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EN ESQUIFE HERRUMBROSO
Contenidos didácticos y curiosidades para las asignaturas de Latín y Cultura Clásica
Sindicación
 
CATULLI CARMINA, 85



ODI ET AMO. QUARE ID FACIAM, FORTASSE REQUIRIS.
NESCIO, SED FIERI SENTIO ET EXCRUCIOR.

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LOREENA MCKENNITT Y PENÉLOPE
Tema dedicado a Penélope, esposa de Odiseo, y a su interminable espera. El concierto tuvo lugar en la Alhambra de Granada. Penelope's song.




Now that the time has come
Soon gone is the day
There upon some distant shore
You'll hear me say

Long as the day in the summer time
Deep as the wine-dark sea
I'll keep your heart with mine
Till you come to me

There like a bird I'd fly
High through the air
Reaching for the sun's full rays
Only to find you there

And in the night when our dreams are still
Or when the wind calls free
I'll keep your heart with mine
Till you come to me

Now that the time has come
Soon gone is the day
There upon some distant shore
You'll hear me say

Long as the day in the summer time
Deep as the wine-dark sea
I'll keep your heart with mine.
Till you come to me
 
DE LOS CELOS Y SUS SÍNTOMAS
Safo, escritora lesbia a la que se sitúa en el siglo VII-VI a.C., dedica este poema a una muchacha de la que el yo poético se muestra enamorado. La joven está acompañada por un hombre que hace surgir en la poetisa toda la sintomatología propia de los celos, descrita con una encantadora sencillez.


Me parece que es igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti se sienta,
y a tu lado absorto escucha mientras
dulcemente hablas
y encantadora sonríes. Lo que a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo
decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte
me siento, infeliz.

Unos siglos más tarde (en el I a.C.), el poeta romano Catulo, conocedor y admirador de Safo hasta el punto de que llamó con el pseudónimo de Lesbia a su amada como referencia a la isla de origen de la poetisa griega, traduce al latín este poema, lo dedica a Lesbia y le añade algunos versos.

Semejante a un dios me parece aquél,
y mayor que un dios, si se me permite,
que ante ti sentado constantemente
mira y te escucha
cuando dulce ríes. Y yo, por esto,
desdichado, pierdo por ti el sentido;
pues con sólo verte no queda, Lesbia,
voz en mis labios,
torpe está mi lengua y un fuego tenue
en mis miembros mana, en mis oídos
un zumbido suena y mis ojos cubre
doble la noche.
Para ti, Catulo, es malo el ocio:
demasiadas ansias en él excitas.
El ocio que antaño perdió felices
urbes y reyes.

Algunos años después, Horacio escribiría esta Oda en la que refleja, de modo parecido, los efectos que producen en él los celos por su amante Lidia que, al parecer, mostraba cierto interés por un tal Télefo.

Cuando tú el rosado cuello
de Télefo alabas, ¡oh, Lidia!, y los brazos
céreos de Télefo, en mi hígado
hierve dolorosa la bilis, mi mente
se extravía, de color
cambio y unas gotas furtivas recorren
mis mejillas demostrando
qué hondamente un fuego lento está abrasándome.
Y me enardecen tus blancos
hombros lacerados por ebrias querellas
o en tu labio la señal
visible del diente del furioso mozo.
No esperes, si oírme quieres,
que ha de ser constante quien bárbaro daña
la dulce boca que Venus
con la quintaesencia bañó de su néctar.
Felices una y mil veces
los que siempre unidos sin viciosas pugnas
están y a quienes amor
hasta el postrer día no separará.

Ya en el siglo XX, los hermanos García Segura escribieron la letra de este bolero que popularizó Antonio Machín y que ha sido cantado por muchos desde entonces. Yo misma tengo en casa una versión de los Sabandeños. En él aparece recreado el tema de los celos, pero desde otra perspectiva. El amante siente celos o envidia de los objetos cercanos al ser amado.

Envidia, tengo envidia de los valles,
de los montes y los ríos,
de los pueblos y las calles
que has cruzado tú sin mí.
Envidia, tengo envidia de tus cosas,
tengo envidia de tu sombra,
de tu casa y de tus rosas,
porque están cerca de ti.
Y mira si es grande mi amor
que cuando digo tu nombre
tengo envidia de mi voz..
Envidia, tengo envidia del pañuelo
que una vez secó tu llanto,
y es que yo te quiero tanto
que mi envidia es tan sólo amor.

Pero que el enamorado quiera convertirse en el objeto que está junto a la persona amada no es nuevo. No han descubierto nada los hermanos García. Y si no, fíjense en lo que escribía Ovidio en el siglo I a.C. El poeta regala un anillo a su amada y siente envidia de su propio regalo que pasará más tiempo junto a ella que él mismo.

Anillo que has de ceñirte al dedo de mi hermosa dueña, y cuyo precio lo avalora el amor de quien lo regala, corre a su casa como un grato presente que reciba con franca alegría; resbala en seguida por sus flexibles articulaciones, y ajústate como ella a mí, siendo la medida exacta de su dedo, sin lastimarlo. Feliz anillo, serás el juguete de mi señora; yo mismo, desgraciado, aparezco envidioso de mis dones. Así pudiera de súbito convertirme en mi regalo por las artes mágicas de Ea o del viejo de Cárpatos. Entonces intentaría rozar los pechos de mi amada, cuando su mano izquierda penetrase bajo la túnica, y por más sujeto que estuviera, resbalaría del dedo, y suelto, gracias a mi habilidad, me dejaría caer sobre el turgente seno. Asimismo, cuando quisiera sellar las secretas tablillas, para impedir que la cera se adhiriese a la seca piedra, rozaría el primero los húmedos labios de mi hermosa, siempre que no sellase escritos que hubieran de afligirme. Si me relegara a permanecer oculto en el escritorio, me rebelaría, contrayéndome y quedando sujeto en mi sitio. Que no sea, jamás para ti, vida mía, un motivo de sonrojo, ni grave carga que tu mano delicada rehuse llevar. No me abandones, ya introduzcas tu cuerpo en el agua caliente, ya resuelvas bañarte en las ondas del río; aunque temo que viéndote desnuda, el deseo despierte mis sentidos y el anillo haga el oficio del amante. Mas ¿a qué tantas protestas inútiles? Marcha, regalo insignificante, a que ella vea en ti el testimonio de mi fidelidad.

 
DE MERENGUE CON HIEL
Marcial, autor hispano del siglo I, escribió alrededor de 1500 epigramas, distribuidos en doce libros, a los que se añadirían más tarde dos libros de dísticos elegíacos. Son composiciones breves destinadas generalmente a la sátira y la crítica de los distintos vicios y costumbres de la sociedad romana de su época.

Aquí va una brevísima selección de ellos. Hablan por sí mismos.

Libro VII-XXV
Aunque siempre escribes sólo dulces epigramas
y más blancos que una piel cubierta de albayalde,
y no hay en ellos ni pizca de sal ni gota de hiel amarga,
quieres, sin embargo, insensato, que sean leídos.
Ni siquiera la comida gusta sin su chorrito de vinagre,
ni es agradable un rostro al que le faltan hoyuelos.
Dale a un niño las manzanas melosas y los higos insípidos:
a mí, me gustan los de Quíos con su picante sabor.



Libro I-LXXXVII
Para no apestar, Fescennia, al vino de ayer,
devoras con avidez pastillas de Cosmo.
Este desayuno te frota los dientes, pero de nada sirve
cuando un eructo te sube desde el fondo del estómago.
¿No huele más la fetidez mezclada con aromas
y no llega más lejos el doble olor de tu aliento?
Estos fraudes demasiado conocidos y estas astucias descubiertas
abandónalas ya y sé simplemente borracha.

Libro III-VIII
"Quinto ama a Tais." "¿A qué Tais?" "A Tais la tuerta." A Tais sólo le falta un ojo; a Quinto, los dos.

Libro VIII-LXXIX
Todas tus amigas son viejas
o deformes y más feas que las viejas.
Las llevas de acompañantes y las arrastras contigo
por los banquetes, los pórticos, los teatros.
Así eres hermosa, Fabula, así eres joven.

Libro IX-VIII
Quieres casarte con Prisco; no me sorprende, Paula: eres lista.
Prisco no quiere casarse contigo: él también es listo.

Libro XI-LXII
Lesbia jura que nunca la han follado gratis.
Es verdad. Cuando quiere que la follen, suele pagar.
 
MEDEA DE EURÍPIDES
Poeta del siglo V a.C., Eurípides pone en boca de Medea una queja que, leída con el tiempo y teniendo en cuenta la misoginia de la sociedad griega de la época, suena muy moderna. Sobre todo si tenemos en cuenta que el autor de la obra era un hombre.



De todas las criaturas que tienen mente y alma
no hay especie más mísera que la de las mujeres.
Primero han de acopiar dinero con que compren
un marido que en amo se torne de sus cuerpos,
lo cual es ya la cosa más dolorosa que hay.
Y en ello es capital el hecho de que sea
buena o mala la compra, porque honroso el divorcio
no es para las mujeres ni el rehuir al cónyuge.
Llega una, pues, a nuevas leyes y usos y debe
trocarse en adivina, pues nada de soltera
aprendió sobre cómo con su esposo portarse.
Si, tras tantos esfuerzos, se aviene el hombre y no
protesta contra el yugo, vida envidiable es ésta;
pero, si tal no ocurre, morirse vale más.
El varón, si se aburre de estar con la familia,
en la calle al hastío de su humor pone fin;
nosotras nadie más a quien mirar tenemos.
Y dicen que vivimos en casa una existencia
segura mientras ellos con la lanza combaten,
mas sin razón: tres veces formar con el escudo
preferiría yo antes que parir una sola.
Pero el mismo lenguaje no me cuadra que a ti:
tienes esta ciudad, la casa de tus padres,
los goces de la vida, trato con los amigos,
y en cambio yo el ultraje padezco de mi esposo,
que de mi tierra bárbara me raptó, abandonada,
sin patria, madre, hermanos, parientes en los cuales
pudiera echar el ancla frente a tal infortunio.
 
CATULO, V
Curiosísimo descubrimiento. Como vemos, no sólo Carl Orff se animó a ponerle música a los poemas de Catulo. Hay otros que también aportan su granito de arena. Debajo pongo la letra para que pueda seguirse.



Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

rumoresque senum seueriorum

omnes unius aestimemus assis!

soles occidere et redire possunt:

nobis cum semel occidit breuis lux,

nox est perpetua una dormienda.

da mi basia mille, deinde centum,

dein mille altera, dein secunda centum,

deinde usque altera mille, deinde centum.

dein , cum milia multa fecerimus,

conturbabimus illa, ne sciamus,

aut ne quies malus inuidere possit,

cum tantum sciat esse basiorum.
 
CARONTE

Un horrendo barquero cuida de estas aguas y de los ríos, Caronte, de suciedad terrible, a quien una larga canicie descuidada sobre el mentón, fijas llamas son sus ojos, sucio cuelga, anudado de sus hombros el manto. Él con su mano empuja una barca con la pértiga y gobierna las velas y transporta a los muertos en esquife herrumbroso, anciano ya, pero con la vejez cruda y verde de un dios.


Virgilio, Eneida. VI, 299-304. Madrid, 1998 (Trad. Rafael Fontán Barreiro)