Buscando argumentos convincentes
Puf...esto se ha ido liando cada vez más...a ver si podemos deshacer el nudo.
El Estado desde una concepción democrática se caracteriza por el predominio del pueblo en el gobierno político, por lo que, si consideramos la intención del Estado, su intervención en educación no consistiría en imponer un sistema a padres imbéciles con un tono de voz paternalista. Por el contrario, la función del Estado consistiría en aunar las voces e intenciones de padres preocupados por lo mejor para sus hijos. Sin duda la realidad dista mucho de esta intención.
Analicemos ahora la alternativa que propone David: el mercado. La intención del mercado es maximizar los beneficios económicos. Estos beneficios no siempre coinciden con el bienestar del hombre. En algunos casos coinciden con el bienestar de unos pocos hombres, generalmente a costa de muchos otros. En la mayoría de los casos, los beneficios coinciden con el bienestar en la medida en que la manipulación nos hace creer que los bienes que obtenemos nos reportan mayor bienestar, traduciéndose este bienestar en beneficios económicos para aquellos que se encuentran en poder del mercado. El mercado persigue la rentabilidad económica, es decir, maximizar la rentabilidad de un recurso.
Por otro lado, el mercado se configura a través de la oferta y la demanda. Si, considerando lo anterior, la oferta persigue la rentabilidad económica, y dada su elevada capacidad de convicción y el esmero que el mercado sí pone en alcanzar, sería también posible crear padres imbéciles educativamente, incapaces de concebir una educación más allá de la que se les ofrece.
La educación se basa en la búsqueda de lo mejor para aquel que se educa. "Lo mejor" puede variar y no se agota en una sola idea, pero tampoco se trata de un saco en el que quepa todo; parece claro que no todo vale, sino que hay cosas que son mejores que otras. La "mejoría" de esas cosas no se basa sólo en cuestiones económicas, sino que afecta también a otros aspectos del ser humano, como la identidad, la libertad, la justicia, etc. ¿Qué primará el mercado en el caso de que la rentabilidad económica entre en conflicto con alguna de estas últimas? Atendiendo a su esencia, a su intención, parece que la primera.
Si atendemos a la realidad actual de la educación en concreto, y de todo en general, parece que la idea inicial e intencional del Estado se distancia e incluso contradice con la práctica actual. Sin embargo, en lugar de conformarnos con la única alternativa que supone el mercado, y que tampoco parece asegurar una mejora en la dirección de "lo mejor" buscado por la educación, y puesto que actualmente no existen muchas alternativas factibles, ¿no sería mejor defender y exigir que la práctica se dirija a alcanzar esa primera intención basada en el predominio de los interses del pueblo, y en este caso de los padres?¿es el Estado el único que muestra el desinterés, o es el desinterés del pueblo el que lo posibilita?
Por último cabe añadir que el actual Estado, con todos sus contras y deficiencias, sí asegura, aunque sólo sea mínimamente, una redistribución (ver el comentario de Leticia unas líneas más abajo) que el mercado no persigue.
A la espera de argumentos convincentes. Un saludo
El Estado desde una concepción democrática se caracteriza por el predominio del pueblo en el gobierno político, por lo que, si consideramos la intención del Estado, su intervención en educación no consistiría en imponer un sistema a padres imbéciles con un tono de voz paternalista. Por el contrario, la función del Estado consistiría en aunar las voces e intenciones de padres preocupados por lo mejor para sus hijos. Sin duda la realidad dista mucho de esta intención.
Analicemos ahora la alternativa que propone David: el mercado. La intención del mercado es maximizar los beneficios económicos. Estos beneficios no siempre coinciden con el bienestar del hombre. En algunos casos coinciden con el bienestar de unos pocos hombres, generalmente a costa de muchos otros. En la mayoría de los casos, los beneficios coinciden con el bienestar en la medida en que la manipulación nos hace creer que los bienes que obtenemos nos reportan mayor bienestar, traduciéndose este bienestar en beneficios económicos para aquellos que se encuentran en poder del mercado. El mercado persigue la rentabilidad económica, es decir, maximizar la rentabilidad de un recurso.
Por otro lado, el mercado se configura a través de la oferta y la demanda. Si, considerando lo anterior, la oferta persigue la rentabilidad económica, y dada su elevada capacidad de convicción y el esmero que el mercado sí pone en alcanzar, sería también posible crear padres imbéciles educativamente, incapaces de concebir una educación más allá de la que se les ofrece.
La educación se basa en la búsqueda de lo mejor para aquel que se educa. "Lo mejor" puede variar y no se agota en una sola idea, pero tampoco se trata de un saco en el que quepa todo; parece claro que no todo vale, sino que hay cosas que son mejores que otras. La "mejoría" de esas cosas no se basa sólo en cuestiones económicas, sino que afecta también a otros aspectos del ser humano, como la identidad, la libertad, la justicia, etc. ¿Qué primará el mercado en el caso de que la rentabilidad económica entre en conflicto con alguna de estas últimas? Atendiendo a su esencia, a su intención, parece que la primera.
Si atendemos a la realidad actual de la educación en concreto, y de todo en general, parece que la idea inicial e intencional del Estado se distancia e incluso contradice con la práctica actual. Sin embargo, en lugar de conformarnos con la única alternativa que supone el mercado, y que tampoco parece asegurar una mejora en la dirección de "lo mejor" buscado por la educación, y puesto que actualmente no existen muchas alternativas factibles, ¿no sería mejor defender y exigir que la práctica se dirija a alcanzar esa primera intención basada en el predominio de los interses del pueblo, y en este caso de los padres?¿es el Estado el único que muestra el desinterés, o es el desinterés del pueblo el que lo posibilita?
Por último cabe añadir que el actual Estado, con todos sus contras y deficiencias, sí asegura, aunque sólo sea mínimamente, una redistribución (ver el comentario de Leticia unas líneas más abajo) que el mercado no persigue.
A la espera de argumentos convincentes. Un saludo
Comentario:
Se me olvidaba...
Sobre la posibilidad del mercado de asegurar mejores sistemas educativos...La competencia puede estimular la necesidad de ofrecer mejores productos. En medicina podemos utilizar los mejores instrumentos, las técnicas más avanzadas y podremos observar si el medicamento resultante produce mejores resultados en la curación de una enfermedad, o si al menos disminuye los efectos secundarios con respecto al medicamento que existía anteriormente. Sin embargo, podemos acompoñar la educación de las mejores instalaciones, excelentes instrumentos y avanzadas metodologías...y no asegurar el éxito. Uno de los últimos descubrimientos en educación es que el alumno tiene que estar activo en clase, por lo que el profesor debe callarse y los alumnos deben trabajar en grupos pequeños . Se reniega de las clases expositivas, porque el hecho de escuchar y comprender no se considera suficientemente activo, y parece que rellenar una hoja con conclusiones elaboradas sobre la marcha y sin una base sólida lo es mucho más...En fín, mi experiencia me dice que esta metodología no asegura en absoluto el éxito, y se traduce en la mayoría de los casos en una pérdida de tiempo. El airbag asegura una mayor efectividad del coche que conduces en caso de accidente, pero ni los mejores ordenadores pueden hacer lo mismo en educación. A veces, incluso, el éxito educativo se produce en situaciones con menos recursos. No quiere esto decir que no haga falta nada para educar, y que mejores ordenadores, instalaciones, etc. no sean necesarias. Quiere decir que no bastan, ni son esenciales. Sin embargo, se convierten en los únicos aspectos medibles e intercambiables en términos de mercardo,porque son los únicos que se pueden asegurar cien por cien. Siguiendo el ejemplo que pone Nacho, si compras una lavadora y se rompe, puedes comprar una nueva o incluso reclamar si está en garantía. Si consideras que a tu hijo no le han dado la educación que merece, o que prometieron cuando escogiste ese colegio...¿cómo demostrar que no formaron a ese hombre libre, autónomo, entero, seguro, etc. que aseguraron?
Sobre la posibilidad del mercado de asegurar mejores sistemas educativos...La competencia puede estimular la necesidad de ofrecer mejores productos. En medicina podemos utilizar los mejores instrumentos, las técnicas más avanzadas y podremos observar si el medicamento resultante produce mejores resultados en la curación de una enfermedad, o si al menos disminuye los efectos secundarios con respecto al medicamento que existía anteriormente. Sin embargo, podemos acompoñar la educación de las mejores instalaciones, excelentes instrumentos y avanzadas metodologías...y no asegurar el éxito. Uno de los últimos descubrimientos en educación es que el alumno tiene que estar activo en clase, por lo que el profesor debe callarse y los alumnos deben trabajar en grupos pequeños . Se reniega de las clases expositivas, porque el hecho de escuchar y comprender no se considera suficientemente activo, y parece que rellenar una hoja con conclusiones elaboradas sobre la marcha y sin una base sólida lo es mucho más...En fín, mi experiencia me dice que esta metodología no asegura en absoluto el éxito, y se traduce en la mayoría de los casos en una pérdida de tiempo. El airbag asegura una mayor efectividad del coche que conduces en caso de accidente, pero ni los mejores ordenadores pueden hacer lo mismo en educación. A veces, incluso, el éxito educativo se produce en situaciones con menos recursos. No quiere esto decir que no haga falta nada para educar, y que mejores ordenadores, instalaciones, etc. no sean necesarias. Quiere decir que no bastan, ni son esenciales. Sin embargo, se convierten en los únicos aspectos medibles e intercambiables en términos de mercardo,porque son los únicos que se pueden asegurar cien por cien. Siguiendo el ejemplo que pone Nacho, si compras una lavadora y se rompe, puedes comprar una nueva o incluso reclamar si está en garantía. Si consideras que a tu hijo no le han dado la educación que merece, o que prometieron cuando escogiste ese colegio...¿cómo demostrar que no formaron a ese hombre libre, autónomo, entero, seguro, etc. que aseguraron?
Comentario:
Tu comentario (con el que no me siento en absoluto ofendida, estate tranquilo) me deja entrever que no me he explicado bien en ciertos aspectos, pues estoy totalmente de acuerdo en algunas cosas que dices, supuestas críticas a mis afirmaciones.
Tal es el caso de la democracia, de la que no dudo que supone el gobierno, incluso la dictadura de la mayoría. Es más, la considero el gobierno de una minoría erigida todopoderosa y perpetuada por el "aborregamiento" del resto tal como se lleva a la práctica en nuestro país. El Estado nos come terreno poco a poco y asistimos al espectáculo que la política nos ofrece sumisa y calladamente. Matizo aquí que hablo de la política actual en tercera persona, son ellos y no nosotros, porque la participación de los ciudadanos es prácticamente nula; de la capacidad de decisión ya ni hablemos. Pero mientras no surja un sistema nuevo, mientras no seamos capaces de pensar una alternativa convincente, estamos en un sistema democrático y tendremos que procurar, al menos, que la práctica no se degrade, añadiendo sus errores a los intrínsecos al planteamiento inicial. Si no reclamamos al Estado el espacio que nos está quitando, ni exigimos la capacidad de participación y decisión que el planteamiento de la democracia contempla, llegará un momento en que no podamos respirar sin que una ley regule cómo debemos hacerlo. Esto no quita para que sigamos buscando...
Hablemos ahora del mercado. El mercado no es egoísta, no puede serlo, simplemente tiene una finalidad que no puede enjuiciarse apelando al mercado mismo. El mercado es una construcción del hombre, carente de rostro. Pero los mercados de las armas, de la droga o del sexo no reflejan el rostro de todos los hombres, no pretenden la libertad de todos los que participan de ellos. Pretenden la “libertad” de unos pocos hombres que poseen la capacidad de decisión. El resto establecemos una relación parasitaria con el mercado, al igual que lo hacemos con el Estado, procurando obtener el máximo de sus cuerpos. Si nuestra capacidad de decisión es nula en el Estado, también lo es en el mercado. Pensar el mercado como un libre intercambio de bienes, como una entidad que persigue satisfacer las libertades de todos los hombres, supone cerrar los ojos a miles de realidades y libertades. El mercado no constituye el problema, el problema lo constituyen quienes tienen el poder de decisión, dueños del capital del que habla Nacho, y encuentran en él una herramienta idónea para alcanzar sus intereses, sin preocuparse de si estos interfieren las miles de libertades de miles de hombres. Estos intereses conforman la oferta, que irremediablemente configura la demanda a través de mayor accesibilidad, costes más reducidos, etc. De la misma manera que no puede decirse que una persona que decide libremente engancharse a la cocaína es libre, aunque la decisión inicial sí lo fuese, ¿puede decirse que los hombres que hipotecan o sacrifican su libertad en el mercado lo son, aunque la decisión inicial sí lo sea? ¿Podemos asegurar que las decisiones de participación en esa oferta albergan la libertad de los individuos? Estado y mercado conforman dos caras de la misma moneda.
Por otro lado, afirmas que parece obvio que ciertas cosas se deban imponer, como el código de circulación y las normas de convivencia, pero no se pueden imponer ideas morales. Estoy de acuerdo. Sin embargo, ¿no se asientan las normas de convivencia sobre una determinada concepción ética, no entrañan una determinada moral? ¿No se está imponiendo, a través de la imposición de éstas, una determinada moral? Parece que la línea divisoria no está tan clara. No está tan clara porque el ser humano es un ser moral, y resulta difícil, por no decir imposible, que esta intencionalidad no se contagie a cualquiera de sus productos o acciones. El mercado, en un principio, no posee dimensión moral, pero sí lo poseen las acciones que se desempeñan en o a través de él. Por ello resulta difícil concebir el mercado como un espacio libre de intercambio sin mayores pretensiones, y no reconocer en él la intención de quienes poseen capacidad de decisión.
Y por ello también resulta peligroso que el Estado quede relegado a una función meramente subsidiaria y el mercado ocupe su lugar actual. No se trata de miedo a la libertad ni a los riesgos que ésta pueda conllevar. Se trata de miedo a justificar los “daños colaterales” en base a una libertad ficticia. No se trata de no confiar en la gente, se trata de no establecer la confianza sobre una concepción irreal del ser humano basada en la bondad natural y exclusiva. Se trata de asegurar que habrá cauces para controlar el mercado, cauces que sí defiendan la libertad de los individuos, entendida más allá de la libertad de intercambiar bienes. Cauces que no vengan de arriba, sino que surjan de la gente y conformen un tejido social capaz de aunar libertad y justicia.
Tal es el caso de la democracia, de la que no dudo que supone el gobierno, incluso la dictadura de la mayoría. Es más, la considero el gobierno de una minoría erigida todopoderosa y perpetuada por el "aborregamiento" del resto tal como se lleva a la práctica en nuestro país. El Estado nos come terreno poco a poco y asistimos al espectáculo que la política nos ofrece sumisa y calladamente. Matizo aquí que hablo de la política actual en tercera persona, son ellos y no nosotros, porque la participación de los ciudadanos es prácticamente nula; de la capacidad de decisión ya ni hablemos. Pero mientras no surja un sistema nuevo, mientras no seamos capaces de pensar una alternativa convincente, estamos en un sistema democrático y tendremos que procurar, al menos, que la práctica no se degrade, añadiendo sus errores a los intrínsecos al planteamiento inicial. Si no reclamamos al Estado el espacio que nos está quitando, ni exigimos la capacidad de participación y decisión que el planteamiento de la democracia contempla, llegará un momento en que no podamos respirar sin que una ley regule cómo debemos hacerlo. Esto no quita para que sigamos buscando...
Hablemos ahora del mercado. El mercado no es egoísta, no puede serlo, simplemente tiene una finalidad que no puede enjuiciarse apelando al mercado mismo. El mercado es una construcción del hombre, carente de rostro. Pero los mercados de las armas, de la droga o del sexo no reflejan el rostro de todos los hombres, no pretenden la libertad de todos los que participan de ellos. Pretenden la “libertad” de unos pocos hombres que poseen la capacidad de decisión. El resto establecemos una relación parasitaria con el mercado, al igual que lo hacemos con el Estado, procurando obtener el máximo de sus cuerpos. Si nuestra capacidad de decisión es nula en el Estado, también lo es en el mercado. Pensar el mercado como un libre intercambio de bienes, como una entidad que persigue satisfacer las libertades de todos los hombres, supone cerrar los ojos a miles de realidades y libertades. El mercado no constituye el problema, el problema lo constituyen quienes tienen el poder de decisión, dueños del capital del que habla Nacho, y encuentran en él una herramienta idónea para alcanzar sus intereses, sin preocuparse de si estos interfieren las miles de libertades de miles de hombres. Estos intereses conforman la oferta, que irremediablemente configura la demanda a través de mayor accesibilidad, costes más reducidos, etc. De la misma manera que no puede decirse que una persona que decide libremente engancharse a la cocaína es libre, aunque la decisión inicial sí lo fuese, ¿puede decirse que los hombres que hipotecan o sacrifican su libertad en el mercado lo son, aunque la decisión inicial sí lo sea? ¿Podemos asegurar que las decisiones de participación en esa oferta albergan la libertad de los individuos? Estado y mercado conforman dos caras de la misma moneda.
Por otro lado, afirmas que parece obvio que ciertas cosas se deban imponer, como el código de circulación y las normas de convivencia, pero no se pueden imponer ideas morales. Estoy de acuerdo. Sin embargo, ¿no se asientan las normas de convivencia sobre una determinada concepción ética, no entrañan una determinada moral? ¿No se está imponiendo, a través de la imposición de éstas, una determinada moral? Parece que la línea divisoria no está tan clara. No está tan clara porque el ser humano es un ser moral, y resulta difícil, por no decir imposible, que esta intencionalidad no se contagie a cualquiera de sus productos o acciones. El mercado, en un principio, no posee dimensión moral, pero sí lo poseen las acciones que se desempeñan en o a través de él. Por ello resulta difícil concebir el mercado como un espacio libre de intercambio sin mayores pretensiones, y no reconocer en él la intención de quienes poseen capacidad de decisión.
Y por ello también resulta peligroso que el Estado quede relegado a una función meramente subsidiaria y el mercado ocupe su lugar actual. No se trata de miedo a la libertad ni a los riesgos que ésta pueda conllevar. Se trata de miedo a justificar los “daños colaterales” en base a una libertad ficticia. No se trata de no confiar en la gente, se trata de no establecer la confianza sobre una concepción irreal del ser humano basada en la bondad natural y exclusiva. Se trata de asegurar que habrá cauces para controlar el mercado, cauces que sí defiendan la libertad de los individuos, entendida más allá de la libertad de intercambiar bienes. Cauces que no vengan de arriba, sino que surjan de la gente y conformen un tejido social capaz de aunar libertad y justicia.
Comentario:
Reconozco que los argumentos expuestos por David son muy interesantes, y comparto con él la necesidad de que los ciudadanos comencemos a asumir responsabilidades que durante muchos años hemos delegado en los gobiernos, y que somos o deberíamos empezar a ser capaces de asumir. Sin embargo no soy tan optimista como él en cuanto a la idoneidad del sistema de libre mercado, al menos tal y como lo entiende el neoliberalismo moderno.
Para empezar porque la educación de un individuo es un proceso que requiere una gran inversión de tiempo y dinero, lo que puede ser difícil de afrontar para muchas familias. Es por eso que el estado es el responsable de proporcionar los medios para que todas las personas tengan acceso a una educación básica, pero al final quién paga es quién decide y por tanto el Estado decide. Estoy de acuerdo en que no es la mejor solución, pero tampoco soy capaz de proponer una mejor desde este punto de vista.
Siguiendo en esa línea estoy de acuerdo con Miriam en que la oferta y la demanda se rigen por intereses económicos, salvo raras excepciones. A fin de cuentas trabajamos para ganar dinero, y con ese dinero poder satisfacer nuestras demandas: desde las más básicas como el comer, hasta otras que pueden considerarse prescindibles como tener un coche. Esto no quita para que el trabajo pueda reportar un beneficio económico y a la vez ser útil a la sociedad, pero la oferta y la demanda están ya condicionadas por un factor económico. Además en la ecuación de la oferta y la demanda también tiene una gran importancia el capital, que en un momento dado tiene capacidad de desequilibrar la balanza en función de sus intereses. Esto no es necesariamente bueno ni malo en sí mismo, pero puede derivar en situaciones perjudiciales para la sociedad que es necesario prevenir. Desde mi punto de vista la mejor manera que hemos desarrollado hasta ahora es un Estado que establezca regulaciones al respecto. En teoría el Estado debe velar por el bien de la sociedad, no de la mayoría que le vota.
Por otro hay que tener en cuenta que la educación es crucial en la formación del individuo y por tanto de la sociedad. En el lenguaje actual de la prensa quizás podríamos compararlo con un “mercado estratégico”, aunque por supuesto no me refiero a nacionalismos triviales. Teniendo en cuanta cómo se desarrollan otros “mercados estratégicos” como el de la energía o el de los sistemas operativos de los ordenadores, la amplia oferta deseable podría verse reducida a unas pocas compañías que acumularían gran influencia y que no siempre estarían movidas por el interés común (véanse las grandes farmacéuticas y sus patentes). Como idea absurda quizás deberíamos considerar la educación como el cuarto poder a la hora de aplicar el principio de división de poderes en que se basa nuestra democracia.
Además planteo el problema de la calidad de la educación: si compras una lavadora mala y se rompe pierdes el dinero, pero una mala elección de centro podría ser un asunto mucho más grave. En este sentido la intervención directa del Estado no sería necesaria, bastaría con una buena regulación que sentase unos principios mínimos pero que dejase mucha más libertad a los centros ¿quizás cómo la libertad de cátedra?
En fin, como veis planteo más preguntas que respuestas, pero a veces la educación tiene que ver con eso, ¿no?
Para empezar porque la educación de un individuo es un proceso que requiere una gran inversión de tiempo y dinero, lo que puede ser difícil de afrontar para muchas familias. Es por eso que el estado es el responsable de proporcionar los medios para que todas las personas tengan acceso a una educación básica, pero al final quién paga es quién decide y por tanto el Estado decide. Estoy de acuerdo en que no es la mejor solución, pero tampoco soy capaz de proponer una mejor desde este punto de vista.
Siguiendo en esa línea estoy de acuerdo con Miriam en que la oferta y la demanda se rigen por intereses económicos, salvo raras excepciones. A fin de cuentas trabajamos para ganar dinero, y con ese dinero poder satisfacer nuestras demandas: desde las más básicas como el comer, hasta otras que pueden considerarse prescindibles como tener un coche. Esto no quita para que el trabajo pueda reportar un beneficio económico y a la vez ser útil a la sociedad, pero la oferta y la demanda están ya condicionadas por un factor económico. Además en la ecuación de la oferta y la demanda también tiene una gran importancia el capital, que en un momento dado tiene capacidad de desequilibrar la balanza en función de sus intereses. Esto no es necesariamente bueno ni malo en sí mismo, pero puede derivar en situaciones perjudiciales para la sociedad que es necesario prevenir. Desde mi punto de vista la mejor manera que hemos desarrollado hasta ahora es un Estado que establezca regulaciones al respecto. En teoría el Estado debe velar por el bien de la sociedad, no de la mayoría que le vota.
Por otro hay que tener en cuenta que la educación es crucial en la formación del individuo y por tanto de la sociedad. En el lenguaje actual de la prensa quizás podríamos compararlo con un “mercado estratégico”, aunque por supuesto no me refiero a nacionalismos triviales. Teniendo en cuanta cómo se desarrollan otros “mercados estratégicos” como el de la energía o el de los sistemas operativos de los ordenadores, la amplia oferta deseable podría verse reducida a unas pocas compañías que acumularían gran influencia y que no siempre estarían movidas por el interés común (véanse las grandes farmacéuticas y sus patentes). Como idea absurda quizás deberíamos considerar la educación como el cuarto poder a la hora de aplicar el principio de división de poderes en que se basa nuestra democracia.
Además planteo el problema de la calidad de la educación: si compras una lavadora mala y se rompe pierdes el dinero, pero una mala elección de centro podría ser un asunto mucho más grave. En este sentido la intervención directa del Estado no sería necesaria, bastaría con una buena regulación que sentase unos principios mínimos pero que dejase mucha más libertad a los centros ¿quizás cómo la libertad de cátedra?
En fin, como veis planteo más preguntas que respuestas, pero a veces la educación tiene que ver con eso, ¿no?
Comentario:
Me alegra que muestres tus inquietudes y sobre todo que lo titules buscando argumentos convincentes pues manifiestas apertura a ideas distintas a las tuyas. Trataré de dártelas en esta contestación.
La verdad es que resulta difícil comenzar la contestación a este post pues son tantas las ideas que debo abordar que no se realmente por dónde empezar. Lo mejor va a ser que lance una serie de reflexiones que traten de tocar todos los temas que tú abordas.
Mi primera reflexión gira sobre el papel de la democracia y el estado de derecho. Te diré que mi concepción, y no sólo mía claro, sobre el papel de la democracia, los derechos civiles etc. no puede reducirse sólo a la idea del gobierno de la mayoría. Un gobierno de la mayoría puede ser profundamente totalitario. Te invito a que hagas un ejercicio de empatía y te sitúes en el lado minoritario y pienses que vives en un país donde rige la shariah mayoritariamente aceptada. Imagina que vives en un país donde gobierna, democráticamente elegido, un gobierno islamista radical que te obliga a llevar velo a adoptar comportamientos que tú consideras inaceptables. Nuestra concepción de la democracia no se diferencia de que existe en ese supuesto país sólo por que defienda distintas costumbres sino porque defiende la libertad individual y la protege frente a una posible, y lamentablemente habitual, dictadura mayoritaria. Lo derechos humanos me defienden del poder del estado, ese y no otro es su sentido esencial, la defensa de la libertad individual. La exaltación de una democracia que violente fácilmente y apoyándose en la voluntad de la mayoría al individuo puede fácilmente, y tenemos ejemplos históricos, volverse totalitaria (te recuerdo que los nazis ganaron en las urnas eran pues un gobierno democrático).
¿Qué pude imponerse al resto? Parece evidente que el código de circulación y normas de convivencia que garanticen la vida de todos. ¿Se pueden imponer ideas morales? Rotundamente no. ¿Tipos de educación? Rotundamente no, la libertad incluye el derecho de los padres de trasmitir a sus hijos un modo de mirar el mundo, único legado auténtico que podemos dar a las generaciones futuras los humanos, el estado debe respetar estas distintas formas de ver el mundo siempre que no atenten contra la libertad del resto (único límite que reconocible en una sociedad auténticamente pluralista, si es que nos creemos realmente esa idea). ¿Quiere esto decir que soy egoísta e individualista y que no quiero relacionarme con los demás? No, pues no he dicho que mi forma de mirar el mundo frente al estado deba ser egoísta. Contraponer estado con egoísmo pensando que el que no crea en la intervención estatal es un cerdo egoísta me parece injustificado y es sin duda un salto lógico en toda argumentación.
Mi segunda reflexión gira en torno a tu concepto de mercado como lugar quasi “inhumano” e insolidario. Primero decir como aclaración que sólo se puede ser solidario si esto es fruto de una elección libre pues sólo hay moralidad donde hay libertad. Los estados no son solidarios pues no dejan de ser maquinarias burocráticas que utilizan recursos ajenos, aunque temo que esa batalla que liga las virtudes morales a los individuos y no a entidades supraindividuales la tenemos medio perdida entre tanto nacionalismo trival me veo en la obligación de recordarlo siempre que pueda
Creo también entrever en tu descripción desconfiada del mercado un idea del mismo como juego de suma cero, ¿qué quiero decir? Que pareces tener una idea del mercado como un lugar en el que unos ganan y otros pierden. Ese tipo de concepciones de fondo están en la base de muchas de las prevenciones contra el mercado libre. Sin embargo, no creo que estén fundadas pues cuando compro naranjas, coches o bicicletas ¿quién gana y quién pierde? El mercado no es otra cosa que un lugar en el que los intercambios entre los individuos son libres (no sujetos a la coacción y si a la persuasión), dónde se respeta la palabra dada y dónde hay ley. Es cierto que el que vende quiere vender porque en ello está su interés, pero también porque cree o puede creer que así contribuye a una mejor sociedad o porque quiere, legítimamente sentirse orgulloso de que, lo que su esfuerzo y su creatividad han conseguido desarrollar, puede satisfacer las necesidades de otros. Si asumimos eso también es justo que admitamos que el que compra quiere comprar porque también en ello está su interés (y no hay que pensar necesariamente en un interés egoísta), el de su familia, el de sus amigos o el de personas más necesitadas a quienes piensa donar lo adquirido. Así descrito no veo donde esta el pecado del mercado que además obliga al que vende a estar atento al otro pues debe fijarse como puede satisfacer una necesidad ajena.
Además el mercado hace evolucionar la sociedad pues estimula la capacidad inventiva del ser humano. Pensar que los empresarios son seres malvados y egoístas es un poco descorazonador pues el estado se alimenta parasitariamente de la creación de gente que arriesga y apuesta por ideas que creen que tendrán existo en ese pérfido mercado libre.
Por último creo también descubrir en tu texto un potencial conflicto entre mercado y bien. Aclarar primero que el mercado no tiene, en principio, pretensiones morales, puedo incluso admitir que genera, o puede generar, sobre todo en lugares donde no existe un tipo específico de vida moral civil (que no estatal), de la que ya hablé, un grupo de personas excluidas de ese sistema y que puedan necesitar de la intervención subsidiaria del estado. Una intervención que debe ser puntual y que tiene que tener el objetivo de facilitar a las personas el reintegrarse en la vida civil donde millones de personas toman constantemente millones de decisiones libres sobre como guiar sus vidas. En definitiva, para que puedan reintegrarse en el mercado.
Por último no quiero que se me pase tu comentario sobre la idea de que el mercado no garantiza la evolución hacia mejores sistemas educativos. Me resulta difícil de asumir pues no veo en otos ámbitos que esto haya sido así. ¿Por qué tenemos hoy mejores coches que hace 20 años? Creo que es la propia competencia la que estimula la necesidad de ofrecer mejores productos. Si observas el fenómeno de internet podrás darte cuenta de lo mismo. Resulta increíble el poder de la creatividad humana en ámbitos tan desregulados como ese, la enormidad de aplicaciones nuevas algunas de las cuales desaparecen sin que nadie diga que deben desaparecer sólo porque aparecen otras mejores o que solucionan más problemas. Son millones de personas con intereses diversos y problemas diferentes los que permiten esa increíble expansión tomando decisiones individuales, libres e imposibles de planificar por la enorme variedad de la vida humana. Sospecho que si el estado quisiera (muchos quieren véase el caso chino y google) acaparar la red con el argumento del bien público (cosa afortunadamente imposible de momento) acabaría de un plumazo con esa casi infinita variedad.
Las actividades que los estados monopolizan, entre las que destaca sobre otras la educación, pueden basarse en buenas intenciones pero provocan el efecto de desincentivar la iniciativa en los aspectos que quedan regulados por el estado, y más cuando éste se presenta como competidor desleal pues obtiene sus recursos de impuestos coactivos. Para influir realmente hoy en la educación tienes que pertenecer a una élite de trabajadores del ministerio de educación, que pueden ser buenos, pero son pocos y nunca podrán competir con miles de potenciales pensadores en miles de circunstancias peculiares y ante miles de potenciales usuarios de la educación. En definitiva la intervención monopolista o “quasi” monopolista del estado, supone castrar, de alguna manera, las posibilidades e ideas de infinidad de buenos pedagogos con buena cabeza, entre los que estáis muchos de vosotros, pero que están constreñidos por un sistema hiperregulado y que desconfía profundamente del ser humano individual.
Un saludo y sólo espero que esta “sábana” no atosigue tu creatividad.
La verdad es que resulta difícil comenzar la contestación a este post pues son tantas las ideas que debo abordar que no se realmente por dónde empezar. Lo mejor va a ser que lance una serie de reflexiones que traten de tocar todos los temas que tú abordas.
Mi primera reflexión gira sobre el papel de la democracia y el estado de derecho. Te diré que mi concepción, y no sólo mía claro, sobre el papel de la democracia, los derechos civiles etc. no puede reducirse sólo a la idea del gobierno de la mayoría. Un gobierno de la mayoría puede ser profundamente totalitario. Te invito a que hagas un ejercicio de empatía y te sitúes en el lado minoritario y pienses que vives en un país donde rige la shariah mayoritariamente aceptada. Imagina que vives en un país donde gobierna, democráticamente elegido, un gobierno islamista radical que te obliga a llevar velo a adoptar comportamientos que tú consideras inaceptables. Nuestra concepción de la democracia no se diferencia de que existe en ese supuesto país sólo por que defienda distintas costumbres sino porque defiende la libertad individual y la protege frente a una posible, y lamentablemente habitual, dictadura mayoritaria. Lo derechos humanos me defienden del poder del estado, ese y no otro es su sentido esencial, la defensa de la libertad individual. La exaltación de una democracia que violente fácilmente y apoyándose en la voluntad de la mayoría al individuo puede fácilmente, y tenemos ejemplos históricos, volverse totalitaria (te recuerdo que los nazis ganaron en las urnas eran pues un gobierno democrático).
¿Qué pude imponerse al resto? Parece evidente que el código de circulación y normas de convivencia que garanticen la vida de todos. ¿Se pueden imponer ideas morales? Rotundamente no. ¿Tipos de educación? Rotundamente no, la libertad incluye el derecho de los padres de trasmitir a sus hijos un modo de mirar el mundo, único legado auténtico que podemos dar a las generaciones futuras los humanos, el estado debe respetar estas distintas formas de ver el mundo siempre que no atenten contra la libertad del resto (único límite que reconocible en una sociedad auténticamente pluralista, si es que nos creemos realmente esa idea). ¿Quiere esto decir que soy egoísta e individualista y que no quiero relacionarme con los demás? No, pues no he dicho que mi forma de mirar el mundo frente al estado deba ser egoísta. Contraponer estado con egoísmo pensando que el que no crea en la intervención estatal es un cerdo egoísta me parece injustificado y es sin duda un salto lógico en toda argumentación.
Mi segunda reflexión gira en torno a tu concepto de mercado como lugar quasi “inhumano” e insolidario. Primero decir como aclaración que sólo se puede ser solidario si esto es fruto de una elección libre pues sólo hay moralidad donde hay libertad. Los estados no son solidarios pues no dejan de ser maquinarias burocráticas que utilizan recursos ajenos, aunque temo que esa batalla que liga las virtudes morales a los individuos y no a entidades supraindividuales la tenemos medio perdida entre tanto nacionalismo trival me veo en la obligación de recordarlo siempre que pueda
Creo también entrever en tu descripción desconfiada del mercado un idea del mismo como juego de suma cero, ¿qué quiero decir? Que pareces tener una idea del mercado como un lugar en el que unos ganan y otros pierden. Ese tipo de concepciones de fondo están en la base de muchas de las prevenciones contra el mercado libre. Sin embargo, no creo que estén fundadas pues cuando compro naranjas, coches o bicicletas ¿quién gana y quién pierde? El mercado no es otra cosa que un lugar en el que los intercambios entre los individuos son libres (no sujetos a la coacción y si a la persuasión), dónde se respeta la palabra dada y dónde hay ley. Es cierto que el que vende quiere vender porque en ello está su interés, pero también porque cree o puede creer que así contribuye a una mejor sociedad o porque quiere, legítimamente sentirse orgulloso de que, lo que su esfuerzo y su creatividad han conseguido desarrollar, puede satisfacer las necesidades de otros. Si asumimos eso también es justo que admitamos que el que compra quiere comprar porque también en ello está su interés (y no hay que pensar necesariamente en un interés egoísta), el de su familia, el de sus amigos o el de personas más necesitadas a quienes piensa donar lo adquirido. Así descrito no veo donde esta el pecado del mercado que además obliga al que vende a estar atento al otro pues debe fijarse como puede satisfacer una necesidad ajena.
Además el mercado hace evolucionar la sociedad pues estimula la capacidad inventiva del ser humano. Pensar que los empresarios son seres malvados y egoístas es un poco descorazonador pues el estado se alimenta parasitariamente de la creación de gente que arriesga y apuesta por ideas que creen que tendrán existo en ese pérfido mercado libre.
Por último creo también descubrir en tu texto un potencial conflicto entre mercado y bien. Aclarar primero que el mercado no tiene, en principio, pretensiones morales, puedo incluso admitir que genera, o puede generar, sobre todo en lugares donde no existe un tipo específico de vida moral civil (que no estatal), de la que ya hablé, un grupo de personas excluidas de ese sistema y que puedan necesitar de la intervención subsidiaria del estado. Una intervención que debe ser puntual y que tiene que tener el objetivo de facilitar a las personas el reintegrarse en la vida civil donde millones de personas toman constantemente millones de decisiones libres sobre como guiar sus vidas. En definitiva, para que puedan reintegrarse en el mercado.
Por último no quiero que se me pase tu comentario sobre la idea de que el mercado no garantiza la evolución hacia mejores sistemas educativos. Me resulta difícil de asumir pues no veo en otos ámbitos que esto haya sido así. ¿Por qué tenemos hoy mejores coches que hace 20 años? Creo que es la propia competencia la que estimula la necesidad de ofrecer mejores productos. Si observas el fenómeno de internet podrás darte cuenta de lo mismo. Resulta increíble el poder de la creatividad humana en ámbitos tan desregulados como ese, la enormidad de aplicaciones nuevas algunas de las cuales desaparecen sin que nadie diga que deben desaparecer sólo porque aparecen otras mejores o que solucionan más problemas. Son millones de personas con intereses diversos y problemas diferentes los que permiten esa increíble expansión tomando decisiones individuales, libres e imposibles de planificar por la enorme variedad de la vida humana. Sospecho que si el estado quisiera (muchos quieren véase el caso chino y google) acaparar la red con el argumento del bien público (cosa afortunadamente imposible de momento) acabaría de un plumazo con esa casi infinita variedad.
Las actividades que los estados monopolizan, entre las que destaca sobre otras la educación, pueden basarse en buenas intenciones pero provocan el efecto de desincentivar la iniciativa en los aspectos que quedan regulados por el estado, y más cuando éste se presenta como competidor desleal pues obtiene sus recursos de impuestos coactivos. Para influir realmente hoy en la educación tienes que pertenecer a una élite de trabajadores del ministerio de educación, que pueden ser buenos, pero son pocos y nunca podrán competir con miles de potenciales pensadores en miles de circunstancias peculiares y ante miles de potenciales usuarios de la educación. En definitiva la intervención monopolista o “quasi” monopolista del estado, supone castrar, de alguna manera, las posibilidades e ideas de infinidad de buenos pedagogos con buena cabeza, entre los que estáis muchos de vosotros, pero que están constreñidos por un sistema hiperregulado y que desconfía profundamente del ser humano individual.
Un saludo y sólo espero que esta “sábana” no atosigue tu creatividad.





