Es duro ser verde
Verde que te quiero verde
Sindicación
 
Buenas noches, señor monstruo

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Era de justicia: ganaron los monstruos. Y en mi casa hubo aplausos.

Yo creo que los monstruos nos gustan tanto porque son una metáfora (así como fácil, pero muy efectiva y la mar de aparente) para representar a los inadaptados, los que se creen feos, torpes, balbuceantes, inadecuados, fuera de lugar... A todo el mundo, vamos. O por lo menos, a mi, porque muchas veces me he sentido una de esas cosas, y más de una, todas a la vez.

No sé si será por eso por lo que me fascinan tanto... pero imagino que no, que hay algo más. Los monstruos es que suelen ser más interesantes. Veamos, por ejemplo, a la chica que cantaba por Ucrania, una rubia con pinta de muñeca de porcelana y pronunciado escote con forma de corazón que no dejaba de sonreír, guiñar el ojo, levantar el pulgar, y en general transmitir que "las cosas podrían ir mejor si todos pusieramos un poco de nuestra parte" (Título real de la canción suiza)... ¿A alguien le apetece conocerla? (Nota para los interesados: no me refiero bíblicamente) A mí no, desde luego, no me interesa nada. En cambio, si me entero de que esa misma pizpireta muchacha ha entrado bien jodida a su camerino, le ha dado una rabieta de mil pares de narices porque en el fondo ella es una insegura neurótica que cree (con razón) que nadie la quiere, le ha echado la culpa a la cuarta bailarina por la izquierda de sus muy pocos points y le ha tirado un jarrón a la cabeza, ha despedido a su manager cuando esté tiene que alimentar a diez churumbeles, y luego les ha echado un cubo de agua bendita por encima a los de Lordi por haberle ganao... pues ya la cosa como que gana mucho. Porque ella, en ese caso, sería realmente una monstrua, alguien con dobleces y zonas oscuras. Alguien mucho más interesante (aunque mejor mantenerse a una distancia prudencial cuando le da por el lanzamiento de jarrón)

Claro que en ese caso esta chica sería guapa por fuera, monstrua por dentro; lo que está bien... pero los Lordi, que majos ellos, son como más sinceros. Me gustaría pensar que estos cinco muchachotes piensan que por dentro somos todos igual de freaks horrendos, y por eso van de frente, reversibles: por dentro igual que por fuera. En el fondo, son como acudir a una primera cita con el pelo sucio, la ropa sin planchar, legañas en los ojos, eructando y de mala leche: un acto de sinceridad. En lugar de pretender que se es una persona maravillosa sin problemas, una empieza enseñando lo peor, y a partir de ahí hablamos. Todos tenemos algo, o mucho, de monstruo, y está bien sacarlo un sábado noche en casa mientras ves a unos finlandeses batir a un ruso saltimbanqui, o a el "ruiseñor de Sarajevo" (Literal).

Pues sí, me encantan los monstruos, pero no solo por eso me puse a dar palmas con las orejas después de que Lordi arrasarán con "guayomini-dipua" y todos los demás países. Es que, además, la canción molaba y, en general, la actuación funcionaba.

Extraño concepto este. Y se puede aplicar a las canciones eurovisivas como a las series de TV. Hay cosas que, simplemente, funcionan, lo sientes en las carnes. Y ni siquiera te tienen que gustar: Yo veo "Hostal Royal Manzanares" y me funciona, y en cambio "Academia de baile Gloria" no. Hay programas que no soporto que entiendo que gusten mucho a una determinada audiencia, que hacen "click", como si fueran una lámpara. Se aprieta una tecla que hace que se encienda la luz en los corazones, cerebros o partes bajas (que de todo hay) y se produce el milagro. En el fondo, es eso: como un interruptor, los programas, las canciones y los libros al final funcionan, o no funcionan.

Lordi funcionó. Porque eran diferentes, sí, pero no solo era cuestión del maquillaje (en realidad, yo creo que otr@s llevaban muchos más potingues, vease la representante croata, Miss Botox 2006, cantando una especie de jota militar sobre el tamaño de sus tacones. No es coña). Tenían ese algo intangible, ese "click", ese quinto elemento que diría Bruce Willis o esa cosa que hace que, William Goldman dixit, nadie sepa nada.

Ellos también tuvieron la suerte de que la gente les vio, comparó, no encontró nada mejor y los compró. Con los programas de TV no pasa eso: unos empezamos arriba y otros abajo, igualdad de condiciones lo que se dice no hay, pero aunque no lo parezca es justo: los demás llevan mucho más tiempo que nosotros currándose la confianza y la fidelidad del espectador, y su trabajo les ha costado. Nosotros tenemos que ir poquito a poquito, peleandonos contra todo y todos, pero tenemos algo de nuestro lado: el monstruo.

A mí me gusta mi serie porque en algunas ocasiones hablamos de monstruos. Una veces nos sale mejor que otras, claro. El capítulo de este miércoles (Modo autopromoción desvergonzada ON) nos ha quedado bastante majo, o eso me parece. Al menos, es la primera vez que escribo algo y siento que me gusta mucho la mayor parte del tiempo, que he complacido un pelin a ese crítico con muy mala baba que no me suele dejar pasar ni una llamado "yo mismo con mi mecanismo"; no creo que ganemos nada como los finlandeses del demonio (nunca mejor dicho), aunque un par de puntitos de chari estaría bien. Pero en todo caso, creo que hemos hecho una lámpara bonita, maja, con un cierto buen gusto, y que, sobre todo, casi siempre funciona, y da su poquito de luz.

Y además, si lo hemos hecho bien, con un poquito de suerte esa luz servirá para iluminar, claro, a un bonito monstruo.
 
¿Pero como se pronuncia "Middlesbrough"?
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Tengo un amigo guionista que, en la ocasión en que algo escrito por él gana a un programa de la competencia, suele decir que "se lo ha follado". De hecho especifica con los presentadores, en plan "Me he follado a Silvia Jato", "Me he follado a Pedro Piqueras" o "Me he follado al loco de la colina" (espeluznante, lo sé). Es un poco bestia, pero en realidad la expresión la usamos mucho, sin ir más lejos podríamos decir - y decimos - que el Sevilla anoche se folló al Middlesbrough... y, de paso, a toda la competencia televisiva.

En realidad, para ser justos y aplicar el simil a conciencia, anoche a nosotros nos follaron el futbol y todos los demás programas. Lo que en una peli porno se llama un "gang bang", vamos. Eramos la chica de las tetas grandes, la que acaba de llegar de Minesotta con el escote por el ombligo y se encuentra no sabe bien cómo metida en el autobús de un equipo de rugby, viéndose obligada a agacharse para recoger el botón del pantalon que se le ha caído al suelo. Ya nunca se levantará, y tampoco dará a basto, la pobre, sin saber muy bien de dónde le viene tanta cosa. En definitva: Traci Lords, a nuestro lado, una mojigata.

Sabíamos más o menos que iba a pasar y estábamos preparados para, como en el chiste, relajarnos y disfrutar... pero era difícil. (Nadie dijo que el sexo en grupo fuera fácil, oiga) Lo suyo hubiera sido olvidarse del tema y esperar a que llegaran días mejores (lease, sin futbol) pero reconozco que no pude evitarlo: Me senté a ver el partido.

Lo empecé a ver deseando que tuviera la menor audiencia posible, esto es: que el Middlesbrough ganara al descanso cuatro a cero. Así que allí estaba yo, animando a un equipo que no sé ni como se pronuncia y cuyos dos jugadores estrella son dos ex del barça y del atleti. ¡Y encima jugaban al pelotazo, los muy cabrones!

No es raro entonces que en cuanto marcó el Sevilla, chaquetero como yo solo, deseé que le metieran cuatro al equipo de nombre impronunciable... ¡y lo hicieron!. Lo hicieron, claro, justo durante los diez primeros minutos de nuestra serie, y de paso dieron a la expresión "meternos un gol por la escuadra" un nuevo y bonito significado. Nos la colaron por la escuadra, sí, tres veces. A los del Midilbrug, y a nosotros. Y luego nos machacaron con la celebración del post-partido, más aún cuando eramos los únicos que acababan a las 11 y poco.

O sea, que en la misma noche nos follaron: todos los trabajadores de un hospital, una comisaría de policia entera, 22 sudorosos jugadores de fútbol y cincuenta mil forofos en un estadio; todo eso mientras yo me desgañitaba gritando "¡Midelsbru!" o algo así, para después animar al Sevilla, como esquizofrénico. Y encima, esta mañana Javier Pérez de Albéniz nos pone muy bien. Todo tan, tan raro, que parece un caso para "Génesis". Al tiempo.

 
Críticas
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Con las críticas pasa como con las películas de terror: las mejores siempre son las peores, las más grotescas, con las que más te ríes.
Afortunadamente, las ha habido buenas... pero las malas son mucho más divertidas, para que nos vamos a engañar.

Cogido de un foro:

"La serie es tan mala que no sólo odio a todos los que participan en ella, sino también a sus familiares"

Creemos que es una broma. O esquizofrenia. Una de las dos.


Publicado en un periódico:

"Me entran ganas de secuestrar a los guionistas, arrancarles los pelos de las cejas e ir metiéndoselos por las orejas según la sucesión matemática de Fibonacci mientras con las uñas impares de sus miembros izquierdos moldeo letras cirílicas que den pistas de dónde me encuentro. Anda y que les den"

Joer... ¡Para que luego digan que no hay psicópatas en España, oiga!

Publicado en otro periódico:

"En Génesis: en la mente del asesino he visto a un comisario melómano y fumador, una psicóloga joven y guapa y un patólogo forense que explora cadáveres. Qué original”

Menos mal que en el segundo capítulo el patólogo forense se niega a explorar cadáveres, a la psicóloga la desfiguran hasta quedar hecha un monstruo, y el comisario se queda sordo. Que si no...

Habrá más, seguramente. Y serán recogidas convenientemente, y guardadas en una caja de zapatos en lo alto del armario... de esta manera, siempre podremos releerlas en uno de esos días tristes de lluvia en los que se necesita que te levanten el espíritu.

O a lo mejor las quemamos y hacemos vudú. Una de las dos cosas.
 
Supervivientes
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Supongo que todo el mundo sabe que se acaba de estrenar en Tele5 un programa llamado "Supervivientes". De hecho, a estas alturas, quien más quien menos ya debe conocer los nombres de la mayoría de los concursantes, ha visto el momento flotador de Marlene Morreau, y guarda una lista con su ranking particular de concursantes a los que le gustaría ver asolados por una fiebre tropical mortal, atacados por un tiburón con hambre, o azotados por un bigotazo de Jose María Iñigo. "Supervivientes" es lo que se llama un reality-show. Y además pertenece a la especie de los "reality de superviviencia".

Aunque a mí, sinceramente, me parece que tiene poco de "reality", y aún menos de "Supervivencia". De hecho, me parece mucho más "Reality" la serie "Perdidos", con sus osos polares, trampillas secretas, mensajes cifrados y todo lo demás. Al menos en "Perdidos" los personajes no son conscientes de que tienen una cámara delante y, paradojicamente, por ello actuan mucho menos. Puede ser ficción, pero cuenta más cosas de verdad. A diferencia de los famosos de "Supervivientes", a Jack y su grupo los podemos pillar con la guardia baja, algo que casi nunca pasará con una figura pública a la que le pongas una cámara delante... puede que de vez en cuando se les escape algo de verdad, algo que no querían mostrar, pero me da a mi que es más raro que los dichosos osos polares en medio de la jungla.

Y si es poco reality, de supervivencia tiene aún menos. A diferencia de los protas de "Perdidos", los famosos del programa de Jesus Vázquez (en que buen presentador se ha convertido el tío) saben que al acabar el rollo selvático van a volver a sus casas, sus oropeles y sus exclusivas en "Salsa rosa". Van a pasar un poquito de hambre y harán ejercicio todas las semanas, vale. Pero si eso es una aventura de supervivencia, la última dieta de mi madre es un safari por Kenia en bici, lo menos.

Si alguien llama a eso "supervivencia" es porque nunca ha visto "Perdidos" o ha tenido que luchar mucho por las lentejas. Es curioso, pero mientras en la tele triunfa "Supervivientes", dentro de ella hay una pelea mucho más brutal por, realmente, sobrevivir. Todas las noches. Y se producen auténticas batallas, algunas más cruentas que otras, en las que con frecuencia hay bajas: La última, "Tirando a dar", una serie que se notaba currada pero no parecía acabar de despegar, y que ya tiene fecha para su ejecución sumarísima.

La tele es así. Todos los días hay lucha... Anoche también. Aunque no quieras, claro. Menos aún con gente como Mariano, guionista de "Los hombres de Paco" del que todo el mundo me habla maravillas, y que es tan majo que hasta escribe comentarios en este blog. O con otros dos guionistas de "Hospital central", con sus respectivos blogs aquí y aquí , que parecen gente estupenda (a pesar de que no les guste Génesis, que se le va a hacer) y que comparte las típicas neuras, miedos y preocupaciones de este trabajo nuestro. Gente, en definitiva, con la que apetece mucho más tomarse unas cañas que sacar las uñas y batirse en duelo por un quítame allá esos puntos de chari...

Pero la tele es asín. La audiencia es un terrenito en el que luchamos por conquistar espacio y normalmente no hay para todos. Los hay que en su parcelita tienen para hacerse un duplex, a otros les alcanza para un loft... a nosotros de momento nos da para la caseta del perro y poco más, pero ahí estamos. Ojalá encontremos una forma de convivir todos y llegar a un armisticio, pero cuando hay tanto dinero de por medio (nunca el de los guionistas, claro) parece difícil. Que no imposible. Ojalá...

De todas formas, ahí va una propuesta pelín perversa. Que se dejen de tonterías de "Supervivientes" y si de verdad quieren asistir a una lucha encarnizada por la superviviencia, coloquen cámaras en las salas de juntas de las grandes cadenas, los despachos de las productoras, y las oficinas de los guionistas. Ahí sí que se iban a ver risas, lágrimas, sangre, sudor y vísceras... y mucha lucha por la supervivencia. Y sin red, sin posibilidad de poner un pie fuera del plató y olvidar la jungla. Eso sí que sería de verdad "Supervivientes", y un auténtico "reality-show". Pero supongo que a todos nos gustan los realitys con un poco menos de realidad.
 
El síndrome del guionista
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Hay ciertos síndromes o males que, por un motivo u otro, suelen venir asociados a una profesión en concreto: la ansiedad del controlador aereo, el codo del tenista, o la tendencia al suicidio del profesor de secundaria. Del guionista, en cambio, que yo sepa no hay nada. Es verdad que la mayoría nos ponemos mucho más redondos que nuestros tramas, de tanto estar sentados todo el día: y sí, solemos ser gente un poco friki que ha visto demasiadas películas, pero a mucha honra, oiga.

Sin embargo, yo creo que los guionistas sí solemos sufrir un mal: el síndrome de los perros apaleaos. No, los productores no nos pegan (eso dejaría marca, y ellos son muy listos). Sí, a veces somos vagos como perros, pero es lo que tiene depender tanto de la inspiración... pero no, la cosa no va tampoco por ahí. A ver si me explico.

El guionista está habituado a que lo que escribe no suela verse reflejado en pantalla como lo imaginó. Muchas veces es culpa nuestra (Ni Susan Sarandon ni Anthony Hopkins estaban disponibles para recitar tus supuestamente estupendas frases, y te tienes que conformar con un actor normalito que a su vez también se tiene que conformar con lo que considera que son tus muy normalitas frases) y otras muchas, de eso que llamamos el "proceso de producción", un mundo mágico en el que los establos con caballos se convierten en un relichar lejano en off y el exterior noche con lluvia acaba convertido en un interior con poca luz y el chorro de una manguera aporreando la ventana. A veces es verdad que se nos va la olla en plan el inolvidable principio de "El secleto de la tlompeta" ("Mil caballos corren por la pradera...") pero en la mayoría de ocasiones se trata de una simple realidad: es muy chungo poner un guión en imágenes, convertirlo en real, y que quede bien.

Sea por nuestra imaginación desbordante, por problemas de producción, o porque después de ser manoseado por mucha gente al final el niño se queda tonto, lo cierto es que en la mayoría de ocasiones suele ser un tanto desacorazonador "ver" lo que uno ha escrito. Incluso aunque los demás te digan que esté muy bien... nunca podrá superar a lo que tenías en la cabeza. Y es que imaginar un guión es mucho más fácil que plasmarlo, claro.

Es por esto que los guionistas suelen ser recelosos y un tanto pesimistas, sobre todo los de televisión, dónde ese "proceso de producción", si ya de por si es chungo, además se hace a toda velocidad y sin el freno de mano puesto. Esa cautela está bien, es sana: yo creo que el pesimismo dentro de un orden hace que uno amortigüe los golpes y reciba las flores con agradecida sorpresa. El problema viene cuando la euforia comienza a ddesatarse a tu alrededor.

He trabajado en una producción que iba bastante bien y con un productor muy entusiasta. Cada vez que venía a contarnos una buena nueva sobre lo bien que iba todo, lo mucho que estaban gustando los guiones, los decorados tan monos, los planos tan bonitos que se estaban haciendo... nosotros le recibíamos con una sonrisa triste y nos callábamos, como esperando que en cualquier momento dijera "y eso, pero...". Lo que pasa es que peros no ha habido casi ninguno, todo ha ido aparentemente muy bien; y cuanto mejor nos contaba que iban las cosas, más escépticos, precávidos y temeroso nos poníamos nosotros, hasta el punto de que el productor se enfadó, y con razón: ¿Pero que coño hay que hacer para que estos guionistas estén contentos?

Supongo que después de esa frase hubiera sido el momento de explicarle lo del síndorme del perro apaleao. Y es que cuando un perro recibe muchos palos, siempre está asustado, pensando que le puede caer una hostia en cualquier momento, de cualquier parte, más suspicaz imposible. Es más, cuando su amo se acerca con los brazos extendidos para darle un abrazo, el perro cree que en realidad le está levantando la mano y le va caer otra, y se acojona aún más. Y así somos los guionistas: con las orejas gachas, acojonados, esperando que nos caiga la hostia (el "pero") que nos tire un poco por tierra esa imagen probablemente pelín inalcanzable que habíamos reproducido en nuestras cabezas tantas veces.

La metáfora es chunga, lo sé (Sobre todo por el rollo productor-amo. Pero asín están las cosas). Pero es que además, los palos sí que vienen de todas partes: de los audímetros, de los críticos, de la panadera y del vecino del quinto, porque aquí de ficción sabemos todos, y de guiones todavía más.

Esta noche yo y mis compañeros nos enfrentamos a la posibilidad de que nos lluevan las hostias de todos lados: también los parabienes, claro, pero eso son más raros, y por eso mismo todavía más apreciados. Intento no sentirme un perro apaleao, no ponerme la venda antes de tener la herida y ser pesimista como autodefensa, pero no me sale. Está claro que tengo el síndrome, que puede que lo tenga toda mi vida (profesional), y que habrá que aprender a vivir con ello, oye. Y si no aprendo, siempre se pueden tomar otras medidas: Una vez le preguntaron a James Cameron que qué iba a hacer el día después del estreno de Titanic, cuando ya se sabría si la peli funcionaba o no, si ese trabajo brutal de tantos años iba a ser éxito o fracaso. Él contesto que no haría nada, solo esperaría. Esperaría en casa, pegado al teléfono, expectante ante la llamada definitva de su productor... con una botella llena de whisky en una mano y una pistola cargada en la otra.

Yo esta noche, de momento, me apunto a lo de la botella. Puede ser la mejor medicina para mi síndrome.