Una mujer de Lizarza
POR JUAN MANUEL DE PRADA
LA Antigüedad es pródiga en ejemplos de mujeres que mantuvieron incólume su valor cuando ya los hombres habían claudicado, cuando ya se habían resignado a la derrota, cuando ya las huestes enemigas invadían la ciudad sitiada. Mujeres erguidas como acantilados en medio de las ruinas, invulnerables a las llamas que calcinan el solar de sus padres, impasibles ante la ferocidad de los invasores que pasan a su lado, expoliando cuanto se tropiezan, arrasando los templos de una religión ancestral, como ángeles de muerte embriagados por el olor a la sangre. Mujeres que guarecen en su regazo a sus hijos, o a los cadáveres de sus hijos, mientras a su derredor se enseñorea la barbarie, sin derramar una sola lágrima, tal vez porque ya no les quedan lágrimas que derramar, tal vez porque no quieren conceder al enemigo la satisfacción de su llanto, dispuestas antes a perecer bajo los cascos de sus caballos que a inclinarse en señal de acatamiento. Mujeres numantinas erigidas en símbolo del más noble anhelo del hombre, alegorías de una libertad asediada, expuesta al vituperio y la profanación. Mujeres que nos recuerdan nuestro deber de hombres, que mantienen encendida una antorcha en la hora en que las tinieblas se extienden sobre el mundo.
En Lizarza una mujer heroica mantiene encendida esa antorcha. La televisión me acaba de mostrar su estampa limpia y enaltecedora, estampa de guerrera o de santa, caminando sin titubeos hacia la iglesia de su pueblo, en la clara mañana del domingo, mientras a su paso una jauría infrahumana la increpa y amenaza, como antaño se hacía con las adúlteras antes de la lapidación. ¿Qué delito horrendo ha cometido esa mujer que se dispone a participar de la misa, a poner en paz su corazón con Dios, a impetrarle la fuerza necesaria para seguir resistiendo ante el aullido de los chacales? Esa mujer tan sólo aspira a mantener el imperio de ley allá donde otros menos valerosos que ella han renunciado a hacerlo, tan sólo desea que sus hijos y los hijos de sus paisanos puedan seguir respirando un aire preservado de los miasmas del crimen, un aire erguido frente a quienes desean vernos cabizbajos, arrodillados, rendidos, abyectamente postrados en el fango. Esa mujer tan sólo se esfuerza por hacer ondear una bandera que representa la supremacía de unos valores, la supervivencia de una sociedad que se resiste a ponerse de hinojos. En esa mujer de Lizarza se encarna nuestra propia supervivencia, se encarna el último rescoldo de dignidad que late en nuestro pecho, apenas una llama exangüe que, sin embargo, a la vista de tan alto ejemplo, se convierte en un vasto incendio, el incendio de la libertad, dispuesto a reavivarse siempre frente a quienes pugnan por sofocarlo.
Sólo en un tiempo sórdido, tiempo de ofensa e ignominia, una mujer que se limita a cumplir y hacer cumplir la ley puede convertirse en emblema de heroicidad. Imagino a esa mujer en la penumbra de la iglesia de Lizarza, como a Jesús en Getsemaní, rogando a Dios que le aparte el doloroso cáliz que se le tiende; la imagino sudando sangre, después de haber sufrido las increpaciones y los denuestos de los chacales, preguntándose por qué le ha tocado a ella una misión tan aflictiva; la imagino oprimida por el miedo, porque esa mujer de Lizarza está fabricada con el mismo barro que todos nosotros, un barro que tiembla y se agrieta como el nuestro, un barro que gustosamente cedería a la tentación del desmoronamiento, a cambio de unas migajas de paz, a cambio de poder pasear tranquilamente por las calles de su pueblo, a cambio de no escuchar en medio de la noche el aullido de los chacales rodeando la casa de sus ancestros. Pero, en la mismidad de ese barro, en su meollo más íntimo y verdadero, esa mujer de Lizarza esconde un espíritu templado en las fraguas del coraje que resplandece como un metal invicto, un raro metal que no se dobla ni se malea ni se funde, que soporta los golpes y anima el frágil barro del que está fabricada. Esa mujer de Lizarza, su bendita alcaldesa, muere un poco cada día por cada uno de nosotros, y a cada uno de nosotros nos salva en un tiempo de ofensa e ignominia. Hoy lloro por ella y por ella no siento vergüenza de ser español, por ella siento el orgullo de ser hombre.
Fuente: ABC.es
LA Antigüedad es pródiga en ejemplos de mujeres que mantuvieron incólume su valor cuando ya los hombres habían claudicado, cuando ya se habían resignado a la derrota, cuando ya las huestes enemigas invadían la ciudad sitiada. Mujeres erguidas como acantilados en medio de las ruinas, invulnerables a las llamas que calcinan el solar de sus padres, impasibles ante la ferocidad de los invasores que pasan a su lado, expoliando cuanto se tropiezan, arrasando los templos de una religión ancestral, como ángeles de muerte embriagados por el olor a la sangre. Mujeres que guarecen en su regazo a sus hijos, o a los cadáveres de sus hijos, mientras a su derredor se enseñorea la barbarie, sin derramar una sola lágrima, tal vez porque ya no les quedan lágrimas que derramar, tal vez porque no quieren conceder al enemigo la satisfacción de su llanto, dispuestas antes a perecer bajo los cascos de sus caballos que a inclinarse en señal de acatamiento. Mujeres numantinas erigidas en símbolo del más noble anhelo del hombre, alegorías de una libertad asediada, expuesta al vituperio y la profanación. Mujeres que nos recuerdan nuestro deber de hombres, que mantienen encendida una antorcha en la hora en que las tinieblas se extienden sobre el mundo.
En Lizarza una mujer heroica mantiene encendida esa antorcha. La televisión me acaba de mostrar su estampa limpia y enaltecedora, estampa de guerrera o de santa, caminando sin titubeos hacia la iglesia de su pueblo, en la clara mañana del domingo, mientras a su paso una jauría infrahumana la increpa y amenaza, como antaño se hacía con las adúlteras antes de la lapidación. ¿Qué delito horrendo ha cometido esa mujer que se dispone a participar de la misa, a poner en paz su corazón con Dios, a impetrarle la fuerza necesaria para seguir resistiendo ante el aullido de los chacales? Esa mujer tan sólo aspira a mantener el imperio de ley allá donde otros menos valerosos que ella han renunciado a hacerlo, tan sólo desea que sus hijos y los hijos de sus paisanos puedan seguir respirando un aire preservado de los miasmas del crimen, un aire erguido frente a quienes desean vernos cabizbajos, arrodillados, rendidos, abyectamente postrados en el fango. Esa mujer tan sólo se esfuerza por hacer ondear una bandera que representa la supremacía de unos valores, la supervivencia de una sociedad que se resiste a ponerse de hinojos. En esa mujer de Lizarza se encarna nuestra propia supervivencia, se encarna el último rescoldo de dignidad que late en nuestro pecho, apenas una llama exangüe que, sin embargo, a la vista de tan alto ejemplo, se convierte en un vasto incendio, el incendio de la libertad, dispuesto a reavivarse siempre frente a quienes pugnan por sofocarlo.
Sólo en un tiempo sórdido, tiempo de ofensa e ignominia, una mujer que se limita a cumplir y hacer cumplir la ley puede convertirse en emblema de heroicidad. Imagino a esa mujer en la penumbra de la iglesia de Lizarza, como a Jesús en Getsemaní, rogando a Dios que le aparte el doloroso cáliz que se le tiende; la imagino sudando sangre, después de haber sufrido las increpaciones y los denuestos de los chacales, preguntándose por qué le ha tocado a ella una misión tan aflictiva; la imagino oprimida por el miedo, porque esa mujer de Lizarza está fabricada con el mismo barro que todos nosotros, un barro que tiembla y se agrieta como el nuestro, un barro que gustosamente cedería a la tentación del desmoronamiento, a cambio de unas migajas de paz, a cambio de poder pasear tranquilamente por las calles de su pueblo, a cambio de no escuchar en medio de la noche el aullido de los chacales rodeando la casa de sus ancestros. Pero, en la mismidad de ese barro, en su meollo más íntimo y verdadero, esa mujer de Lizarza esconde un espíritu templado en las fraguas del coraje que resplandece como un metal invicto, un raro metal que no se dobla ni se malea ni se funde, que soporta los golpes y anima el frágil barro del que está fabricada. Esa mujer de Lizarza, su bendita alcaldesa, muere un poco cada día por cada uno de nosotros, y a cada uno de nosotros nos salva en un tiempo de ofensa e ignominia. Hoy lloro por ella y por ella no siento vergüenza de ser español, por ella siento el orgullo de ser hombre.
Fuente: ABC.es





