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Esbozos
Reflexiones sobre pedagogía social
Sindicación
 
Buscando argumentos convincentes
Puf...esto se ha ido liando cada vez más...a ver si podemos deshacer el nudo.
El Estado desde una concepción democrática se caracteriza por el predominio del pueblo en el gobierno político, por lo que, si consideramos la intención del Estado, su intervención en educación no consistiría en imponer un sistema a padres imbéciles con un tono de voz paternalista. Por el contrario, la función del Estado consistiría en aunar las voces e intenciones de padres preocupados por lo mejor para sus hijos. Sin duda la realidad dista mucho de esta intención.
Analicemos ahora la alternativa que propone David: el mercado. La intención del mercado es maximizar los beneficios económicos. Estos beneficios no siempre coinciden con el bienestar del hombre. En algunos casos coinciden con el bienestar de unos pocos hombres, generalmente a costa de muchos otros. En la mayoría de los casos, los beneficios coinciden con el bienestar en la medida en que la manipulación nos hace creer que los bienes que obtenemos nos reportan mayor bienestar, traduciéndose este bienestar en beneficios económicos para aquellos que se encuentran en poder del mercado. El mercado persigue la rentabilidad económica, es decir, maximizar la rentabilidad de un recurso.
Por otro lado, el mercado se configura a través de la oferta y la demanda. Si, considerando lo anterior, la oferta persigue la rentabilidad económica, y dada su elevada capacidad de convicción y el esmero que el mercado sí pone en alcanzar, sería también posible crear padres imbéciles educativamente, incapaces de concebir una educación más allá de la que se les ofrece.
La educación se basa en la búsqueda de lo mejor para aquel que se educa. "Lo mejor" puede variar y no se agota en una sola idea, pero tampoco se trata de un saco en el que quepa todo; parece claro que no todo vale, sino que hay cosas que son mejores que otras. La "mejoría" de esas cosas no se basa sólo en cuestiones económicas, sino que afecta también a otros aspectos del ser humano, como la identidad, la libertad, la justicia, etc. ¿Qué primará el mercado en el caso de que la rentabilidad económica entre en conflicto con alguna de estas últimas? Atendiendo a su esencia, a su intención, parece que la primera.
Si atendemos a la realidad actual de la educación en concreto, y de todo en general, parece que la idea inicial e intencional del Estado se distancia e incluso contradice con la práctica actual. Sin embargo, en lugar de conformarnos con la única alternativa que supone el mercado, y que tampoco parece asegurar una mejora en la dirección de "lo mejor" buscado por la educación, y puesto que actualmente no existen muchas alternativas factibles, ¿no sería mejor defender y exigir que la práctica se dirija a alcanzar esa primera intención basada en el predominio de los interses del pueblo, y en este caso de los padres?¿es el Estado el único que muestra el desinterés, o es el desinterés del pueblo el que lo posibilita?
Por último cabe añadir que el actual Estado, con todos sus contras y deficiencias, sí asegura, aunque sólo sea mínimamente, una redistribución (ver el comentario de Leticia unas líneas más abajo) que el mercado no persigue.
A la espera de argumentos convincentes. Un saludo
 
Rienda suelta a la imaginación
Imaginemos un hipotético hombre (cualquier semejanza con la realidad será pura coincidencia) que cumple con sus obligaciones como ciudadano, paga sus impuesto (porque le obligan), rechaza todo partido político y educa a sus hijos en la desconfianza hacia los mismos, no cree en la imposiciones, cree en la persuasión...y le revienta las tripas estar en la obligación de escolarizar a sus hijos.
Sería fácil y recurrente tacharle de inmoral, pero resulta más atractivo escrutar sus intenciones. Así, si nos encontrásemos cara a cara con este individuo (situación harto difícil, puesto que es un constructo mental, producto de la imaginación desaforada), le preguntaríamos:
¿Es la escuela o la educación lo que rechaza como imposición? ¿O es la imposición misma?
Si se trata de la escuela, ¿es la obligatoriedad de la escuela, o de esta nuestra única escuela? ¿Defendería la obligatoriedad si la oferta fuese más rica y variada? Si la única escuela fuese realmente buena, ¿despertaría también el rechazo?
Analicemos la segunda posibilidad: ¿es la educación obligatoria el problema? ¿Goza la educación de un reconocimiento tal que no es necesaria su imposición? ¿La obligatoriedad desnaturaliza la educación? ¿Debemos considerar a todos los ciudadanos con criterio suficiente como para valorarla?
 
Tras la libertad, el acontecer
"¿Qué te pasa?", preguntamos en ocasiones, ante el llanto, un arrebato de furia, la languidez, o incluso un estallido en la risa.
"Nada", obtenemos por respuesta, y suspiramos aliviados, sin percatarnos de la crueldad que esconde tal afirmación. No pasa nada, nada acontece.
Anhelamos la felicidad y huimos del dolor como su contrario. Entre ambos anida la vida. "No pasa nada", y sin embargo, la explicación de quienes somos es un cuento en el que el narrador es también el protagonista, donde la acción transcurre en lo que pasó, tal vez en lo que hubiésemos deseado que pasase, en lo que nunca llegó a pasar. Vivir se traduce en el acontecer que marca nuestra existencia. Es por este acontecer por el que, embriagados de rutina, unos días se diferencian de otros.
Acontecer deseado o inesperado, buscado o temido, disfrutado o sobrellevado. A veces un acontecer sutil, que no se aprecia con un simple vistazo, sino que precisa detenerse a mirar. Detenidos comprendemos entonces que no somos tanto, que no somos tan diferentes, que no es tan grandiosa nuestra existencia, y que nuestro vivir se compone de instantes, matices.
Si resistimos el apremio del reloj y permanecemos detenidos un segundo más, descubrimos que lo que nos pasa, lo acontecido, esos ligeros pero no leves matices, tienen que ver con alguien. Porque nos pasó junto a alguien, o frente a otro; porque alguien lo vio, o a quien no lo vio se lo contamos. Porque vimos una cara familiar y no conseguimos recordar cuándo la conocimos; porque pasamos junto a un niño y su juego nos hizo sonreir; porque nuestra madre nos recordó una vez más que nuestra casa no es una pensión; porque en una clase que se hizo demasiado larga deseamos tener una cerveza en la mano compartida con un amigo; porque nos sentimos solos y alguien llegó y acompañó nuestra soledad...
En lo acontecido se esconde la certeza de lo vivido. En lo vivido descubrimos que alguien nos aconteció.
 
En busca de islas desconocidas
Cada mañana, al despertar, nos enfrentamos irremediablemente con el instante decisivo de nuestro día: la imagen que nos devuelve el espejo. Una imagen en la que podemos reconocer el reflejo de nuestro rostro,o quizás un rápido esbozo de lo que quisimos ser, puede que tan sólo unos trazos que atisban un gesto, tal vez alguien que nos es familiar, o por el contrario un completo desconocido.
De pronto un día, concentrados en mantener una mirada desafiante a esa imagen que irrumpe y en muchas ocasiones violenta la idea que tenemos de nosotros mismos, atisbamos a lo lejos, en el fondo de nuestra consciencia, una sombra distante y fugaz, apenas un susurro. Y la imagen plana que cada día recibíamos en el espejo adquiere una segunda dimensión, como si el telón de la vida se levantase e irrumpiese en el escenario un nuevo protagonista, y hasta la última coma del guión se revolviese para dar cabida a un nuevo papel: el papel del otro.
Poco a poco, con el paso del tiempo, nos iremos acostumbrando a esa nueva presencia, a su "estar ahí", a su presenciar ese nuestro primer instante del día. Quizás un día, sin pretenderlo pero sin poder evitarlo, sintamos curiosidad por saber de ella: ¿quién es? ¿por qué irrumpe sin permiso en nuestro reflejo? ¿qué quiere? ¿qué espera de mi?
Y tal vez otro día, un paso más allá de la costumbre, reconozcamos en ella un rostro, una verdad, y nos descubramos esperando el instante en que su gesto parezca a punto de hablar, de explicarse, de contar. Pero nuestro encuentro con el espejo no sabe de palabras ni de grandes y certeras explicaciones; como las películas mudas, sólo sabe de imágenes, gestos, detalles, matices.
Sólo nos queda entonces imaginar como único acto que nos permite trascender nuestra piel para tratar de vestirnos con la piel del otro. Una piel que no es la nuestra, no es de nuestra talla, no se ajusta a nuestro ser, y siempre quedará grande, revistiendo de arrugas el vacio. Sin embargo, tal vez a la mañana siguiente sintamos nuevamente el deseo de vestirnos con ella.
Movidos por el sentimiento, guiados por la razón, apelaremos entonces al acto imaginativo como espacio de encuentro entre ambos, proyectando el instante de dos seres revestidos por una única piel.
Puede ser así que una mañana no esperemos, temerosos o impacientres, el encuentro con la imagen que nos devuelve el espejo, sino que deseemos atisbar nuestro nombre pronuciado por los labios de esa sombra que pasa a lo lejos, de puntillas, apenas como un susurro.
 
¿Crear necesidades?
En la afirmación "te necesito" que un amante brinda al ser amado solemos encontrar el reflejo de un sentimiento profundo y verdadero.
Este tipo de sentencias suelen provocarme una cierta urticaria. ¿Te necesito? ¿Quiere esto decir que carecerías de existencia si no hubieses conocido a esa persona? ¿Supone que su desaparición conllevaría automáticamente la tuya?
No, no te necesito. Aún sin haberte conocido, existiría; quizás mi existencia sería radicalmente otra, seguramente yo sería una persona completamente diferente, pero existiría. Tu desaparición tal vez iría seguida de una existencia renqueante, protagonizada por un constante superviviente del vacío, en el peor de los casos. Pero no, no te necesito.
Aún sabiendo esto, con la certeza de que mi vida seguiría siendo vivida sin ti, quiero estar contigo, porque me alegro de que existas, porque quiero ser quien soy contigo, porque merece la pena correr el riesgo de tu ausencia.
¿La diferencia? Un pequeño matiz que, a mi juicio, la película "Princesas" trata muy acertadamente: la nostalgia.
Una vez atendidas las necesidades primarias, ¿debemos crear nuevas necesidades? No. Aún más, fracasaríamos si les diésemos tal reconocimiento.
Debemos despertar la posibilidad de la nostalgia, aquéllo cuya falta no suponga la muerte, pero sí merezca la pena ser extrañado. Despertar la sorpresa y el deseo.