En busca de islas desconocidas
Cada mañana, al despertar, nos enfrentamos irremediablemente con el instante decisivo de nuestro día: la imagen que nos devuelve el espejo. Una imagen en la que podemos reconocer el reflejo de nuestro rostro,o quizás un rápido esbozo de lo que quisimos ser, puede que tan sólo unos trazos que atisban un gesto, tal vez alguien que nos es familiar, o por el contrario un completo desconocido.
De pronto un día, concentrados en mantener una mirada desafiante a esa imagen que irrumpe y en muchas ocasiones violenta la idea que tenemos de nosotros mismos, atisbamos a lo lejos, en el fondo de nuestra consciencia, una sombra distante y fugaz, apenas un susurro. Y la imagen plana que cada día recibíamos en el espejo adquiere una segunda dimensión, como si el telón de la vida se levantase e irrumpiese en el escenario un nuevo protagonista, y hasta la última coma del guión se revolviese para dar cabida a un nuevo papel: el papel del otro.
Poco a poco, con el paso del tiempo, nos iremos acostumbrando a esa nueva presencia, a su "estar ahí", a su presenciar ese nuestro primer instante del día. Quizás un día, sin pretenderlo pero sin poder evitarlo, sintamos curiosidad por saber de ella: ¿quién es? ¿por qué irrumpe sin permiso en nuestro reflejo? ¿qué quiere? ¿qué espera de mi?
Y tal vez otro día, un paso más allá de la costumbre, reconozcamos en ella un rostro, una verdad, y nos descubramos esperando el instante en que su gesto parezca a punto de hablar, de explicarse, de contar. Pero nuestro encuentro con el espejo no sabe de palabras ni de grandes y certeras explicaciones; como las películas mudas, sólo sabe de imágenes, gestos, detalles, matices.
Sólo nos queda entonces imaginar como único acto que nos permite trascender nuestra piel para tratar de vestirnos con la piel del otro. Una piel que no es la nuestra, no es de nuestra talla, no se ajusta a nuestro ser, y siempre quedará grande, revistiendo de arrugas el vacio. Sin embargo, tal vez a la mañana siguiente sintamos nuevamente el deseo de vestirnos con ella.
Movidos por el sentimiento, guiados por la razón, apelaremos entonces al acto imaginativo como espacio de encuentro entre ambos, proyectando el instante de dos seres revestidos por una única piel.
Puede ser así que una mañana no esperemos, temerosos o impacientres, el encuentro con la imagen que nos devuelve el espejo, sino que deseemos atisbar nuestro nombre pronuciado por los labios de esa sombra que pasa a lo lejos, de puntillas, apenas como un susurro.
De pronto un día, concentrados en mantener una mirada desafiante a esa imagen que irrumpe y en muchas ocasiones violenta la idea que tenemos de nosotros mismos, atisbamos a lo lejos, en el fondo de nuestra consciencia, una sombra distante y fugaz, apenas un susurro. Y la imagen plana que cada día recibíamos en el espejo adquiere una segunda dimensión, como si el telón de la vida se levantase e irrumpiese en el escenario un nuevo protagonista, y hasta la última coma del guión se revolviese para dar cabida a un nuevo papel: el papel del otro.
Poco a poco, con el paso del tiempo, nos iremos acostumbrando a esa nueva presencia, a su "estar ahí", a su presenciar ese nuestro primer instante del día. Quizás un día, sin pretenderlo pero sin poder evitarlo, sintamos curiosidad por saber de ella: ¿quién es? ¿por qué irrumpe sin permiso en nuestro reflejo? ¿qué quiere? ¿qué espera de mi?
Y tal vez otro día, un paso más allá de la costumbre, reconozcamos en ella un rostro, una verdad, y nos descubramos esperando el instante en que su gesto parezca a punto de hablar, de explicarse, de contar. Pero nuestro encuentro con el espejo no sabe de palabras ni de grandes y certeras explicaciones; como las películas mudas, sólo sabe de imágenes, gestos, detalles, matices.
Sólo nos queda entonces imaginar como único acto que nos permite trascender nuestra piel para tratar de vestirnos con la piel del otro. Una piel que no es la nuestra, no es de nuestra talla, no se ajusta a nuestro ser, y siempre quedará grande, revistiendo de arrugas el vacio. Sin embargo, tal vez a la mañana siguiente sintamos nuevamente el deseo de vestirnos con ella.
Movidos por el sentimiento, guiados por la razón, apelaremos entonces al acto imaginativo como espacio de encuentro entre ambos, proyectando el instante de dos seres revestidos por una única piel.
Puede ser así que una mañana no esperemos, temerosos o impacientres, el encuentro con la imagen que nos devuelve el espejo, sino que deseemos atisbar nuestro nombre pronuciado por los labios de esa sombra que pasa a lo lejos, de puntillas, apenas como un susurro.
Comentario:
La imagen del espejo es más larga que nuestro rostro. ¿Cómo es que mi cara es capaz de expresar tu tristeza? Hay todo un viaje detrás del espejo: una aventura de islas desconocidas donde conocimos a un Viernes entrañable y juquetón y a un Viernes refunfuñón y algo cascarrabias. Simpre la figura del otro nos acompaña sigilosa y en nuestros ojos vemos "otros ojos". Pero, ¿quién debe guiar nuestro mirar? ¿La razón? "Movidos por el sentimiento, guiados por la razón", dices. ¿No nos ha de mover también la idea de justicia (a la que llegamos por la razón)? ¿No nos guian los sentimientos hacia islas desconocidas en las que merece la pena naufragar? Nos "guía" otro hombre, igual de patético, inconcluso, y quizás, tan desconcertado como nosotros, para sentir, unidos, el misterio (que por fortuna o por desgracia) que se aparece frente a nuestros ojos.





