logotipo

img_google
Es duro ser verde
Verde que te quiero verde
Sindicación
 
La soledad del escritor de feria
Image Hosted by ImageShack.us


La cultura es tortura. O al menos eso parece en la feria del Libro. No es solo el calor, la aglomeración, el polen o los precios del granizado de limón... bueno, sí, es básicamente eso. Pero hay algo más, algo que convierte esta supuesta celebración, literalmente, en una tortura; pero teniendo en cuenta que los interesados se prestan a ella voluntariamente, supongo que habría que llamarlo mejor un festival S/M, pero con plumas en lugar de látigos y bermudas playeras en lugar de latex.

Los sujetos en cuestión son los escritores, claro. Particularmente aquellos que se prestan a firmar libros bajo un Sol de justicia sin la garantía de haber escrito un best seller, ganado un Planeta o aparecido en Crónicas Marcianas en algún momento de sus vidas. Y hay muchos: por cada Mario Vargas Llosa hay por lo menos diez curritos de la escritura, desde aspirantes a best seller con una catedral, temple o merovingio en el título, hasta los de culto, en plan "El cultivo del grillo estepario en la costa meridional atlántica". Y todos, y cada uno de ellos pasan en un momento dado por la feria, se sientan en su stand, y esperan que venga alguien solicitando una firmilla, por favor, y me lo dedica para Toñi, con cariño, y sin coñas.

Se les puede ver en sus sillas, un tanto incómodos, capeando el calor comon pueden, entreteniéndose con los empleados de la libreria/editorial, hablando del calor que hace, del Mundial, o como está todo, oye, que suele ser peor que antes, claro. De vez en cuando se les acerca a alguien, y nuestro escritor le observa con el rabillo del ojo, sin querer parecer desesperado, porque para firmar libros es tan poco recomendable como para ligar: en cunato huelen tus ansias, estás perdido. Por eso le escrutina como quien no quiere la cosa, tratando de dilucidar si está mirando un libro porque lo quiere comprar... ¿Acaso, oh cielos, estará interesado en el suyo? O quizás es que simplemente le suena su cara, de aquella entrevista que le hicieron en La 2 a las 4 de la mañana, o a lo mejor esa otra que le hicieron en la 4 a las 2...

Le ven también alejarse, y pretenden que nunca le prestaron atención en primer lugar, y como todos los que hemos sido solteros ansiosos en los bares de idem, finjen que aunque no firmen/liguen, ellos igual se los están pasando de puta madre, distrayendo al dependiente con una conversación de ascensor, hojeando su propia obra o disfrutando de esta soleada fiesta de la cultura y los abanicos. Aunque, claro, los pobres no engañan a nadie.

Lo peor de todo son las comparaciones. Porque, como siempre, si fuera un problema de todos no sería de nadie, claro. Pero no es así. Los autores de éxito, en el fondo saboteadores de la moral ajena, se mezclan con los que no se comen una rosca; por lo visto en esta feria, yo diría que Iker Jiménez es el que la tiene más grande, seguido de cerca por Mario Vargas Llosa y Cesar Vidal. Me refiero a la cola, que nadie se piense mal. A la cola de gente. Pero, aunque nos lleven mucho tiempo diciendo eso de que el tamaño no importa, lo de ver que a la de otros no se le ve el fin mientras que la tuya no tiene ni principio, pues eso, que debe de dar un complejo de micropene literario de no te menees.

De vez en cuando sí ocurre, por supuesto, que alguien se les acerca, sonriente, yendo inequivocamente hacia ellos, mirándoles a los ojos. El escritor se pone firme en su silla, se gira hacia su salvador, y entonces éste pronuncia la frase soñada:

- ¿Los baños, por favor?

Bueno, no es la frase soñada, pero al menos demuestra que nadie cree que el escritor tenga la lepra, que a veces tienen que entrar hasta dudas. Esta escena, por cierto, que puede parecer exagerada, la viví yo el Domingo pasado. La escritora en cuestíón era Paloma Lago, autora de cuenstos infantiles. Cuando hasta a Paloma Lago le ocurre algo así, está claro que el armaggedon ha llegado.

Pero a pesar de todo, ahí siguen ellos, más o menos conocidos, con las vergüenzas al aire, como eunucos nudistas. En el fondo, todos los que trabajamos en esta cosa del entretenimiento nos encontramos muy expuestos, claro. En nuestra serie, a las audiencias, que cada semana se empeñan más en hacernos parecer Torrebruno con reuma y post-mononucleosis en un concurso de Mister Universo. Va la cosa camino de que nos convirtamos en una serie de culto (satánico), esto es, en algo que ve muy poca gente. Y sería tan estupido echarle la culpa a las masas embrutecidas como aceptar el veredicto del público cual verdad inapelable sobre la calidad de nuestro trabajo. Hay millones de factores diferentes, y bien lo sabremos nosotros que nos rompemos los sesos analizándolos; pero, a diferencia del escritor en la feria, lo hacemos en la intimidad de nuestro curro o nuestro hogar, entre amigos y compañeros... y con aire acondicionado.

Por eso yo admiro a ese escritor, a todos ellos. Se enfrentan al vacío armados solo con paciencia y una sonrisa de "lo importante es participar"... y por dentro pueden convencerse de que no importa, de que con una buena campaña de publicidad, un programa de radio, un par de premios o un poco de suerte, ellos también podrían tener la muñeca dislocada de tanto dedicar sus libros y la sonrisa desencajada de tanto tomarse fotos con fanes; y pueden pensar que el hecho de no tener éxito no quita un apice de calidad y esfuerzo a su obra, por la que habrán sudado casi tanto como ahora lo hacen bajo el solanero madrileño de Junio en un stand cualquiera de la feria. Y todo eso puede ser verdad. Pero, en el fondo, reconozcámoslo: todos queremos que nos quieran, que nos aprecien, que nos admiren un poquito, que nos digan aquello de "Me ha encantao, oiga"; y, si es posible, tener la cola más larga, claro.