Promesas del este
Explicar los motivos por los que una película o cualquier otra cosa te puede llegar a gustar y luego recomendarla es tan complejo que se me hace cuesta arriba, de hecho a veces pienso que no es muy recomendable hacerlo, yo a veces le digo a alguien deberías verla, y luego siento que estoy invadiendo sus gustos, que como no le guste me sentiré fatal, etc... aunque en el caso de Promesas del este es ese tipo de película que si no fuera tan buena no habría manera de poderla recomendar.
Formalmente es un thriller clásico, la ambientación es un Londres lluvioso y frío, la historia no es de amor sin embargo tiene una parte de amor intenso, sin tonterías, el guión es complejo e hilvanado paso a paso hasta el final, la atmósfera es envolvente, oscura, y a la vez con aire de cuento de navidad y Naomi Watts está increíble, tan atractiva cuando se quita el casco, con los tejanos azules y las botas negras.
Pero los motivos por los que al salir del cine sientes algo especial son personales y difíciles de alcanzar.
Sencilla alegria
Ariadna es una chica de 33 años que acaban de despedir de su trabajo en la fábrica de hilos sintéticos, y que siente que lo ha perdido todo. Al salir de la fábrica y empezar a sentirse mal se adentra en el bosque que hay en la periferia de su ciudad, justo donde terminan los bloques de hormigón. Ese bosque se convierte es una especie de laberinto del que busca el centro para así poder salir, y donde, mientras tanto, se va encontrando una serie de personajes con los que se sienta a entablar conversación. Dos de esas conversaciones me han importado un poco más, quien no se ha sentido "desgraciado" al salir de tomar un café, o quien no ha pensado que eso que parecía tan malo te llevó a un lugar mejor...
"- Hace tiempo que mis padres murieron. Nunca tuve amigos, porque me cuesta relacionarme con las personas. Siempre pensé que lo que yo pudiera decir no interesaba a nadie. Sólo tenía un pequeño apartamento que pagaba con mi sueldo en una fábrica de hilos sintéticos. Al principio todo iba bien. Llegaba puntual, trabajaba mis horas, regresaba a casa. Cada día lo mismo. Pero un día empecé a soñar en una vida diferente: para empezar , imaginé que no vivía en aquella fea ciudad industrial, sino en un bonito jardín como éste...
- ¿Lo ves? dijo el anciano con placidez. Al proyectar tus sueños empezaste a construirlos.
- Bueno, el caso es que soñaba y soñaba cada vez más. Hasta que llegó un momento que no prestaba atención a las máquinas y los hilos sintéticos se me enredaban. Eso me sucedió al menos un par de veces. A la tercera me despidieron.
- ¿No te das cuenta? Una parte de ti que aún no conoces hizo que te equivocaras deliberadamente para que pudieras salir de la fábrica y llegar hasta donde habías soñado. A este jardín donde yo te estaba esperando.
....
Le dijo el camarero a Ariadna,
- He calculado que el contacto de un camarero con cada cliente que pide un café no supera de media un minuto escaso. Es el tiempo que suman el saludo y la pregunta "¿Qué desea tomar?", lo que te pide el cliente, cuando pones la taza sobre la mesa, la hora de pasar la cuenta y la despedida cuando se marcha. Son muchos momentos diferentes, pero el verdadero contacto entre el camarero y el cliente no supera en conjunto el minuto.
- ¿Y qué significa eso?
- Significa que es una oportunidad. Independientemente de la calidad del café, en ese minuto el camarero tiene ante sí tres opciones, o mejor dicho, tres posibles resultados que dependen de su actitud. En ese minuto puedes conseguir que la persona se marche peor de lo que ha llegado si eres grosero. O bien puede irse igual que ha venido si lo tratas con indiferencia. Pero también tienes la oportunidad de que salga del café mejor de lo que ha entrado si le regalas un poco de amabilidad. Todos tenemos cada día decenas de pequeños y grandes contactos con los demás. Nuestro reto es conseguir el tercer resultado: que su vida sea un poco mejor después de estar con nosotros."
El laberinto de la felicidad,
Alex Rovira y Francesc Miralles.
Párpados azules
"Al ganar un viaje para dos personas, Marina descubre que no tiene con quién compartir su premio, por lo que decide invitar a Víctor, un completo desconocido. Juntos descubrirán que para enamorarse no importan los escenarios idílicos ni las situaciones perfectas; si no existe la complicidad necesaria para amar, no habrá forma de mirarse a los ojos con amor."
bonita web
Hermanos Oligor
"… un día alguien que no conoces se fija en ti. Ese día te cambia la vida. Virginia se la cambió a Valentín. Cuando empiezas algo crees que va a ser para siempre y a veces no es así. Un día la magia como viene se va… te desenamoras…"
Divinidylle
1993
2007 Los aviones
Que me gustó muchisisisisimo el libro y... que no siempre todo cabe en un blog, ni ha de estar.
Carmen Laforet escribió Nada cuando tenía 23 años. Es la historia de Andrea, una chica con una ansia infinita de vivir sensaciones nuevas y con una sensibilidad a contracorriente de lo que le rodea. Un libro maravilloso escrito en el año 1944 y más contemporaneo que nada. Cuando acaba darías lo que fuera por seguir a Andrea en su viaje a Madrid con Ena.
"... mientras por afuera pasan los aviones..."
Andrea, en Nada
de Carmen Laforet.
"Me acuerdo de las primeras noches otoñales y de mis primeras inquietudes en la casa, avivadas con ellas. De las noches de invierno con sus húmedas melancolías: el crujido de una silla rompiendo el sueño y el escalofrío de los nervios al encontrar dos pequeños ojos luminosos - los gato del gato- clavados en los míos. En aquellas heladas horas hubo algunos momentos en que la vida rompió delante de mis ojos todos sus pudores y apareció desnuda, gritando intimidades tristes, que para mí eran sólo espantosas. Intimidades que la mañana se encargaba de borrar, como si nunca hubieran existido... Más tarde vinieron las noches de verano. Dulces y espesas noches mediterráneas sobre Barcelona, con su decorado zumo de luna, con su húmedo olor de nereidas que peinasen cabellos de agua sobre las blancas espaldas. En alguna de esas noches calurosas, el hambre, la tristeza y la fuerza de mi juventud me llevaron a un delirio de sentimiento, a una necesidad física de ternura, ávida y polvorienta como la tierra quemada presintiendo la tempestad.
Aquella misma tarde había sido la fiesta de Pons.
Durante cinco días había yo intentado almacenar ilusiones para esa escapatoria de mi vida corriente. Hasta entonces me había sido fácil dar la espalda a lo que quedaba detrás, pensar en emprender una vida nueva a cada instante. Y aquel día yo había sentido como un presentimiento de otros horizontes. Algo de la ansiedad terrible que a veces me coge en la estación al oír el silbido del tren que arranca o cuando paseo por el puerto y me viene en una bocanada el olor a barcos.
Mi amigo me había telefoneado por la mañana y su voz me llenó de ternura por él. El sentimiento de ser esperada y querida me hacía despertar mil instintos de mujer; una emoción como de triunfo, un deseo de ser alabada, admirada, de sentirme como la Cenicienta del cuento, princesa por unas horas, después de un largo incógnito...
Me acordaba de un sueño que se había repetido muchas veces en mi infancia, cuando yo era una niña cetrina y delgaducha; de esas a quienes las visitas nunca alaban por lindas y para cuyos padres hay consuelos reticentes. Esas palabras que los niños, jugando al parecer absortos y ajenos a la conversación, recogen ávidamente: «Cuando crezca, seguramente tendrá un tipo bonito», «los niños dan muchas sorpresas al crecer»..."
las fotos con las que más reconozco esta ciudad las hace cohetes naranjas, sin duda,