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Escuela de autores
Escritos on line para personas con inquietudes literarias
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El asesinato de la hija de uno de los magnates de la ciudad descubre un juego de apariencias en donde las miserias humanas se suceden hasta desembocar en un final sorprendente. Durante la Primera Guerra Mundial, Anabel Krüger es asesinada en el propio domicilio familiar. La niña, mongólica, es degollada sin piedad y su mano desaparece. Maldonado, fotógrafo reputado de la villa de Bilbao y coleccionista de imágenes macabras, comienza a interesarse por el caso. Ante la negativa del inspector Rincón para colaborar en la investigación, recorre la ciudad por su cuenta en busca del asesino. Los primeros pasos son para conocer la realidad de la familia Krüger. Para ello se ayuda de periodistas, masones, artistas, cuñados, sindicalistas, libreros o bedeles, hasta conseguir descubrir una trama de intereses ocultos donde la ambición, el odio y la traición son parte esencial de la historia.
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EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES (2)
A pesar de trabajar por mi cuenta, seguía colaborando con El Noticiero Bilbaíno. La relación que conservaba con el diario venía de décadas atrás. El director del periódico, Gracián Larrinaga, había sido mi padrino por cabezonería de mi progenitor. Gracián, enamorado de la prensa y de sus posibilidades y viejo amigo de la familia, había aconsejado a mi padre que yo empezase como aprendiz de fotógrafo, nueva profesión que, pensaba, tendría futuro.
– Ignacio, los periódicos van a cambiar el mundo. En unos años serán grandes máquinas de información y se convertirán en un enorme imperio. El que aprenda bien el oficio tendrá trabajo para siempre.
Mi padre no estaba tan seguro de esta revolución que apenas vislumbraba. Su visión del mundo era más práctica, más cercana a sus experiencias. Para él, la fotografía era otra de las tantas modas que estaban inundando su ciudad y que desaparecerían como un golpe de mar.
– Ya sabes que Alfredo es un chico muy raro. No creo que se adapte a la disciplina del trabajo.
Alfredo, o sea yo, era un díscolo a los ojos de mi padre porque no fijaba la atención en nada productivo. Mi interés por trabajar de botones en las entidades financieras que se iban abriendo en la ciudad, o de copista en las compañías de seguros –máxima aspiración de mi padre– era inexistente. No me motivaba meterme en ningún agujero inmundo donde seres grises arrastraban sus esfínteres apretados para abrir verjas, llevar telegramas, pegar sellos o escribir pliegos de condiciones. Yo no podía estar quieto en el mismo sitio porque me invadía una sensación de hastío que me aniquilaba.
– Tú no te preocupes –dijo Gracián–. Hay que mandarle a un taller para que le enseñen. Lo que necesita tu hijo es empezar a trabajar como ayudante de algún fotógrafo asentado.
Mi progenitor, al que le molestaba especialmente todo lo relacionado con el dinero, no quería que yo fuese una carga en la ya maltrecha economía familiar. Preguntó por el coste y visto que no le suponía nada, dio su aprobación y se olvidó de mí por algún tiempo.
El bueno de Gracián buscó a un conocido suyo –Ramón Malpartida– que fue mi maestro en esta profesión. Unos meses después, mi padrino murió atropellado por un tranvía. Mi agradecimiento hacia su persona se extiende todavía hoy al medio por el que tanto luchó.
Como aprendiz de Malpartida estuve tres años. Fue un periodo penoso, de mucha incomprensión, en donde probé la dureza psíquica y física de la vida. Malpartida, como tantas otras personas que he conocido después, era un hombre con un talante servil que se transformaba en endiablado puertas adentro. Era muy exigente con sus ayudantes y, si no trabajábamos como él quería, nos vejaba sin contemplaciones –inútil, mentecato, asno–, nos sacudía capones con una punta redondeada de metal y, en caso extremo, nos despedía con una patada en el trasero. Los dos o tres chicos que coincidimos al mismo tiempo vivíamos atemorizados porque la expulsión significaba la vuelta a casa sin haber cumplido las expectativas y con un panorama de sevicias nada alentador.
No