EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES
–1–
Sucedió en uno de esos momentos en los que la vida deja de ser vida y se convierte en otra cosa. Fue a finales de mayo de 1917. Lo recuerdo bien porque en aquella época nos habían llamado a los reporteros de La Gaceta del Norte, El Pueblo Vasco y El Noticiero a presenciar el primer vuelo experimental que se realizaba desde el aeródromo de Bilbao.
El aeropuerto, ubicado en las campas de Erandio, se componía de un trozo de pista mal allanada, un pequeño tenderete que debía servir de cobijo a los primeros aventureros que realizaban este tipo de hazañas y una minúscula plataforma de tablones que emergía como el cuello de un sapo.
– Está oscureciendo. Como no se dé prisa en aterrizar esa maldita aeronave, no habrá luz suficiente para tirar unas placas –comenté a mis colegas, en un habitáculo que estaba acondicionado con seis sillas y dos mesas.
El día había amanecido con redondas nubes colgadas en el firmamento y un ligero viento mecía las ramas de los árboles. Aunque Bilbao era una ciudad de primaveras suaves, llevaba unos meses muy húmedos y, a decir de los viejos, el peor mayo de los últimos años. Por eso, aquel jueves las calles se habían llenado de paseantes cubiertos con sombreros que –ataviados de trajes y vestidos hasta los tobillos– aprovechaban los rayos de sol para desentumecerse. La luz iluminaba los rincones de la ciudad sacando del contexto monótono a las cariátides de sus edificios.
– ¿No habremos hecho el viaje en balde? –preguntó Iriarte, periodista de El Pueblo Vasco que escribía la columna de sociedad y que tenía fama de cascarrabias.
– Lo que digo es que ya puede darse prisa el avión en llegar si quieren que saque alguna foto.
La convocatoria me había cogido por sorpresa. Aunque era uno de los fotógrafos más veteranos de la plaza, cada vez trabajaba menos para mi diario. Tras muchos años de recorrer con mi sombrero, mi gabardina y mi máquina las calles de la villa, en un intento de fijar lo cotidiano en un espacio rectangular de diez por quince centímetros, estaba harto de las urgencias y de los malos modos de la gente con la que trataba. Mi vida de reportero gráfico había ido evolucionando hacia una profesión liberal que me permitiera una existencia menos ajetreada, con más tiempo para actividades propias y, por supuesto, con una retribución acorde con mis aspiraciones.
Había arrendado en 1906 un local en donde alternaba la fotografía, la óptica y el retrato. En la tienda vendía aparatos fotográficos –Leica, Voigtländer– traídos de Alemania y Suiza, junto con gafas, lentes y distintos artilugios. La verdad es que siempre me había sorprendido la voracidad de los clientes por comprar cualquier tipo de cachivaches innecesarios y, sobre todo, voluminosos. Esto era fruto de una corriente de modernidad que relacionaba directamente la posesión de objetos y su tamaño; cuanto más grande fuese un producto, mejor resultado se le presuponía y más caro se podía vender.
En la trastienda disponía de un pequeño estudio donde fotografiaba motivos familiares relevantes. Ancianos, padres y niños acudían en fechas concretas para dejar constancia de su existencia a la posteridad. Debido al gremio de la fotografía, las casas bilbaínas estaban saturadas de muebles con abigarradas hileras de marcos que recogían la genealogía familiar y que se peleaban entre sí en busca de posiciones preeminentes.
Esos bureaux de madera brillante, esas mesas de granito o de mármol, servían de mausoleo de sus almas. Allí, muertos, dejaban de molestar y podían ser revividos según los caprichos del momento sin que incómodos testigos interviniesen echando por tierra las contundentes afirmaciones de bravura de los familiares. De todos modos, resultaba curioso observar la desproporción de iconos en favor de la rama femenina en detrimento de la masculina, con la aviesa intención de reafirmar sus orígenes y, en definitiva, su poder.
La ambientación de los retratos –hombres con apariencia distendida acodados en columnas de estuco, o sentados en butacas; niños retozando entre cojines de puntillas; mujeres ataviadas con sombreros y tules de seda escoltadas por relojes art nouveaux– se había convertido en una actividad apreciada por los retratados y obligaba a improvisar de continuo, dotando a este oficio de unas características singulares que lo hacían muy delicado. Llevado de mi particular visión de las cosas, en pocos años había conseguido reunir a una variopinta clientela que se dejaba moldear por mi técnica.
Sucedió en uno de esos momentos en los que la vida deja de ser vida y se convierte en otra cosa. Fue a finales de mayo de 1917. Lo recuerdo bien porque en aquella época nos habían llamado a los reporteros de La Gaceta del Norte, El Pueblo Vasco y El Noticiero a presenciar el primer vuelo experimental que se realizaba desde el aeródromo de Bilbao.
El aeropuerto, ubicado en las campas de Erandio, se componía de un trozo de pista mal allanada, un pequeño tenderete que debía servir de cobijo a los primeros aventureros que realizaban este tipo de hazañas y una minúscula plataforma de tablones que emergía como el cuello de un sapo.
– Está oscureciendo. Como no se dé prisa en aterrizar esa maldita aeronave, no habrá luz suficiente para tirar unas placas –comenté a mis colegas, en un habitáculo que estaba acondicionado con seis sillas y dos mesas.
El día había amanecido con redondas nubes colgadas en el firmamento y un ligero viento mecía las ramas de los árboles. Aunque Bilbao era una ciudad de primaveras suaves, llevaba unos meses muy húmedos y, a decir de los viejos, el peor mayo de los últimos años. Por eso, aquel jueves las calles se habían llenado de paseantes cubiertos con sombreros que –ataviados de trajes y vestidos hasta los tobillos– aprovechaban los rayos de sol para desentumecerse. La luz iluminaba los rincones de la ciudad sacando del contexto monótono a las cariátides de sus edificios.
– ¿No habremos hecho el viaje en balde? –preguntó Iriarte, periodista de El Pueblo Vasco que escribía la columna de sociedad y que tenía fama de cascarrabias.
– Lo que digo es que ya puede darse prisa el avión en llegar si quieren que saque alguna foto.
La convocatoria me había cogido por sorpresa. Aunque era uno de los fotógrafos más veteranos de la plaza, cada vez trabajaba menos para mi diario. Tras muchos años de recorrer con mi sombrero, mi gabardina y mi máquina las calles de la villa, en un intento de fijar lo cotidiano en un espacio rectangular de diez por quince centímetros, estaba harto de las urgencias y de los malos modos de la gente con la que trataba. Mi vida de reportero gráfico había ido evolucionando hacia una profesión liberal que me permitiera una existencia menos ajetreada, con más tiempo para actividades propias y, por supuesto, con una retribución acorde con mis aspiraciones.
Había arrendado en 1906 un local en donde alternaba la fotografía, la óptica y el retrato. En la tienda vendía aparatos fotográficos –Leica, Voigtländer– traídos de Alemania y Suiza, junto con gafas, lentes y distintos artilugios. La verdad es que siempre me había sorprendido la voracidad de los clientes por comprar cualquier tipo de cachivaches innecesarios y, sobre todo, voluminosos. Esto era fruto de una corriente de modernidad que relacionaba directamente la posesión de objetos y su tamaño; cuanto más grande fuese un producto, mejor resultado se le presuponía y más caro se podía vender.
En la trastienda disponía de un pequeño estudio donde fotografiaba motivos familiares relevantes. Ancianos, padres y niños acudían en fechas concretas para dejar constancia de su existencia a la posteridad. Debido al gremio de la fotografía, las casas bilbaínas estaban saturadas de muebles con abigarradas hileras de marcos que recogían la genealogía familiar y que se peleaban entre sí en busca de posiciones preeminentes.
Esos bureaux de madera brillante, esas mesas de granito o de mármol, servían de mausoleo de sus almas. Allí, muertos, dejaban de molestar y podían ser revividos según los caprichos del momento sin que incómodos testigos interviniesen echando por tierra las contundentes afirmaciones de bravura de los familiares. De todos modos, resultaba curioso observar la desproporción de iconos en favor de la rama femenina en detrimento de la masculina, con la aviesa intención de reafirmar sus orígenes y, en definitiva, su poder.
La ambientación de los retratos –hombres con apariencia distendida acodados en columnas de estuco, o sentados en butacas; niños retozando entre cojines de puntillas; mujeres ataviadas con sombreros y tules de seda escoltadas por relojes art nouveaux– se había convertido en una actividad apreciada por los retratados y obligaba a improvisar de continuo, dotando a este oficio de unas características singulares que lo hacían muy delicado. Llevado de mi particular visión de las cosas, en pocos años había conseguido reunir a una variopinta clientela que se dejaba moldear por mi técnica.
EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES (2)
A pesar de trabajar por mi cuenta, seguía colaborando con El Noticiero Bilbaíno. La relación que conservaba con el diario venía de décadas atrás. El director del periódico, Gracián Larrinaga, había sido mi padrino por cabezonería de mi progenitor. Gracián, enamorado de la prensa y de sus posibilidades y viejo amigo de la familia, había aconsejado a mi padre que yo empezase como aprendiz de fotógrafo, nueva profesión que, pensaba, tendría futuro.
– Ignacio, los periódicos van a cambiar el mundo. En unos años serán grandes máquinas de información y se convertirán en un enorme imperio. El que aprenda bien el oficio tendrá trabajo para siempre.
Mi padre no estaba tan seguro de esta revolución que apenas vislumbraba. Su visión del mundo era más práctica, más cercana a sus experiencias. Para él, la fotografía era otra de las tantas modas que estaban inundando su ciudad y que desaparecerían como un golpe de mar.
– Ya sabes que Alfredo es un chico muy raro. No creo que se adapte a la disciplina del trabajo.
Alfredo, o sea yo, era un díscolo a los ojos de mi padre porque no fijaba la atención en nada productivo. Mi interés por trabajar de botones en las entidades financieras que se iban abriendo en la ciudad, o de copista en las compañías de seguros –máxima aspiración de mi padre– era inexistente. No me motivaba meterme en ningún agujero inmundo donde seres grises arrastraban sus esfínteres apretados para abrir verjas, llevar telegramas, pegar sellos o escribir pliegos de condiciones. Yo no podía estar quieto en el mismo sitio porque me invadía una sensación de hastío que me aniquilaba.
– Tú no te preocupes –dijo Gracián–. Hay que mandarle a un taller para que le enseñen. Lo que necesita tu hijo es empezar a trabajar como ayudante de algún fotógrafo asentado.
Mi progenitor, al que le molestaba especialmente todo lo relacionado con el dinero, no quería que yo fuese una carga en la ya maltrecha economía familiar. Preguntó por el coste y visto que no le suponía nada, dio su aprobación y se olvidó de mí por algún tiempo.
El bueno de Gracián buscó a un conocido suyo –Ramón Malpartida– que fue mi maestro en esta profesión. Unos meses después, mi padrino murió atropellado por un tranvía. Mi agradecimiento hacia su persona se extiende todavía hoy al medio por el que tanto luchó.
Como aprendiz de Malpartida estuve tres años. Fue un periodo penoso, de mucha incomprensión, en donde probé la dureza psíquica y física de la vida. Malpartida, como tantas otras personas que he conocido después, era un hombre con un talante servil que se transformaba en endiablado puertas adentro. Era muy exigente con sus ayudantes y, si no trabajábamos como él quería, nos vejaba sin contemplaciones –inútil, mentecato, asno–, nos sacudía capones con una punta redondeada de metal y, en caso extremo, nos despedía con una patada en el trasero. Los dos o tres chicos que coincidimos al mismo tiempo vivíamos atemorizados porque la expulsión significaba la vuelta a casa sin haber cumplido las expectativas y con un panorama de sevicias nada alentador.
– Ignacio, los periódicos van a cambiar el mundo. En unos años serán grandes máquinas de información y se convertirán en un enorme imperio. El que aprenda bien el oficio tendrá trabajo para siempre.
Mi padre no estaba tan seguro de esta revolución que apenas vislumbraba. Su visión del mundo era más práctica, más cercana a sus experiencias. Para él, la fotografía era otra de las tantas modas que estaban inundando su ciudad y que desaparecerían como un golpe de mar.
– Ya sabes que Alfredo es un chico muy raro. No creo que se adapte a la disciplina del trabajo.
Alfredo, o sea yo, era un díscolo a los ojos de mi padre porque no fijaba la atención en nada productivo. Mi interés por trabajar de botones en las entidades financieras que se iban abriendo en la ciudad, o de copista en las compañías de seguros –máxima aspiración de mi padre– era inexistente. No me motivaba meterme en ningún agujero inmundo donde seres grises arrastraban sus esfínteres apretados para abrir verjas, llevar telegramas, pegar sellos o escribir pliegos de condiciones. Yo no podía estar quieto en el mismo sitio porque me invadía una sensación de hastío que me aniquilaba.
– Tú no te preocupes –dijo Gracián–. Hay que mandarle a un taller para que le enseñen. Lo que necesita tu hijo es empezar a trabajar como ayudante de algún fotógrafo asentado.
Mi progenitor, al que le molestaba especialmente todo lo relacionado con el dinero, no quería que yo fuese una carga en la ya maltrecha economía familiar. Preguntó por el coste y visto que no le suponía nada, dio su aprobación y se olvidó de mí por algún tiempo.
El bueno de Gracián buscó a un conocido suyo –Ramón Malpartida– que fue mi maestro en esta profesión. Unos meses después, mi padrino murió atropellado por un tranvía. Mi agradecimiento hacia su persona se extiende todavía hoy al medio por el que tanto luchó.
Como aprendiz de Malpartida estuve tres años. Fue un periodo penoso, de mucha incomprensión, en donde probé la dureza psíquica y física de la vida. Malpartida, como tantas otras personas que he conocido después, era un hombre con un talante servil que se transformaba en endiablado puertas adentro. Era muy exigente con sus ayudantes y, si no trabajábamos como él quería, nos vejaba sin contemplaciones –inútil, mentecato, asno–, nos sacudía capones con una punta redondeada de metal y, en caso extremo, nos despedía con una patada en el trasero. Los dos o tres chicos que coincidimos al mismo tiempo vivíamos atemorizados porque la expulsión significaba la vuelta a casa sin haber cumplido las expectativas y con un panorama de sevicias nada alentador.





