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"En los helados montes de Arcadia, entre las hamadríades de Nonacris, hubo una náyade muy famosa, las ninfas la llamaban Siringe. Más de una vez ella había burlado a los sátiros que la perseguían y a cualquiera de los dioses que contiene el sombrío bosque y el fértil campo; rendía culto a la diosa Ortigia con sus aficiones y con la propia virginidad; también ceñida a la manera de Diana podría engañar y podría ser considerada la Latonia, si no fuera porque el arco de ésta era de cuerno y el de aquélla de oro; aun así engañaba. Cuando ella volvía de las colinas del Liceo la ve Pan y, con su cabeza ceñida por agudas hojas de pino, le dice las siguientes palabras:..." Le faltaba decir las palabras y que la ninfa, depreciadas las súplicas, había escapado por lugares intransitables, hasta que llegó junto a la tranquila corriente del arenoso Ladón: que aquí ella, al impedirle las aguas su carrera, rogó a sus transparentes hermanas que la transformaran y que Pan, cuando pensaba que ya se había apoderado de Siringe, agarraba las cañas de pantano en lugar del cuerpo de la ninfa, y, mientras suspiraba allí, los vientos movidos dentro de la caña produjeron un sonido suave y semejante a la queja; que el dios, cautivado por el arte nuevo y por la dulzura del sonido, había dicho: "permanecerá para mí este diálogo contigo", y así, unidas entre sí cañas desiguales con juntura de cera, mantuvo el nombre de la doncella.
Ovidio, Metamorfosis, I, 689-712. Traducción de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias.
Claude Debussy compuso, sobre este mito, la obra para flauta Syrinx en 1913 y el animador Ryan Larkin hizo un precioso cortometraje sobre la metamorfosis en 1965. El resultado es el magnífico vídeo que vemos a continuación. Que lo disfruten.
tal sinrazón imaginaste, pérfido,
poder disimular, y de mi tierra
alzarte en fuga sin decir palabra!
¿Qué? ¿no te detendrán ni el amor nuestro,
¿qué? ni la diestra que me diste un día,
ni la muerte cruel que espera a Dido?
¡Aparejar la flota en pleno invierno,
partir entre el bramido de aquilones!
¡cruel! Aun suponiendo que no fueses
a extraños campos de una patria ignota,
que en pie estuviese Troya, ¿Troya, dime,
habías de buscar por mar tan gruesa?
¿O es que me huyes a mí? ¡No, por mis lágrimas
por tu diestra -pues nada en mi desdicha
me he reservado sino sólo el llanto-,
por nuestro matrimonio y el que apenas
fue empezado himeneo, si es que pude
ganar tu gratitud, si hubo algo mío
que para ti fuera dulzura, atiende,
apiádate de un reino que se abisma,
y si queda un resquicio para el ruego,
cambia, cambia de idea, te suplico!
Por ti me expuse al odio de los Libios,
al de los reyes nómadas, y tengo
hasta mis propios Tirios lastimosos...
Por ti, sólo por ti, dejé morirse
el pudor y la fama, única vía
que me abría los cielos... Moribunda
me dejas, huésped mío -¡que este nombre
es todo cuanto queda del de esposo!-
y ¿para quién? ¿qué espero en esta vida?
¿que se abalance Pigmalión mi hermano
a arrasar mi ciudad? ¿o que a Getulia
me arrastre Yarbas prisionera? ¡Ah, si antes
de tu fuga quedárame la prenda
de un fruto de tu amor, si en el palacio
viese jugar a un pequeñuelo Eneas,
que fuese lo que tú, de rostro al menos,
mi engaño y mi traición no así llorara!..."
Virgilio. Eneida, IV, 432-471. Traducción de Aurelio Espinosa Pólit.





