biberón de la mañana. Dejaron listos los ingredientes para preparar la comida sobre la encimera y tras recorrerse con besos y jugar, como los muchachos que poco antes habían sido, a juegos de enamorados; quedaron exaustos y dormidos sobre la cama. El hiper desarrollado oído de Marío escuchó un silbido que le hizo despertar e inquietarse ante el olor de gas que su desarrollado olfato percibió. Intentó despertar a su esposa, y ante lo inútil de sus esfuerzos, corrió al dormitorio infantil donde su hija dormía plácidamente, sacándola en un segundo de la casa y dejándola en el portal. Cuando volvíó a rescatar el cuerpo, aun con vida, de Rita; una pequeña chispa en el sistema eléctrico actuó como detonante en la deflagración, pereciendo ambos, uno en los brazos del otro.
Mercedes derramó una lágrima de tristeza y todo un torrente de culpabilidad ante las palabras de su abuela. Permitió que sus rodillas cedieran y cayó en silencio sobre el sofá, con las manos cubriendo su angustia.
- El miedo a este momento- pronunció la Patrona con el balbuceo de un niño –hizo que siempre callara. Nunca estuve preparada para sentir tu propio dolor, hija mía. Y silencié ante tí mi pena, por si, como siempre temí, también tú podías sentirla. Creí poder librar a mi hijo del dolor del rechazo, y no sentirlo así, tampoco yo, en carne propia.
- Murieron ellos por salvarme a mí.
- Nada, excepto la culpabilidad, y ésta no es real, te empuja hacia el abismo. Lucha contra ello. Domina tus emociones. No permitas que sean ellas quienes controlen tu vida.
- Abuela... Tú ya tuviste oportunidad de llorarles, permite que ahora lo haga yo.
- Llora, en tal caso, su auséncía; pero no te ciernas en instrumento de la desesperanza. Tus padres fueron muy felices y ese es el sentimiento que deberías reproducir en tu memoria. Trasforma la tristeza en una sonrisa, recreándoles el día de su boda. Rescata todo el amor que te han entregado en tus sueños y multiplícalo por el que solo unos padres pueden sentir por su hijo y tendrás algo parecido al cariño que por ti sintieron. Piensa en la paz suprema, en la entrega absoluta y serás parte de lo que sintieron cuando, por primera vez, te tuvieron en sus brazos. Siente amor, mi hijita. Siente amor por ellos y siempre formarán parte de ti.
Los gemidos de Mercedes fueron, lentamente dando lugar a sollozos y estos, a su vez, a suspiros; hasta que su respiración se calmó. Cuando levantó la cara en busca de la mirada amable de su abuela, una leve sonrisa iluminó su rostro.
- Lo siento, Yaya.
- No esperaba menos, Mercedes. Si algo valoro es la sangre que recorre tus venas, y en ella tengo fe ciega. Tu capacidad de sentir y reproducir emociones, te hará en algunos momentos sufrir, pero tómalo como un regalo. El que nuestra antepasada, la ninfa de un lejano bosque, nos entregó envuelto la más pura de las intenciones. El amor. Siente, pequeña.
- Patrona, puedo sentirlo.
Comentario:
me ha encantado. visita mi web
Comentario:
Trato de entender por qué no he leído antes esto. Estamos en Julio y yo buscaba los textos de delante (los que aún no has escrito), pero he echado hacia atrás y me he encontrado esta perla escondida. Realismo mágico relatado como sólo tú sabes hacerlo, y yo sé que ahora mismo no le das la importancia que tiene, pero cuando digo "como sólo tú sabes hacerlo" quiero decir precisamente eso. Genia(l).
(También creo que nadie "siente" como tú puedes hacerlo, pero eso ya es otra historia; una muy parecida a la que acabo de leer, seguro)
(También creo que nadie "siente" como tú puedes hacerlo, pero eso ya es otra historia; una muy parecida a la que acabo de leer, seguro)
Comentario:
Que yuyu yaya...:) Precioso :)
Comentario:
¡Sorprendido me has! Por un lado por la calidad narrativa. Por la forma de llegar, subir y marcharte a lo largo y ancho del texto.
Pero aún más por las fechas y los acontecimientos narrados. Me recuerdo hace 25 años dibujando infinidad de folios blancos, un avión trimotor en llamas, con una amplia zona de la cabina levantada y los toboganes de emergencia desplegados; acababa de cruzar la N-340 por un reventón en el tren delantero... Recuerdo la grabación de la caja negra; recuerdo a un "héroe" llamado por los medios de comunicación: el "portugués" que entró y salió en varias ocasiones del avión rescatando a nueve personas.
Me sorprende haber encontrado este punto tan concreto en común...
Y aún más cuando recuerdo a mi amigo Julián, contarme como vivieron desde Puerto Real la explosión del polvorín de Cádiz, con el cielo rojo y un trueno seco que se pudo escuchar en kilómetros. Él tenía entonces 16 años. Fue mi fuente directa de información de aquel suceso increible hasta que durante un puente del 1º de mayo que pase en Cádiz, cuando curiosamente se rompió la balsa de Aznalcóllar (acontecimiento que por aquel entonces vino a cambiar mi vida), vi un documental con motivo del 50 aniversario.
De Grece Kelly también me acuerdo, del coche que pilotaba (Rover 3500) y de cómo recreábamos curva y accidente en un montón de arena que colocaron los albañiles en el corral de casa de mis padres con motivo de alguna reforma.
Lo dicho, Niña, una novela a tiempo que ya buscaremos un editor. Y si no pa los amigos.
SALUD
Pero aún más por las fechas y los acontecimientos narrados. Me recuerdo hace 25 años dibujando infinidad de folios blancos, un avión trimotor en llamas, con una amplia zona de la cabina levantada y los toboganes de emergencia desplegados; acababa de cruzar la N-340 por un reventón en el tren delantero... Recuerdo la grabación de la caja negra; recuerdo a un "héroe" llamado por los medios de comunicación: el "portugués" que entró y salió en varias ocasiones del avión rescatando a nueve personas.
Me sorprende haber encontrado este punto tan concreto en común...
Y aún más cuando recuerdo a mi amigo Julián, contarme como vivieron desde Puerto Real la explosión del polvorín de Cádiz, con el cielo rojo y un trueno seco que se pudo escuchar en kilómetros. Él tenía entonces 16 años. Fue mi fuente directa de información de aquel suceso increible hasta que durante un puente del 1º de mayo que pase en Cádiz, cuando curiosamente se rompió la balsa de Aznalcóllar (acontecimiento que por aquel entonces vino a cambiar mi vida), vi un documental con motivo del 50 aniversario.
De Grece Kelly también me acuerdo, del coche que pilotaba (Rover 3500) y de cómo recreábamos curva y accidente en un montón de arena que colocaron los albañiles en el corral de casa de mis padres con motivo de alguna reforma.
Lo dicho, Niña, una novela a tiempo que ya buscaremos un editor. Y si no pa los amigos.
SALUD
Comentario:
A mitad de historia he recordado cuando una vez me dijiste que "hilvanaba" de forma maravillosa y pensaba sin duda devolverte esa afirmación, porque sólo a ti podía referirse, pero al ver, un par de párrafos mas tarde, que en este texto la usabas tu ya, no podía repetirlo.
Mientras te seguía leyendo pensaba qué podía escribir que estuviese a la altura de tu post, pero al llegar al final me has dejado sin palabras.
Un besazo guapísima.
Cada día mejor.
Mientras te seguía leyendo pensaba qué podía escribir que estuviese a la altura de tu post, pero al llegar al final me has dejado sin palabras.
Un besazo guapísima.
Cada día mejor.





