Algún día una nueva generación no aceptará la anticuada religión y los mitos de hoy. Cuando llegue la nueva religión negará la idea de que el hombre nace en el pecado. Una religión nueva alabará a Dios por hacer felices a los hombres.
La nueva religión negará la antítesis entre cuerpo y espíritu. Reconocerá que la carne no es pecadora. Sabrá que una mañana de domingo pasada nadando es más santa que una mañana de domingo invertida en cantar himnos, como si Dios necesitase himnos para tenerlo contento. Una religión nueva encontrará a Dios en las praderas y no en los cielos. Imaginémonos lo que se lograría si sólo el diez por ciento de todas las horas gastadas en rezar e ir a la iglesia se dedicasen a buenas acciones y actos de caridad y de ayuda al prójimo.
Todos los días me dice mi periódico cuán muerta está nuestra religión actual. Metemos a personas en la cárcel; suprimimos la opinión que no está de acuerdo con la nuestra; oprimimos al pobre; nos armamos para la guerra. Como organización, la Iglesia es débil. No termina con las guerras; hace poco o nada por atemperar nuestro bárbaro código penal. Rara vez se coloca frente al explotador.
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Para muchas personas, la religión convencional organizada es una salida fácil para los problemas individuales. Si un católico romano peca, se confiesa con su sacerdote y el sacerdote lo absuelve de su pecado.
Las personas religiosas echan su carga sobre Dios; creen, y su camino a la gloria está asegurado. Así la importancia pasa del valor personal y de la conducta individual al credo. “Cree en el Señor y te salvarás.” El credo, en efecto, dice que hagáis una declaración y vuestros problemas espirituales quedarán resueltos. Tendréis garantizado un pasaje para el cielo.
A.S. Neill en SUMMERHILL





