Todavía recuerdo el día en el que te conocí. Nosotros, siete personajillos de Periodismo muy diferentes entre sí y que estudiaban una carrera por inercia, nos acercábamos a la entrada intentando resarcirnos de la notoria mirada de nuestros compañeros. Una rápida ojeada me sirvió para analizar al sector masculino de 2º, y comprobar a regañadientes que nadie – excepto tú- era lo suficientemente atractivo.
Tu pelo lacio y dorado desdibujaba buena parte de un rostro delgado y sonriente. El jersey de lana rojo me sirvió para catalogarte (e incluso encasillarte) como un “pijo enfermizamente seductor”. Comenté con María sin demasiado disimulo que resultabas interesante y ella esbozó una débil sonrisa como respuesta.
Ocupabas los asientos de detrás. Eras un foco de distracción constante; no sólo por las estridentes carcajadas sino también por esos idóneos comentarios fuera de lugar… También recuerdo tu lata presencia en la cafetería. Por aquel entonces, no jugabas al plis pero dedicabas las horas a interminables partidas de mus. Ahora me hace mucha gracia imaginar cómo me ruborizaba cuando te cruzabas conmigo por el pasillo y Javi lanzaba insidiosas miradas cómplices que no hacían sino acentuar la intimidación y vergüenza que sentía.
Un día todo cambió. No sé si porque tu pelo dejó relucir como el oro… o cuál fue la causa…pero dejaste de gustarme. Un viernes por la tarde, dejaste de ser el “guapete” de la clase y te convertiste en un buen invitado que salía insolentemente derrotado al PRO. Poco a poco aprendí a conocerte (y de paso a quererte), a valorar tu presuntuosa forma de picar al contrario, a reconocer tu generosidad, y a disfrutar de esa alegría que parecía no tener fin.
Por aquel entonces, creía que eras de esos chicos “colega de todos…amigo de ninguno”. Sé admitir mis errores. Hoy me alegro de estar entre tus amigas. Me encanta haberte conocido, y que nos reveles detalles morbosos de tus excursiones al cine.
Gracias, Miguel. Gracias por estar ahí siempre, por despertarme los sábados para oír una sesión de Carl Cox. Gracias por defenderme sin argumentos, por enseñarnos frases tan chulas e irrepetibles, por rescatarme día sí, día también…de este “downfull” subterráneo, gracias por ser nuestro okupa favorito, por ese subidón de nicotina, por sisarle chupi chupi a Fidel, por ese kilogramo de fingers…
Gracias por la etiqueta de “perdida” que has difundido entre nuestros compañeros, gracias por darle un uso a mi móvil en llamadas perdidas… Gracias por entrar a nuestro círculo sectario por la puerta grande. Gracias…porque contigo, “Where did you sleep last night” suena diferente.
Acércate, Miguelito. Abre la mano. Ahí te entrego las llaves de Cristóbal Bordiú. Pero te advierto una cosa: no las necesitarás., porque para TI esta puerta siempre estará abierta. Lo prometo.
Felicidades meu rei, y BIENVENIDO a Ésta, NUESTRA COMUNIDAD.





