Canción: Fabià
Yo fumo aire. Lo sé, lo pone en la cajetilla: vivir mata, siempre. Vale, vale... para los que les da miedo esta expresión, maticemos: vivir conlleva morir. Que dicho así parece diferente. Como si no fuera consecuencia directa. Como si el fin cayera un poquito más lejos. Menos molesto. No tan real. Igualmente, mire por donde se mire, duele, ni que sea un poquitín. Aún recuerdo cuando me decían: “la ignorancia hace la felicidad.” Si lo hubiera pensado antes...
Pero dejémonos de sentimentalismos y encontremos aquello que, mientras, nos haga disfrutar. No hace falta buscar mucho. Ahí va: el dinero da la felicidad. Lo cual no significa que por tener más dinero (de lo necesario) tendrás más felicidad. Que sí, que el dinero da la felicidad, lo que pasa es que muchos no saben reconocerla aún teniéndola. Si lo dice la canción “quien es pobre en dinero no puede comprarse la vida.”
Por que no acabo de entender cómo gente que tiene un techo para refugiarse, comida para alimentarse y agua potable con la que nutrirse, no es feliz. Y no solo eso, sino además teniendo alfombras en la bañera para no resbalarse, llaveritos que cuelgan de sus móviles, fundas para guardar el mando de la televisión, peluches para enganchar en el espejo del coche, céntimos para comprarse chicles que quitan el mal aliento... encima, se quejan diciendo que no la tienen. Qué ingrato el ser humano. Lo siento, pero estoy indignada. Que pregunten a las personas que beben agua con barro, comen algo cada tres días y encuentran el refugio bajo su misma piel, que les pregunten qué necesitan para vivir, qué necesitan para sentirse bien, para poder fumar aire, felizmente.
Yo fumo aire. Lo sé, lo pone en la cajetilla: vivir mata, siempre. Vale, vale... para los que les da miedo esta expresión, maticemos: vivir conlleva morir. Que dicho así parece diferente. Como si no fuera consecuencia directa. Como si el fin cayera un poquito más lejos. Menos molesto. No tan real. Igualmente, mire por donde se mire, duele, ni que sea un poquitín. Aún recuerdo cuando me decían: “la ignorancia hace la felicidad.” Si lo hubiera pensado antes...
Pero dejémonos de sentimentalismos y encontremos aquello que, mientras, nos haga disfrutar. No hace falta buscar mucho. Ahí va: el dinero da la felicidad. Lo cual no significa que por tener más dinero (de lo necesario) tendrás más felicidad. Que sí, que el dinero da la felicidad, lo que pasa es que muchos no saben reconocerla aún teniéndola. Si lo dice la canción “quien es pobre en dinero no puede comprarse la vida.”
Por que no acabo de entender cómo gente que tiene un techo para refugiarse, comida para alimentarse y agua potable con la que nutrirse, no es feliz. Y no solo eso, sino además teniendo alfombras en la bañera para no resbalarse, llaveritos que cuelgan de sus móviles, fundas para guardar el mando de la televisión, peluches para enganchar en el espejo del coche, céntimos para comprarse chicles que quitan el mal aliento... encima, se quejan diciendo que no la tienen. Qué ingrato el ser humano. Lo siento, pero estoy indignada. Que pregunten a las personas que beben agua con barro, comen algo cada tres días y encuentran el refugio bajo su misma piel, que les pregunten qué necesitan para vivir, qué necesitan para sentirse bien, para poder fumar aire, felizmente.
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Te debo una explicación y más de una confesión. Lo último me lo callo porque ni viene a cuento... ni me atrevo, para qué negarlo. Lo otro es bien sencillo: sonrío, me siento bien, soy feliz y voy contándolo por ahí. Sí, tan genial que me miras como el ingrato ateo que observa una procesión. Solo se trata de respirar como a uno más le convenga (no plazca) porque la felicidad es estar alegre y triste, alternativamente. Sé que a veces no está compensada la cosa, pero ese es el juego: tiras las veces que haga falta hasta que te salga el dichoso seis y venga, de puente a puente (y tiras porque te sigue la corriente). Tú no encontrabas el dado y pensaste que la tercera persona del femenino singular podía ayudarte (¡con lo ordenadas que somos!). Yo pasé de ser pronombre, fíjate tú. Pero ¿sabes una cosa? también pasaba de otras sensaciones y ahora, sin embargo, me cuesta tanto...
Canción: Siempre hay un camino de Alejandro Martínez
Saliendo de la parada del metro de Urquinaona, a mano izquierda, calle Camino número 13, bajos...
Él le pidió que le diera un beso en la boca. Ella aceptó. Comieron patatas, bebieron felices y saborearon el principio de los finales que más o menos acaban bien. El pianista del lugar les observó de reojo, como si fuera indecente buscar la inspiración en las chispas de otros. Cerró los sentidos a ver si se le subía la música a la cabeza, pero solo escupió un acorde de más. La chica de rizos de oro y gafas de pasta pensó que cambiaría de canción y aprovechó para toser. Hacía meses que soñaba, entre colillas y plumas, humedecerse con alguna nota de más en aquella barra americana. Pero el camarero trabajaba solamente para poder comprarse las películas japonesas originales. Era friki como el chico de negro que maquinaba que escuchando blues llegaría a interpretar mejor “Bye, bye, baby” (de Janis Joplin). Tal vez, si la profesora de música, joven y morbosa, hubiera dejado de explicar la naturaleza de las flores de los cactus (solitarias y hermafroditas) al marido destetado que solo bebía vino tinto, aprendería que el chocolate negro no es un sustituto. El viejo borracho gritaba que quería la tercera, penúltima, mientras la viuda sacaba de la máquina otro paquete de tabaco cantando: “¡Viva los Ducados y la gente sin ducación!”. Y el joven de pelo largo que paseaba, guitarra al hombro, soñando con tener dinero para algún día poder entrar a tomarse una copa, en el Paraíso, giraba por el camino de la derecha inconsciente de su fortuna.
Saliendo de la parada del metro de Urquinaona, a mano izquierda, calle Camino número 13, bajos...
Él le pidió que le diera un beso en la boca. Ella aceptó. Comieron patatas, bebieron felices y saborearon el principio de los finales que más o menos acaban bien. El pianista del lugar les observó de reojo, como si fuera indecente buscar la inspiración en las chispas de otros. Cerró los sentidos a ver si se le subía la música a la cabeza, pero solo escupió un acorde de más. La chica de rizos de oro y gafas de pasta pensó que cambiaría de canción y aprovechó para toser. Hacía meses que soñaba, entre colillas y plumas, humedecerse con alguna nota de más en aquella barra americana. Pero el camarero trabajaba solamente para poder comprarse las películas japonesas originales. Era friki como el chico de negro que maquinaba que escuchando blues llegaría a interpretar mejor “Bye, bye, baby” (de Janis Joplin). Tal vez, si la profesora de música, joven y morbosa, hubiera dejado de explicar la naturaleza de las flores de los cactus (solitarias y hermafroditas) al marido destetado que solo bebía vino tinto, aprendería que el chocolate negro no es un sustituto. El viejo borracho gritaba que quería la tercera, penúltima, mientras la viuda sacaba de la máquina otro paquete de tabaco cantando: “¡Viva los Ducados y la gente sin ducación!”. Y el joven de pelo largo que paseaba, guitarra al hombro, soñando con tener dinero para algún día poder entrar a tomarse una copa, en el Paraíso, giraba por el camino de la derecha inconsciente de su fortuna.
