Buenas.
Quisiera invitaros a un concurso literario que se realiza en una página del cantante Joaquín Sabina:
www.flaquillo.com
Dentro del Foro, en Café Literario, está el post dónde se explican las bases.
Consiste en enviar una Poesía que contenga el verso: este virus que no muere.
O bien una Prosa de no más de 1500 palabras que contenga: otra vez a perder un partido sin tocar el balón
Libre tema, y libre extensión del poema.
Podéis participar todos sin compromiso alguno, es gratis...
Solo hay que dejar el poema o relato en el mismo post o enviármelo por mail, como prefieran.
Allí se pueden leer algunas de las composiciones de otros participantes.
Recibiréis un obsequio como agradecimiento por vuestra colaboración, si ganáis recibiréis un lote de libros en formato digital.
La verdad que es algo enriquecedor como experiencia.
Os animo a todos a participar y a pasar un buen momento con la lectura.
El año pasado quedó algo guapo. Este año puede quedar todavía mejor.
Para cualquier pregunta aquí estoy.
Gracias.
Quisiera invitaros a un concurso literario que se realiza en una página del cantante Joaquín Sabina:
www.flaquillo.com
Dentro del Foro, en Café Literario, está el post dónde se explican las bases.
Consiste en enviar una Poesía que contenga el verso: este virus que no muere.
O bien una Prosa de no más de 1500 palabras que contenga: otra vez a perder un partido sin tocar el balón
Libre tema, y libre extensión del poema.
Podéis participar todos sin compromiso alguno, es gratis...
Solo hay que dejar el poema o relato en el mismo post o enviármelo por mail, como prefieran.
Allí se pueden leer algunas de las composiciones de otros participantes.
Recibiréis un obsequio como agradecimiento por vuestra colaboración, si ganáis recibiréis un lote de libros en formato digital.
La verdad que es algo enriquecedor como experiencia.
Os animo a todos a participar y a pasar un buen momento con la lectura.
El año pasado quedó algo guapo. Este año puede quedar todavía mejor.
Para cualquier pregunta aquí estoy.
Gracias.
RUIDO Joaquín Sabina
"Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final...
Quiso Carnavales y encontró fatalidad,
porque todos los finales
son el mismo repetido
Y CON TANTO RUIDO
NO ESCUCHARON EL FINAL
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Mucho, mucho ruido...
RUIDO DE AMENAZAS
Tanto, tanto ruido.
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
ruido años perdidos,
ruidos animales,
CONTAGIOSO RUIDO
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
SILENCIOSO RUIDO
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
RUIDO DEL PASADO
ruido mal nacido,
ruido tan oscuro,
puro y duro ruido.
(Ruido “¿qué me has hecho?”
ruido “yo no he sido”)
ruido insatisfecho,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
RUIDO SIN SENTIDO
ruido, ruido, ruido..."
PD: ¿para cuándo por fin el fin?
"Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final...
Quiso Carnavales y encontró fatalidad,
porque todos los finales
son el mismo repetido
Y CON TANTO RUIDO
NO ESCUCHARON EL FINAL
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Mucho, mucho ruido...
RUIDO DE AMENAZAS
Tanto, tanto ruido.
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
ruido años perdidos,
ruidos animales,
CONTAGIOSO RUIDO
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
SILENCIOSO RUIDO
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
RUIDO DEL PASADO
ruido mal nacido,
ruido tan oscuro,
puro y duro ruido.
(Ruido “¿qué me has hecho?”
ruido “yo no he sido”)
ruido insatisfecho,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
RUIDO SIN SENTIDO
ruido, ruido, ruido..."
PD: ¿para cuándo por fin el fin?
Al otro lado de la orilla del Sena donde habitan los hippies italianos que
enseñan el culo, hay un pequeño restaurante llamado “la cena debida”. Cuando ya
nadie queda por las calles francesas, y detrás de las columnas de los Campos
Eliseos no quedan más que atracadores escondidos en unas, parejas besuqueándose
en otras, y turistas clamando al cielo por un taxi, el mundo parece que se
acaba, y ese cielo negro es traspasado por una antorcha apagada llamada Eiffel.
En plena catarsis de ciudad y un orden jónico incumplido, un ruido de pasos
sobre el suelo mojado hace su aparición por la escalinata. Le acompañan unos
vaqueros, una chaqueta a cuadros con coderas y una bufanda disfrazada de burda
corbata. El personaje en cuestión carraspea, se frota las manos y fuma
imaginariamente preso del frío. Llega antes de tiempo a la cita, y se queda bajo
un soportal enfrente del restaurante. Mira a un lado y a otro, y al fin se
libera de la bufanda, ahogado por su tela. Traga saliva, nervioso, y suspira
mirando la tenue bombilla del techo. Se trata de Abel, presto a entrar por la
puerta y en la hora convenida. Mira el reloj de forma torpe, y se precipita a
cruzar la calle con paso firme hacia la puerta del restaurante. No entiende las
pegatinas que dicen si empujar o tirar, así que forcejea un rato hasta acertar,
y sin más preámbulos hace su aparición.
Dos camareras se le acercan vestidas de rigurosa camisa blanca, chaleco negro y
falda hasta la altura de las rodillas que siguen una cortina de medias. Le
hablan en francés. El frunce el ceño, no entiende. Solo tiene que ver a una
persona. El aroma del ambiente le recuerda a una vieja colonia de magnolia, sin
hacer mención a una musiquilla de acordeón que se va desvaneciendo por segundos.
Gira la cabeza, mirando algún gesto al cual pueda reconocer, más se halla en la
única compañía de aquellas mismas camareras ofreciéndole una carta, pronunciando
palabras para él inentendibles. Se lleva una mano a la frente para buscar una
solución a todo aquello, y lo único que descubre es una mano tocándole por
detrás del hombro. Se gira y la descubre, vestida como se la imaginaba, de
riguroso negro.
- ¿ Esperanza? – pregunta esperando cualquier respuesta
- ¿Abe?
- Más o menos, que ya no sé ni lo que me ha llamado esta gente. Bubuloquesea o
algo así, mira que tener que quedar en Francia ¿eh?
- Era la única manera de poder llevar a buen puerto el intercambio.
- ¿Sabes que hablas como las espias profesionales?
- Se hace lo que se puede. Bueno, ya que estamos aquí ¿cenamos no?
- Si sí, es que esta gente, llegan las siete, y es que cierran hasta las calles,
de verdad que es que manda cojones.
Y ESPE no hace sino señalar una mesa en un rincón. Abel se encamina hacia allá,
atravesando la sala, comprobando como la mayor parte de las mesas están ocupadas
por japoneses vestidos del modo más elegante. “Donde me he metido” piensa para
sus adentros.
Para guardar las formas retira la mesa para que se siente Espe, pero ella hace
caso omiso, y se saca su propia silla. Abel se queda con pose de torero y cara
de gilipollas mirando la silla, y no le queda otra que resignarse y sentarse.
Las camareras les siguen y les llevan la carta. La abre y comienza a ojear un
catálogo de nombres que jamás antes había visto, y reconoce gran sosiego cuando
descubre las fotos para poder guiarse.
- No sé para qué pierdes el tiempo mirando la carta. – le dice Espe
- ¿Perdona?
- Que ya he pedido yo.
- Oye, ya en serio, ¿yo le he hecho algo a tu organización o algo? Que pareces
hasta como resentida y yo lo estoy flipando.
- ¿Lo estás flipando?
- Sí, sí, que no sé muy bien ni que decir ni cómo comportarme. Yo solo vine aquí
a traerte este sello, y bueno, de acuerdo con venir hasta Francia si así
evitamos un marrón de cojones, pero yo ya más es que de verdad que no lo
asimilo, perdona que te sea tan así, que no sé si me explico yo ya.
- Pues sabes, todavía no ha empezado la ficción.
Y de pronto, los ojos de Espe se tornan rojos, y hacen que los cubiertos vuelen
en circulo sobre la cabeza de Abel, quien mirando a su alrededor comprueba que
ninguno de los japoneses se altera de lo que sucede, y ya duda sobre si todo
aquello es creación de su imaginación.
- ¿Viste? Cuando te llamé, se me olvidó decirte que soy una bruja.
Abel no hace sino beber de la primera copa de su derecha para poder hallar algún
tipo de respuesta. Pero le salvan de nuevo las camareras con dos humeantes
platos.
- Walá- y allí lo colocan en la mesa y se retiran.
Mira extrañado aquel caldo oscuro mezclado con olor dulce.
- ¿Qué coño es esto Esperanza?
- Sopa de canela
- ¿Qué? – con cara de repulsa
- Sopa de canela
- Joder, mira, las cosas ya vamos a definirlas, que si si, mira tu eres una
bruja y toda la pesca, y yo lo que voy a hacer es como si no pasara nada y lo
más normal del mundo. ¿De acuerdo? ¿Te doy el sello ahora?
SP no hace más que sonreir pizpireta. Le divierte sembrar aquella incertidumbre
en el protagonista. Con ademanes actorales, como si se tratara de una actriz de
teatro clásico, chasquea los dedos, relaja la mirada, blande una sonrisa y se
toma un tempo para entonar.
- Tampoco quiero el sello.
Abel se halla degustando esa insulsa sopa para colmar toda toma de tierra por la
cual estaba allí sentado.
- ¿Y entonces?
- Pues me han pagado para acabar contigo y matarte
- ¿Y lo dices así tan tranquila cenando conmigo?
- Sí, sí, no tengo ningún problema en serte sincera.
- ¿Y si es al revés?
- No, es una hipótesis errónea, creeme Abe.
- Mira ya no sé como tomarme esto. Llevo toda la noche jodido y rallado. Así que
solo te voy a decir una cosa. Si me matas antes de terminar la cena, te va a
tocar pagar a ti.
Espe comienza a aplaudir lentamente, más divertida aún que antes.
- ¿Sabes? Por un momento parecías alguien, pero solo imitabas a Robert de Niro.
Te voy a volver a ser sincera. Ahora mismo eres una persona desesperada.
- No, no, no es pose, de verdad creeme, visto lo visto. Vamos a pasarlo de puta
madre.
Y Abel se levanta reclamando champaign con acento torpe. Todos aquellos
japoneses siguen comiendo a tropel, sin enterarse de atisbo alguno de lo que
sucedía en aquella mesa. Enseguida traen la cubitera, dos copas, el paño y la
botella descorchada.
- Mira Esperanza – tomando la palabra mientras sirve las dos copas- vamos a
brindar por una insignificancia, por mi fin. ¿te parece bien? A ti te van a
pagar por ello y yo me voy a ir al otro lado tras cenar con una bruja de
escándalo y un champagn cojonudo. Eso sí, la sopa de canela la hubiera cambiado.
El caso, ese que ya a estas alturas, ¿qué puedo perder?
- ¿Quieres que te lo diga?
- No veo por que no.
- A ver, Abel, no era una sopa de canela cualquiera. Ya te dije, soy una bruja,
de escándalo como has apuntado hace un momentito. Si te fijas yo no la he
probado. Yo la hice pócima, no sé como te fias de una bruja en una cena.
Entonces, ¿qué puedes perder? Pues siento decirte, y espero me lo disculpes, que
ahora ya tu cosita no funciona. Y eso para vosotros es perder mucho ¿no?
- Me cago en la leche- y se sobresalta levantándose- hasta aquí podíamos llegar
Espe ni se inmuta.
- Abel, siéntate, por favor.
- No, no, me voy a ir por donde he venido y me voy a asegurar de que esto
funciona. Si no es así, ya rezarás para que no me cruce contigo.
- Delteri Delantari Delantari
- ¿Qué?
- Delteri DELANTARI DELANTARI!!!!!
Y preso de los vientos y las fuerzas sobrenaturales, Abel se empotra de nuevo,
inmovilizado contra la silla. No puede ni hablar, tan solo acertar a mirar.
Espe se le acerca y le susurra al oido.
- Está muy mal eso que has dicho, y ahora te vas a comer toda la sopa.
Sin más, sujeta la cuchara llenándola, y vaciándola como a un nene pequeño a un
Abel que no puede hacer nada por evitarlo.
- Esta va por el japonés aquel, esta va por la camarera, ay que niño más bueno..
Le acaricia la cara maliciosamente, y a continuación otras dos cucharadas hasta
casi reventar.
Ya todo parece perdido para Abel, esta sujeto a la arbitrariedad, a los juegos,
a la voluntad de aquella bruja maliciosa con ecos de actriz lorquiana. Con la
garganta ardiendo y golpes de canela atravesándole, solo puede cerrar los ojos
con todas sus fuerzas.
Entonces se despierta, se frota los ojos, no sabe en qué cama está, cuando logra
acostumbrarse a la luz respira aliviado. Ha sido todo un sueño. Se desarropa y
ve como todo su cuerpo está garabateado por tatuajes que han surgido del
improviso. Todos dicen: “No me llames esperanza, llamame Espe”
ABELITO
enseñan el culo, hay un pequeño restaurante llamado “la cena debida”. Cuando ya
nadie queda por las calles francesas, y detrás de las columnas de los Campos
Eliseos no quedan más que atracadores escondidos en unas, parejas besuqueándose
en otras, y turistas clamando al cielo por un taxi, el mundo parece que se
acaba, y ese cielo negro es traspasado por una antorcha apagada llamada Eiffel.
En plena catarsis de ciudad y un orden jónico incumplido, un ruido de pasos
sobre el suelo mojado hace su aparición por la escalinata. Le acompañan unos
vaqueros, una chaqueta a cuadros con coderas y una bufanda disfrazada de burda
corbata. El personaje en cuestión carraspea, se frota las manos y fuma
imaginariamente preso del frío. Llega antes de tiempo a la cita, y se queda bajo
un soportal enfrente del restaurante. Mira a un lado y a otro, y al fin se
libera de la bufanda, ahogado por su tela. Traga saliva, nervioso, y suspira
mirando la tenue bombilla del techo. Se trata de Abel, presto a entrar por la
puerta y en la hora convenida. Mira el reloj de forma torpe, y se precipita a
cruzar la calle con paso firme hacia la puerta del restaurante. No entiende las
pegatinas que dicen si empujar o tirar, así que forcejea un rato hasta acertar,
y sin más preámbulos hace su aparición.
Dos camareras se le acercan vestidas de rigurosa camisa blanca, chaleco negro y
falda hasta la altura de las rodillas que siguen una cortina de medias. Le
hablan en francés. El frunce el ceño, no entiende. Solo tiene que ver a una
persona. El aroma del ambiente le recuerda a una vieja colonia de magnolia, sin
hacer mención a una musiquilla de acordeón que se va desvaneciendo por segundos.
Gira la cabeza, mirando algún gesto al cual pueda reconocer, más se halla en la
única compañía de aquellas mismas camareras ofreciéndole una carta, pronunciando
palabras para él inentendibles. Se lleva una mano a la frente para buscar una
solución a todo aquello, y lo único que descubre es una mano tocándole por
detrás del hombro. Se gira y la descubre, vestida como se la imaginaba, de
riguroso negro.
- ¿ Esperanza? – pregunta esperando cualquier respuesta
- ¿Abe?
- Más o menos, que ya no sé ni lo que me ha llamado esta gente. Bubuloquesea o
algo así, mira que tener que quedar en Francia ¿eh?
- Era la única manera de poder llevar a buen puerto el intercambio.
- ¿Sabes que hablas como las espias profesionales?
- Se hace lo que se puede. Bueno, ya que estamos aquí ¿cenamos no?
- Si sí, es que esta gente, llegan las siete, y es que cierran hasta las calles,
de verdad que es que manda cojones.
Y ESPE no hace sino señalar una mesa en un rincón. Abel se encamina hacia allá,
atravesando la sala, comprobando como la mayor parte de las mesas están ocupadas
por japoneses vestidos del modo más elegante. “Donde me he metido” piensa para
sus adentros.
Para guardar las formas retira la mesa para que se siente Espe, pero ella hace
caso omiso, y se saca su propia silla. Abel se queda con pose de torero y cara
de gilipollas mirando la silla, y no le queda otra que resignarse y sentarse.
Las camareras les siguen y les llevan la carta. La abre y comienza a ojear un
catálogo de nombres que jamás antes había visto, y reconoce gran sosiego cuando
descubre las fotos para poder guiarse.
- No sé para qué pierdes el tiempo mirando la carta. – le dice Espe
- ¿Perdona?
- Que ya he pedido yo.
- Oye, ya en serio, ¿yo le he hecho algo a tu organización o algo? Que pareces
hasta como resentida y yo lo estoy flipando.
- ¿Lo estás flipando?
- Sí, sí, que no sé muy bien ni que decir ni cómo comportarme. Yo solo vine aquí
a traerte este sello, y bueno, de acuerdo con venir hasta Francia si así
evitamos un marrón de cojones, pero yo ya más es que de verdad que no lo
asimilo, perdona que te sea tan así, que no sé si me explico yo ya.
- Pues sabes, todavía no ha empezado la ficción.
Y de pronto, los ojos de Espe se tornan rojos, y hacen que los cubiertos vuelen
en circulo sobre la cabeza de Abel, quien mirando a su alrededor comprueba que
ninguno de los japoneses se altera de lo que sucede, y ya duda sobre si todo
aquello es creación de su imaginación.
- ¿Viste? Cuando te llamé, se me olvidó decirte que soy una bruja.
Abel no hace sino beber de la primera copa de su derecha para poder hallar algún
tipo de respuesta. Pero le salvan de nuevo las camareras con dos humeantes
platos.
- Walá- y allí lo colocan en la mesa y se retiran.
Mira extrañado aquel caldo oscuro mezclado con olor dulce.
- ¿Qué coño es esto Esperanza?
- Sopa de canela
- ¿Qué? – con cara de repulsa
- Sopa de canela
- Joder, mira, las cosas ya vamos a definirlas, que si si, mira tu eres una
bruja y toda la pesca, y yo lo que voy a hacer es como si no pasara nada y lo
más normal del mundo. ¿De acuerdo? ¿Te doy el sello ahora?
SP no hace más que sonreir pizpireta. Le divierte sembrar aquella incertidumbre
en el protagonista. Con ademanes actorales, como si se tratara de una actriz de
teatro clásico, chasquea los dedos, relaja la mirada, blande una sonrisa y se
toma un tempo para entonar.
- Tampoco quiero el sello.
Abel se halla degustando esa insulsa sopa para colmar toda toma de tierra por la
cual estaba allí sentado.
- ¿Y entonces?
- Pues me han pagado para acabar contigo y matarte
- ¿Y lo dices así tan tranquila cenando conmigo?
- Sí, sí, no tengo ningún problema en serte sincera.
- ¿Y si es al revés?
- No, es una hipótesis errónea, creeme Abe.
- Mira ya no sé como tomarme esto. Llevo toda la noche jodido y rallado. Así que
solo te voy a decir una cosa. Si me matas antes de terminar la cena, te va a
tocar pagar a ti.
Espe comienza a aplaudir lentamente, más divertida aún que antes.
- ¿Sabes? Por un momento parecías alguien, pero solo imitabas a Robert de Niro.
Te voy a volver a ser sincera. Ahora mismo eres una persona desesperada.
- No, no, no es pose, de verdad creeme, visto lo visto. Vamos a pasarlo de puta
madre.
Y Abel se levanta reclamando champaign con acento torpe. Todos aquellos
japoneses siguen comiendo a tropel, sin enterarse de atisbo alguno de lo que
sucedía en aquella mesa. Enseguida traen la cubitera, dos copas, el paño y la
botella descorchada.
- Mira Esperanza – tomando la palabra mientras sirve las dos copas- vamos a
brindar por una insignificancia, por mi fin. ¿te parece bien? A ti te van a
pagar por ello y yo me voy a ir al otro lado tras cenar con una bruja de
escándalo y un champagn cojonudo. Eso sí, la sopa de canela la hubiera cambiado.
El caso, ese que ya a estas alturas, ¿qué puedo perder?
- ¿Quieres que te lo diga?
- No veo por que no.
- A ver, Abel, no era una sopa de canela cualquiera. Ya te dije, soy una bruja,
de escándalo como has apuntado hace un momentito. Si te fijas yo no la he
probado. Yo la hice pócima, no sé como te fias de una bruja en una cena.
Entonces, ¿qué puedes perder? Pues siento decirte, y espero me lo disculpes, que
ahora ya tu cosita no funciona. Y eso para vosotros es perder mucho ¿no?
- Me cago en la leche- y se sobresalta levantándose- hasta aquí podíamos llegar
Espe ni se inmuta.
- Abel, siéntate, por favor.
- No, no, me voy a ir por donde he venido y me voy a asegurar de que esto
funciona. Si no es así, ya rezarás para que no me cruce contigo.
- Delteri Delantari Delantari
- ¿Qué?
- Delteri DELANTARI DELANTARI!!!!!
Y preso de los vientos y las fuerzas sobrenaturales, Abel se empotra de nuevo,
inmovilizado contra la silla. No puede ni hablar, tan solo acertar a mirar.
Espe se le acerca y le susurra al oido.
- Está muy mal eso que has dicho, y ahora te vas a comer toda la sopa.
Sin más, sujeta la cuchara llenándola, y vaciándola como a un nene pequeño a un
Abel que no puede hacer nada por evitarlo.
- Esta va por el japonés aquel, esta va por la camarera, ay que niño más bueno..
Le acaricia la cara maliciosamente, y a continuación otras dos cucharadas hasta
casi reventar.
Ya todo parece perdido para Abel, esta sujeto a la arbitrariedad, a los juegos,
a la voluntad de aquella bruja maliciosa con ecos de actriz lorquiana. Con la
garganta ardiendo y golpes de canela atravesándole, solo puede cerrar los ojos
con todas sus fuerzas.
Entonces se despierta, se frota los ojos, no sabe en qué cama está, cuando logra
acostumbrarse a la luz respira aliviado. Ha sido todo un sueño. Se desarropa y
ve como todo su cuerpo está garabateado por tatuajes que han surgido del
improviso. Todos dicen: “No me llames esperanza, llamame Espe”
ABELITO
Su pelo...
El carbón, el asfalto, la mecha quemada, el vestido de un cardenal, el petróleo... nada es tan negro como su pelo rizado. Los cabellos que se le ondulan, divertidos, se enredan entre ellos mismos por el simple placer de regocijarse, y la brisa, que siempre acaricia lo que más le divierte, encuentra en ellos un parque de atracciones.
Sus ojos...
Ni almendras ni cerezas, ni marrones ni azules, ni guiños, ni negros... sus ojos son dos lunas llenas de algas y agua fresca con olor a mar; con el olor que se siente cuando la inmensidad, la profundidad, se integra en el corazón a través de una atenta mirada. Sin esa mirada sus ojos solo serían bellos ojos, sin esos ojos, su mirada penetraría igual.
Y sus pestañas son de largas como las de mi King Kong, pero de un negro más intenso, como remarcando que cuando protegen lo hacen con orgullo.
Su nariz...
...pequeña, chata, con dos agujeritos de sabiduría, porqué cualquier olor es examinado detenidamente, escrutado, memorizado... y reconocer lo que hueles es saber qué ves y qué tocas.
Su sonrisa...
¡Ay, qué sonrisa!
Pocos saben sonreír, porque pocos lo hacen simplemente por el hecho de hacerlo.
Su sonrisa es aquello que llamo yo la triste felicidad, porqué cuando la sientes (dentro de su cara iluminada):
... lloras para expulsar la felicidad que te oprime el pecho y no te cabe, no las penas y preocupaciones que ya se han desvanecido cobardemente.
... y ríes feliz de contemplarle, de ver que está ahí, de notar que se dirige a ti sin ocultar todo aquello que siente. Dándose, regalándose... como un buen payaso.
Su cuerpo...
...unos huesos que desprenden inocencia, tranquilidad. El muñeco de peluche más suave del mundo no incitaría al abrazo como ese escaso metro que llenaba el espacio...
Qué decir...
Saben una cosa, la felicidad es algo que se puede ver...
PD:Tendría aproximadamente cinco años, no entendía castellano. Jugó conmigo, sin conocerme, a pasar la pelota. El padre llegó más tarde y le dijo:
- Baso, baso...
Y este niño me dio un besito en la cara...
El carbón, el asfalto, la mecha quemada, el vestido de un cardenal, el petróleo... nada es tan negro como su pelo rizado. Los cabellos que se le ondulan, divertidos, se enredan entre ellos mismos por el simple placer de regocijarse, y la brisa, que siempre acaricia lo que más le divierte, encuentra en ellos un parque de atracciones.
Sus ojos...
Ni almendras ni cerezas, ni marrones ni azules, ni guiños, ni negros... sus ojos son dos lunas llenas de algas y agua fresca con olor a mar; con el olor que se siente cuando la inmensidad, la profundidad, se integra en el corazón a través de una atenta mirada. Sin esa mirada sus ojos solo serían bellos ojos, sin esos ojos, su mirada penetraría igual.
Y sus pestañas son de largas como las de mi King Kong, pero de un negro más intenso, como remarcando que cuando protegen lo hacen con orgullo.
Su nariz...
...pequeña, chata, con dos agujeritos de sabiduría, porqué cualquier olor es examinado detenidamente, escrutado, memorizado... y reconocer lo que hueles es saber qué ves y qué tocas.
Su sonrisa...
¡Ay, qué sonrisa!
Pocos saben sonreír, porque pocos lo hacen simplemente por el hecho de hacerlo.
Su sonrisa es aquello que llamo yo la triste felicidad, porqué cuando la sientes (dentro de su cara iluminada):
... lloras para expulsar la felicidad que te oprime el pecho y no te cabe, no las penas y preocupaciones que ya se han desvanecido cobardemente.
... y ríes feliz de contemplarle, de ver que está ahí, de notar que se dirige a ti sin ocultar todo aquello que siente. Dándose, regalándose... como un buen payaso.
Su cuerpo...
...unos huesos que desprenden inocencia, tranquilidad. El muñeco de peluche más suave del mundo no incitaría al abrazo como ese escaso metro que llenaba el espacio...
Qué decir...
Saben una cosa, la felicidad es algo que se puede ver...
PD:Tendría aproximadamente cinco años, no entendía castellano. Jugó conmigo, sin conocerme, a pasar la pelota. El padre llegó más tarde y le dijo:
- Baso, baso...
Y este niño me dio un besito en la cara...