58 LOS APEGOS
[siguiendo con los ritos mortuorios, propios de este tiempo otoñal... en los que todo entra en letargo]
Hay pocas cosas que podamos tener por seguras, fijas, estables e inamovibles en este mundo.
Lo único cierto es que todo lo que nace, culminado su propio tiempo de crecimiento, desarrollo y maduración... muere. Como el ciclo de las estaciones, todo esta en movimiento y una estación precede a otra.
Así que lo único cierto es que nacemos... y lo hacemos desnudos.
Y morimos... y nos vamos sin nada.
Por muchos objetos que hayamos acumulando, ninguno de ellos nos llevaremos con nosotros al otro mundo. Todo en esta vida es prestado, incluso nuestro cuerpo, que tan nuestro nos parece y al que tanto apego y culto profesamos todos en estos días modernos.
Estamos aquí tan solo de paso, pues queda claro que todo lo que nace muere y nadie escapa a esta ley de causa y efecto.
Y entre un extremo y otro, entre el nacimiento y la muerte... la Vida!, divina coordenada espacio temporal, en la que estamos y en la que pueden darse todas las circunstancias, todas las experiencias, con sus aciertos y errores, con luchas y reposos, idas y venidas, con entradas y salidas... y, con todas las emociones que ello nos suscita, plagadas de amores, desamores, tristezas, alegrías, ánimos y desánimos...
Posesiones y carencias que cargamos en la mochila donde acumulamos todo el bagaje que configura nuestra existencia... y mientras aprendemos a crecer... aprendemos también a vivir.
Pero... ¿aprendemos también a morir?.
Nos sentimos tan apegados a la vida, que cerramos los ojos a su propio fin.
Solo mencionar la palabra muerte ya nos produce una desazón indefinida y preferimos ignorarla. Actualmente incluso, muchas veces tratamos de ocultar la mirada de ese hecho natural, aun a costa de condenar a nuestros mayores ingresándolos en carísimas residencias de alto lujo(eso sí), pero que a la postre siempre devienen en lugares fríos y decadentes. Como muy bien los percibe y nombra la madre de un conocido, son: “cementerios de vivos”, en una descripción totalmente realista. Aquí podría detenerme largo y tendido, pero será quizás en otra ocasión, pues no quiero desviarme de lo que pretendo decir:
Tememos a la muerte, enfrentamos su misterio con angustia y escondemos la cabeza debajo del ala en cuanto nos acecha tal pensamiento; es una actitud de miedo, de resistencia a un cambio hacia algo desconocido, y al temor de la reabsorción en la nada.
Pero no lo veamos como algo tan negativo, sino más bien un hecho natural, un tránsito necesario. Una disgregación obligada para que pueda haber una nueva recomposición, una nueva etapa de existencia, puesto que la materia ni se crea ni se destruye...solo se transforma.
La muerte significa el fin de un periodo, pero también el comienzo de otro.
La semilla debe ser enterrada (y morir como tal), en la tierra para que pueda brotar un nuevo árbol y éste a su vez al crecer debe ser podado para que se rejuvenezca y renueve su sabia y energía.
La mitología griega hace a la muerte hija de la noche y hermana del sueño, y posee al igual que ellos el poder de regeneración. Morir no es más que cambiar de “estado”.
De hecho todos los días nos morimos un poquito, aunque no lo percibamos.
Aparte de que muchas de nuestras células perecen a diario, y se nos descama la piel como algo natural y evidente, con el descanso nocturno, por ejemplo, nos liberamos también de las tensiones del día. Al dormir, abandonamos nuestro estado físico activo, y entramos en el mundo de los sueños, donde nuestra consciencia sigue actuando pero en un estado o plano más sutil, liberado de la materia.
La idea de muerte como liberadora de penas, preocupaciones y sufrimientos, no es un fin en sí misma, es como una puerta de paso que abre el acceso a la verdadera vida, al reino del espíritu. Desde un punto de vista es la suprema liberación.
Para el budismo, por ejemplo, es poner fin a las reencarnaciones y acceder a una existencia eterna y feliz junto a la divinidad. Para el cristianismo, no digamos... la muerte significa la resurrección en la vida Eterna. Y no nos vamos a meter con otras tradiciones, porque en todas ellas encontraríamos signos evidentes de que la muerte ha sido considerado un importante símbolo ambivalente, vinculado a los ritos de pasaje, que siendo a la vez revelación e introducción, nos libra de las fuerzas negativas y regresivas, a la vez que desmaterializa y libera las energías más sutiles del ser.
Pero no me quiero liar ...estaba hablando de los apegos...
Es fácil deshacernos de lo que nos sobra... lo que no necesitamos o no nos gusta, pero generalmente aquello que nos atañe, estimamos, o deseamos, incluso lo que perdemos o nos es arrebatado, nos resistimos mucho mas a perderlo, aferrándonos si más no, ... a su recuerdo.
Nos enganchamos a todo, no solo a los objetos materiales, sino también a las personas a los afectos, a los vicios, las costumbres a las situaciones... etc.
El apego es un estado emocional de vinculación compulsiva a una cosa, estado o persona determinada, originado por la creencia, de que sin esa cosa o persona, no es posible ser feliz.
Despegarse de los deseos es también morir a un mudo material (sí, los deseos también son materia, sutil pero materia) ...y renacer a un plano de existencia otro, más iluminado y centrado en sí mismo.
Los deseos nos llevan a la multiplicidad y nos crean sentimientos incontrolados, mientras que el Deseo, nos centra en el conocimiento de la realidad... será aquello de “Conócete a ti mismo”...que reza la antigua sabiduría?.
Ya se sabe que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita; es decir, aquel que aceptando su desnudez, la descubre y se alegra de lo que tiene y se conforma con aprender de las sorpresas que el camino de la vida le depara.
Lo importante es que mientras camina por el sendero que libremente ha escogido para andar, se despoja de todo aquello que verdaderamente sobra para llevar honestamente, consigo mismo y con los demás, este viaje transitorio que es la vida, a buen fin.
